La frontera de México y Estados Unidos como un proyecto eco-fascista

Francisco Serratos*

 

Resumen: La frontera que comparten México y Estados Unidos desde su fundación ha sido un «espacio de excepción» en el que los derechos humanos se violan constantemente debido a que su construcción obedece a ideologías dicotómicas como «civilización y barbarie», «legalidad e ilegalidad», «sanidad y enfermedad» y «moralidad e inmoralidad». Este ensayo revisa sucintamente algunos episodios históricos de la construcción de la frontera para argumentar que el reciente discurso xenofóbico y ecofascista de políticos de extrema derecha como Donald Trump no surgió del vacío, sino de una base ideológica tan vieja como la frontera misma.

Palabras clave: frontera, México, Estados Unidos, migración, espacio de excepción

 

Abstract: The border shared by Mexico and the United States since its foundation has been an «space of exception» which human rights are constantly violated because its construction obeys dichotomous ideologies such as «civilization and barbarism», «legality and illegality», «health and disease», and «morality and immorality». This essay succinctly reviews some historical episodes of border construction to argue that the recent xenophobic and eco-fascist discourse of far-right politicians like Donald Trump did not emerge from a vacuum, but from an ideology as old as the border itself.

Keywords: border, Mexico, United States, migration, space of exception

 

 

 

Un episodio nada nuevo

El 3 de agosto de 2019, en El Paso, Texas, tuvo lugar uno de los peores crímenes de odio contra la comunidad de origen mexicano. Un joven blanco fuertemente armado, oriundo de la zona conurbada de Dallas, manejó poco más de mil kilómetros hasta la ciudad fronteriza, específicamente a un Walmart, uno de los supermercados más concurridos por hispanos, y mató a veintidós personas e hirió a veinticuatro. De no ser por el manifiesto que el tirador escribió, este crimen habría sido uno más de los que ocurren en Estados Unidos casi diariamente. Ahí explica los motivos que lo llevaron a cometer tal atrocidad; sus palabras, lejos de sonar como las de un desquiciado, se hacen eco de una retórica ecofascista que pulula en los discursos políticos de la extrema derecha contemporánea y, sobre todo, en los discursos que han cimentado la construcción de la frontera entre Estados Unidos y México. Escribió (Gilman, 2020):

El estilo de vida estadounidense otorga a nuestros ciudadanos una increíble calidad de vida. Sin embargo, este estilo de vida está destruyendo el medioambiente de nuestro país, y esta destrucción está creando una enorme carga para las generaciones futuras. Las corporaciones encabezan la destrucción de nuestro medioambiente por medio de la sobreexplotación descarada de recursos… A las corporaciones les gusta la inmigración porque más personas significan un mercado mayor para sus productos. Solo quiero decir que amo a la gente de este país. Pero ¡maldita sea!, la mayoría de ustedes son demasiado tercos como para cambiar su estilo de vida. Entonces, el paso más lógico es disminuir el número de personas que usan recursos en Estados Unidos. Si podemos deshacernos de suficientes personas, nuestra forma de vida podría ser más sostenible.[1]

Esta ansiedad de escasez malthusiana usa tropos que, en su conjunto, forman un discurso discriminatorio. Según Todd Miller (2017), este discurso abarca teorías de la conspiración como la de «la gran sustitución» —de acuerdo con la cual las poblaciones blancas europeas serán reemplazadas por una masa de migrantes del Sur global—, la «reconquista» —un concepto usado por los grupos paramilitares que resguardan la frontera y temen que los mexicanos recuperen los estados perdidos en la guerra mexicano-estadounidense— y el miedo a la «barbarie» —la infiltración de grupos criminales que amenazan el bienestar, según las palabras de Donald Trump en el discurso inicial de su campaña para presidente: los mexicanos, dijo, «tienen muchos problemas y nos están trayendo esos problemas a nosotros. Traen drogas. Traen crimen. Son violadores» (Miller, 2017: 141)—. Poco a poco estas creencias se materializan no solo en horrendos crímenes como el citado, también en políticas de migración, de biopolítica y de ecología que hoy se denominan con el eufemismo de «seguridad nacional».

 

La frontera como espacio de excepción

Los episodios violentos en la frontera mexicano-estadounidense han sido endémicos desde su creación. Por esto el antropólogo Jason de León (2015) la concibe como un «espacio de excepción» en el que los derechos humanos y constitucionales se suspenden por motivos de seguridad nacional. Es un espacio en el que una inversión del orden legal otorga permiso para violentar sin ninguna repercusión jurídica. Esta excepción ha sido una realidad histórica tanto para los nativos de la franja fronteriza como para los migrantes que intentan cruzarla ilegal y legalmente. De hecho, como señala Miller (2019), Customs and Border Protection, la institución encargada de vigilar todas las fronteras de Estados Unidos, está exenta de cumplir las leyes constitucionales; es decir, puede detener, arrestar, disparar y aplicar arbitrariamente la caracterización racial (racial profiling) casi con total impunidad constitucional (Miller, 2019: 126). En esencia, la Border Patrol surgió en 1924 del esfuerzo de distintas sociedades civiles nativistas conformadas, según Kelly Lytle Hernández (2010), por «eugenistas, xenófobos, académicos, miembros del Ku Klux Klan y líderes sindicales» partidarios de la pureza racial.

Para empezar, la frontera surgió de una guerra (1846-1848) entre los países que la compartían. Para poder configurarse como tal, primero se debía demarcar una compleja región de 3169 kilómetros, que abarca desde la costa del Pacífico hasta el golfo de México y está compuesta por seis regiones biogeográficas con una diversidad impresionante: una pradera de clima mediterráneo, dos planicies desérticas, dos desiertos de zonas montañosas, matorrales semiáridos y bosques ribereños (Álvarez, 2019). Sin olvidar los dos grandes cuerpos de agua, los ríos Colorado y Grande, que han sido modificados, moldeados y bloqueados para fungir como barreras naturales o explotables. Y, a pesar de tanta diversidad, cuando los encargados de delinear los límites fronterizos (bajo órdenes de la Joint United States and Mexican Boundary Commission) comenzaron a trabajar poco después de la guerra, vieron esa región como un páramo inerte, según dijo un miembro de la comisión: «Es un baldío estéril, sin un valor mínimo, sin otro propósito que constituir una barrera o una línea natural de demarcación entre dos naciones vecinas» (St. John, 2011: 3).

No supieron ver que esa región era hogar no solo de una vasta flora y fauna, sino también de personas que ipso facto perdieron su derecho a la tierra. De hecho, la primera intervención territorial de ambos países para definir la frontera sigue vigente: fue controlar el flujo de humanos. Los primeros en sufrir esta política fueron las tribus indígenas, como el pueblo apache, los comanches, los pimas, los maricopas, los yumas, los cucupás, los kumiais y los tohono o’odham (St. John, 2011). Estos últimos, reporta Miller (2017: 131-169), viven en constante batalla por su territorio y el agua contra la Border Patrol y las compañías de tecnología de seguridad que instalan dispositivos vigilancia. Al principio, la frontera debió domesticarse para hacerla apta como delimitación no solo geográfica, sino también civilizadora, y en este proyecto ambos países participaron. En 1883, cuando emprendieron la guerra contra los apaches, un ranchero de Sonora aseveró: «Nada es más noble que esta campaña que hemos empezado y por la que hoy luchamos contra los acérrimos enemigos de la civilización, contra un vampiro ávido que succiona la sangre de la humanidad mientras esta se encamina hacia el progreso» (St. John, 2011: 52). La frontera, en este sentido, surge como una línea que delimita la barbarie de la civilización.

Imagen 1: Inmigrantes fuera de su casa justo en la frontera de Tucson, Arizona”, circa 1890. Fuente: Fotoearch/Getty Images

 

Una vez domesticado del espacio por medio del desplazamiento de personas, este se convirtió en una oportunidad de inversión capitalista gracias al auge del tren, a fines del siglo xix. Las praderas, comenta Rachel St. John (2011), se transformaron en ranchos para ganado; las montañas, en minas principalmente de cobre, y los ríos, en presas. C. J. Álvarez (2019) señala que en esta época, de 1891 a 1896, se volvió a medir toda la frontera para parcelar el territorio, privatizarlo y explotarlo. De hecho, para finales de siglo, casi todos los pastizales desde la costa del Pacífico hasta el río Grande ya estaban en manos privadas. Durante este proceso de capitalización comenzó la militarización de la frontera para garantizar el control de la circulación de humanos, animales y patógenos. Con el fin de evitar que las vacas cruzaran de un lado a otro y se enfermaran de la entonces llamada «fiebre de Texas» (babesia, un parásito transmitido por garrapatas), se construyó por primera vez un muro en la frontera de los estados de California y Baja California en 1911 (St. Johns, 2011: 103). A partir de ese momento nació una preocupación epidemiológica en Estados Unidos, bien estudiada John Mckiernan-González (2012). Se creía que los mexicanos portaban todo tipo de enfermedades y bichos. En 1916 se inició un episodio oscuro en el que se mezclaron paranoia y eugenesia: los mexicanos que cruzaban a Texas eran marcados con tinta indeleble con la palabra Admitted. La finalidad, argumentó el inspector del Public Health Service, era «defender a Texas de los piojos, la viruela y otros gérmenes que generalmente llevan los indigentes mexicanos» (Minna, 2016: 57). Más tarde, en El Paso, Texas, se construyó una planta de desinfección en la que se auscultaba a los mexicanos que venían de Ciudad Juárez y se los rociaba con Zyklon B, el mismo gas que los nazis usaron en las cámaras de exterminio.

Sin embargo, estas medidas eugenésicas provenían de un sentimiento antinmigrante desde la segunda mitad del siglo xix y se materializaron en 1875 con la primera ley de restricción de la migración aplicada sobre todo a criminales y prostitutas. Luego, en 1882, se sancionó otra ley contra un grupo étnico específico, la llamada Chinese Exclusion Act, que proponía deportar y restringir la población china migrante que buscaba unirse a la fuerza laboral del país; la represión y persecución de los migrantes chinos fue terrible en ambos lados. En 1908 la frontera se convirtió en un filtro moral con la Mexican Immigration Act, que limitaba el paso a «prostitutas, anarquistas, pordioseros, criminales, cualquier extranjero demasiado joven, viejo, minusválido o enfermo para trabajar» (St. John, 2011: 178). En 1910 se incluyeron otras modificaciones para rechazar a «lunáticos, personas con probabilidad de ser una carga fiscal, agentes de empleo, polígamos, anarquistas y otras personas consideradas indeseables» (St. John, 2011: 103). Esta moralidad se iba a reflejar mucho más tarde en la prohibición del alcohol y el control de sustancias, todavía vigente para drogas como la marihuana y la cocaína. Asimismo, en esta década de la Revolución Mexicana, la frontera se militarizó aún más y se instauró por primera vez, en 1918, el requerimiento de un pasaporte para todo aquel que quisiera cruzar hacia Estados Unidos (St. John, 2011: 139).

Así, con la constante modificación y sanción de leyes, surgió la demanda de controlar la frontera en un sentido territorial y ecológico para prevenir el cruce de personas. Desde 1909, cuando se erigió la primera estructura, Estados Unidos ha promovido la construcción de muros en distintas zonas a lo largo del siglo pasado, tendencia que culminó en 2006 con la Secure Fence Act (St. John, 2011: 203), una ley promovida por George W. Bush después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. A partir de entonces, la frontera se convirtió en una prioridad de seguridad nacional y, como tal, exigió medidas drásticas. Comenzó a construirse lo que se ha llamado «el complejo industrial militar-medioambiental» (Miller, 2017: 47), un proyecto fronterizo que abarca paredes inteligentes, manipulación ambiental, drones, sensores y agentes de migración, y que se extiende ya no solo sobre la frontera estadounidense, sino también por casi todo el suroeste mexicano y las fronteras de los países de Centroamérica. Esta región ha sido denominada «el corredor seco centroamericano» debido a que será una de las más golpeadas por el cambio climático, y por ello representa una amenaza de seguridad nacional para Estados Unidos debido a la migración masiva. Las recientes imágenes de migrantes en celdas y niños en jaulas podrían ser solo el aciago prefacio de un futuro cada vez más insoportable, pero con resabios de un pasado constante.

 

Conclusiones

La frontera se ha construido como un espacio de excepción que divide, filtra y establece dicotomías como «civilización y barbarie», «moralidad e inmoralidad», «legalidad e ilegalidad», que se materializan en un discurso ecofascista. Sin embargo, la llegada del presidente de extrema derecha Donald Trump, quien ganó las elecciones en 2016 con la promesa de construir un muro a lo largo de la frontera, no es nada nuevo; es el clímax de una historia que sigue repitiéndose. Los cimientos del muro son los episodios ya narrados. Comenzó a construirse el año pasado en la reserva Organ Pipe, hogar de la etnia tohono o’odham, de saguaros de hasta ciento cincuenta años y de docenas de especies de animales que sufrirán la fragmentación de todo el ecosistema. Todo esto convierte ese espacio en uno de los más mortíferos: desde 1990, más de tres mil restos de humanos han sido encontrados en la zona (Skolnick, 2019). Pero, según el discurso ecofascista que inspiró al tirador del inicio, estas vidas deben sacrificarse para mantener los privilegios de la sociedad estadounidense.

 

Referencias

Álvarez, C. J., 2019. Border Land, Border Water: A History of Construction on the US-Mexican Border. Austin, Texas University Press.

De León, J., 2015. The Land of Open Graves: Living and Dying on the Migrant Trail. Oakland, California University Press.

Gilman, N., 2020. «The Coming Avocado Politics: What Happens When the Ethno-Nationalist Right Gets Serious about the Climate Emergency». The Breakthrough (7 de febrero). Disponible en: https://thebreakthrough.org/journal/no-12-winter-2020/avocado-politics, consultado el 18 de marzo de 2020.

Lytle Hernández, K., 2010. Migra! A History of the U.S. Border Patrol. Oakland, California University Press.

Mckiernan-González, J., 2012. Fevered Measures: Public Health and Race at the Texas-Mexico Border, 1848-1942. Durham, Duke University Press.

Miller, T., 2019. Empire of Border: The Expansion of the US Border Around the World. Nueva York, Verso.

Miller, T., 2017. Storming the Wall: Climate Change, Migration and Homeland Security. San Francisco, City Lights Books.

Minna Stern, A., 2016. Eugenic Nation: Faults and Frontiers of Better Breeding in Modern America. Oakland, California University Press.

Skolnick, A., 2019. «The Environmental Threat of Trump’s Wall». The Outside (13 de diciembre). Disponible en: https://www.outsideonline.com/2406786/border-wall-species-threat-organ-pipe, consultado el 15 de marzo de 2020.

St. John, R., 2011. Line in the Sand: A History of the U.S.-Mexico Border. Princeton, Princeton University Press.

* Washington State University. E-mail: f.serratos@wsu.edu.

[1]. Todas las traducciones son mías.

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