Ciudad, comunidad y huerto: los diggers del fin de los tiempos

Ciudad, comunidada y huerto: los diggers del fin de los tiempos

Gualter Barbas Baptista[1]

Palabras-clave: comunes, huertos urbanos, agroecología, diggers

 

Las iniciativas agroecológicas de varios tipos (proyectos comunitarios agrícolas – CSA-, huertos urbanos, redes de semillas, comunidades rurales) están en expansión en toda Europa. De entre todas ellas, en este artículo nos centraremos en los huertos comunitarios, que se distinguen de los tradicionales en sus objetivos. Mientras que en el caso de los huertos urbanos tradicionales el objetivo principal es la obtención de alimentos (y en ocasiones la ocupación de tiempo libre), los propósitos de los huertos de perfil comunitario van, tal como veremos más adelante, bastante más allá.

Los huertos comunitarios se diferencian de otros usos de espacio urbano – desde los huertos “privados” hasta los jardines públicos – por el hecho de que son gestionados de manera colectiva y esencialmente voluntaria, además de que están abiertos al público, o al menos a una comunidad amplia de visitantes. Estas características, asociadas a la frecuente exposición pública que estos huertos tienen, crean una serie de nuevos procesos en la ecología política de la ciudad: la reinterpretación de la ciudad y sus espacios, la politización de sus actores a través de resistencias latentes y emergentes, la innovación y nuevos aprendizajes y la aproximación entre ciudad y campo, sus culturas y movimientos.

Experimentación y aprendizaje

Los huertos comunitarios son sobre todo espacios de experimentación y convergencia entre generaciones, clases sociales, identidades y valores. En ellos se cuestionan modos de vida, se planta cara a la privatización y a la comercialización de los espacios de la ciudad, se expande el espacio de convivencia urbana y se reduce la velocidad del día-a-día.

Asociadas al desarrollo del huerto comunitario emergen nuevas formas de entender y hacer política en las ciudades. Los usuarios ven modificada su propia comprensión del papel de la ciudad y del ciudadano, en cuanto sujeto en el territorio. Hay un cambio en los valores estéticos, basado en la aceptación de más complejidad y diversidad en el paisaje, en lugar de la ordenación cartesiana de la ciudad. Se cuestiona la alienación del ciudadano urbano moderno de sus raíces rurales y así se buscan nuevas conexiones con el campo dentro de la propia ciudad. Se aprende con la acción directa de implementar y gestionar los huertos.

El huerto comunitario es también un espacio de encuentro entre generaciones, de interculturalidad y de articulación y solidaridad entre clases. La diversidad de actores que convergen en estos espacios resulta de un amplio rango de necesidades e intereses, que van desde la producción alimentaria de subsistencia ante la crisis, hasta la simple búsqueda de espacios para la experimentación y el desarrollo de la creatividad del individuo. Este amplio rango de intereses genera a su vez nuevas interacciones y aprendizajes.

Huerto comunitário de Rosa Rose se desplaza en manifestación por las calles (Autora Frauke Hehl)
Huerto comunitário de Rosa Rose se desplaza en manifestación por las calles (Autora Frauke Hehl)

El trabajo en el huerto comunitario reemplaza otras actividades de tiempo libre, u ocupa a los desempleados (a veces coyunturalmente “forzados“, como pasa con los “trabajadores a 1 Euro” en Alemania, que apoyan algunos proyectos de huertos urbanos). Valga como ejemplo una experiencia personal. Durante una reunión con técnicos de la administración de una ciudad alemana para decidir el futuro de un huerto, un técnico preguntaba a otro cómo se sentía desde que tenía un huerto. El otro, después de pensar algunos momentos, respondía: “en verdad muy bien. Desde que trabajo en mi huerto que he dejado de ir los sábados a la ciudad para hacer compras”.

Si por un lado los huertos “desaceleran” el consumo, por otro generan nuevos espacios de aprendizaje e innovación. En los huertos comunitarios se opera un intercambio entre grupos, conceptos y valores como los de la permacultura, de los comunes[2], del ideal rural, de la protección de la naturaleza y de la salud.

Los huertos comunitarios configuran así espacios donde se originan “comunidades de práctica” (Lave and Wenger, 1998). En estas comunidades, las prácticas ecológicas y el conocimiento «son retenidas y transmitidas por imitación de prácticas, comunicación oral, hábitos y rituales colectivos, así como huertos físicos, artefactos, metáforas y reglas en uso”(Barthel et al., 2010). Estas memorias socioecológicas sobre las prácticas han sido, a lo largo de la historia, contribuciones muy importantes para la seguridad alimentaria en períodos de escasez energética(Barthel and Isendahl, 2013)[3].

Resistencias y el regreso a lo político: El caso de Lisboa

En 2007, con compañeras y compañeros del grupo ecologista portugués GAIA, pusimos en marcha el primer huerto comunitario de la ciudad de Lisboa. El huerto fue denominado “Horta Popular da Mouraria“, y más tarde sería renombrado como “Horta do Monte”. Entre los objetivos estaba la producción de alimentos para un centro social cercano y también la oportunidad de contactar y dinamizar la población local. El huerto arrancó en un espacio público no gestionado, usado a menudo por drogodependientes en uno de los barrios más problemáticos del centro de la ciudad. Desde hacía años el ayuntamiento tenía planificada la construcción de un aparcamiento de cuatro pisos en este espacio, por lo que al tratar de llevar a cabo una iniciativa en colaboración, argumentaban que no tenía sentido poner en marcha un huerto porque la construcción del aparcamiento empezaría pronto. Pero nosotros teníamos claro que queríamos un huerto en ese espacio, y no un aparcamiento; el emplazamiento del mismo es uno de los mejores miradores de Lisboa, con vistas desde el monte hacia el río, y en un barrio de calles estrechas que más bien se debería basar en una movilidad sin coches. Por lo tanto, decidimos seguir adelante y plantamos el huerto, empezando con un par de coles. Poco a poco, amigas y vecinas se fueron juntando.

En octubre de 2008, con el proyecto en crecimiento y más de una docena de vecinos activos, el huerto dejó de tener agua. Ésta venía de un punto de agua público y se utilizaba más o menos de forma ilegal. Durante la primavera siguiente, los cultivos siguieron amenazados por la falta de agua. La poca que había disponible tenía que cargarse cientos de metros y se usaba cuidadosamente a través de un sistema de goteo. En este momento, un comunicado de prensa divulgó la existencia del huerto a un público que en su mayoría mantiene conexiones o por lo menos un imaginario rural. La empatía generada en los medios de comunicación generó apoyos de emergencia por parte de diversas entidades municipales. Por ejemplo, una o dos veces por semana, los bomberos venían a rellenar el depósito del huerto[4].

Pero la dependencia de las instituciones públicas era considerada problemática por la comunidad que gestionaba el huerto, ya que la propia iniciativa se presentaba como una alternativa al uso del espacio propuesto por el ayuntamiento. Si bien por una parte los horticultores deseaban el apoyo de la administración municipal para disponer de agua y de garantías de estabilidad para el proyecto, por otra también se creía en el ideal de manejar de forma autónoma un espacio público, que consideraban de su derecho gestionar.

Esta permanente dialéctica entre cooperación y conflicto con las autoridades municipales está presente en muchos otros casos, entre los cuales los huertos comunitarios del antiguo aeropuerto de Tempelhof, en Berlín[5]. Este antiguo aeropuerto es uno de los más espectaculares ejemplos de los nuevos comunes urbanos. También aquí aparece la problemática entre cooperación y conflicto con la municipalidad: si por una parte la ciudad ha respondido a las demandas de los activistas para la creación de una área de ocio en el antiguo aeropuerto, por otra ha creado un conjunto de reglas (por ejemplo, el espacio es vedado y cierra por la noche) y tiene planes para privatizar y permitir la construcción en parte de su área, contra la voluntad e interés de muchos de los actuales usuarios[6].

En la «Horta do Monte» de Lisboa, el ayuntamiento ordenó en junio de 2013 el desalojo de los horticultores y la destrucción de seis años de trabajo agroecológico, incluyendo los árboles. A estas alturas del proyecto, el grupo de horticultores activos ya no era el grupo más políticamente motivado del inicio, sino que estaba formado por vecinos y amigos cuya motivación principal era el trabajo del huerto en sí. A pesar de eso, la policía tuvo que intervenir para retirar a los activistas y permitir el avance de las obras. Además, resulta de gran interés el resultado de la dialéctica entre el huerto, en particular su componente  comunitaria, y el ayuntamiento. Finalmente, la «Horta do Monte» fue desalojada para crear… ¡nuevos huertos! Pero esta vez bajo las reglas y la gestión del ayuntamiento, eliminando completamente la componente comunitaria, la autogestión y los procesos colectivos de trabajo con los vecinos[7].

Los huertos comunes de Allmende Kontor en el ex-aeropuerto de Tempelhof, Berlin (Autora Christa Müller)
Los huertos comunes de Allmende Kontor
en el ex-aeropuerto de Tempelhof, Berlin
(Autora Christa Müller)

Este es apenas uno de los muchos ejemplos en los cuales horticultores urbanos que dicen querer tener poco que ver con la política se involucran activamente en un conflicto. Mediante la creación de los comunes urbanos que los huertos suponen, sin ser necesariamente conscientes de ello, los horticultores están resistiendo las dinámicas del capital, en particular a sus procesos de apropiación y mercantilización del centro de las ciudades. De un momento a otro, un horticultor urbano normal, que se podría describir como pospolítico, se vuelve parte de las luchas políticas en contra la gentrificación, la privatización y la mercantilización de la vida.

En este sentido, los huertos son espacios de politización continua u ocasional[8]. La ciudad y sus espacios dejan de ser mercancías o utilidades gestionadas por el poder, para pasar a ser en sus partes y en su todo espacios imbuidos de significado político (véase Swyngedouw, 2009). La mayoría de los huertos urbanos surgen como espacios de conflicto por el uso de la tierra, aunque muchas veces de manera latente. Lamentablemente, muchas de las resistencias y solidaridades en torno a los huertos se diluyen con el tiempo y tienen dificultades para generar una continuidad en la acción colectiva. A menudo, la diversidad de actores en los huertos sigue distintas direcciones, algunas de las cuales pospolíticas, por falta de una referencia política común, como ha ocurrido con la “Horta do Monte”.

Transformando la ciudad

La transformación del espacio urbano ocurre cada vez que un nuevo huerto emerge en los espacios no gestionados de la ciudad. Además de la transformación física, hay una transformación en la manera de entender el significado de estos espacios, en particular su relación con el hombre y la naturaleza. La acción generada por la creación y la gestión del huerto comunitario es una respuesta a la pregunta “¿a quién pertenece la ciudad?” ¿Quién tiene el derecho de decidir sobre ella, sobre sus usos, sus arquitecturas, su mobiliario y decoraciones? Pero es también una respuesta política: la creación a través de iniciativa ciudadana organizando nuevos comunes.

Existen precedentes históricos. En la Inglaterra del siglo XVII, el movimiento de los “diggers” (“cavadores”) se oponía a la extensión de los cercamientos de tierras y defendía el derecho a cultivar y mantener tierras comunes. Guiados por la creencia en la igualdad económica, estos protocomunistas europeos proponían e implementaban una alternativa radical al capitalismo agrario precoz (Kennedy, 2007). El movimiento de los huertos comunitarios y, en general, de los comunes forman en sí mismos una alternativa radical a lo que Zizek describe como el fin de los tiempos del capitalismo tardío. Estos dos movimientos se encuentran así en los extremos de cambio de sistema: el principio y el final del capitalismo. Mientras que los “diggers” buscaban detener el desalojo y la explotación de los campesinos ingleses del siglo XVII, el movimiento de los huertos comunitarios actual se esfuerza en recuperar la tierra que ha sido progresivamente privatizada a lo largo del tiempo, y puesta fuera del alcance de la mayoría de los ciudadanos a través de la renta inmobiliaria.

De hecho, hay muchos elementos en el discurso de ambos movimientos que sugieren una similitud en un amplio espectro de valores: la propiedad o gestión comunitaria en contraste con la propiedad y el uso privado; la pequeña propiedad en oposición a la gran propiedad; la multifuncionalidad en lugar de la especialización; la diversificación económica basada en las necesidades de la comunidad en lugar de presupuestos de inversión capitalistas (tierra, trabajo, capital); el trabajo manual en contraste con la maquinaria y la tecnología basada en combustibles fósiles, etc.

Una gran parte de los actores y proyectos de huertos comunitarios se encuadra en lo que Carlsson y Manning (2010) clasifican como “nowtopias” (“ahoratopias”), que incluyen movimientos agroecológicos, la subcultura de las bicicletas, o las comunidades de open source. Estas “experiencias compartidas de clase”, resultado de tres décadas de descomposición de la clase trabajadora, incluyen por un lado el escape del trabajo asalariado y, por otro, la libre búsqueda de un trabajo con sentido, que no requiera necesariamente un pago monetario.

Una jardinera de la Horta do Monte en Lisboa (Autora Cloé Sire, GAIA)
Una jardinera de la Horta do Monte en Lisboa
(Autora Cloé Sire, GAIA)

Muchas de estas iniciativas “ahoratopianas” generan interesantes transformaciones de los papeles tradicionales de consumidor y productor, reduciendo o incluso eliminando su distinción. Pero algunos autores (Ritzer and Jurgenson, 2010; Roggero, 2010), alertan del riesgo de que la fusión de consumidores y productores en lo que Alvin Toffler ha denominado “prosumers” (“prosumidores”), pueda resultar en la creación de nuevas formas de explotación capitalista, creando una tendencia para generar trabajo no pagado, al mismo tiempo que las estructuras de poder y decisión se mantienen sin cambios.

El papel que el movimiento de los huertos comunitarios (y en gran medida también otros movimientos de los comunes) puede tener en la transformación de la ciudad en el fin del capitalismo se encuentra también amenazado por la tendencia hegemónica pospolítica. Los huertos comunitarios surgen sobre todo como experiencias “positivas” y atraen a personas que normalmente no se involucran en procesos políticos o que se han posicionado más allá de la política. Esta condición pospolítica y posdemocrática aparece como consecuencia de encuadrar las problemáticas ambientales y sociales del sistema alimentario y urbano en un contexto de hegemonía neoliberal (véase Swyngedouw, 2007).

La capacidad del movimiento de los huertos comunitarios para ultrapasar esta condición depende de la respuesta a varias preguntas. ¿Cómo mantener la identidad, las motivaciones y escapar a una pospolitización en un movimiento creciente, cuando se ha demostrado que puede ser capturado y transformado por las instituciones en el poder? ¿Hasta qué punto se articulan e involucran sus actores con la solidaridad y los valores de otras resistencias y corrientes globales, como las de la soberanía alimentaria o el decrecimiento? ¿Cómo mantener y desarrollar los huertos como parte de un movimiento global de los comunes en cuanto a la resistencia global por la justicia social y ecológica?

Conforme a lo defendido en otros textos (cf. Baptista et al., 2012; Kallis et al., 2012), la corriente del decrecimiento tiene el potencial de crear un marco para articular los proyectos e identidades dispersas en torno a una visión global común, capaz de articular movimientos, promover solidaridades y generar acción colectiva. En este sentido, el movimiento de los huertos comunitarios y de los comunes en general, además de contribuir al decrecimiento, puede beneficiarse de una identificación con su imaginario.

Agradecimientos

A Ella von der Haide, Frauke Hehl, Christa Müller y a Cloé Sire por diversas clarificaciones e informaciones sobre las relaciones entre los huertos comunitarios y la administración pública, la iniciativa TPF 100% y las imágenes.

Referencias

BAPTISTA, G., GARCIA i SASTRE, A., HUMMEL, A.,  POHL, C., SCHNEIDER, F. y SOMMER, F. (2012), Scaling up agroecology through learning, research and identity building: the Beyond Our Backyards project,  XIII World Congress on Rural Sociology, Lisbon.
BARTHEL, S., FOLKE, C. y COLDING J. (2010), Social–ecological Memory in Urban gardens—Retaining the Capacity for Management of Ecosystem Services, Global Environmental Change 20 (2), p. 255–265, doi:10.1016/j.gloenvcha.2010.01.001.
BARTHEL, S. y ISENDAHL, C. (2013), Urban Gardens, Agriculture, and Water Management: Sources of Resilience for Long-Term Food Security in Cities, Ecological Economics 86 (February), Sustainable Urbanisation: A Resilient Future, p. 224–234, doi:10.1016/j.ecolecon.2012.06.018.
CARLSSON, C. y MANNING, F. (2010), Nowtopia: Strategic Exodus? Antipode 42 (4), P. 924–953, doi:10.1111/j.1467-8330.2010.00782.x.
KALLIS, G., KERSCHNER, C. y MARTINEZ-ALIER, J. (2012), The Economics of Degrowth, Ecological Economics 84, p. 172–80.
KENNEDY, G. (2007), Digger Radicalism and Agrarian Capitalism, Historical Materialism 14 (3), p. 113.
LAVE, J. y WENGER, E. (1998), Communities of Practice, Retrieved June 9: 2008.
RITZER, G y JURGENSON, N. (2010), Production, Consumption, Prosumption The Nature of Capitalism in the Age of the Digital ‘prosumer’ Journal of Consumer Culture 10 (1), p. 13–36, doi:10.1177/1469540509354673.
ROGGERO, G. (2010), Five Theses on the Common, Rethinking Marxism 22 (3), p. 357–373, doi:10.1080/08935696.2010.490369.
SWYNGEDOUW, E. (2007), Impossible Sustainability and the Post-Political Condition, The Sustainable Development Paradox: Urban Political Economy in the United States and Europe, p. 13–40.
SWYNGEDOUW, E.  (2009), The Antinomies of the Postpolitical City: In Search of a Democratic Politics of Environmental Production, International Journal of Urban and Regional Research 33 (3), p. 601–620, doi:10.1111/j.1468-2427.2009.00859.x.

[1] Gualter Baptista es doctor en Ciencias Ambientales (gualter@agroecol.eu). Trabaja como freelancer en la gestión de proyectos para organizaciones como Transition Town Witzenhausen (http://ttwitzenhausen.de), Förderverein Wachstumswende (http://wachstumswende.de), y Research & Degrowth (http://degrowth.org). Actualmente está a cargo de la coordinación internacional del proyecto “GROWL  – Learning More, Growing Less” (http://co-munity.net/growl), co-organizador de la 4ª conferencia internacional de decrecimiento (http://leipzig.degrowth.org), co-organizador de la iniciativa de ciudades comestibles “UnvergEssbar Witzenhausen“ (http://unvergessbar.net), director de Ecobytes (http://ecobytes.net) y miembro del Consejo de Redacción de la revista Ecología Política.

[2] Los defensores de los comunes se unen en valores de autogobierno y autogestión en lugar de participación, basados en la creación de espacios y conocimiento generados y gestionados por comunidades de vecinos, de práctica o virtuales. Para más detalles sobre el movimiento global de los comunes, vease por ejemplo Helfrich S. 2011, The Commons: Year One of the Global Commons Movement (http://commonsblog.wordpress.com/2011/01/29/the-commons-year-one-of-the-global-commons-movement/)
[3] La importancia de estas contribuciones puede ser comprendida con algunos  casos históricos de transformación del espacio público (jardines) en espacios productivos durante episodios de crisis, como los Victory gardens durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial en Inglaterra y otros países.
[4] “Bombeiros fornecem água à Horta Popular da Mouraria“, 9 de abril de 2009, http://gaia.org.pt/node/14849
[5] “The Allmende-Kontor. A network for urban community gardens in Berlin“ http://www.allmende-kontor.de/index.php/2-uncategorised/9-allmende-kontor-engl
[6] Un referendo de iniciativa ciudadana para intentar mantener Tempelhof 100% público y sin construcción tuvo lugar el 25 de mayo de 2014. La iniciativa ha tenido un gran éxito, con 65% de los votantes en contra de cualquier privatización y construcción en el espacio. La participación y el apoyo fue más fuerte en los barrios cercanos al antiguo aeropuerto, donde la gran afluencia a algunos locales de votación hizo que se terminaran las papeletas destinadas al referendo. El resultado es vinculante, y el alcalde ya ha declarado que lo respetará e intentará buscar otras soluciones para la crisis de vivienda en Berlín, a la que el proyecto del ayuntamiento tenía que contribuir con la construcción de 4700 viviendas.
[7] En casi todos los huertos comunitarios en Alemania se observan en algun grado dialécticas similares, ya que la mayoría tienen alguna forma de intercambio y cooperación con instituciones políticas locales. Otro ejemplo común es la creación de asociaciones exigidas para esta cooperación o empresas para poder obtener fondos ademas de donaciones. Un ejemplo reciente es el de Annalinde en Leipzig (http://annalinde-leipzig.de/), que se ha constituido como gGmbH (empresa sin animo de lucro). En Tempelhof, los proyectos pioneros de huertos comunitarios mantienen un contracto hasta enero de 2015, y será interesante observar la evolución de esta relación entre los usuarios del espacio comunalizado y la municipalidad.
[8] No es casual que en la ocupación de la plaza Catalunya en Barcelona por los “indignados” durante el 15-M se hiciera un huerto urbano efímero, en cuanto a la forma de la reivindicación de ese espacio.

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Un comentario sobre “Ciudad, comunidad y huerto: los diggers del fin de los tiempos

  • el junio 8, 2017 a las 18:11
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    Interesante movimiento, buen artículo, gracias.

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