doi.org/10.53368/EP69AYEP03
Alejandra E. Bussalleu Cavero* y Moritz Tenthoff**
Resumen: A través de un pensamiento relacional, las múltiples crisis ecológicas no pueden entenderse como problemas aislados, sino como resultado de un entramado complejo de relaciones construidas en la modernidad/colonialidad. En este ensayo, construiremos la visión de cuidados subversivos como prácticas políticas y éticas que, lejos de limitarse al ámbito privado, se erigen como actos de resistencia, hilando la teoría con ejercicios de cuidados comunitarios en torno al agua en comunidades de Perú y Colombia. Las grietas generadas por el continuo fluir del agua sobre discursos homogeneizantes y relaciones de poder permiten que las semillas de las comunidades florezcan y crean el espacio vital para que emerja un mundo en el que quepan muchos mundos. Se plantea que las propuestas subversivas surgidas en el Sur ofrecen un enfoque relacional del ser, en el que la atención, la presencia y el cuidado son esenciales para regenerar la vida.
Palabras clave: cuidados, subversión, ontología relacional
Abstract: Through relational thinking, the multiple ecological crises cannot be understood as isolated problems, but rather as the result of a complex network of relationships built in modernity/coloniality. In this essay, we construct the vision of subversive care as political and ethical practices that, far from being limited to the private sphere, are established as an act of resistance, weaving theory from community care practices around water in Peru and Colombia. The cracks generated by the continuous flow of water over homogenizing discourses and power relations allow the seeds of communities to flourish, creating the vital space for a world in which many worlds fit, to emerge. We argue that the subversive practices emerging from the South offer a relational approach to being, where attention, presence, and care are essential to the regeneration of life.
Keywords: care, subversion, relational ontology
Introducción
Las múltiples crisis que atravesamos en el mundo de hoy no pueden entenderse como problemas aislados, sino como resultado de un entramado complejo de interacciones entre factores locales y globales, materiales y simbólicos, humanos y no humanos (Álvarez Villareal, 2024; Araiza Díaz, 2021; Cabnal, 2010; Ulloa, 2021). En este escenario, las respuestas tradicionales, basadas en modelos coloniales, extractivistas y patriarcales, resultan insuficientes para abordar la multiplicidad de desafíos que se presentan. Es aquí, en el Sur, donde emergen resistencias y reexistencias que cuestionan las visiones hegemónicas al fundamentarse en una comprensión relacional del ser, en la que la alteridad y la diversidad son no meramente reconocidas, sino celebradas y consideradas esenciales para la regeneración de la vida. Estas propuestas reconocen la existencia de un pluriverso tentacular —la idea de que, en lugar de un único mundo con paradigmas diferentes, tenemos una matriz de mundos, redes y tramas múltiples e interconectadas— en el que diversos saberes se entrelazan para reconfigurar las bases del pensamiento y la acción política. Estos se centran en desmantelar la homogeneización de los discursos hegemónicos, abren espacio a formas de conocimiento que revalorizan la interdependencia y la multiplicidad de modos de ser y conocer, proponen un contrapunto a los modelos unidireccionales y permiten que comunidades históricamente marginadas reclamen y transformen sus propios espacios epistemológicos (Escobar, 2020; Haraway, 2019).
El tejido nos parece la mejor forma para estructurar este ensayo. Tejer como ejercicio práctico del cuidado subversivo, que permite recuperar la sincronicidad y la presencia. Tejer no solo con lanas e hilos, sino como estrategia para atar, desatar, desenredar y entramar pensamientos, sentimientos, experiencias y prácticas. A lo largo del artículo, se entreteje un marco teórico que articula la propuesta de cuidado —en sus dimensiones ética, afectiva y política— como estrategia de reexistencia y regeneración, erigida como un acto subversivo que desafía las lógicas de dominación. Los cuidados subversivos, entendidos como prácticas políticas que buscan transformar las relaciones de poder, se configuran como una estrategia que permite visibilizar y revalorizar saberes otros y formas de vida comunitarias. En particular, se analizará la experiencia de cuidados comunitarios en torno al agua en comunidades de Perú y Colombia para evidenciar cómo las grietas que el cuidado subversivo abre en un sistema-mundo homogeneizante permiten el florecimiento de nuevos modos de coexistencia.
Primer hilo. Ontologías del Sur: nada existe si no interactúas
La ontología hace referencia a los supuestos más fundamentales sobre la esencia del ser. Estos supuestos enmarcan valores y normas en las relaciones y permean la comprensión, el significado y la interpretación de nuestra realidad. El pensamiento hegemónico de la modernidad, dominante en nuestro mundo actual, se fundamenta en una ontología que asume las entidades como sustancias estables, delimitadas, aislables y relativamente fijas. En este marco, los humanos nos percibimos como una clase universal de seres esencialmente distinta por naturaleza de otras formas de vida, como las montañas, los ríos, las plantas y los animales (Reddekop, 2022). A este entendimiento del ser y su existencia en el mundo, se contrapone la ontología relacional. Esta sostiene que cualquier entidad se constituye o emerge a través de vínculos previos, dinámicos, complejos y múltiples, capaces de cambiar constante y continuamente (Escobar, 2016). Al destacar la importancia de los vínculos, esta comprensión del ser y sus relaciones ofrece un marco para aproximarnos a un entendimiento más profundo de sistemas dinámicos y complejos y de las interdependencias que los componen (Reddekop, 2022).
En América Latina-Abya Yala, han surgido múltiples marcos de comprensión que cuestionan narrativas ontológicas dominantes y así subvierten estructuras históricas de marginación y sometimiento. Aquí, donde el territorio es concebido como un espacio cohabitado por una multiplicidad de seres sapientes y sintientes en cercana y constante interrelación (Barrionuevo, 2000; Belaunde, 2008; Cadena, 2015; Pauccar Calcina, 2014; Torres Lezama, 2020), estas ontologías se presentan como fundamentalmente relacionales. En ellas «la alteridad representa una condición necesaria para la existencia de la sociedad» (Contreras Ilabaca, 2020: 92) y la incorporación de un otro llega a ser un paso indispensable para la construcción del yo (Belaunde, 2008; Contreras Ilabaca, 2020). Esta reconstrucción de la relacionalidad en un mundo, con territorios, ecosistemas y seres fracturados, exige un trabajo con nosotros mismos, con otros seres e incluso con el cosmos (Millán, 2024).
La noción de cuidado está presente en las ontologías del Sur, inherentemente relacionales, que conciben la realidad como una red interconectada de correspondencias. Para poder cuidar —y subvertir— debemos habitar lo que De Munter llama «estando-vivo» (Munter, 2016: 631). Participar activamente en el «estando-vivo» implica educar la atención hacia las diferentes líneas de vida que se entretejen en el mundo a través de prácticas comunales, en las que los miembros más experimentados de una comunidad guían a las personas más jóvenes en el aprendizaje de cómo relacionarse con el mundo y «hacer familia», fomentando la atención hacia la relacionalidad y la interdependencia entre todos los seres (Munter, 2016).
Asimismo, los conceptos de uywaña (‘crianza’) y uywañakuy (‘crianza mutua’) de las comunidades aimaras del sur andino peruano se basan en la idea de una crianza en la cual los seres humanos no son superiores a la naturaleza, sino que forman parte de una red interdependiente de seres que se cuidan mutuamente (Torres Lezama, 2020). Al rechazar las dicotomías que separan a la humanidad de la naturaleza, al sujeto del objeto, a la cultura de lo biológico y a lo vivo de lo muerto, las relaciones son constitutivas de la propia existencia y los límites entre entidades se desdibujan. «Estando-vivo», uywaña y uywañakuy son ejemplos concretos de cómo se practican —cómo se vivencian— el cuidado y la alteridad. Estas prácticas cotidianas de estas comunidades nos invita a repensar la vida como un proceso de cuidado, interconexión, movimiento y transformación constante, en que la atención a las relaciones se vuelve crucial para comprender nuestra posición en el mundo.
Segundo hilo. Subversión: recuperar la posibilidad de una transformación desde abajo
La subversión, entendida como la capacidad de rearticular significados y prácticas, se convierte en una herramienta fundamental para revertir estructuras de dominación. Los conflictos armados internos en Colombia, Perú y tantos otros países de nuestro continente han criminalizado el concepto de subversión (Fals Borda, 2008). Aquí queremos recuperar la palabra, dignificarla y apropiarnos nuevamente de ella, de su esencia —su verdadero significado— y su idoneidad para nombrar aquello que tiene la capacidad de transformar el mundo.
La subversión se constituye como una práctica disruptiva cuyo propósito esencial es desestabilizar y reconfigurar los fundamentos del orden dominante. Subvertir las relaciones sociales (Carrasco Jiménez, 2012) es como revolcar la tierra para volver a sembrar en ella, incluso en las tierras afectadas por la guerra y atravesadas por la muerte, desde la lógica del compostaje y las cenizas, que abonan el campo y permiten incorporar la muerte en los siglos de la vida (Haraway, 2019). Integrando la acción política y la crítica epistemológica, la subversión no se limita a rechazar lo establecido, sino que propone la construcción de otredades desde el mismo terreno de la transformación. El concepto en sí podría traducirse en un acto que invierte la lógica del poder, agrieta muros, remueve tierra y pone en acción la capacidad misma de revertir estructuras coloniales, patriarcales y capitalistas que han impuesto una visión reduccionista de la realidad. La subversión, entendida en su dimensión política, implica articular discursos y prácticas que permitan la emergencia de otros modos de vida —otros modos de ser— en nuevos espacios de convivencia. La acción subversiva se materializa en movimientos que buscan transformar subjetividades (como nociones de poder y jerarquías). Es un proceso dinámico que abre la posibilidad de recuperar la memoria, para reimaginar otros futuros —otros presentes—, no como una utopía abstracta y lejana, sino como una realidad construida desde aquí, desde ahora, donde cada acto y cada palabra —cada hilo— contribuye a la regeneración de un mundo plural.
Tercer hilo. Cuidados subversivos: atención, presencia y reciprocidad
En contextos de crisis, la importancia del cuidado se recuerda, permitiendo traer al presente, al ahora, experiencias que hemos vivido en otros tiempos-espacios. Las prácticas de cuidado implican varias acciones, entre ellas recordar. Ese recuerdo, esa memoria, se posiciona como una herramienta para contrarrestar la lógica del individualismo, la competencia y el extractivismo que nos rodean en nuestro mundo en crisis. En este sentido, cuidar no se limita a abrigar, alimentar o sostener, sino que se transforma en un acto subversivo con el potencial de desafiar narrativas hegemónicas y promover la cocreación de un espacio realmente cohabitado, en el cual la diversidad y la reciprocidad se convierten en ejes fundamentales para la regeneración y el sostenimiento de la vida.
El encuentro entre cuidados y subversión cobra relevancia en tanto que trasciende la visión tradicional y patriarcal de los cuidados y sitúa en cambio estas prácticas como acciones políticas activas que erosionan y agrietan las estructuras coloniales y capitalistas que han relegado estas tareas al ámbito doméstico. Los cuidados en este contexto involucran no solo la atención a la vida, sino una crítica a las relaciones de poder al propiciar trabajos comunitarios y solidarios que promueven una visión radicalmente diferente al modelo individualista prevalente y buscan transformar y subvertir las desigualdades y dependencias presentes. Existen múltiples formas de cuidado a través de una óptica no hegemónica, que reconocen prácticas y saberes subalternos promotores de la regeneración de la vida, el fortalecimiento de la interdependencia y la creación de nuevos espacios de justicia social.
La visión de los cuidados subversivos se inserta en el entramado teórico sobre parentesco, interdependencia y alteridad como una práctica política y ética que trasciende la esfera privada para convertirse en acto de resistencia. Los cuidados se reconfiguran como estrategias de transformación que, mediante la atención, la presencia y la reciprocidad, desafían la lógica patriarcal y las relaciones de poder tradicionales. Este enfoque destaca cómo, en contextos de crisis ecológica y social, las prácticas de cuidado subversivo emergen como mecanismos que visibilizan saberes locales y fomentan la solidaridad comunitaria.
Entretejer cuidados y subversión en dos territorios específicos
Tejer es un acto que permite ralentizar, reconstruir y alinearse con la sincronicidad en la vida. Es estar en presencia. El cuidado subversivo solo puede realizarse desde esa misma presencia. Entretejemos los cuidados y la subversión como hilos en dos realidades concretas, la de la lucha por la tierra en Cajibio (Cauca) en Colombia y la de San Pedro de Casta en la zona centro de Perú.
Cauca, Colombia
En el suroeste de Colombia, en el departamento del Cauca, comunidades indígenas de los pueblos nasa y misak, junto con comunidades campesinas, se organizaron en el Territorio de Vida Interétnico e Intercultural de Cajibio (Teviic). Este territorio de vida se posiciona como una propuesta de vida, de reconstrucción de la memoria y de recuperación de la tierra para, como dicen las comunidades de Cajbio, sembrar comida y recuperarlo todo. Desde agosto de 2021 mujeres y hombres entraron a las plantaciones de pino y eucalipto de la multinacional Smurfit Kappa Westrock, de capital irlandés, y tumbaron cientos de hectáreas de árboles para recuperar la vida. Esta acción de cuidados subversivos no solo subvierte la concentración de la tierra que se remonta a los tiempos de la colonia, sino que también transforma su uso al permitir recuperar el agua que ha sido despojada por los árboles de pino y eucalipto, abriendo paso en las grietas generadas por la movilización comunitaria hacia prácticas que se habían perdido en el territorio, como el trabajo colectivo, la fiesta y la olla comunitaria.
El problema del acceso a la tierra ha sido identificado durante décadas como la causa principal de los conflictos políticos, sociales y armados que han atravesado nuestro continente (Fals Borda, 2008; Grajales, 2021). Surgieron movimientos revolucionarios, insurgentes y subversivos que, entre sus banderas de lucha, reclamaron la tierra para quien la trabaja, una reforma agraria integral y la expropiación de la tierra para transformar las relaciones construidas en la colonia. Sin embargo, además de la propiedad y el uso de la tierra, es cada vez más evidente que en el centro de estas luchas territoriales está la disputa sobre el tipo de relaciones que pueden o no existir. Históricamente, el colonialismo, el patriarcado y el capitalismo han tenido como objetivo principal controlar, homogeneizar y moldear las relaciones con la naturaleza (Grove, 1996; Tsing, 2021) y al mismo tiempo excluir, invisibilizar y aniquilar las relaciones sociales entre los seres humanos, los otros y aquellos que no están incluidos dentro del contrato social, enmarcados como anormales o patologías de la sociedad (Feierstein, 2022; Mendieta, 2007).
Las comunidades en el Cauca, al igual que muchas otras en nuestro continente, retoman, resignifican y recuerdan prácticas que fueron exterminadas. El paseo de olla, el almuerzo al lado del río, las historias que se cuentan alrededor del fuego por la noche, el sancocho comunitario, la risa y el encuentro en el trabajo comunitario permiten habitar el territorio desde la memoria y desde la presencia para la reexistencia.
San Pedro de Casta, Perú
Asentados en las alturas de la subcuenca del río Santa Eulalia, afluente del río Rímac, en la microcuenca del río Carhuayuma, los antiguos habitantes de la región sentaron las bases de lo que hoy representa una larga tradición de cuidado del agua en San Pedro de Casta. A través de un intrincado sistema de riego y gestión comunitaria, su intervención en el ciclo natural del agua no solo aseguró la subsistencia agrícola de generaciones futuras, sino que además se entreteje profundamente con las prácticas culturales y espirituales de la comunidad. Para la comunidad de San Pedro de Casta, la gestión del agua constituye el eje central de su identidad colectiva, en la que la vida comunal se expresa en rituales dedicados al cuidado del agua, honrando la interacción constante entre las acciones humanas, el mundo natural y el mundo sobrenatural.
En un contexto marcado por la expansión de proyectos extractivos, el modelo capitalista de desarrollo desterritorializado y la presión sobre los bienes hídricos, San Pedro de Casta —su gente, sus aguas, sus hualinas[1] y sus trabajos comunitarios— emerge como un ejemplo de resistencia y resiliencia a través de su relación con el agua. Sus habitantes han desarrollado sistemas de irrigación basados en el trabajo colectivo y los principios de reciprocidad, solidaridad, cuidado y autogobernanza. Entre cantos y rituales, honrando la estrecha relación entre la comunidad y su entorno, entre el mundo de aquí y el mundo de allá, se realizan la siembra y la cosecha del agua. Estas prácticas no solo aseguran la disponibilidad de agua, sino que fortalecen los vínculos sociales entre los habitantes, quienes trabajan en conjunto en las faenas de limpieza y mantenimiento de las infraestructuras hídricas, cuidando con cariño y atención el paso por el que fluye el agua.
La Fiesta del Agua o Champería en San Pedro de Casta es expresión viva del cuidado subversivo. Durante una semana, la comunidad se dedica plenamente a cantarle al agua, a cuidar su agua. La comunidad se detiene para realizar actividades simbólicas, siguiendo el recorrido orgánico del agua, celebrando la fertilidad de la tierra, pidiendo lluvia, cantando hualinas, compartiendo alimentos y agradeciendo por la abundancia del agua, y así reconoce su importancia para la vida y el bienestar de toda la comunidad (Mora Sansotta, 2022: 183). El cuidado del agua se erige no solo como una práctica material, sino como un acto político y simbólico que posibilita la emergencia de nuevos modos de convivencia en y con la naturaleza, reafirmando la capacidad de la comunidad para habitar y transformar su territorio.
Conclusiones: cuidados subversivos como tejido de resistencia
Tanto en Cajibio como en San Pedro de Casta, el cuidado trasciende el acto de defender o recuperar un bien natural para convertirse en una práctica política y cultural de resistencia y reexistencia. En el Cauca, la recuperación de la tierra y la defensa del agua representan una respuesta ante un modelo extractivista que desde la colonia ha intentado apropiarse de la relación de las comunidades con su territorio y desvalorizarla. La acción colectiva —el corte de pino y eucalipto, la siembra de cultivos de pancoger, las jornadas de trabajo comunal, los encuentros intergeneracionales y la ritualidad campesina e indígena— se convierte en un acto subversivo que resiste la homogenización del territorio y la imposición de lógicas de acumulación y dominación. De igual forma, en San Pedro de Casta, las prácticas de cuidado del agua —las hualinas, las faenas, la siembra y la cosecha— no solo aseguran la subsistencia, sino que reafirman la identidad y la autonomía comunitarias. Estas actividades, enmarcadas en saberes locales y rituales que honran la interdependencia entre los humanos, la naturaleza y lo sobrenatural, representan una apuesta contra los modelos modernizadores que pretenden desarticular las redes de solidaridad y reciprocidad.
Ambos ejemplos se unen en la reflexión de que el cuidado es, en esencia, subversivo, al ser una forma de tejer resistencias y reconfigurar las relaciones de poder. Las prácticas en Cajibio y San Pedro de Casta nos demuestran que, al tejer con hilos de solidaridad, memoria y presencia en el territorio, las comunidades no solo cuidan y protegen los bienes necesarios para la reproducción de la vida, sino que tejen espacios de reexistencia y transformación. Este cuidado, que se vive y se siente en cada jornada, ritual y encuentro, sostiene el tejido vivo de lucha y permite el surgimiento de un mundo en el que la diversidad y la interdependencia sean la base para ser y estar con otros y otras. Desde este nuevo lugar, el cuidado subversivo se convierte en una práctica de correspondencia, una reflexión surgida y retroalimentada desde las epistemologías del Sur que nos permite aprender a vivir y morir bien en un planeta compartido.
Referencias
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[1] Las hualinas son canciones populares tradicionales para la Fiesta del Agua.
* Unidad de Ciudadanía Intercultural y Salud Indígena, Facultad de Salud Pública y Administración, Universidad Peruana Cayetano Heredia. E-mail: alejandra.bussalleu@upch.pe.
** River Commons Programme del Water Resources Management Group, Wageningen University & Research (WUR) con financiación del Inref. E-mail: moritz.tenthoff@wur.nl.
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