Ana Lilia Salazar Zarco*

DOI: doi.org/10.53368/EP63IVCop01

Resumen: En las últimas décadas, las invitaciones críticas de intelectuales de los márgenes han impulsado nuevas formas de analizar e interpretar la realidad y las ciencias sociales. Las feministas son parte de estas intelectuales que han propuesto problemáticas y modos de abordaje con lógicas distintas a las de la modernidad capitalista y su patriarcado. También los pueblos originarios y sus luchas y narrativas han descolocado la lógica colonial de la matriz eurocéntrica con eje en la blanquitud y el capital. Ambas prácticas políticas y construcciones filosofías brindan elementos para entender el mundo desde otros lugares, como la categoría de territorio que estamos abriendo y complejizando. Por ello, en esta reflexión se presentan brevemente algunas de las experiencias convergentes frente a formas sociales del patriarcado, que condujeron a la crítica del capital y a la confirmación de las relaciones generadas en la reproducción de la vida fuera del capital, centradas en la comunidad y el servicio. Se concluye que las relaciones de reproducción son de interdependencia y resultan claves en el análisis de otras maneras de gestionar el poder y organizar la vida social, sobre todo en horizontes comunitarios.

Palabras clave: territorios, cuidado, vida, interdependencia, corresponsabilidad

 

Abstract: Lately, in the face of critical invitations from intellectuals from the margins, new ways of analyzing and interpreting reality and the Social Sciences have been promoted. Feminists are one of the groups of these intellectuals who have placed problems and the ways of approaching them from a different logics than from those of capitalist modernity and its patriarchy. The native peoples and their struggles and narratives have dislocated the colonial logic of the Eurocentric matrix from whiteness and capital. These political practices and the philosophical thoughts, have elements to understand the world from other places and logics, such as the category of territory that we are opening and complexifying. This reflection presents some of the convergences between experiences of relations that are generated in the reproduction of life outside capital and for the community. I conclude that reproduction relations are interdependent and are key in the analysis of other ways of managing power and organizing social life, especially in community horizons.

Keywords: territories, care, life, interdependence, stewardship

Introducción

Para disputar la capacidad de reproducir la vida, los feminismos y los pueblos originarios han construido sus propias herramientas teórico-metodologías, tanto para la reflexión simbólica de lo ético (filosófico) como para la práctica política concreta (activismo/lucha). El objetivo es presentar una discusión que se suscribe a los principios críticos y argumenta la afirmación descolonial feminista y de reivindicación y pertinencia cultural de las mujeres y los pueblos originarios, que han sido claves en el ejercicio de reproducción de la vida comunitaria y escapan a la lógica de reproducción de la vida del capital. Esto potencia políticamente estas acciones que se disputan en los territorios[1] de lo simbólico-filosófico y de lo político y su práctica.

Las relaciones sociales basadas en la producción y el consumo con una lógica capitalista del salario aparecen como una entidad exterior al sujeto que no lo dota de capacidad para dar una forma propia a su concreción social, pero la lógica comunitaria, basada en el servicio, se disputa esta capacidad. Por ello, en las siguientes líneas se puntearán algunos elementos, algunas claves que permitan comprender dichas formas sociales —las comunitarias— y la implicación en ellas de relaciones de interdependencia.

 

Lectura crítica del trabajo en clave comunal

Las formas políticas de lo comunitario obligan a pensar el poder desde un orden distinto. Ello permite concebirlo sin sometimiento o jerarquización, un argumento basado en la posibilidad de que «no toda relación de poder sea una relación de dominación» (Gutiérrez y Salazar, 2015: 37).

La visión de la producción de lo común tiene sus fundamentos en el trabajo concreto y en el disfrute o consumo de sus productos todos los días —en lo cotidiano— y, también, en las experiencias extraordinarias, lúdicas y estéticas, como la organización de las festividades. Los entramados comunitarios tienen cierta capacidad de determinar las condiciones de su subsunción al capital en la modernidad y dislocan las formas en que se organiza el poder más allá de la noción de lo público y lo privado por lo menos de dos maneras: a partir de los propios procesos de autogestión reproductiva de la vida y de los de autorregulación política colectiva (Gutiérrez y Salazar, 2015). Pues, cuando la comunidad organiza el trabajo concreto y los intercambios de otra manera que no es la de la tiranía del trabajo abstracto, reproduce la vida para sí misma y no para el capital.[2]

Dicho de otro modo, en los entramados o tramas comunitarios los bienes materiales pueden intercambiarse a partir de dispositivos y códigos establecidos por las mismas tramas.

Resulta entonces que ese sistema de circulación y flujo de bienes comunitarios no solo permite la reproducción fisiológica o eminentemente material de los miembros de la comunidad, sino que también genera y reafirma sus mecanismos de inclusión y reproduce la socialización de estas: produce orden simbólico que dota de sentido a las exuberantes formas de reciprocidad de la vida común (Gutiérrez y Salazar, 2015: 34).

En este sentido, lo común cuestiona los principios básicos de la modernidad capitalista y desmonta los privilegios que la división sexual del trabajo y la división estatal de lo público/privado han otorgado a los varones —y, de paso, a algunas mujeres—. Puede, pues, considerarse como una manera de ordenar el mundo, es decir, de ser y estar en común o comunidad.

 

La interdependencia como eje político-filosófico en clave comunal

Se considera importante recuperar algunas reflexiones político-filosóficas (en el sentido profundo de lo ético-político) y de la práctica política concreta (activismo-luchas) de producción de lo común que, al cuestionar la marginación y desigualdad impuestas, critican los mandatos culturales individualistas, capitalistas, patriarcales, racistas, etc., para afirmar que todas las personas merecen ser tratadas con dignidad, priorizando lo comunitario.

Esto permite pensar la lucha por lo común como una propuesta de transformación, una manera de habitar el mundo que no se basa en la dominación, la explotación y el despojo, sino en el trabajo común para el bienestar de todas y cada una de las personas de la comunidad. La noción de lo común es una categoría central para construir horizontes de emancipación y de transformación social anticapitalistas, antipatriarcales y antirracistas porque genera interrelación e interdependencia para el cuidado de la vida, de las personas y su entorno natural.

En este marco, los feminismos de lo común son movimientos políticos, sociales, económicos, intelectuales y culturales que intentan construir condiciones para la concientización de las relaciones sociales generadas en el trabajo del cuidado de la vida en y para la comunidad. Estas propuestas en América Latina convergen con la lógica de producción de lo común de los pueblos originarios y permiten pensar y mirar las luchas desde nuevos lugares de disidencia, que no son hegemónicos (capitalistas, patriarcales, racistas, coloniales) ni tradicionales y que, además, hacen posible construir horizontes de transformación más amplios y concisos, con mayor capacidad de concreción para el cambio (Gil, 2017).

Con sus narrativas, los feminismos de lo común ilustran que las formas sociales comunitarias implican relaciones de interdependencia que incluyen lo simbólico, lo celebrativo, los rituales, lo afectivo y lo político-institucional —como el sistema de cargos, la asamblea, la colectiva, el grupo, el círculo—. Estos elementos aproximan lo común a un orden social que parece ser más humanitario, pues se acerca a las emociones en donde encuentra espacio para profundizar las vinculaciones.

Estas prácticas de organización, participación o vinculación comunitarias implican, además, acciones concretas de producción de objetos que también transforman a quien las realiza, lo cual es considerado trabajo en una forma comunitaria, es decir, una forma social distinta y que disputa las exigencias del capitalismo para su reproducción. Tales prácticas de organización concretadas en acciones o trabajo desbordan las limitaciones del espacio o territorio social y crean condiciones para la configuración del poder y lo político basada en una forma social comunitaria, desde la interdependencia y la corresponsabilidad.

Por ejemplo, una lectura desde los feminismos de lo común de la celebración es que en esta se crean interacciones recíprocas —corresponsabilidad— y relaciones de interdependencia entre las personas (mujeres, hombres, jóvenes) a través de prácticas tales como distribuir la comida, antes, durante y después de la festividad y, por lo tanto, en la producción, la elaboración y la distribución del alimento desde su siembra.

Desde la perspectiva de los feminismos de lo común con una lectura marxista, la producción y el consumo de la comida (su producción y elaboración, el trabajo concreto) no solo forma parte de la resistencia identitaria, sino que resguarda una semilla política, pues «la praxis de producción/consumo implica la reproducción de las relaciones sociales o políticas que la constituyen. Se crea así el sujeto social» (Fuentes, 2015; 196). Es decir, el trabajo concreto se articula con la capacidad de concreción social desde la interdependencia, configurando una dimensión semiótica de la cultura en el sujeto tan profunda como la de las emociones (Suárez, 2018).

Los feminismos de lo común consideran la corresponsabilidad y la interdependencia como derivas de la comunalidad producida por el trabajo de reproducción de la vida o trabajo concreto que crea valor de uso, con una profundidad que incluso alcanza el nivel psicoafectivo y el sostén de su consecuencia: el poder comunal.

Así, la epistemología de los feminismos de lo común devela la dimensión de actividad y capacidad humana que acompaña y da forma a todas las experiencias vividas: la dimensión sensible de lo político; como lo llama Ana Suárez (2018). De esta forma, en la producción y el consumo se gestan relaciones humanas, se configura la subjetividad creadora de bienes que resultan del trabajo. Esto confirma la visión y el ejercicio del poder desde lo comunitario con dos pilares: la interdependencia que «se urde en el conjunto de actividades, trabajos y energías interconectadas en común para garantizar la reproducción simbólica, afectiva y material de la vida» (Navarro y Gutiérrez, 2018: 48), y la corresponsabilidad o respuesta a ese acto que permite cubrir necesidades. Se generan en contextos que se afectan mutuamente y se crean vínculos con una bilateralidad recíproca, materialmente hablando derivada del trabajo de servicio y de cuidado (Favela, 2014).

Conclusiones

La configuración del poder y lo político basada en la interdependencia y la corresponsabilidad visibiliza el carácter obsoleto de algunas prácticas políticas estatales actuales para entender emergencias. Si al pensar el poder nos quedáramos en este nivel, dejaríamos el ejercicio de lo político exclusivamente en manos de la clase política partidista, centrada en el estrato más alto de la institucionalidad estatal. Este reduccionismo no permitiría ver una lógica más general de la constitución y el ejercicio de lo político; se correría el riesgo de minimizar las capacidades de lucha o resistencia de otros sujetos, y se negarían sus posibilidades de aprender y sumar para construir nuevos horizontes de trasformación social.

Para los feminismos de lo común la identidad es una construcción discursiva que se materializa en prácticas sociales concretas. Tales feminismos permiten entender los imaginarios patriarcales de pueblos que, aunque disputan al capitalismo y su forma social, siguen produciendo discursos y lógicas de relaciones diferenciadas (desiguales) entre hombre y mujeres. Por ello, se considera que estos feminismos brindan claves para repensar nuevos horizontes de resistencia y lucha ante los embates de la matriz colonial (patriarcal-machista, capitalista-clasista, biologicista-racista).

Los feminismos de lo común son una corriente de pensamiento social que tiene como clave la política en femenino (Gutiérrez, 2015) y un orden simbólico de la madre (Muraro, 1991), no patriarcal, que se acerca a la versión del ánima del psicoanalista Carl Jung (2002), para quien, en la psique humana, lo femenino es lo que reconcilia y une, nutre, alimenta, cuida de la vida en comunidad; un orden fuera de la lógica patriarcal de la modernidad capitalista, de su individualización y sus roles de género, al que lo masculino y los varones también habrán de sumarse con prácticas menos violentas y destructivas del entorno.

Los feminismos de lo común proponen despatriarcalizar (Galindo, 2013) los horizontes de emancipación para volverlos inclusivos e iguales. Así, estos proponen nuevas maneras de pensar el poder y de ordenar el mundo que llevan implícita una ética del cuidado comunitario de la vida: la interdependencia.

 

Referencias

Favela, M., 2014. «Ontologías de la diversidad». En: M. Millán (coord.), Más allá del feminismo: caminos para andar. Feminismo descolonial. México, Pez en el Árbol, pp. 35-60.

Fuentes, D., 2015. «La crítica como reivindicación de lo político del sujeto social». En: El Apantle, 1, pp. 193-198.

Galindo, M., 2013. No se puede descolonizar sin despatriarcalizar: teoría y propuesta de la despatriarcalización. La Paz, Mujeres Creando.

Gil, S. L., 2017. «Pensar la vida común desde los feminismos». Daimon, supl. 6, pp. 83-94.

Gutiérrez, R., 2015. «Políticas en femenino: transformaciones y subversiones no centradas en el Estado». Contrapunto, 7, pp. 123-139.

Gutiérrez, R., y H. Salazar, 2015. «Reproducción comunitaria de la vida. Pensado la transformación social en el presente». En: El Apantle, 1, pp. 15-50.

Hermi Zaar, M., 2017. «El análisis del territorio desde una totalidad dialéctica. Más allá de la dicotomía ciudad-campo, de un par dialéctico o de una urbanidad rural». Espaço e Economía, V (10), pp. 1-25.

Jung, C. G., 2002. «Sobre el arquetipo con especial consideración del concepto de ánima (1936-1954». En: Obra completa. Madrid: Trotta, vol. 9/I.

Lorde, A., 1988. Una explosión de luz: ensayos. Santiago, Digital.

Muraro, L., 1991. El orden simbólico de la madre. Santiago, Digital.

Navarro, M., y R. Gutiérrez, 2018. «Claves para pensar la interdependencia desde la ecología y los feminismos». Bajo el Volcán, 18 (28), pp. 45-57.

Suárez, A. L., 2018. «La dimensión sensible de lo político». En: R. Gutiérrez (coord.), Comunalidad, tramas comunitarias y producción de lo común. Debates contemporáneos desde América Latina. México, Pez en el Árbol, Casa de las Preguntas, pp. 193-208.

* Directora de Tlalyaocihuah AC. E-mail: zarcoal@gmail.com.

[1] La apropiación del espacio y la producción y reproducción del territorio encierran, en su esencia, un proceso contradictorio que impulsa nuevas configuraciones territoriales en las que están presentes tanto las continuidades y discontinuidades como la integración y la fragmentación, el diálogo y la indiferencia entre las porciones de una misma unidad, o entre diferentes unidades espaciales (Hermi, 2017: 2). También de diferentes dimensiones o lógicas.

[2] «Cuando hablamos de reproducción de la vida nos referimos al conjunto de actividades y haceres materiales, afectivos y simbólicos que generalmente han quedado invisibilizados, negados, devaluados, feminizados, naturalizados en el capitalismo-patriarcado-colonialismo y que son, al mismo tiempo, la base de extracción y generación de valor» (Navarro y Gutiérrez, 2018: 53).

 

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