Delmy Tania Cruz Hernández, Juliana Agustina Díaz Lozano y Lina Magalhães

DOI: doi.org/10.53368/EP61FCed


[…] En la Frontera

tú eres el campo de batalla

donde los enemigos están emparentados entre sí;

tú estás en casa, una extraña,

las disputas de límites han sido dirimidas,

el estampido de los disparos ha hecho trizas la tregua,

estás herida, perdida en acción,

muerta, resistiendo.

Vivir en la Frontera significa

el molino con los blancos dientes de navaja quiere arrancar en tiras

tu piel rojo-oliva, exprimir la pulpa, tu corazón,

pulverizarte apretarte alisarte

oliendo como pan blanco pero muerta.

Para sobrevivir en la Frontera

debes vivir sin fronteras,

ser un cruce de camino.

Anzaldúa, 1987: 261-262


La frontera es una herida abierta, escribió Anzaldúa (2015), y la única forma de aliviar esa herida es creando puentes para que quepan todas las identidades que se construyen en ella. Las fronteras son híbridas y están en las entrañas del monstruo, las fronteras limitan, cruzan y reconfiguran a las personas que viven en ellas…

El libro de Anzaldúa Borderlands/La frontera. La nueva mestiza es un hito que marca el feminismo no blanco, el feminismo que me/nos atraviesa, el feminismo que construye puentes desde las fronteras que somos, del ser de aquí, de allá, de la resistencia, del poder de nombrarnos a nosotras mismas como mujeres, disidencias, lesbianas, prietas, fronterizas, mojadas. Como a las feministas chicanas, las fronteras nos excluyen, pero también nos definen cuando nos organizamos.

Este dosier número 61 que presentamos y llamamos «fronteras y cuerpos contra el capital» es una analogía de la new mestiza que nos dibuja Anzaldúa: Gloria menciona que «las fronteras y los muros que se suponen existen para alejar ideas, son hábitos arraigados dentro de una misma» (2015: 139). La new mestiza se va reconfigurando en fronteras que crean ambivalencia y contradicción. Estas dos características que recrea Anzaldúa son propiedades del dosier que presentamos. Por un lado, visibiliza desde distintas latitudes las fronteras que invade la hidra capitalista, colonial, clasista y heteronormativa en nuestros espacios de vida, pero, a su vez, renombra las luchas de los cuerpos-territorios-tierra que hacemos las y lxs new mestizxs[1] por otros mundos posibles.

La noción de fronteras que asumimos alude a territorios en disputa, con dinámicas de poder intensas, en donde se enfrentan lógicas contradictorias de organización de la vida. Esa contradicción deriva, en parte, de la relación histórica, asimétrica y conflictiva entre la acción estatal (territorialización) y local (territorialidad) (Oliveira, 1998; Grimson, 2005).

En América Latina, la construcción de las fronteras políticas en la primera mitad del siglo xix resulta del proyecto de territorialización colonial europeo sustentado, primero, en la violencia contra las mujeres indígenas. La violencia de género opera como mecanismo fundamental para la reproducción de estos territorios, así como del propio sistema patriarcal (Segato, 2016). A pesar del territorio condensador de las desigualdades sociales, de las asimetrías de poder y de las violencias, las de género incluidas, las fronteras también representan oportunidades de rupturas y (re)existencias (Garduño, 2003; Segato, 2003; Bosco et al., 2011; Wrigley-Asante, 2013; Wilkins, 2017; Kaul, 2018).

Para nosotras, las fronteras contra el capital son a la vez líneas que van de frente donde se dan los procesos más intensos de expansión capitalista en cada momento histórico y, a razón de eso, los procesos de resistencia, como lo son las resistencias de los pueblos, las resistencias feministas, las resistencias a las reformas conservadoras y privatizadoras, a los grandes proyectos agroindustriales, mineros y petroleros, y también las múltiples resistencias en el espacio urbano. Específicamente «fronteras contra el capital» es una idea que señala las resistencias y transgresiones existentes en estos territorios que se concretan a través de la lucha de sujetos colectivos e históricos contra la lógica perversa del capital, que pretende avanzar para reconfigurar la vida.

Por consiguiente, la noción de fronteras nos permite pensar aquellos intersticios que visualizamos, descubrimos y recuperamos como plausibles de ser intervenidos con prácticas, discursos, acciones y territorialidades que enfrenten al capital. Son espacios con límites difusos, donde experiencias alternativas resisten la avanzada capitalista, patriarcal y colonial, proponiendo otras prácticas y (re)valorizando sus saberes, siempre priorizando la reproducción de la vida y de todo lo vivo sobre la reproducción del capital. En otras palabras, todas estas experiencias van construyendo territorios libres de explotación y violencias, que se enfrentan a los territorios de expoliación que crea el capital, asistido por el patriarcado y la colonialidad, lo que origina una disputa territorial desigual.

Las mujeres y las disidencias sexuales juegan un rol clave en el sostenimiento de estas experiencias fronterizas y suelen posicionarse como el objetivo primario a doblegar de esta avanzada, por lo cual desde su (primera) resistencia y su articulación con otrxs sujetxs empiezan a crearse espacios (de posibilidad) de resistencia; son grietas que rompen los muros impuestos. En ese sentido, la idea de frontera indica la posibilidad de que estas experiencias, desde las resistencias individuales hasta las colectivas, vayan ganando espacios frente a los territorios de expoliación, en la medida en que la articulación crea más redes y se afianza en estas prácticas colectivas, en términos de relaciones sociales que ponen en el centro la reproducción de la vida y la naturaleza y cuestionan las lógicas del valor vigentes. Entonces, las fronteras constituyen límites que los cuerpos y subjetividades colectivos establecen frente al intento de avance del capital sobre nuestras vidas.

Los artículos que contiene el dosier fueron elegidos con especial cuidado; deseábamos que el contenido tuviera una perspectiva transversal feminista comunitaria, popular y ecologista, que es el lugar en el cual nosotras nos paramos, nos enunciamos y hacemos política.

Así fuimos tejiendo este número entre muchas manos, entre diversos saberes y sentires para repensar, en voz alta, nuestras (re)existencias amenazadas por el avance del capital y la repatriarcalización sobre nuestros cuerpos-territorios. Contamos con la contribución potente de los trabajos y reflexiones de compañeras, compañeros y colectivos de distintas latitudes de Abya Yala. Hemos estructurado este número de Ecología Política en cinco secciones. En «Opinión», Tait y Moreno construyen una conceptualización del cuerpo-territorio y de la sostenibilidad de la vida desde y junto a las resistencias colectivas de mujeres en los territorios de Abya Yala. Las autoras dialogan con diversos sujetos colectivos que participan de la Marcha Mundial de Mujeres, con la Organización Feminista SOF Siempreviva y con mujeres indígenas en lucha. A continuación, el artículo de Re y Levato analiza el concepto de salud hegemónico del Norte global que señala el proceso de enfermedad y cura como una relación de causalidad invisibilizando los procesos históricos subyacentes y su relación con la salud del cuerpo-territorio-tierra.

La sección «En profundidad» presenta cuatro artículos. Se abre con el de Lidia Blásquez, que propone el concepto de ecofrontera como posibilidad de (re)construir los cuerpos-territorios como casa, desde la ecología y el feminismo. Atravesada por el actual momento pandémico, nos propone además repensar nuestra relación con el mundo no humano y las prácticas del cuidado.

El texto de Pena aborda un tema poco explorado académicamente: la afectividad en la política. El autor propone incorporar el análisis del dolor social, de las heridas individuales y colectivas de raíces sistémicas, en la lucha colectiva. Explora de manera conceptual la posibilidad de procesar en espacios colectivos, grupales o personales las múltiples heridas biográficas como motor de problematización y potenciación colectiva.

En el tercer artículo, Astrid Ulloa señala las contribuciones de los feminismos indígenas a las ciencias sociales, principalmente en el replanteamiento de las nociones teórico-metodológicas de lo político, lo territorial y lo colectivo. A partir de la noción de cuerpo-territorio (clave como concepto transversal del dosier), la autora articula una mirada feminista comunitaria de los conflictos ambientales.

El apartado se cierra con el artículo presentado por Lisset Coba que aborda el avance de la repatriarcalización de los cuerpos y territorios en la Amazonía ecuatoriana a partir de dos eventos «catastróficos» recientes: la desaparición de la cascada de San Rafael provocada por la construcción de la hidroeléctrica Coca Codo Sinclair, y el derrame de petróleo en los ríos Coca y Napo, como resultado de la ruptura de oleoductos que conectan la Amazonía a la costa ecuatoriana. Los eventos combinados y potenciados por la pandemia del COVID-19 afectan a la salud y al buen vivir de los pueblos amazónicos, y con mayor fuerza a los cuerpos y vidas de las mujeres que se enfrentan a la ampliación de los trabajos para reproducir la vida y sanar las crisis provocadas por el capitalismo.

La sección «Breves» se inicia con el artículo de Verónica Barreda, quien hace una breve revisión histórica y teórica de la urbanística del estado de Puebla, del centro de México, para dar cuenta de la manera en que el metabolismo regional ha propiciado la generación de territorios de sacrificio, y también muestra diversos actores que se organizan con la imperiosa necesidad de luchar por una vida digna.

Dalena Tran, en su artículo de las defensoras ambientales en lucha contra la violencia mediante la no violencia, nos presenta un panorama global del papel vital que han cobrado las mujeres como protagonistas de la lucha contra los neoextractivismos desde una trinchera pacífica.

Edith Pereyra, Francisco Hernández, Diana Castillo, Mauricio Feliciano López y Javier Becerril comparten la experiencia de proyectos sociales alternativos (PSA) de producción de cerdo en comunidades rurales mayas de Yucatán (México), en contraposición a los grandes planes porcícolas. Este artículo aborda una experiencia de organización comunitaria que ha logrado resistir el avance de los megaproyectos hegemónicos. A su vez, incorpora una mirada centrada en los cambios en la vida de las mujeres protagonistas de esta estrategia de autogestión productiva.

Trentini y Pérez se centran en la organización política de las mujeres mapuche en la provincia de Neuquén, Argentina. En el marco de comunidades que luchan contra el extractivismo, pero también contra las llamadas políticas de «protección» territorial, las mujeres ensayan prácticas de sostenibilidad de la vida con lógicas comunitarias. La defensa de los cuerpos-territorios en esta experiencia se ejerce contra el avance neodesarrollista pero también contra las políticas estatales que desconocen a las comunidades.

Sabrina Picone analiza los conflictos socioambientales en la localidad de El Chaltén, en la Patagonia argentina. El trabajo se propone abordar la polisemia del concepto de sustentabilidad ligado a la actividad turística para pensar cómo esta afecta los vínculos sociales, comunitarios y ecológicos. Incorpora asimismo una mirada feminista y un abordaje participativo de la metodología para trabajar el conflicto de forma situada.

Cierra esta sección Rosita Ortega Vásquez, que nos relata la incansable lucha para defender el territorio de Nema Grefa, presidenta de la Nación Sapara del Ecuador (NASE), que ha sido intimidada y amenazada de muerte en varias ocasiones por defender su vida y la de las y los suyos. Este artículo pone en evidencia el modelo extractivista en Ecuador y la violencia estatal contra las defensoras amazónicas.

La sección «Redes de resistencia» comienza con el artículo «Desbordar la agenda de derechos. Somos trama de interdependencia renovada por mujeres en lucha», de Claudia Cuéllar, que con una mirada ecofeminista desentraña la articulación entre los feminismos y las luchas antiextractivistas en Bolivia. Para ello, se ancla en el análisis de lo comunitario en ese país y la reactualización de los pactos patriarcales, así como en las acciones estatales en tensión con estas construcciones comunes.

El siguiente artículo es de Verónica Moreno, quien teje la relación entre feminicidio, precarización social y construcción de estrategias para reproducir la vida en la sierra de Veracruz, México. Las prácticas colonialistas y patriarcales actualizadas en el presente sobre y desde ese territorio ancestral nahua entrañan una realidad marcada por la violencia expoliadora de los megaproyectos. Sin embargo, la (re)existencia se construye en los espacios de la escuelita Nikan Tipowih, que, desde 2017, se erige como una propuesta político-pedagógica de recuperación de los proyectos históricos (Segato, 2013) del pueblo nahua y de elaboración de una comunidad de cuidados. «A aquí pertenecemos», traducción al castellano de la expresión nahua, representa la trama de resistencias articuladas en torno a los saberes ancestrales, al cuidado y al diálogo intergeneracional como herramientas para defender el territorio y sostener la vida.

Florencia Yanniello y Daiana Melón, a partir del relato de una situación de violencia estatal ejercida contra una mujer autoridad mapuche, problematizan la perpetuación de las fronteras materiales y simbólicas coloniales. Abordan, asimismo, el desconocimiento por parte de los Estados de las prácticas ancestrales de sanación de las mujeres indígenas justamente en el marco de la actual pandemia. A su vez, el texto recupera y jerarquiza el proceso de organización de la campaña La Cordillera no es Frontera, que denuncia este ataque y promueve el debate público y colectivo sobre la mirada médica hegemónica que desdeña otros saberes y prácticas preexistentes y resistentes en las comunidades.

En su artículo «Agua-cuerpo-territorio. Las cicatrices y reexistencias de las mujeres rurales en el Maule Sur precordillerano de Chile», Fany Lobos Castro describe las cicatrices que el extractivismo colonial ha dejado en el territorio del Maule Sur precordillerano, y también la lucha cotidiana de las mujeres rurales que allí habitan ante la privatización del agua. A partir de esta experiencia de resistencia, Lobos teje la tríada agua-cuerpo-territorio como una relación imbricada en las memorias ancestrales de las mujeres locales.

Cierra la sección el artículo de Irais Juárez, Yolanda Millán y Mario Fernández-Zarza, quienes comparten las «resistencias alimentarias» de las mujeres de San Miguel de Allende (México) frente a los procesos de desterritorialización provocados por el turismo, la especulación inmobiliaria y el agroextractivismo. Dibujan las resistencias cotidianas de las mujeres para defender su legítimo derecho a alimentarse sanamente.

En la sección «Referentes ambientales», Alicia Migliaro apuesta por recuperar la trayectoria del ecofeminismo en Occidente a partir de la biografía de Françoise d’Eaubonne. En tiempos de avalancha capitalista, repatriarcalización y emergencia sanitaria global, la articulación entre las luchas feministas y ecologistas es crucial. Françoise d’Eaubonne, en el París de los años setenta, incursionó en los debates ecológicos cargando en el cuerpo toda su vasta experiencia en la militancia feminista. En 1974 lanzó el término ecofeminismo, con un doble objetivo: en primer lugar, denunciar la explotación de la naturaleza y de las mujeres en su condición de reproductoras como las bases fundamentales del desarrollo, pero, además, resaltar el potencial revolucionario de las mujeres en las luchas ecológicas. La rabia, como subraya Migliaro, fue un ingrediente clave de su tinta y de su lucha política.

En la última sección del dosier, el Colectivo Miradas Críticas del Territorio desde el Feminismo reseña el libro Cuerpos, territorios y feminismos. Compilación latinoamericana de teorías, metodologías y prácticas políticas, que fue publicado en 2020. Se destaca que esta obra es un elogio a la colectividad, y que cada uno de sus artículos está encarnado en procesos vivos de insurgencias femeninas y feministas. Además, se recuerda la necesidad de seguir reflexionando sobre los cambios de la hidra capitalista y colonial, así como de resignificar las propuestas de resistencia e rebeldía en cada rincón de Abya Yala. El libro es clave para continuar dialogando e imaginando otros mundos posibles, «porque aún falta todo», como en su momento señaló un comunicado zapatista.

Referencias

Anzaldúa, G., 2015 [1987]. Bordelands/La Frontera. La nueva mestiza. México, Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial (Unam).

Bosco, F., S. Aitken y T. Herman, 2011. «Women and Children in a Neighborhood Advocacy Group. Engaging Community and Refashioning Citizenship at the United States-Mexico Border». Gender, Place & Culture, 18 (2), pp. 155-178.

Garduño, E., 2003. «Antropología de la frontera, la migración y los procesos transnacionales». Frontera Norte, 15 (30), pp. 65-89.

Grimson, A., 2005. «Fronteras, Estados e identificaciones en el Cono Sur». En: D. Mato (coord.), Cultura, política y sociedad. Perspectivas latinoamericanas. Buenos Aires, Clacso, pp. 89-101.

Kaul, N., 2018. «India’s Obsession with Kashmir. Democracy, Gender, (Anti)Nationalism». Feminist Review, 119, pp. 127-143.

Oliveira, J. P., 1998. «Uma etnologia dos ‘índios misturados’? Situação colonial, territorialização e fluxos culturais». Mana, 4 (1), pp. 47-77.

Segato, R., 2003. Las estructuras elementales de la violencia. Bernal, Universidad Nacional de Quilmes.

Segato, R., 2016. La guerra contra las mujeres. Madrid, Traficantes de Sueños.

Wilkins, A., 2017. «Gender, Migration, and Intimate Geopolitics. Shifting Senses of Home among Women on the Myanmar-Thailand Border». Gender, Place & Culture, 24 (11), pp. 1-20.

Wrigley-Asante, C., 2013. «Survival or Escaping Poverty. The Perspectives of Poverty and Well-Being among Ghanaian Women in Cross-Border Trading». Journal of Gender Studies, 22 (3), pp. 320-334.

[1] En este dossier utilizamos un lenguaje no sexista, que da cuenta de la multiplicidad de las identidades de género y contribuye a romper los enfoques binarios masculinos y femeninos. Para ello, utilizamos la “X”, o la “e” en lugar del masculino universal predominante en nuestra lengua, y se mantuvo el femenino en los casos en que la referencia era solamente a personas autopercibidas como mujeres. Esta decisión política se produce en el marco dinámico de un estallido de propuestas por parte del movimiento feminista y disidente en relación a revolucionar la forma de nombrar y nombrarnos, entendiendo al lenguaje como un campo más de disputas.

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