Contrafuegos: las fronteras ardientes de la temporalidad colonial

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Scott W. Schwartz*

Traducido por Martha Moncada Paredes

 

Resumen: El fuego es irreversible; es una liberación entrópica que dispersa y desorganiza las redes de vida, energía y recursos. Para combatir los incendios forestales que se expanden sobre el planeta, los guardabosques tratan de calcinar zonas y así crear barreras de muerte de modo que las llamas no tengan nada más que quemar. Este artículo sugiere que tales tácticas son reflejo de una ecología política de extrema derecha que ha asumido los límites de los recursos naturales (y por lo tanto del crecimiento económico perpetuo) y que ha roto con el mito del crecimiento sin fin propagado por las corrientes económicas hegemónicas. Mientras la izquierda lleva criticando este mito desde hace más de un siglo en un esfuerzo por detener sus mortíferos efectos en la sociedad y el medioambiente, la extrema derecha ha respondido de forma diferente. En lugar de tratar de detener la persecución del crecimiento económico infinito, el sentir de la extrema derecha, difundido a través de sus medios o expresado en los tiroteos masivos ecofascistas de 2019, trata de quemar el camino del crecimiento continuo abrasando las excluyentes fronteras entre el presente y el futuro.

Palabras clave: geocolonialismo, temporalidad, capitalismo, ecofacismo, ecología política

 

Abstract: Fire is irreversible—an entropic release that scatters and disorganizes aggregate pockets of life, fuel, and resources. In fighting wildfires, forest managers attempt to scorch borders of death into the planet so that onrushing blazes have nothing left to burn. This article suggests that such tactics reflect a far-right political ecology which has come to terms with the limits of material resources (and thus perpetual economic growth). A far-right environmentalism has broken from the myth of endless growth propagated by mainstream economics. While this myth has been critiqued on the left for over a century in efforts to halt its deleterious social and environmental effects, the far-right response is quite different. Rather than halt the pursuit of perpetual growth, far-right sentiment, as expressed by the 2019 eco-fascist mass-shootings and popular right-wing media, attempts to burn a path for continuous growth by searing exclusionary borders between the present and future.

Keywords: Geocolonialism, Temporality, Capitalism, Eco-fascism, Political ecology

 

 

 

Introducción

El contrafuego es una estrategia utilizada para contener los incendios forestales, como aquellos que arrasaron Australia, la Amazonía, Siberia, Alaska y California en 2019. Esta estrategia implica quemar las áreas que se encuentran en el camino del incendio para cortar su trayectoria; las llamas que se acerquen a estas zonas no tendrán nada más que quemar. El área por la que avanzaría el fuego queda devastada y estéril; se quema el futuro para combatir el fuego. La temporalidad de esta práctica, que construye fronteras de muerte alrededor de islas de acumulación de capital, sirve como arquetipo para ilustrar la ecología política de la extrema derecha y particularmente su relación con el futuro. La derecha utiliza cada vez más la retórica de la conservación ambiental y de la anticipación de escenarios futuros para promulgar la exclusión y la violencia en el presente. En este texto se rastrea el origen de este sentimiento hasta llegar a un colonialismo geotérmico que busca el crecimiento a través de la muerte. En estas consideraciones están en juego múltiples desposesiones de tiempo y de espacio. ¿A qué tiempo y a qué lugar «pertenecen» los seres humanos y cuáles son los que tienen el poder para adjudicar esta alquimia cartográfica? De la misma manera que los incendios forestales se están conteniendo mediante la creación de estos bordes oscuros de muerte inorgánica, el neonacionalismo de la extrema derecha está incendiando fronteras en la tierra para imponer exclusiones.

 

El futuro es una bomba de fabricación casera

Los movimientos ecologistas populares (derivados de la izquierda) malinterpretan las motivaciones temporales de la ideología de extrema derecha en cuanto al entrelazado que conforman la ecología y la justicia. Un conocida idea afirma que la derecha (ya sea neoliberal, neoconservadora o neonacionalista) menosprecia el futuro a favor del confort presente (o la nostalgia de la gloria pasada). La ausencia de remordimientos ante la contaminación, la sobrepesca, la minería y la deforestación, simplemente porque estas prácticas reportan beneficios económicos inmediatos, pone en peligro o merma las posibilidades de acceso a los recursos y a entornos habitables.

Por el contrario, el ambientalismo de izquierda a menudo aboga por un sacrificio nominal o por el aplazamiento del confort material en el presente en beneficio del futuro (no te comas esa hamburguesa, apaga el aire acondicionado). Quizá merece la pena reconsiderar los términos de este enfoque tradicional.

El presente se caracteriza por la injusticia ambiental y la explotación de las poblaciones vulnerables; está pasando ahora. La rapaz transformación de los ecosistemas en materias primas no provoca violencia futura; causa violencia en el presente. En lugar de una agenda retrógrada que proponga el retorno a los «buenos viejos tiempos», los movimientos de extrema derecha (como sucede con todas las versiones del colonialismo) miran hacia el futuro. Buscan perpetuar y asegurar las condiciones que garantizarán un futuro crecimiento asimétrico de la riqueza y la permanencia de la futura propiedad privada en manos de una comunidad cerrada.

En efecto, la derecha busca forjar un futuro en el que unos cuantos privilegiados mantengan un acceso exclusivo (en el mejor de los casos) o al menos privilegiado (en el peor) a la capacidad de generar un crecimiento exponencial de la riqueza. La derecha no sacrifica ni ignora el futuro para obtener placer en el presente. Por el contrario, explota el presente y a sus gentes para que la riqueza pueda continuar creciendo exponencialmente en el futuro.

Cuando Chevron gasta cincuenta y cuatro de dólares en un proyecto de extracción de gas en la costa de Australia, no es porque valore el confort material presente sobre todo lo demás (Klein, 2014: 145). Es un plan a cincuenta años de plazo para asegurarse el control de los mercados energéticos en 2070. El futuro se construye a sí mismo (ganancias de capital) a partir de los recursos del presente (Land, 1993). El desarrollo del capitalismo implica que la riqueza sea mayor en el futuro que en el presente. Esto es posible a costa del sacrificio de la población actual. Las fuerzas que contribuyen a degradar el clima no roban el futuro a los jóvenes, sino el presente. Quizá sea momento de dejar de salvar el futuro y comenzar a salvar el presente.

La expoliación ambiental con el objetivo de obtener ganancias futuras ha sido una práctica normal para las corrientes convencionales de derecha y de izquierda durante cerca de tres siglos. La ecología política de la extrema derecha se distingue de esta versión por haber adquirido una mayor conciencia de los límites materiales y ecológicos del crecimiento, lo cual marca una ruptura con la ecología política de la derecha moderada. La postura negacionista de esta última, que cultiva la ilusión de que la riqueza puede crecer exponencialmente de manera indefinida, está siendo eclipsada por la repulsión de la extrema derecha hacia el cambio climático que pretende fomentar la exclusión en un futuro en el que las posibilidades serán limitadas a partir de marcadores culturales (religión, etnicidad, raza). Esto se manifiesta con claridad en el miedo a los grupos de desplazados climáticos no blancos y no católicos. La extrema derecha ha empezado a distinguir la fealdad del capitalismo global y las penurias que provoca. Sin embargo, en lugar de condenar al capitalismo, condena a sus víctimas. En lugar de detener las prácticas injustas y perjudiciales para el medioambiente, la extrema derecha imagina una guerra tribal por la escasez de recursos, más propia de la ficción, que estará centrada en la exclusión y la discriminación.

 

Enverdecer el odio

El sentimiento de violencia basado en la exclusión irrumpió de la forma más dolorosa en los tiroteos masivos en El Paso y Christchurch. El manifiesto del tirador de El Paso proclamaba: «Las corporaciones nos están conduciendo a la destrucción de nuestro medioambiente a través de una sobreexplotación vergonzosa de los recursos […], si podemos deshacernos de una cantidad suficiente de personas, entonces nuestro estilo de vida podría ser más sostenible». Lamentablemente, este joven estaba dispuesto a terminar con la vida de veintidós personas a fin de preservar un «estilo de vida» que se fundamenta en la «sobreexplotación vergonzosa de los recursos». La lógica tras este episodio asume no solo la inevitabilidad de este tipo de conductas, sino que convierte un asesinato múltiple en un acto de altruismo para que sigan las prácticas de saqueo. A pesar de que el perpetrador admite que el «estilo de vida» colonial es vergonzoso, lo defiende de manera violenta. Este acto se ejecutó para contribuir a asegurar un futuro en el que siga siendo factible la ya naturalizada sobreexplotación de recursos. Aunque sin duda es perverso, este fue un ataque de la extrema derecha (en el presente) con la intención de construir un futuro mejor. La extrema derecha no está descuidando el futuro, trata de consolidar para el futuro la inequidad y la devaluación de la vida, dos condiciones normalizadas bajo el capitalismo colonial.

Una versión algo más suave (pero con implicaciones no menos violentas) de esta ideología es la que promueve el presentador de noticias de Fox News, Tucker Carlson, quien afirma que la inmigración está destruyendo el medioambiente porque los desechos materiales (botellas de agua, envolturas de alimentos, etc.) que generan los seres humanos forzados a consumir comida rápida (incluido Carlson) provocan daños estéticos y ecológicos. La pasmosa hipocresía de esta percepción es clara. Los daños a los ecosistemas locales provocados por la construcción del muro fronterizo han sido, de lejos, más irreversibles que los generados por cualquier residuo (Hennessy-Fiske, 2020). Respecto a la preocupación acerca de los desechos plásticos que ensucian la pulcritud de la naturaleza de América, cabe destacar que la producción de bienes de consumo para los ciudadanos de Estados Unidos causa mucha más contaminación en América Latina que la que proviene de los desechos producidos por las poblaciones migrantes en la frontera (Grineski et al., 2010).

Esta hipocresía se nutre de una confusa combinación de inmigración y sobrepoblación. Pese a que la idea de que la sobrepoblación es un problema ambiental ha sido fuertemente cuestionada y disputada con contundencia (Kallis, 2019), esta postura ha estado presente en el discurso medioambiental prácticamente a lo largo de los dos últimos siglos. El «problema ambiental» de la sobrepoblación es en realidad un problema de sobreproducción derivado del estilo de vida del G8, no del número de seres humanos que habitan en el planeta. El discurso de Carlson sugiere que las fronteras nacionales pueden detener la degradación del clima y del ambiente: si embutimos diez millones de personas en Ciudad Juárez, el cambio climático se detendrá en la frontera de Texas. De la misma manera que las fronteras abrasadas contienen los incendios forestales, la sugerencia de Carlson es que trazar líneas de muerte a lo largo de la frontera prevendrá la devastación ocasionada por el cambio climático.

Los movimientos humanos y las fronteras que impiden su paso constituyen el obstáculo más terrorífico hacia una transición climática humana y justa. Es aquí donde la extrema derecha está comprometida con el cambio climático. En la ecología política de la extrema derecha subyace el argumento explícito de que algunas personas (los privilegiados que acumulan riqueza) deberían mantener el acceso a los enormes excedentes de recursos mientras se excluye violentamente a quienes se les extrajo gran parte de esta riqueza. El «genocida blanco», tirador de Christchurch, simboliza simplemente el miedo a que las poblaciones colonizadas sean capaces de compartir los recursos en el futuro. Esta ideología se basa en la noción geocolonial de las fronteras como divisiones «naturales» de grupos humanos y circuitos de discriminación.

 

Geología ardiente

Tanto los incendios forestales a lo largo de Australia como el desplazamiento de los migrantes a través de América Central son sucesos socioclimáticos. El ambientalismo de la extrema derecha reconoce esto de una manera que no lo hacen la mayoría de los moderados. Lo trágico, sin embargo, es que para la extrema derecha resultan equivalentes el desplazamiento de seres humanos y las fuerzas geológicas destructivas como los incendios forestales o los huracanes. En A Billion Black Anthropocenes or None, Kathryn Yusoff (2018) cartografía esta tendencia a «geologizar» la vida por la inextricable relación entre geología y colonialismo. Ella propone que analizar el mundo a partir de varios minerales abióticos y estratigrafías tiene implicaciones directas e indirectas en las manifestaciones de la actual crisis climática. No hay duda de que la geología ha cultivado el conocimiento necesario para la extracción masiva y el consumo de combustibles fósiles. Sin embargo, lo más insidioso es que la epistemología de la geología induce a considerar el mundo como un espectro de materiales explotables. Esto implica que el geocolonialismo presenta el bajo valor del carbón y del petróleo a lo largo de un continuo que articula el trabajo mal pagado de cuerpos negros y de color. «El petróleo fue literalmente concebido como el reemplazo del trabajo esclavo» (LeMenager, 2014: 5).

Yusoff no utiliza el neologismo Antropoceno para denotar la actual época de deshumanización e inhumanidad. Como demuestran los discursos sobre el Capitaloceno o el Plantacionoceno (Haraway, 2015), es engañoso afirmar que la crisis climática es causada por los seres humanos. En la tendencia a ver a los humanos como materiales no humanos (compuestos de minerales, organismos, músculos) subyacen los comportamientos que contribuyen al cambio climático. Esta capacidad para transformar todo en términos geológicos se extiende a la vida no humana y a los ecosistemas (las vacas se aprecian como calorías o los bosques como mobiliario). Ninguna vida puede escapar a esta violencia, pues involucra al explotador y al explotado. El explotador no puede sentir culpa alguna y el explotado no puede sufrir, pues ambos son apenas meros conglomerados de carbón. Para la ecología política de la extrema derecha, sufrimiento no es un fenómeno que se puede accionar, sino simplemente una desilusión subjetiva de minerales desalineados. Las rocas no empatizan. Al hablar y actuar en términos geológicos (geologización), el mundo actual se construye como un espectro de materiales explotables para impulsar el futuro crecimiento de la riqueza.

Si bien Yusoff centra la polémica en la geología, críticas similares podrían dirigirse a la termodinámica. La domesticación de la combustión (cuyo emblema es la máquina de vapor) desarrolló una epistemología según la cual la manipulación de la energía es el principal objetivo de la humanidad. En el siglo xix, el físico Sadi Carnot señaló que «la máquina de vapor encarna […] la distinción entre civilización y barbarie» (Gold, 2010: 129). De manera más explícita, el antropólogo Leslie White (1959) equiparó la explotación energética con la «evolución cultural». La ecología política de la extrema derecha valoriza la distribución colonial de poder al considerar que el principal indicador del valor humano es la explotación de energía. El abastecimiento de las máquinas de vapor mediante la combustión de hidrocarburos (carbón y petróleo) es como el espejo de la forma de contener los incendios forestales. La economía de combustibles fósiles se está quemando hacia atrás; quema el presente para controlar el futuro; abrasa el «bosque subterráneo» (Sieferle, 2010) para dar paso a la transformación de los recursos en futuros productos. Un «estilo de vida» (explotación capitalizada) es creado y controlado por una síntesis «pirosexual» (Clark y Yusoff, 2018) de biopoder y geopoder.

En Black Feminist Poethics (2014), Ferreira da Silva se pregunta qué hacer con este «estilo de vida». ¿Los explotados y marginalizados deberían intentar mejorar o acabar con este «estilo de vida»? El tirador de El Paso concluyó que la única forma de defender su «estilo de vida» era mediante un asesinato múltiple. Aunque a veces resulte menos evidente, desde la esclavitud hasta la guerra interminable este «estilo de vida» sigue acumulando asesinatos en masa; un estilo de muerte más que un estilo de vida. La ética final de Ferreira da Silva podría leerse junto al cuestionamiento de la técnica de los contrafuegos que ha surgido de la ciencia de los incendios forestales. Un agente del servicio forestal sugirió que tratar de controlar los actuales megaincendios es tan inútil como «plantarse frente a huracanes con abanicos para tratar de cambiar su dirección» (Petryna, 2018: 577). Igualmente inútiles podrían ser los intentos de mejorar la situación de sobreexplotación «desvergonzada» del «estilo de vida» que se defendió en El Paso, en especial a la luz de políticas neoliberales como el comercio de carbono (cap-and-trade). La inminente lucha política alrededor de las transiciones climáticas será entre quienes desean acabar con el «estilo de vida» dominante y quienes quieren terminar con la vida.

 

Anillo de fuego

Para explicarlo con léxico ambientalista, se puede afirmar que la extrema derecha está defendiendo un colonialismo del futuro. Trata de someter violentamente el presente en nombre de ganancias futuras que solo se materializarán si pueden proteger su forma de vida hasta que este futuro se materialice. El problema, por supuesto, es que estos soldados de extrema derecha no llegarán al futuro. El futuro está sellado en una reserva natural geocolonial virgen, rodeada de bordes abrasados, y un abismo insalvable e inerte separa el ahora del entonces.

 

Referencias

Clark, N., y K. Yusoff, 2018. «Queer Fire: Ecology, Combustion, and Pyrosexual Desire». Feminist Review, 118 (1), pp.7-24.

Ferreira da Silva, D., 2014. «Toward a Black Feminist Poethics: The Quest(Ion) of Blackness Toward the End of the World». The Black Scholar, 44 (2), pp. 81-97. 

Gold, B., 2010. ThermoPoetics: Energy in Victorian Literature and Science. Cambridge, The MIT Press.

Grineski, S., et al., 2010. «No Safe Place: Environmental Hazards & Injustice along Mexico’s Northern Border». Social Forces, 88 (5), pp. 2241-265.

Haraway, D., 2015. «Anthropocene, Capitalocene, Plantationocene, Chthulucene: Making Kin». Environmental Humanities, 6 (1), pp. 159-165.

Hennessy-Fiske, M., 2020. «It’s Illegal to Destroy Saguaro Cactuses. So Why Are They Being Removed for Trump’s Border Vall?». Los Angeles Times (26 de febrero).

Kallis, G., 2019. Limits: Why Malthus Was Wrong and Why Environmentalists Should Care. Stanford, Stanford University Press. 

Klein, N., 2014. This Changes Everything: Capitalism vs. the Climate. Nueva York, Simon & Schuster.

Land, N., 1993. «Machinic Desire». Textual Practice, 7 (3), pp. 471-482.

LeMenager, S., 2014. Living Oil: Petroleum Culture in the American Century. Oxford, Oxford University Press. 

Petryna, A., 2018. «Wildfires at the Edges of Science: Horizoning Work Amid Runaway Change». Cultural Anthropology, 33 (4), pp. 570-595.

Sieferle, R., 2010. The Subterranean Forest: Energy Systems and the Industrial Revolution. Cambridge, The White Horse Press.

White, L., 1959. The Evolution of Culture: The Development of Civilization to the Fall of Rome. Nueva York, McGraw-Hill.

Yusoff, K., 2018. A Billion Black Anthropocenes or None. Mineápolis, University of Minnesota Press.

* City University of New York, Graduate Center. E-mail: sschwartz@gradcenter.cuny.edu.

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