Ecología, globalización, contrarrevolución: Entrevista a Walden Bello

ENGLISH version

 

Equipo editorial de Ecología Política*

Traducido por: Claudia Martín Collar

 

Palabras clave: contrarrevolución, populismo, ecofascismo, extrema derecha, trasformación radical

Keywords: counterrevolution; populism, ecofascism, far right, radical transformation

 

Walden Bello es profesor de sociología en la Universidad Estatal de Nueva York e investigador en el Centro de Estudios de Sudeste Asiático en la Universidad de Kioto, Japón. El profesor Bello formó parte de la Cámara de Representantes de Filipinas entre 2009 y 2015, durante este período fue el presidente del Committee on Overseas Workers Affairs. Bello es autor y coautor de 20 libros, entre ellos se encuentran Food Wars (Londres:Verso, 2009) o ), Dragons in Distress: Asia’s Miracle Economies in Crisis (Londres: Penguin, 1990).

 

¿A qué se refiere cuando define el ascenso de la extrema derecha como una contrarrevolución global?

Frente al término populismo, que denota un estilo político y está vacío de significado, contrarrevolución es el concepto más útil para entender el ascenso de la extrema derecha. Como afirmo en mi libro Counterrevolution. The Global Rise of the Far Right,[1] existen dos tipos de contrarrevolución. Una es la contrarrevolución clásica, como respuesta de las élites y las clases medias amenazadas por una insurrección desde abajo, de las clases bajas. Este tipo de situación es muy común en el Sur global, donde los progresivos programas reformistas orientados a personas trabajadoras y campesinas son vistos como una amenaza por las clases medias y altas. Las dinámicas políticas de Indonesia en 1965, Chile en 1973 y Tailandia en 2014 son de este tipo. La otra categoría es una contrarrevolución contra la democracia liberal, contra la incapacidad de este sistema para responder a los intereses de los grupos sociales que lo apoyaron en sus inicios, como la clase media. En Europa y Estados Unidos, por ejemplo, las bases de la extrema derecha son sectores de la clase trabajadora y la clase media-baja. Estos sienten que el estatus social del que disfrutaban con el viejo estado de bienestar se ha deteriorado con la llegada de las élites de centroizquierda y centroderecha al favorecer estas las políticas neoliberales y aliarse con minorías y migrantes que buscan «robar» sus beneficios y privilegios.

 

¿Cuáles son los principales rasgos comunes de los Gobiernos de extrema derecha en el Sur y el Norte globales?

Bueno, hay varios puntos de convergencia. Algunas personalidades y grupos de extrema derecha que llegan al poder o a la antecámara del poder muestran fuertes tendencias autoritarias y no tienen reparos en debilitar las instituciones democráticas si encuentran la oportunidad. Rodrigo Duterte en Filipinas, Viktor Orbán en Hungría y Donald Trump comparten esta característica. Son líderes carismáticos para sus bases, que movilizan buscando cabezas de turco; es decir, generando u orientando el odio de la mayoría racial o cultural hacia las minorías y los inmigrantes. Aunque se definen como antisistema o como el azote de las élites, no quieren modificar el régimen económico ni amenazar la posición de las élites económicas. Legitiman los discursos y sentimientos antiliberales, como Duterte cuando se vanagloria de que mataría gente, e ilegitiman los discursos y sentimientos liberales, como Narendra Modi en India al calificar la secularización como algo malo. Naturalmente, hay diferencias entre los líderes de extrema derecha del Norte y del Sur globales. Modi y Duterte, por ejemplo, tienen programas económicos neoliberales, mientras que Trump, Orbán y Marine Le Pen plantean algunas medidas antiliberales, como abandonar la Alianza Transpacífica o fortalecer el estado de bienestar, pero solo para aquellos de la comunidad «correcta», con la religión «correcta» y la cultura «correcta».

 

En este número nos centramos en la ecología política de la extrema derecha. ¿Qué papel desempeñan la ecología y el medioambiente en este movimiento contrarrevolucionario?

Bueno, siempre ha habido ecología política en el seno de la derecha. Si nos retrotraemos a los años setenta, sus representantes eran algunos malthusianos, como Garrett Hardin, que definía el exceso de población como la mayor amenaza para el medioambiente y afirmaba que la causa de esta sobrepoblación estaba primordialmente en el Sur global. De hecho, Hardin afirmaba que, con el fin de preservar la integridad medioambiental, el mundo tendría que hacer una selección y condenar a la miseria a gran parte de la humanidad, concretamente la del Sur global, y apoyar solo a una minoría, la del Norte global. Obviamente, quería aparentar cierta neutralidad, pero se sobrentendía que gran parte del Sur global tendría que sacrificarse para que el planeta mantuviese a una minoría de la población, la de los países desarrollados.

Incluso a James Lovelock parece no importarle reducir la población a un millón en aras de un planeta «más feliz». La preocupación por la capacidad planetaria para mantener un exceso de población en los países pobres del Sur global es el punto de partida de la conciencia medioambiental en los círculos de la derecha. Desgraciadamente, se trata de un arma de doble filo. Yo creo que mucha gente del Norte se considera ecologista y, al mismo tiempo, está a favor de endurecer los controles migratorios. Algunos son más directos y otros simplemente no quieren ser tachados de políticamente incorrectos.

 

¿Qué opina de la idea de ecofascismo?

Quizás el ecofascismo todavía no sea un movimiento importante, pero puede llegar a serlo si el medioambiente se sigue deteriorando y los habitantes del Norte no están dispuestos a limitar su consumo ni a reestructurar su tejido productivo para reducir las emisiones de carbono. Si siguen a líderes como Trump, pueden culpar a los países del Sur y cargarlos con la responsabilidad de la reestructuración. También podría ocurrir que, en vez de efectuar cambios radicales en términos de producción y consumo, elijan endurecer los controles en las fronteras y aplicar medidas de inmigración draconianas con el argumento de que la llegada de más personas a Europa, Estados Unidos y Japón provocaría un mayor desgaste medioambiental y una caída de la calidad de vida de sus habitantes. Los sectores más permeables a los discursos ecofascistas serían las clases media y trabajadora, que no quieren más ajustes en su estilo de vida y prefieren culpar a los inmigrantes de su deterioro. El ecofascismo y el racismo podrían hacer causa común.

 

¿Hay alguna contradicción entre la tendencia de la extrema derecha a apropiarse del discurso ecologista y el desarrollo de la regulación medioambiental en favor de los intereses empresariales?

El compromiso medioambiental nace del miedo al exceso de población y al deterioro de la calidad de vida derivados de las altas tasas de reproducción de las minorías y las políticas liberales de inmigración, y no de un análisis crítico del capitalismo como el mayor desestabilizador del medioambiente. Por lo tanto, no hay contradicción alguna en ser un aparente ecologista en favor de los intereses económicos.

 

En el siglo pasado, la reinterpretación romántica del campo fue un factor importante de la emergencia de la extrema derecha en Italia y otros países. ¿Ocurre hoy lo mismo?

Yo creo que mucho menos que en el clásico caso del fascismo, y es comprensible, ya que el público objetivo que la extrema derecha trata de movilizar ha perdido toda conexión con el campo y en su mayor parte es urbanita. La supervivencia de las áreas rurales no está garantizada ni en el Norte ni en el Sur globales, por lo que el campo parece un lugar del que conviene huir, y no un sitio donde refugiarse. Lo que sí se envuelve de un halo romántico es la nación: una comunidad que comparte sangre, lengua, cultura, religión y raza.

 

¿Qué opinión le merece el populismo de izquierda? ¿Lo ve como una estrategia necesaria y viable contra las contrarrevoluciones fascistas?

La razón por la que no me gusta usar el término populismo para describir las políticas de la extrema derecha es que está vacío de significado. El populismo es un estilo político que apela a la gente directamente, sin intermediación de partidos políticos. En este sentido, Indira Gandhi, Narendra Modi y Hugo Chávez podrían considerarse populistas a pesar de las diferencias entre sus programas. Uno puede ser populista de izquierdas y otro, de derechas. Indudablemente, apoyaría un programa populista de izquierdas que movilizase a los trabajadores para conseguir una redistribución radical de la riqueza desde las élites hacia las clases trabajadoras. Al mismo tiempo, me opondría a un programa populista de derecha que buscase movilizar a los trabajadores blancos contra los inmigrantes haciendo creer a los primeros que los beneficios de los segundos son a su costa.

 

¿Qué estructuras institucionales creadas por la desacreditada élite democrática podrían ser útiles para construir un modelo socioecológico alternativo?

Hay un gran número de instituciones de la democracia liberal que habría que mantener y transformar. Los partidos políticos son necesarios en cualquier tipo de democracia. El proceso legal es una importante barrera contra un Gobierno autoritario, al igual que la separación de poderes. Yo creo que las diferencias más reseñables están en las siguientes cuestiones:

  1. Representación: el modelo alternativo favorecería los procesos democráticos participativos frente a aquellos mecanismos democráticos tradicionales.
  2. Toma de decisiones: el modelo alternativo sometería las cuestiones económicas al ejercicio democrático, y lo haría en dos direcciones: hacia arriba, con el control democrático de las decisiones macroeconómicas que ahora toman los tecnócratas, y hacia abajo, con la participación obligatoria de los trabajadores en la gestión democrática de la empresa.
  3. Principios constitucionales: la igualdad sería el eje central de la Constitución. Esta establecería la no tolerancia de la desigualdad de ingresos y riqueza y la aplicación de mecanismos redistributivos si se alcanzan ciertos niveles de desigualdad.

 

Usted pide «mayor firmeza en la gestión de la economía por parte del Estado y la sociedad civil, que la desplace más allá del capitalismo». ¿Puede concretar su visión sobre la transformación política?

El objetivo final de la economía política debe ser un sistema que permita el desarrollo completo del ser humano y que favorezca una relación armoniosa entre este y la biosfera. El capitalismo fracasa en ambas cuestiones dada su tendencia inherente a generar desigualdad y a la contradicción entre economía y medioambiente. Uno de los problemas principales del viejo socialismo, tanto del comunista como del socialdemócrata, fue ser demasiado estatista; convirtió el Estado en un agente sin límites. Pero el Estado presenta dinámicas propias que, si no se tienen en cuenta, resultan en una jerarquía y otras formas de desigualdad de poder; en palabras de Max Weber, en la «jaula de hierro» de la racionalidad burocrática. Debe movilizarse a la sociedad civil para que controle al Estado a todos los niveles y para que controle una organización económica híbrida que incluya al Estado, las cooperativas, las empresas privadas y otros tipos de unidades productivas. La interacción entre estos tres actores clave —el Estado, la economía y la sociedad civil­— generará conflictos, pero también una sinergia.

 

Algunos intelectuales importantes, como Naomi Klein, ven en el cambio climático la oportunidad para revitalizar un movimiento de masas capaz de transformar el capitalismo desde abajo. ¿Está de acuerdo?

Sí, estoy de acuerdo con mi buena amiga Naomi en este punto. El éxito de los Verdes en las elecciones al Parlamento Europeo en 2019 refleja el potencial de la acción climática para movilizar a los sectores progresistas. Yo añadiría el movimiento de las mujeres. La sinergia de estos dos movimientos podría tener una gran fuerza transformadora.

 

Ha estudiado durante mucho tiempo la importancia de la clase media para frenar transformaciones radicales. ¿Cree que la izquierda está frente a una contradicción en relación con la crisis climática derivada de tener que plantear un cambio radical en las pautas de producción y consumo que, probablemente, hará a las clases medias sentirse amenazas por un cambio tan radical?

Creo que todo depende de cómo nos dirijamos a la clase media. Si apelamos a su supuesto interés común contra una pequeña élite capitalista, como la izquierda hizo en Chile, probablemente no se pongan de nuestro lado. Pero, si apelamos a sus mejores sentimientos en aras de una gran empresa humana para salvar el planeta, que implique sacarlas de sus preocupaciones individualistas y de clase, el resultado puede ser diferente. Ese fue el factor clave en la lucha antifascista en la Segunda Guerra Mundial. La gente luchaba y moría voluntariamente por la democracia porque era algo noble, algo que iba más allá de las cuestiones de clase. Valores; no intereses. Hay que apelar siempre a los valores, y no a los intereses.

 

La expansión del coronavirus amenaza con incrementar las respuestas de corte nacionalista. ¿Qué se puede hacer para contrarrestarlas?

Creo que debemos luchar por una respuesta internacionalista común que no se reduzca a que las instituciones multilaterales ayuden de forma masiva a los países en vías de desarrollo, sino que implique luchar porque las cadenas de suministro globales sigan funcionando para prevenir la hambruna y una depresión global. Sin embargo, eso solo son medidas a corto plazo. Debemos avanzar de forma estratégica hacia el desmantelamiento de las cadenas de suministro y favorecer la producción local, más beneficiosa social y ecológicamente.

Permítame concretar esto un poco más. Este es el tercer aviso que recibimos en menos de veinte años de que tenemos que abandonar la globalización. El primero fue la crisis de los precios de los alimentos entre los años 2007 y 2008 derivada de los trastornos en las cadenas globales de suministro de alimentos. El segundo fue en 2008 con la crisis financiera global y la subsecuente recesión en la economía real. Y, como suele decirse, a la tercera va la vencida. Tras la crisis de 2008, favorecida por la globalización financiera que coadyuvó a una recesión en la economía real, el camino que debería haberse seguido era el de la desglobalización de la producción. Sin embargo, nos embarcamos en una nueva fase de globalización conocida como «conectividad», liderada por China.

Paralelamente a la conectividad digital, la conectividad de la infraestructura y del transporte, especialmente la aérea, se definió como la clave para garantizar el éxito de la globalización. Cuando el virus llegó, la conexión aérea fue su canal de expansión más rápido. Y cuando China paró su industria para frenar el virus, en el mundo se encendió la mecha de una nueva crisis porque la conectividad industrial había provocado que muchas cadenas de suministro comenzasen precisamente allí, en China. Por lo tanto, la principal lección es que la globalización, más que la senda hacia la prosperidad, como sus partisanos afirmaban, resultó ser el atajo hacia el desastre absoluto. ¿Aprenderemos esta vez la lección? Esa es la pregunta.

 

* Esta entrevista ha sido realizada de manera conjunta por el equipo editorial formado por Diego Andreucci, Santiago Gorostiza, Geovanna Lasso, Christos Zografos y Marién González-Hidalgo.

[1]. N. de la t.: El libro aún no se ha traducido al español. Una posible traducción sería: «Contrarrevolución. El ascenso global de la extrema derecha».

Descargar artículo