Entrevista a Víctor Manuel Toledo Manzur

Iñaki Barcena Hinojal*

 

Palabras clave: Gobiernos progresistas, infiernos ambientales, soberanía alimentaria, agroecología, ecología política

Keywords: progressive governments, environmental hell, food sovereignty, agroecology, political ecology

Imagen: Comparecencia de Victor M. Toledo en la sede del SEMARNAT de Ciudad de México ante los representantes de la CARAVANA TOXICTOUR México, 11 de diciembre de 209. Autor: Martín Álvarez Mullally

 

«En América Latina, los llamados “Gobiernos progresistas” son Gobiernos híbridos donde se ponen en acción tanto políticas emancipadoras como políticas que continúan reproduciendo el sistema… Son Gobiernos llenos de contradicciones internas y de claroscuros».

 

Víctor Manuel Toledo (Ciudad de México, 1945) es un ecólogo y ecologista mexicano muy conocido por los lectores y lectoras de Ecología Política, en la que ha colaborado activamente desde su aparición con artículos sobre el zapatismo, la etnoecología, la religión del automóvil o el ecologismo de los pobres. Recordemos que tuvimos el honor de su participación al inaugurar el primer número de nuestra revista en septiembre del 1991 con un interesante artículo titulado «La resistencia ecológica del campesinado mexicano (en memoria de Ángel Palerm)». Allí, entre otras cosas, señalaba la necesidad de abordar la cuestión rural y campesina desde una perspectiva multidisciplinar y un compromiso político que aúnen práctica y teoría. A su juicio, la ecología política es una herramienta analítica útil para librarnos de viejas ataduras y esquemas de la investigación monodisciplinar y del pretendido conocimiento objetivo. Con ella, el estudio del fenómeno rural y campesino adquiere «una nueva fuente de incandescencia teórica, metodológica y política».

Recientemente Víctor M. Toledo desempeñó el cargo de secretario de Medio Ambiente y Recursos Naturales del Gobierno de México (Semarnat) durante quince meses entre el 27 de mayo de 2019 y el 31 de agosto de 2020. Muchos ecologistas vimos y oímos con alegría y esperanza su discurso de toma de posesión,[1] y recibimos con estupor la noticia de las amenazas contra su persona y los ataques a su casa familiar en Morelia por su iniciativa y firmeza para ilegalizar el uso de glifosato en la agricultura mexicana. Nos gustaría empezar esta entrevista haciendo balance y comentando brevemente las luces y las sombras de su experiencia como «ministro de Medio Ambiente», como diríamos por estos lares.

 

¿Podrías enunciarnos sucintamente tu impresión de tu paso como titular de la Secretaría del Ambiente (Semarnat) de México?

El triunfo de la «izquierda» en México fue la realización de un sueño que comenzó en 1968, y que se frustró en 1988 y luego en 2006 por sendos fraudes electorales. Estamos hablando de un largo proceso de cinco décadas, con miles de idos y caídos. Yo siempre fui un académico crítico, un investigador científico y un militante rojiverde que hacía denuncias o acompañaba procesos de cooperativas y proyectos regionales. Conozco buena parte de los problemas del centro, sur y sudeste del país, he estado ligado a los afectados ambientales y sus resistencias heroicas. No creo en los partidos políticos y cada vez menos en el Estado, pero esta vez había que aceptar una función desconocida para contribuir con un Gobierno que se había declarado antineoliberal, que es honesto, que está enfrentando la corrupción y que está volcando sus mayores acciones hacia los sectores marginados y explotados. Ser funcionario fue entonces una tarea totalmente nueva, si bien en un campo que conozco y domino. Digamos que lo esencial fue poner orden en un ministerio sin brújula, y ello implicó remover funcionarios, crear un equipo de alta calidad científica y compromiso político y sobre todo diseñar una política ambiental bien sustentada en seis transiciones: alimentos, agua, energía, conservación, ciudades e industria y educación. A pesar del poco tiempo, creo que eso se logró. Otra cosa son los resultados que deben darse tras poner la «casa en orden».

 

Cuando decidiste colaborar con AMLO en el Gobierno de la Cuarta Transformación (4T), dijiste que treinta millones de votos avalaban las nuevas políticas contra el neoliberalismo, que, más allá del eje de izquierdas y derechas, eran necesarias políticas para la vida, de emergencia, de restauración y de cuidado. ¿Qué pasos se han dado, a tu juicio, en esa dirección?

Muy pocos pasos todavía. El Gobierno de la 4T, como los que existieron o existen en América Latina, los llamados «Gobiernos progresistas», es un Gobierno híbrido que pone en acción tanto políticas emancipadoras como otras que continúan reproduciendo el sistema. Las acciones emancipadoras o liberadoras son más evidentes en lo social y menos visibles en lo ambiental. Son Gobiernos llenos de contradicciones internas y de claroscuros. Todo ello hace que deriven en fracasos o en estancamientos. Son el resultado del enorme poder que ejercen todavía las élites a escala nacional y global, pero también del atraso ideológico y teórico de dirigentes y partidos progresistas. Eso hace que los avances sean muy lentos e incluso que haya retrocesos. Las «políticas por la vida» quedaron en meros discursos y hubo, por lo contrario, megaproyectos depredadores de todo tipo: agronegocios, minería, petróleo, carreteras, como ocurrió en Brasil, Argentina, Ecuador, Bolivia y Venezuela. El ejemplo más dramático y perverso es el de la soya y el maíz transgénicos (y ahora trigo en Argentina), que ha provocado la mayor catástrofe biológica del planeta: ¡ochenta millones de hectáreas de monocultivos con glifosato que envenenan los predios, donde ha desaparecido todo rastro de biodiversidad. Hoy la mayor esperanza es la segunda etapa del Gobierno de Bolivia, que parece autocrítico, y que puede dar un giro hacia una sociedad respetuosa de la Madre Tierra.

 

En diciembre de 2019 tuvimos la oportunidad de participar, junto a un grupo de cincuenta activistas, académicos y parlamentarios europeos y norteamericanos, en una caravana-toxitour organizada por el Transnational Institute y la Asamblea Nacional de Afectados Ambientales de México, que recorrió más de dos mil kilómetros, entre Guadalajara y Veracruz, y visitó seis enclaves considerados «infiernos ambientales». Técnicos de la Semarnat participaron en la caravana desde sus inicios y al final tuvimos una reunión contigo y tu equipo de asesores en Ciudad de México. ¿Cómo valoras esta iniciativa? ¿Qué visos tiene de ser una vía de resolución de conflictos socioambientales?

Esta fue una de las experiencias más gratificantes porque se logró llamar la atención sobre una problemática que sufren el 80 por ciento de los ríos de México. Los Gobiernos neoliberales dejaron una verdadera catástrofe ambiental y sanitaria al relajar la vigilancia sobre miles de industrias contaminadoras y no aplicar la ley. Las principales cuencas del país se han convertido en cloacas, en «infiernos ambientales». El toxitour se convirtió en el detonador de un programa entre la Semarnat, el Ministerio de Salud y el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACyT) sobre salud ambiental que debe continuar, y que ha comenzado en las seis regiones más contaminadas del centro del país. La novedad de este programa es que, además de las tres instituciones, coparticipan ciento cincuenta organizaciones de afectados ambientales. Se trata, entonces, de un esfuerzo entre el Gobierno y la sociedad afectada para restaurar los cuerpos de agua y la salud de los habitantes. La tarea es inmensa.

 

Desde 1994, con la firma del Tratado de Libre Comercio para América del Norte, decenas de corporaciones multinacionales, mineras, hidráulicas, turísticas, energéticas, automovilísticas, de infraestructuras, bancarias, biotecnológicas, financieras e inmobiliarias están haciendo añicos los recursos naturales de México de forma ecocida, como relatas en tu libro Ecocidio en México (2015). ¿Qué pasos habría que 
dar para frenar estas prácticas infernales, antisociales e insostenibles?

Cada caso es diferente o particular. Pero todos conllevan un enfrentamiento con las empresas y corporaciones que provocan el daño. Como este es un Gobierno antineoliberal no anticapitalista, simplemente se deben aplicar las leyes y reglas que en el país son bastante avanzadas, aunque hay que hacer reformas y cambios en muchos casos. Y ofrecer alternativas. Se trata de una compleja tarea de negociación que debe ser tripartita: entre el Gobierno, los sectores privados y los colectivos sociales afectados. Además, debe haber vigilancia ciudadana para que se cumplan los acuerdos. Y claro, con la participación de científicos y técnicos y un presupuesto suficiente. Esto lo dejaron de hacer los Gobiernos anteriores por el contubernio y la complicidad entre el Estado y el capital. Un fenómeno generalizado en buena parte del mundo.

 

La soberanía alimentaria y la agroecología fueron dos referencias constantes durante tu estancia en el Gobierno. ¿Cómo percibes el futuro del maíz transgénico y la prohibición del glifosato en tu convulso país?

Si algo logramos en este período, ha sido poner el tema de los alimentos en el centro del debate y de la opinión pública nacional. En los últimos meses las palabras agroecología, glifosato y transgénicos ya son de uso corriente en los medios de comunicación masiva. La Semarnat hoy encabeza una comisión intersecretarial que incluye los ministerios de Salud, Agricultura, Bienestar, Economía y Cultura, además del CONACyT y otras agencias. Sus primeros logros han sido el etiquetado de alimentos industrializados que entró en vigor en octubre pasado, y la promulgación de un decreto presidencial, que aún se negocia, para prohibir el maíz transgénico y retirar el glifosato de forma gradual, como un primer paso para regular o suprimir unos ochenta plaguicidas dañinos. La batalla ha sido ardua e intensa por la resistencia de los afectados y de un sector dentro del propio Gobierno. Mientras esto ocurre, el Gobierno ha dado pasos sustanciales para incentivar la producción de alimentos sanos. Con la suma de los programas Sembrando Vida —que apoya la creación de cooperativas agroforestales bajo principios ecológicos entre cuatrocientos mil pequeños productores (campesinos e indígenas) y una superficie que alcanza ya un millón de hectáreas— y Agricultura para el Bienestar —que apoya a 2,8 millones de productores pequeños también bajo criterios de la agroecología—, el país está viviendo una transición importante. A lo anterior se suman la Semarnat, que prepara un plan nacional de agroecología, y otras entidades con campañas sobre consumo responsable. Si esto se mantiene, México se convertirá en una nación de vanguardia en el tema alimentario.

 

En tu reciente libro Los civilizionarios (2019), has dicho que, más allá del ambientalismo superficial y la ciencia acrítica, la ecología política es el movimiento emancipador más avanzado ideológica y filosóficamente porque ha conseguido conectar la teoría y la praxis y ha sintetizado las grandes tradiciones de solidaridad y sustentabilidad de las culturas prehispánicas con las posibilidades de interconexión y conciencia del mundo contemporáneo, ensamblando el pensamiento complejo y el pensamiento crítico. ¿Cuáles son los principales y novedosos valores de los civilizionarios?

La ecología política es hoy por hoy la corriente más poderosa y esperanzadora porque conecta los conflictos sociales con los ambientales; devela la doble explotación que una minoría ejecuta sobre el trabajo humano y el trabajo de la naturaleza, y deja muy claro que estamos ante una crisis cualitativamente superior: una crisis de la civilización moderna. La ecología política logra esto porque en ella convergen el pensamiento emancipador o crítico y el pensamiento complejo; el primero más arraigado en las ciencias sociales y el segundo, en las ciencias ambientales. Esta crisis de civilización ya ha sido registrada no solo por innumerables núcleos académicos y movimientos sociales (como Extinction Rebellion y los del decrecimiento), sino por poderes tan disímbolos como el Gobierno chino (con su propuesta de construir una civilización ecológica para 2030) o la Iglesia católica (con la encíclica Laudato si’). Estamos ahora en el punto de explorar cómo realizar esa transformación civilizatoria. Una primera aproximación a este reto es mi libro Los civilizionarios (los «revolucionarios de la civilización») y ahora trabajo en uno nuevo aún sin título basado en el cambio sobre diez dimensiones: 1) la reaparición de la naturaleza como la actriz principal en todos los ámbitos, sobre todo en la política; 2) la restitución de la «conciencia de especie» a los ciudadanos, 3) la recuperación de la espiritualidad, 4) el resurgimiento de la comunalidad, es decir, del «instinto social» basado en la cooperación, la solidaridad y la reciprocidad, 5) el empoderamiento de lo social frente a los poderes político (partidos y Gobiernos) y económico (empresas, corporaciones y mercados); 6) la gobernanza desde abajo, esto es, democracia radical y participativa, 7) la reconquista de los territorios, comunidades rurales y urbanas con ejercicio del control sobre sus espacios; 8) la sustitución de las grandes empresas y corporaciones por cooperativas y empresas familiares y de pequeña escala, y 9) la politización de la ciencia y la tecnología. Todo ello, que es una constelación articulada por sinergias, deberá reorientar la acción humana (praxis) hacia 10) la búsqueda ya no del desarrollo, el progreso o el crecimiento, sino del buen vivir y la felicidad.

 

Estás señalando diez objetivos centrales, pero no cómo construirlos en lo concreto.

Sobre el cómo, tiene que surgir una vía pacífica que poco a poco vaya liberando territorios o espacios bajo las directrices anteriores sin entrar en una confrontación con los poderes (que disponen del más formidable aparato militar de toda la historia). Un poco es la estrategia viral, que infecta y cambia a pequeña escala toda la maquinaria celular y va sumando células infectadas. Y todo indica que esta ola o rebelión debe ir de las periferias hacia el centro, de abajo hacia arriba, de lo pequeño a lo grande, de lo agrario a lo urbano e industrial. En el fondo es un cambio de pirámides por redes, una vuelta a las formas no coercitivas e igualitarias que existieron hasta hace cuatro mil años, pues hoy vivimos la cúspide de una involución humana. Y en esto recobran su vigencia las prácticas de resistencia civil que practicó Gandhi, pero ahora dirigidas a implantar nuevos modos de vida basados en la autogestión, la autosuficiencia, el autogobierno y la autodefensa. Al sumarse estos focos o núcleos de rebeldía y subversión sistémica, irá cambiando la correlación de fuerzas. Todo ello como respuesta al colapso o la catástrofe de la actual civilización que vaticinan tantos. Creo que por ahí está la salida. Por ello debemos difundir ampliamente la ecología política y sus derivaciones prácticas para la acción.

 

Entrevista realizada entre Euskal Herria y México en noviembre de 2020.

 

Referencias

Toledo, V. M., 2015. Ecocidio en México. La batalla final es por la vida. Ciudad de México, Grijalbo.

Toledo, V. M., 2019. Los civilizionarios. Repensar la modernidad desde la ecología política. Ciudad de México, IIES, UAM, Juan Pablos Editor.

* Profesor del Departamento de Ciencia Política y de la Administración de la Universidad del País Vasco (Ekopol) y miembro de Ekologistak Martxan. E-mail: inaki.barcena@ehu.eus.

[1] Véase: https://bit.ly/38rZOCL

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