EDITORIAL
Palabras clave: agua, cuerpos, relacionalidad, vidas humanas y más que humanas.
Keywords: water, bodies, relationality, human and more-than-human lives.
El agua no es únicamente un recurso económico: fluye entre ríos, bosques, humedales y cuerpos entrelazando vidas en una colectividad más que humana. En América Latina, las luchas por el agua han cuestionado persistentemente las fronteras que la modernidad estableció entre naturaleza y sociedad. Comunidades indígenas, organizaciones territoriales, movimientos ecofeministas y experiencias de gestión comunitaria han comprendido el agua como una trama de relaciones que sostiene y conecta múltiples formas de vida. En este contexto, el concepto de hidrofeminismo propuesto por Astrida Neimanis (2017) ofrece un lenguaje fértil para poner en diálogo estas experiencias y reflexiones, al invitarnos a reconocer que somos cuerpos de agua constituidos por la misma materialidad que fluye a través de glaciares, ríos, acuíferos y mares. Desde este horizonte los hidrofeminismos adquieren relevancia para pensar los desafíos contemporáneos de la justicia hídrica y ecológica en el continente.
Lejos de constituir una simple recepción de debates surgidos en otros contextos, este diálogo ha permitido visibilizar la riqueza de experiencias, luchas y marcos analíticos que, desde América Latina, amplían y tensionan los propios sentidos del hidrofeminismo. En junio de 2025, en el marco de la X Conferencia Latinoamericana y Caribeña de Ciencias Sociales organizada por Clacso, el panel «Hidrofeminismos en América Latina», impulsado por el Grupo de Trabajo Ecologías Políticas desde el Sur/Abya-Yala, reunió investigaciones, experiencias territoriales y reflexiones provenientes de Brasil, Chile, Colombia y México. Este encuentro permitió reconocer la existencia de un campo emergente de reflexión y acción que halla en los hidrofeminismos una herramienta conceptual para repensar las relaciones entre agua, cuerpos, territorios y poder, desde contextos marcados por historias de colonialismo, despojo y reexistencia.
Aguas múltiples. Hacia una comprensión relacional
Reconocernos como cuerpos de agua implica asumir que nuestra existencia se constituye en relación con los flujos, ciclos y materialidades que atraviesan territorios humanos y más que humanos. Esta condición relacional no es meramente ontológica. Siguiendo a Escobar (2015), toda ontología relacional es también política, en tanto las relaciones entre humanos y más que humanos —incluidas aquellas que se establecen con el agua— son producidas, reguladas y disputadas en procesos sociales e históricos. Desde esta perspectiva, lejos de ser un espacio neutral de coordinación y toma de decisiones, la gobernanza del agua constituye un campo de disputa donde normas, instituciones y discursos producen determinados órdenes hidrosociales, distribuyendo de manera desigual el acceso, el control y la capacidad de decidir sobre los territorios y cuerpos de agua (Boelens et al., 2016; Hernando-Arrese et al., 2026; Zwarteveen y Boelens et al., 2014).
Las disputas por el agua no son solo conflictos distributivos, sino encuentros entre mundos. El agua no es una categoría universal interpretada de maneras distintas, sino una realidad múltiple. Lo que desde una ontología moderna aparece como recurso o mercancía, en otras configuraciones relacionales puede manifestarse como ser vivo, pariente, espíritu o fuerza territorial. La diferencia, de este modo, no radica en perspectivas culturales diversas, sino en la coexistencia de mundos que producen distintas formas de existencia y que, frecuentemente, entran en tensión dentro de un mismo territorio (Blaser, 2013; Bonelli et al., 2016; Blaser y Cadena, 2018; Escobar, 2015).
En América Latina, los conflictos territoriales vinculados al agua han puesto en evidencia esta multiplicidad ontológica y han contribuido a la construcción de marcos analíticos que resultan fundamentales para los debates hidrofeministas contemporáneos. Los pueblos indígenas han resistido históricamente la reducción del agua a mercancía, sosteniendo vínculos que la reconocen como parte constitutiva de la vida cultural, espiritual y ecológica de los territorios (Ballestero, 2019; Ulloa, 2025). A su vez, mujeres indígenas, campesinas y afrodescendientes han sostenido por generaciones prácticas y conocimientos situados que reconocen al agua como un ser vivo, un territorio de vínculos y una base compartida de existencia. Las ecologías políticas feministas y los feminismos indígenas y comunitarios latinoamericanos han construido, desde sus propios territorios, marcos analíticos que muestran cómo las desigualdades en torno al agua se inscriben diferencialmente en cuerpos y territorios, y cómo las luchas por el agua operan desde perspectivas relacionales, situadas y descolonizadoras (Bolados y Sánchez, 2017; Bravo y Fragkou, 2019; Hernando-Arrese e Ibarra, 2025; Ojeda, 2021; Ulloa, 2020; Zaragocín y Caretta, 2021).
La relevancia de estas contribuciones radica en que desplazan la discusión desde la mera constatación de nuestra condición relacional hacia las formas concretas en que esa relacionalidad es gobernada, disputada y defendida. En América Latina, los vínculos entre agua, cuerpos y territorios emergen en escenarios marcados por el colonialismo, el extractivismo y las desigualdades socioambientales, donde la defensa del agua es también una defensa de modos de vida, memorias y futuros colectivos. En este contexto los hidrofeminismos ofrecen herramientas para pensar la relacionalidad no como una condición de equilibrio armónico, sino como un campo de tensiones donde se disputan las formas legítimas de habitar, gobernar y cuidar las aguas y los territorios.
Hidrofeminismos. Descentrar al sujeto mujer
En los debates clásicos sobre agua, género y territorio se invoca con frecuencia la necesidad de incorporar «las voces de las mujeres» a los espacios de decisión política. La categoría «mujeres», sin embargo, presupone que las mujeres constituyen un sujeto unívoco y homogéneo cuyas experiencias se asimilan (Hernando-Arrese e Ibarra, 2025). En América Latina, los feminismos descoloniales han insistido en esta complejidad (Curiel, 2009; Lugones, 2008), pero los hidrofeminismos lo vuelven aún más radical e incómodo al descentralizar a la mujer como categoría para preguntar cómo agua, cuerpos y territorios se coimplican en formas de conocimiento situadas. El enfoque hidrofeminista entiende el agua no como recurso, sino como sujeto relacional que forma parte de una trama compartida de vida (Neimanis, 2017). En este contexto la perspectiva de género se vuelve insuficiente, porque no da cuenta de cómo operan otras opresiones sobre territorios diversos del Sur Global: la colonialidad opera simultáneamente en la explotación territorial y en la feminización de ciertos cuerpos. La opresión y la precariedad en territorios extractivistas se intensifican en los cuerpos de mujeres, niñas y disidencias, generando violencia interseccional: un entrelazamiento de opresiones que no puede reducirse a una sola.
Una lectura podría argumentar que las mujeres tienen relaciones especiales con la naturaleza, cuidan más, luchan con mayor tenacidad por el agua. Pero la perspectiva hidrofeminista rechaza ese argumento si se piensa en un sentido esencialista. El problema no es que las mujeres sean «salvadoras de la naturaleza», sino cómo bajo regímenes capitalistas y patriarcales ciertos cuerpos son marcados como feminizados y son los primeros en sufrir contaminación y escasez. Y desde esa posición de vulnerabilidad emerge, paradójicamente, un saber encarnado que no sería posible desde la abstracción política.
Entonces se vuelve clave la pregunta: ¿en qué se diferencia el hidrofeminismo de la ecología política feminista? Esta pregunta acerca de la distinción entre estas aproximaciones conceptuales tan cercanas es relevante. La ecología política feminista, con su atención a cómo género, clase y raza se intersecan en luchas territoriales, ha sido fundamental para visibilizar mujeres como sujetos políticos en conflictos ambientales (Bolados y Sánchez, 2017; Herrero, 2012). El hidrofeminismo nos ayuda a pensar la relacionalidad del agua, mientras que la ecología política feminista nos obliga a preguntarnos por las relaciones de poder que atraviesan ese vínculo entre sujetos humanos (generalmente, las mujeres) y naturaleza (el territorio, el agua). El hidrofeminismo, en cambio, desplaza esa ontología misma. Desde la perspectiva que articula Neimanis (2017), no se trata de que las mujeres tengan una relación especial con el agua o que cuiden mejor la naturaleza —lectura que puede caer en un esencialismo—. Se trata de que somos cuerpos de agua, que los cuerpos feminizados y racializados, bajo regímenes de violencia extractivista, se vuelven extensiones de territorios explotables, y que esa coexplotación revela una relacionalidad fundamental entre fluidos y cuerpos que el capitalismo patriarcal trata de negar y controlar (Ibarra, 2024).
Así, mientras que la ecología política feminista pregunta cómo las mujeres se relacionan con y luchan por la naturaleza, el hidrofeminismo pregunta qué somos si reconocemos que agua y cuerpo, territorio y vulnerabilidad, son coconstitutivos. Es una diferencia entre un análisis de interseccionalidad que suma opresiones y uno que las entiende como resultado de una colonialidad que atraviesa simultáneamente la explotación de aguas, cuerpos feminizados y territorios subalternizados. Eso tiene consecuencias políticas: no se trata solo de incluir voces de mujeres en la gobernanza del agua, sino de repensar fundamentalmente las ontologías que nos permiten concebir el agua como sujeto relacional, no recurso.
Este movimiento, que busca descentralizar a la mujer para enfatizar lo relacional, permite que el hidrofeminismo conecte con tradiciones de pensamiento americano que nunca separaron cuerpo de territorio, persona de comunidad. La espiritualidad política que se traduce en ceremonias, rogativas, ofrendas y comunicación con espíritus constituye formas de conocimiento territorial que cuestionan preceptos coloniales (Walsh, 2009). Existen ontologías en las que lo espiritual, material y político permanecen inseparables. Las mujeres no están siendo «defensoras de la naturaleza»; están tejiendo relaciones desde una posición que es simultáneamente de precariedad y potencia creativa.
Los hidrofeminismos deben sostener una tensión difícil de eludir: el riesgo de romantizar esa potencia comunitaria. La interseccionalidad revela cómo género, raza y otros ejes de diferenciación interactúan dentro de prácticas sociales, instituciones e ideologías culturales (Crenshaw, 1989; Kerner, 2009). Si se comprende esto con rigor, la comunidad no se presenta como solución armoniosa, sino como un campo de disputa permanente. El hidrofeminismo, como práctica política y no solo marco teórico, sostiene esa fricción: la comunidad genera conocimiento y reexistencia, pero está atravesada por dinámicas patriarcales y coloniales internas, por contradicciones que no desaparecen frente a enemigos comunes. Entonces, la interseccionalidad opera como herramienta para hacer legibles las tensiones. El enfoque relacional entiende conexiones entre cuerpos de agua que están encarnadas en historias de vida de individuos, comunidades y territorios específicos.
La comunidad entonces no constituye una solución de por sí. La defensa del territorio requiere reconocer la intersección de capitalismo, colonialismo y patriarcado, entendiendo cómo las mujeres racializadas experimentan la crisis, resisten prácticas extractivas y articulan modos alternativos de coexistencia. La reexistencia consiste en la capacidad de construir, desde modelos de vida de despojo, otras formas de habitar y saber colectivamente. Los hidrofeminismos son proyectos de transformación radical que denuncian la comodificación del agua y reivindican el conocimiento situado de mujeres que habitan cuencas, ríos y mares. Es esa capacidad de transformación radical lo que este número busca relevar, poniendo en diálogo estos marcos desde territorios diversos de Latinoamérica.
Los textos de este número
Abrimos la revista con la sección «Opinión» y el texto de Francisca Fernández Droguett, quien recupera y pone en diálogo los diversos aportes epistemológicos y teóricos de los hidrofeminismos y feminismos ecoterritoriales, para caracterizar y analizar propuestas de gestión comunitaria de diversos cuerpos de agua de mujeres y disidencias en Abya Yala. Específicamente considera la experiencia de la asamblea de Mujeres y Disidencias del Movimiento por el Agua y los Territorios (MAT), de Chile, y la articulación Mujeres y la Sexta, de Ciudad de México.
Carolina Hernández Rodríguez, Flora Lecomte y Sylvia Gómez-Gómez presentan una novela gráfica centrada en los cuerpos de agua de ocho historias de mujeres del río Magdalena en Colombia. A través de relatos protagonizados por mujeres que habitan y defienden el río, se exploran elementos gráficos y otras formas de representar los entramados de relaciones que hacen del río una comunidad multiespecie.
Cierra la sección el texto de Abril Hernández Rodríguez, quien comparte la experiencia colectiva del laboratorio Aquanoides, en la que se recorren acuíferos entubados de Ciudad de México para imaginar y diseñar identidades futuristas y animar el vínculo con el entorno más allá de los automatismos propios de la vida urbana moderna.
En la sección «Profundidad» contamos con textos que permiten conocer de forma situada las maneras en las que se despliegan diversas relacionalidades en torno al agua, en contextos de creciente conflictividad. Así, en el primer artículo, Dhyana Irizaida Navar Mendívil analiza la contaminación del río Santiago, en Jalisco, México. A partir de una perspectiva hidrofeminista, se lleva a cabo el Ritual para que llueva, un video-performance que resignifica el agua como medio relacional configurador de cuerpos, territorios y condiciones de habitabilidad.
El artículo colectivo de Nazaret Cabrera y Jenniffer Vargas Vega, desde una perspectiva hidrofeminista y territorial, analiza las prácticas relacionales y los saberes de los pueblos murui-muina, huitoto, andoke, muinane, yukuna y matapí, para quienes el río y el territorio no son recursos, sino actores políticos vivos con agencia, con quienes se dialoga y se establece un vínculo de reciprocidad.
Desde una perspectiva de hidrofeminismo del Sur, Denisse Roca-Servat propone pensar con el agua como una aliada en la reconstrucción de la memoria geohistórica y socioambiental del planeta. A través de cinco historias de resistencia y de reexistencia, se navega por territorios acuosos de Puerto Rico, Honduras, Colombia, Perú y Chile, visibilizando relaciones hidrofeministas y cosmopolíticas caribeño-latinoamericanas.
El texto de Juliana Forigua-Sandoval explora las ecologías afectivas del río Magdalena en Colombia, a través de Aura, un personaje de ficción etnográfica construido a partir de mujeres líderes, activistas y pescadoras del Magdalena Medio. Su historia revela cómo la pesca artesanal es una forma de vida entrelazada con los ritmos hidrológicos, los ciclos ecológicos y las memorias territoriales del río.
En la sección «Breves» presentamos siete artículos. En el primero, Soledad Fernández Bouzo propone un diálogo entre los hidrofeminismos y la ecología política feminista del agua a la luz de las condiciones materiales de desigualdad que enfrentan las mujeres de sectores populares del Área Metropolitana de Buenos Aires. La autora argumenta que la relación entre mujeres y agua es políticamente construida y territorialmente situada y explora distintas dimensiones de la injusticia hídrica generizada.
El texto colectivo de Estefanía Palacios-Tamayo, María Teresa Arteaga-Auquilla y Miguel Angel Novillo Verdugo plantea que una manera de entender la gestión del agua a cargo de cuerpos de mujeres en el cantón Sígsig, al sureste del Ecuador, es a partir de la relación entre los hidrofeminismos y la agencia cuerpo-comunidad. A partir de una serie de entrevistas, este artículo analiza cómo las mujeres campesinas experimentan y afrontan la escasez hídrica.
Ericka Toledo Zurita propone una exploración hidrofeminista del «bosque de agua» en México para cuestionar el imaginario tecnocrático que provocan las crisis hídricas. La autora piensa el bosque de agua como método hidropoético, es decir, una práctica estética y política orientada a la reciprocidad multiespecie y la justicia hídrica, que exige hidrologizar el habitar y restituir el espesor sensible del agua.
Por su parte, Ernesto Villava-Robles y Lucía Linsalata, desde México, recuperan la invitación de los hidrofeminismos a pensar en el agua como un conector entre cuerpos diversos al interior de la trama de la vida, para relatar brevemente la historia de las continuidades acuosas en la microcuenca del río Chiquito.
En su texto colectivo, Catalina Quiroga Manrique y Kimberly Montañez-Medina analizan cómo las mujeres wayús, en La Guajira, región semiárida del norte de Colombia, interpretan y defienden los pozos profundos como infraestructuras vitales y espacios políticos. A contracorriente de la gestión tecnocrática del agua, emergen liderazgos hidrofeministas que leen la vida de los acuíferos mediante bioindicadores encarnados —sabor, olor, sueños, comportamiento animal y fallas infraestructurales— que articulan cuerpos humanos y no humanos como sensores del subsuelo.
Javiera Cifuentes-Padilla y María del Pilar Olave analizan la expansión territorial de SILENCIO, acción artístico-performativa desarrollada entre 2022 y 2024 en cuerpos de agua de América Latina y Europa, articulando ecología del agua, justicia hídrica e hidrofeminismos situados. Examinan cómo regímenes hidropolíticos diferenciados configuran relaciones entre territorios, comunidades y prácticas de cuidado.
Desde el Chaco paraguayo, Nadua Benítez cierra la sección, analizando la gestión comunitaria del agua en Kemha Yat Sepp’ó, comunidad enxet sur, desde el enfoque de cuerpo-territorio. Examina cómo la crisis hídrica se inscribe de manera diferenciada en los cuerpos y, a su vez, emergen formas situadas de conocimiento, adaptación y resistencia.
En «Redes de resistencia» el texto colectivo de Felipe Milanez, Simone Alves da Cruz, Daniela Lima y Damoran Muzunguê propone una lectura desde los hidrofeminismos latinoamericanos y el concepto de cuerpo-territorio para comprender la lucha de mujeres pertenecientes a comunidades pesqueras y quilombolas que organizan su vida según los ritmos de las mareas y mantienen una relación de reciprocidad con los manglares en Bahía de Todos los Santos, Brasil.
Belén Tapia de la Fuente presenta un mapeo digital colaborativo que georreferencia y describe veintiséis experiencias de alianza, cuidado, reciprocidad e interdependencia multiespecie entre mujeres, aguas y textiles en Chile desde 2019 hasta 2025.
En la sección «Referentes ambientales» se encuentra el texto colectivo de Francisca Carril Cares, Paloma Gajardo Bustamante, Isabel Quintana, Fernanda Villarroel Bloomfield, Evelyn Arriagada Oyarzún, Deisy Cona Seguel y Pía Vásquez Ossa, quienes exploran la experiencia de la Asamblea de Mujeres Insulares por las Aguas (Amipa), organización de mujeres del archipiélago de Chiloé, al sur de Chile. A partir del objetivo de defender las aguas en todas sus formas, la soberanía hídrica se vuelve un horizonte político y una práctica concreta a través de la reconexión, la memoria y ontologías hídricas contrahegemónicas.
Claudia Fernanda Morales Martínez cierra la sección, explorando las representaciones y prácticas que, en torno al agua, construyeron las mujeres lencas que defendieron el río, destacando las aportaciones de dos de sus lideresas, Berta Cáceres y Pascuala Vázquez, con el fin de situar el hidrofeminismo en un contexto de despojo extractivista y mostrar que el agua es un campo donde se disputa la reproducción misma de la vida.
Por último, Amaranta Herrero Cabrejas hace una crítica al libro «Quienes no se ahogaron». Lecciones feministas negras de los mamíferos marinos, para invitarnos a conocer la relación de aprendizaje vital que la autora, Alexis Pauline Gumbs, ha sostenido con delfines, morsas, orcas, belugas, ballenas y leones marinos, entre otros. El libro comparte una reflexión profunda y arraigada en el pensamiento feminista negro y en un activismo visionario dirigida tanto a los movimientos sociales como al conjunto de la sociedad.
Sin duda, los textos de este número comparten la búsqueda urgente de producir miradas y acercamientos complejos sobre las relaciones entre las distintas existencias que coproducen y conforman la trama de la vida. Sobresale la apuesta por explorar nuevos lenguajes analíticos, gramáticas, metodologías experimentales, estilos narrativos y diversas prácticas estéticas y poéticas para sensibilizarnos sobre la potencia creativa del agua y sus múltiples expresiones en territorios de México, Honduras, Puerto Rico, Colombia, Brasil, Perú, Chile y Argentina. En medio de la guerra y la crueldad de nuestro tiempo, cada texto constituye un esfuerzo por narrar historias de las luchas que persisten en sostener y reproducir la vida, al tiempo que disputan las formas dominantes de habitar, relacionarse y tejer interdependencias.
Maite Hernando-Arrese, María Ignacia Ibarra, Mina Lorena Navarro y Paola Bolados
Referencias
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