Lucro pesquero, desastre rural: El coste de la liberalización de la pesca en Asia

GRAIN*

 

En diciembre de 2004, el tsunami que asoló al océano Índico mató más de 170.000 personas y hay cerca de 100.000 que todavía están desaparecidas. En Tailandia, las pérdidas solamente en la industria pesquera ascendieron a no menos de 500 millones de baht equivalentes a US$ 13 millones, en tanto que el daño en viviendas y vidas sigue siendo incalculable.

Los gobiernos y las agencias donantes se apresuraron a declarar que los países afectados fueron «víctimas de las sorpresas de la naturaleza». Sin embargo, posteriormente quedó claro que se trató de un evento que pudo haber sido mitigado en mayor grado si ciertas funciones ecológicas —por ejemplo, los manglares que actúan como protección de la costano hubieran sido destruidas por iniciativas de desarrollo no sustentables como la acuicultura. En un estudio de imágenes satelitales de Cuddalore, India, tomadas antes y después del tsunami, los poblados desprotegidos quedaron totalmente destruidos, pero los que estaban protegidos por manglares no sufrieron prácticamente ningún daño. Los científicos que fueron a Sri Lanka después del tsunami hicieron hallazgos similares: los mayores daños se produjeron en las zonas con mayores emprendimientos de desarrollo costeros.

Parece que es difícil aprender las lecciones que dejó esta experiencia. La acuicultura industrial sigue siendo alentada de forma indiscriminada, «gracias a la financiación masiva que obtiene y la presión miope que ejercen en pos de ese desarrollo cortoplacista poderosas agencias gubernamentales e intergubernamentales como el Banco Mundial, el Banco de Asiático de Desarrollo, USAID, y la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO)».

VIEJAS PRÁCTICAS, NUEVAS INVERSIONES

La acuicultura es una práctica antigua que data de la China antigua del 3500 a. de C. Los primeros «registros» encontrados en los jeroglíficos indican que los egipcios del Reino Medio (2052-1786 a. de C.) habían intentado estas prácticas al igual que los romanos que implantaron las primeras formas de cultivo de ostras. Hoy la acuicultura industrial produce un tercio del total del pescado y una cuarta parte de los camarones que se consumen.

Se estima que en 2020 la acuicultura producirá casi la mitad de toda la producción de pescado, y cuatro quintas partes de ese total serán suministradas por países en desarrollo. Con la disminución de la captura en mar abierto y la perspectiva de grandes ganancias en divisas derivadas de la exportación de camarones cultivados, cada vez hay más gobiernos interesados en la acuicultura.

Incluso en una economía férreamente controlada como la de Vietnam, la acuicultura fue el primer sector económico en ser liberalizado. El país actualmente tiene más de 900.000 hectáreas de superficie de agua dedicadas a la acuicultura, de las cuales dos tercios corresponden a la cría de camarones.

Las inversiones en la bonanza de la acuicultura son muy importantes en otras partes de Asia. En Tailandia, al menos 19 compañías participan en la producción acuícola, incluida Charoen Pokphand, una de las corporaciones agroindustriales más grandes de Asia. Esta empresa ya es el primer proveedor mundial de camarón rayado negro, y cultiva tilapia tanto en Tailandia como en Birmania, donde posee 8.000 hectáreas de acuicultura de tilapia.

La presencia de estas empresas en la acuicultura significa que los pequeños productores con poco capital no están en condiciones de competir o son devorados por los grandes. Por ejemplo, en las zonas donde no hay más tierra disponible para la acuicultura, Charoen Pokphand simplemente absorbe a los pequeños productores mediante sistemas de producción por contrato.

UN EMPRENDIMIENTO DESTRUCTIVO

Con la expansión de la acuicultura también surge la preocupación por los problemas que causa. El tsunami de diciembre de 2004 puso en evidencia el balance negativo que arroja el incremento de las superficies cada vez mayores dedicadas a la acuicultura, frente al debilitamiento que ello supone de la capacidad de resistencia de las comunidades costeras ante las calamidades naturales. Se estima que casi la mitad de todos los manglares de la región han desaparecido, víctimas del desarrollo de complejos turísticos, la expansión urbana, y fundamentalmente los emprendimientos de acuicultura. En los últimos 20 años, los países han destruido sistemáticamente estas barreras naturales en nombre del desarrollo de la acuicultura. Se tala los manglares para construir allí estanques cerrados en los que se crían especies seleccionadas —como tilapia, sabalote o camarón— en un ambiente de monocultivo controlado.

Además de ser una barrera natural para las tormentas y tsunamis, los bosques de manglares ofician asimismo como zona de desove para muchos tipos de peces. La pérdida de estas áreas de desove efectivamente interrumpe el ciclo de reproducción que es crucial para el mantenimiento de la biodiversidad y el equilibrio necesario en el ecosistema marino.

«Lo que ha sucedido en las últimas décadas es que muchos manglares han sido talados para implantar estanques de cría de camarones, para que aquí en Europa podamos acceder a camarón barato» declaró Jeff McNeely, jefe científico de la Unión Internacional de Conservación de la Naturaleza (UICN), comentando el tsunami desde la sede central de la organización en Suiza.

Los pescadores artesanales también han pagado cara la expansión de la acuicultura. A medida que aumenta la superficie dedicada a la acuicultura, más pescadores son desplazados de su medio de sustento sea física o económicamente. En Filipinas, por ejemplo, el impulso del gobierno a la modernización de la pesca se ha convertido en sinónimo de creación de granjas acuícolas. Pero como esto favorece fundamentalmente a los operadores comerciales con mucho capital, muchos pescadores de pequeña escala han perdido sus caladeros de pesca, o han terminado transformándose en trabajadores de los establecimientos acuícolas. En general, reciben bajos salarios o un magro porcentaje a partir de un sistema de distribución de beneficios que favorece a los propietarios.

En Indonesia, el desarrollo de los criaderos de camarones está asociado a violaciones de los derechos humanos, como la confiscación de tierras, la represión violenta de las protestas, y terribles condiciones de trabajo para los trabajadores de los criaderos. Sin embargo, a pesar de esto, el gobierno indonesio ha autorizado que un tercio de la zona de manglares que aún queda sea convertido en estanques para camarones. Pero a medida que se desplaza a los pescadores artesanales, también desaparece su conocimiento sobre las prácticas de pesca sustentables.

CULTURA DE GRAN DERROCHE

Los impactos de la acuicultura no se reducen a las comunidades costeras. En la medida en que la acuicultura de agua dulce también empieza a popularizarse, las prioridades sobre el uso de los recursos afectan directamente también el sector agrícola. La tierra y el agua —recursos cada vez más escasos en muchas zonas agrícolas— se dedican a la acuicultura de agua dulce. En Tailandia, ambos recursos han sido desviados hacia la industria de la acuicultura en los últimos años. Casi la mitad de la superficie que hoy se usa para estanques de camarones en Tailandia, antes estaba dedicada al cultivo del arroz.

La acuicultura intensiva también puede generar escasez de agua. La cría de una tonelada de camarones en un criadero requiere entre 50.000 y 60.000 litros de agua. En algunas zonas costeras, el desvío de agua para los estanques de camarones ha bajado el nivel de las aguas subterráneas. La contaminación también es una consecuencia grave de este tipo de emprendimientos. La gran cantidad de heces de peces, alimentos no ingeridos y otros restos orgánicos que son tirados en las costas o ríos circundantes cuando se recarga de agua los estanques, pueden ocasionar el crecimiento de algas peligrosas y un agotamiento del oxígeno. Solamente en Tailandia, los estanques de camarones descargan unos 1.300 millones de metros cúbicos de efluentes en las aguas costeras cada año.

Al final de cuentas, la acuicultura consume mucho más que lo que produce. Se estima que se necesitan alrededor de dos kilos de harina de pescado para producir un kilo de pescado o camarón de criadero. Por cada kilo de camarón criado en los estanques tailandeses implantados donde había manglares, se pierden 400 gramos de pescado o camarón silvestre capturado en la pesca. Casi un tercio de la captura silvestre de pescado en todo el mundo se transforma en harina de pescado o en aceite de pescado que luego se usa para alimentar a los peces de criadero.

No obstante, a pesar de todo esto se sigue fomentando agresivamente la acuicultura, y esta ofensiva ahora incluye también el desarrollo de peces transgénicos.

LAS RUINAS DEL TSUNAMI

Si uno observa la rehabilitación post-tsunami en Indonesia, Tailandia o Sri Lanka, se podría decir que las marcas del agua se han secado. Pero las ruinas siguen allí, a lo largo de la línea costera, a pesar que ya hace mucho tiempo que se ha limpiado todo —se trata de los pequeños pescadores que día tras día quedan huérfanos debido a este tipo de desarrollo.

Si hay una lección que aprender de esta era de globalización económica es que las negociaciones comerciales han dejado a muchos gobiernos sordos y ciegos ante su propia realidad. Sin saberlo, ya están vendiendo a sus propios pueblos a cambio de algunas ganancias.

Quizá sea el momento de ir más allá de las declaraciones de conferencia y optar por otros caminos donde las voces de los pescadores se hagan escuchar mucho mejor.

Para ampliar la información: www.grain.org.

* carlos@grain.org (Responsable de información para América Latina).

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