Ecofascismo: uno de los peligros del ambientalismo burgués

Melissa Moreano Venegas*

 

Resumen: La expresión «mojigatería ambiental» describe bien al ambientalismo burgués, extremadamente conservador, anclado a una conciencia ambiental que surge en el seno del capitalismo y que tiene por fin aliviar la angustia del daño que causa mientras amplía las posibilidades de acumulación capitalista. Lo hace a través de obras de caridad y proyectos de conservación, con acciones que no alivian las causas estructurales de la destrucción ambiental o de la injusticia social, sino que limpian la imagen de un sistema altamente destructivo. Más aún, este tipo de ambientalismo refuerza peligrosas políticas racistas, machistas, clasistas y xenófobas.

En este artículo exploro, con una perspectiva crítica feminista, algunos elementos del ambientalismo burgués que expresan tal conservadurismo: el clasismo, el esencialismo de la noción de naturaleza, el nacionalismo racista y xenófobo. Conduzco el análisis de forma multiescalar de lo global a expresiones locales, para concluir que la mojigatería ambiental nos impide pensar creativamente en la transición hacia un mundo sin explotación capitalista, de allí la urgencia de liberar al ambientalismo de su halo conservador.

Palabras clave: ambientalismos, naturaleza, ecofascismo, justicia ecosocial

 

Abstract: «Environmental sanctimony» describes bourgeois environmentalism, extremely conservative, anchored to an environmental consciousness that emerges within capitalism. This type of environmentalism aims to alleviate the anguish of the damage that capitalism causes while expanding the possibilities of capitalist accumulation. It does so through charity and conservation projects, with actions that do not alleviate the structural causes of environmental destruction or social injustice, but rather clean up the image of a highly destructive system. Furthermore, bourgeois environmentalism reinforces dangerous racist, sexist, classist and xenophobic policies.

Within this context and from a feminist critical perspective, in this article I explore some elements of bourgeois environmentalism that express such conservatism: classism, the essentialism of the notion of «nature», and racist and xenophobic nationalism. By conducting a multi-scale analysis from the global to local expressions, I conclude that environmental sanctimony prevents us from thinking creatively about the transition to a world without capitalist exploitation, hence the urgency of freeing environmentalism of its conservative halo.

Keywords: environmentalisms, nature, eco-fascism, eco-social justice

 

 

 

Introducción

La mojigatería ambiental («environmental sanctimomy» según Peet et al., 2011) es un constructo que describe muy bien el ambientalismo burgués al que me referiré en este texto. Dicen estos autores que, cuando el ser humano es desprovisto de los medios de producción que le permiten vivir, su existencia pierde sentido. Entonces surge la religión. Como dijo Marx, «la religión es el corazón de un mundo que se ha quedado sin corazón, el alma de las condiciones sin alma: es el opio del pueblo». Si esto se traduce en términos de conciencia ambiental, cabe la siguiente afirmación (Peet et al., 2011: 14; mayúsculas en el original):

La agonía de destruir la naturaleza se alivia a través de una mojigatería ambiental —llorar sobre las heridas infligidas a la Tierra, lanzar plegarias a la Madre Naturaleza—. Sin embargo, adorar a la Naturaleza no es suficiente para dar sentido a un sistema de producción sin alma, que aliena al ser humano de la naturaleza. Entonces, para que la producción capitalista adquiera sentido y pueda continuar destruyendo la naturaleza día tras día, surge la filantropía en la forma de «fondos de defensa ambiental» y de «inversión verde».

El ambientalismo burgués, en esta línea de pensamiento, tiene por fin aliviar la angustia del daño que causa el capitalismo. Lo hace a través de obras de caridad y proyectos de conservación, con acciones que no alivian las causas estructurales de la destrucción ambiental o de la injusticia social, sino que limpian la imagen de un sistema altamente destructivo. Así sortea las críticas al sistema —al que no busca cambiar— y alivia la culpa. Más aún, el ambientalismo burgués tiene como único fin ampliar las posibilidades de acumulación capitalista. Porque volverse verde también es negocio. En su vertiente más conservadora, este tipo de ambientalismo defiende la conservación de una naturaleza definida como prístina, virgen y ahistórica: en suma, pura. Las perspectivas clasistas y racistas que afloran atribuyen a los pobres y marginalizados la responsabilidad por las crisis ambientales, prestas a señalar al «mal salvaje» (Ulloa, 2004), mientras que, con una lectura patriarcal, feminizan a la naturaleza y resaltan su rol de cuidadora y reproductora, con el resultado de amenazar la autonomía de los cuerpos femeninos (Asambleas del Feminismo Comunitario, 2010). Cabe destacar que esta feminización de la naturaleza dista mucho del esencialismo estratégico que las propias mujeres indígenas parecen usar en su lucha contra las industrias extractivas al autoidentificarse con la madre tierra como estrategia de cohesión y confrontación política (Jenkins, 2015).

Este tipo de ambientalismo, que ha existido desde los orígenes del movimiento, está dando cada vez más espacio a ideologías racistas, clasistas y machistas de la mano de discursos catastróficos asociados al cambio climático (Ojeda et al., 2019). Un halo conservador, casi puritano, avanza peligrosamente incluso dentro de movimientos antisistema y se acerca de forma peligrosa al ecofascismo[1] en tanto que «asocia un anhelo de pureza en la esfera ambiental con un deseo de pureza racial en la esfera social» (Adler-Bell, 2019). Es el tipo de ambientalismo que diagnostica que la sociedad humana en su totalidad está enferma y pregona un cambio individual, en el mejor de los casos, y soluciones neomalthusianas, en el peor.

 

Ambientalismo burgués

El ambientalismo se puede definir como un conjunto estándar de principios para definir la forma en que los diferentes grupos humanos entienden la naturaleza y la relación humano-naturaleza, así como el tipo de actividad política que son propensos a emprender para abordar lo que perciben como problemas ambientales (Heynen et al., 2007). La literatura especifica tres líneas de pensamiento al respecto: una que establece la supremacía de los humanos sobre la naturaleza, generalmente identificada con el pensamiento tecnocéntrico; otra que asume que la naturaleza define y restringe el comportamiento humano, asociada desde hace mucho tiempo con las perspectivas ecocéntricas, y una tercera que reconoce la interconexión e interdependencia esenciales entre los humanos y el mundo circundante (Guha, 1989; Castree, 2013). De acuerdo con este encuadre triple, Guha y Martínez-Alier (1997) etiquetan estos diferentes ambientalismos como el «culto a la vida salvaje», el «evangelio de la ecoeficiencia» y el «ecologismo de los pobres», respectivamente. Los dos primeros afirman una separación entre los humanos y la naturaleza, mientras que el tercero desafiaría dicha dicotomía.

En este texto voy a concentrarme en los dos primeros ambientalismos, que delinearían un ambientalismo burgués ciego a la exclusión de clase, pero también de género y raza. Este reconoce que la separación entre las esferas social y natural es la causa de las crisis ambientales, pero busca superar tal separación a través de una de dos formas: la administración científica o la mistificación (Guha y Martínez-Alier, 1997). La administración científica está respaldada por la noción de desarrollo sostenible y por el optimismo del mercado (Cock, 2011). Por su lado, la mistificación surge como un remedio para la alienación intrínseca al sistema capitalista (Peet et al., 2011: 14).

Como ya mencioné, en las sociedades individualistas y competitivas capitalistas, alienadas y alejadas de la naturaleza, la existencia humana pierde sentido. La respuesta es la «mojigatería ambiental», la deificación de la naturaleza, que cumple la función de ofrecer significado a las personas en un mundo sin propósito. Los humanos alienados buscan una reconstrucción posmaterial de la relación con la naturaleza, con apreciaciones románticas de un mundo natural que estaría más allá de la sociedad humana y sus relaciones de poder (Peet et al., 2011). Una naturaleza pura que, desde una supuesta superioridad humana, podría ser entendida «tal como es», ya sea por métodos científicos o no científicos; una naturaleza fija e inmutable, sin historia. La naturaleza, entonces, puede medirse y dirigirse hacia un estado supuestamente equilibrado y «natural» previo (o más allá) de la historia humana (Castree, 2001: 9). Las afirmaciones sobre «conocer la naturaleza tal como es» se usan comúnmente «como instrumentos de poder y dominación» (Castree, 2001: 9; Castree, 2013). En una línea similar, Erik Swyngedouw (2015) afirma que se sigue viendo a la naturaleza como un significante vacío, encapsulador de un número infinito de significados que «expresan lo que la naturaleza debería ser»: una norma para medir la desviación, el anhelo de recuperar la armonía humana y el equilibrio ecológico anteriores y hoy perdidos, la fantasía de la naturalidad, de una «naturaleza que sirve como “el otro” que nos guía a la redención». Por lo tanto, continúa Swyngedouw, todos intentan «fijar el significado inestable [de la naturaleza] mientras la presentan como un “otro fetichizado”» (Swyngedouw, 2015: 132-134).

Pero ¿cómo, exactamente, el ambientalismo burgués está dando espacio a lecturas peligrosamente cercanas al ecofascismo? Sabemos ya que la administración científica de la naturaleza es inherentemente ciega a las relaciones de poder, y en consecuencia a las exclusiones de clase, género y raza. Es, por tanto, racista, clasista y machista. Pero, además, el carácter conservador de la «mojigatería ambiental» lleva al extremo la concepción de la naturaleza descrita en el párrafo anterior; establece la naturaleza como una norma contra la desviación, una tendencia muy común en las ideologías fascistas. Además, feminiza a la naturaleza y resalta su función reproductora de madre, al tiempo que enfatiza su pureza, que merece ser cuidada: virgen, prístina, intocada.

En medio del confinamiento global impuesto a causa de la pandemia de la COVID19, las imágenes de animales silvestres que retoman los espacios verdes y acuáticos de las ciudades, ausentes de seres humanos, han despertado, o dado impulso, a posturas ecofascistas que se congratulan por los efectos «positivos» en la naturaleza del aislamiento y la inminente muerte de seres humanos, al compás de mensajes como «nosotros somos el virus» y «la Tierra al fin tiene un respiro». Este texto también intentará abordar este fenómeno.

 

Ambientalismo ciego a las exclusiones

La actitud de echar la culpa a la población empobrecida siempre ha estado presente en el ambientalismo burgués y en el corazón de su concepto favorito por décadas: desarrollo sostenible. Este parte del supuesto de que la pobreza es la principal causa de la degradación ambiental (Osborne, 2015), por lo que el crecimiento económico bajo el capitalismo es un requisito previo tanto para el bienestar social como para la protección del ambiente (Escobar, 1995). Por lo tanto, el crecimiento económico no solo es deseable, sino mandatorio (Vallejo, 2003). Un argumento recurrente en este sentido es que las necesidades urgentes de la población rural pobre y su aumento poblacional inducen a deforestar los bosques y a degradar el entorno. En consecuencia, a menudo se conectan el vaciamiento del campo vía emigración hacia las ciudades, bajas tasas de natalidad rurales y la industrialización de la agricultura con la disminución de las presiones sobre los ecosistemas (Chomitz et al., 2007). Así, aunque la ecología política ya ha demostrado los vínculos entre el desarrollo del capitalismo, la pobreza y la degradación ambiental, desde el principio el desarrollo sostenible se estableció como un medio que ofrece gestionar los problemas ambientales al tiempo que se generan ganancias (McAfee y Shapiro, 2010).

Varios mecanismos de conservación que siguieron este camino muestran un persistente «miedo a los pobres y a sus reclamos de recursos» (Asiyanbi, 2016: 150). La administración científica de la naturaleza del ambientalismo burgués genera soluciones profundamente racistas que responsabilizan de la degradación ambiental a los pueblos indígenas y las comunidades locales. De hecho, bajo la urgencia de conservar el carbono forestal en el contexto del cambio climático, cientos de pueblos indígenas y comunidades locales alrededor del mundo están siendo despojados de sus derechos territoriales. Una derivación autoritaria de estos mecanismos es lo que, en su análisis sobre los efectos de REDD+ (Reducción de las Emisiones Derivadas de la Deforestación y la Degradación de los Bosques) en Nigeria, Asiyanbi llama «proteccionismo militarizado»: una rama especial del ejército garantiza la tenencia de la tierra para REDD+ mediante la reducción de la «tenencia comunitaria» a «derechos de uso forestal», lo que está conduciendo a una «nueva economía forestal excluyente», a saber, una «exclusión carbonizada para la acumulación de la élite» (Asiyanbi, 2016: 150-152).

La ceguera ante las exclusiones de clase, género y raza del ambientalismo burgués resquebrajó la amplia base de apoyo del colectivo ecuatoriano Yasunidos.[2] Siempre aliados con el movimiento indígena ecuatoriano, en octubre de 2019 apoyaron el paro nacional y levantamiento indígena y popular que rechazó una serie de medidas económicas impuestas por el Fondo Monetario Internacional que afectaban a las clases populares, entre ellas el retiro abrupto del subsidio a los combustibles fósiles, lo que elevaría el costo del transporte y de los alimentos, medida que quiso ser enmascarada como una política ambiental (Vela, 2019). Yasunidos rechazó las medidas neoliberales adoptadas por el presidente que precarizarían «aún más a la clase trabajadora» sin aportar a la «transición a un país pospetrolero». En tal virtud, la organización no se opuso al retiro de los subsidios, pero sí al retiro «sin una focalización efectiva» (Piedra Vivar, 2019). Con una noción clara de justicia ecosocial, llamaron la atención sobre la situación de la mayoría de los ecuatorianos y ecuatorianas con trabajos informales, y sobre la población indígena y rural que depende de los combustibles fósiles para movilizarse con avioneta o lancha.

Buena parte de su base social, acumulada a lo largo de los años a partir de personas que apoyaban la defensa de un espacio natural, exhibía un ambientalismo burgués que, desde una posición de privilegio, aplaudía las medidas económicas sin reparar en sus impactos en la población más pobre y que, por su racismo, no acepta al movimiento indígena como sujeto político. Las críticas rechazaban también lo que se entendía por «politización» del movimiento y negaban de raíz la evidencia de una tendencia de izquierda en su interior.

El ambientalismo burgués develado, con su característico rechazo a «lo político» y a las «ideologías de izquierda», desvía la atención de las causas estructurales de los problemas ambientales. El alarmismo ambiental ha fortalecido la idea de un ser humano universal como responsable de la crisis ambiental, sin reconocer que es un particular modo de producción, junto a la sociedad de clases y la colonialidad que lo sostienen, el que produce destrucción ambiental mientras oprime a la mayor parte de la humanidad y destruye la naturaleza. Por tanto, se insiste en la responsabilidad global, compartida pero individual de todos los seres humanos. Así se esparcen sentimientos de alarma y culpa que acusan a una humanidad insensible, ignorante y avariciosa. Como la culpa es de todos, las soluciones son ciegas a las desigualdades, sobre todo de clase, pero también de raza, género y nacionalidad.

Esa ceguera se observa también en organizaciones antisistémicas, como el movimiento climático Extinction Rebellion («Rebelión contra la Extinción», XR en inglés), que ha sido criticado por su blanquitud, pues excluye a militantes de las clases populares, racializados e ilegalizados. La exclusión opera de manera sutil a través de una de las principales tácticas que usa el movimiento: la irrupción para provocar el arresto y la subsecuente visibilidad en medios (vienen a la mente también las acciones de Jane Fonda y, más recientemente, Joaquin Phoenix). Esta táctica, sin embargo, excluye a quienes viven «con el riesgo de arresto y criminalización» (Wretched of The Earth, 2019).[3]

Movimientos como XR han sido duramente criticados por adolecer de esa insolidaridad interclase e internacional tan propia de los movimientos emancipatorios. Pero también, en un peligroso acercamiento al ecofascismo, ciertos militantes exhiben posturas neomalthusianas y miradas puritanas de la naturaleza. Con la crisis por la pandemia del nuevo coronavirus como telón de fondo, una rama de XR publicó en redes sociales fotografías de panfletos con el mensaje: «Corona es la cura, nosotros somos la enfermedad». La central de Extinction Rebellion desconoció luego que esa rama fuera representativa del movimiento.[4] Pero, más allá de analizar las formas organizativas de XR, lo notorio es que las posiciones ecofascistas gozan de vitalidad. Afirmar que es positivo para el planeta que los seres humanos estén ausentes, o que «la humanidad» (universal, abstracta, homogénea) es el virus, allana el camino a las élites racistas prestas a deshacerse de la población más vulnerable. Como escribió Layla Martínez (2020):

Detrás de la afirmación de que el ser humano es una plaga para el planeta está la idea de que la solución a la crisis ecológica es la eliminación de parte de la población. […] La pregunta entonces es ¿quién va a morir? […] ¿A quién vamos a considerar «desechable» entonces? ¿Qué población vamos a eliminar? […] Los «desechables» probablemente serían los expulsados del sistema, como las personas sin techo, los inmigrantes ilegales o los habitantes de poblados chabolistas y barriadas de infraviviendas. Esto puede parecer exagerado, pero basta un vistazo a la historia de violencia contra estos colectivos para darnos cuenta de que no es tan lejano.

Imagen 1. Ilustración publicada en redes sociales el 30 de marzo de 2020, a inicios del brote de la pandemia de COVID-19, en varios países de América Latina. Autora: Fer Justo. Facebook: Diseños a pincel @pinturaylibertad; Instagram: fer_poetiza.

 

Son harto conocidos los nexos de la extrema derecha europea y estadounidense con los ambientalismos (Biehl y Staudenmaier, 2019) y las soluciones que promueven con su visión puritana: neomalthusianas, de restricción de derechos de las poblaciones empobrecidas y racializadas (Ojeda et al., 2019). Hoy esos movimientos siguen vivos. Por ejemplo, el Frente Nacional en Francia, la facción verde del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP) o el Fidesz (la fuerza política de extrema derecha más importante en el Parlamento Europeo) apelan a la amenaza del cambio climático para impulsar sus proyectos nacionalistas que incluyen el cierre de fronteras y el reclamo de la tierra para los nativos, al tiempo que reviven viejas consignas que exacerban la pureza del «lugar» (Colina, 2019).

Sin llegar a los extremos descritos, el ambientalismo burgués ciego a las exclusiones de clase y raza, capaz de afirmar que «los humanos somos el problema y debemos desaparecer», se acerca peligrosamente al ecofascismo. Además, el anhelo por recuperar una naturaleza prístina y una sociedad pura revela un puritanismo que naturaliza los roles de género y afecta a las mujeres.

 

Ambientalismo conservador y machista

El ambientalismo burgués alineado con la noción aquí trabajada de «mojigatería ambiental» feminiza a la naturaleza y resalta su función reproductora, al tiempo que enfatiza su pureza, que merece ser cuidada, y la homogeneiza mediante una visión de pueblos indígenas premodernos y detenidos en el tiempo.

Tales apreciaciones también están presentes en ensayos decoloniales que se han llevado a cabo. Un ejemplo es el uso de la noción quichua de Pachamama en Ecuador y Bolivia. En ambos países, Pachamama ha sido rápidamente reducida a naturaleza o Madre Tierra, una figura femenina y deificada, pero sobre todo «una madre nutriente que da a luz, cría y protege a todos sus hijos» (Giraldo, 2012: 228). Ya lo dijeron las feministas antipatriarcales de Bolivia (Asambleas del Feminismo Comunitario, 2010):

La comprensión de Pachamama como sinónimo de Madre Tierra es reduccionista y machista; hace referencia solamente a la fertilidad para tener a las mujeres y a la Pachamama a su arbitrio patriarcal. [El concepto de Madre Tierra sirve para] reducir a la Pachamama —así como nos reducen a las mujeres— a su función de útero productor y reproductor al servicio del patriarcado.

De manera fundamental, la descripción de una naturaleza femenina, virgen, madre pura dadora de vida, una norma para medir la desviación, como ya se ha dicho, exalta la maternidad obligatoria de la mujer y pone en serio riesgo su capacidad de decidir sobre su propio cuerpo. En suma, la feminización de la naturaleza y la naturalización del rol de género femenino también amenazan las reivindicaciones feministas. Y es que, aunque el ecofascismo promueve soluciones poblacionales neomalthusianas a las crisis ambientales, debemos recordar que estas están atravesadas por una gestión de la población empobrecida y racializada, a la que se ha decretado como la responsable de la debacle ecológica. No cabe aquí, pues, ninguna concesión para que las mujeres empobrecidas y racializadas gestionen su sexualidad y su cuerpo. Por el contrario, se implementan «medidas de control de la población como “ingeniería de poblaciones” y la expansión de las intervenciones militares» como parte de «una intervención masculinista más amplia que busca consolidar el control sobre la vida y los procesos vitales» (Ojeda et al., 2019: 5).

Además, la noción reduccionista de Pachamama promulgada por el ambientalismo burgués fortalece el patriarcado heterosexual al situar a Pachamama como femenina y al «padre Cosmos» como masculino (Cabnal, 2010). En tal contexto, desde la óptica neomalthusiana del ambientalismo burgués, las mujeres empobrecidas indígenas, negras y campesinas no son solamente las principales responsables de las crisis ambientales «por reproducirse tanto», sino también de «reparar el daño causado al planeta» a través de fondos de ayuda para proyectos productivo, de conservación de ecosistemas o de mitigación y adaptación al cambio climático (Asambleas de Feministas Comunitarias, 2010; Ojeda et al., 2019). En el contexto de emergencia climática y de lo que Astrid Ulloa llama un «naturaleza climatizada», además, las intervenciones autoritarias en los espacios de vida indígenas, desde los espacios globales de negociación climática, son la norma (Ulloa, 2012). Basta recordar las intervenciones reportadas de REDD+ en Nigeria.

 

Conclusión

En su carta a Extinction Rebellion, la organización Wretched of the Earth señala: «Durante siglos el racismo, el sexismo y el clasismo han sido necesarios para mantener este sistema y han dado forma a las condiciones en las que nos encontramos». Un ambientalismo transformador necesita, por tanto, despojarse de su halo clasista, racista y machista; cuestionar posturas conservadoras y puritanas para pensar en la transición hacia un mundo sin explotación capitalista. La insólita situación a la que nos ha abocado el nuevo coronavirus es una oportunidad no solo para cuestionar la velocidad a la que opera el sistema y sus mismas estructuras, sino para experimentar que sí es posible producir menos, socializar las ganancias privadas y proteger lo público. Defender el ambientalismo como el espacio para pensar esa transición con justicia ecosocial demanda desterrar las sombras del ecofascismo, siempre demasiado listo para culpar a «la humanidad» abstracta y homogénea y para naturalizar la «limpieza social» en nombre de la preservación ambiental.

 

Referencias

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* Docente del Área de Ambiente y Sustentabilidad de la Universidad Andina Simón Bolívar (Ecuador). Integrante del Colectivo de Geografía Crítica del Ecuador. E-mail: mel.moreano@gmail.com.

[1]. Sin embargo, hay que tener cuidado con el uso de este término, pues también ha sido utilizado para desvirtuar las luchas ecologistas.

[2]. Yasunidos es una organización que surgió en 2013 en Ecuador en respuesta al anuncio del entonces presidente Correa de poner fin a la Iniciativa Yasuní-ITT, un plan ambiental para evitar la extracción de petróleo de una parte del Parque Nacional Yasuní (el bloque ITT) en la Amazonía, a cambio de una compensación monetaria de la comunidad internacional.

[3]. Wretched of The Earth es un colectivo de organizaciones de bases indígenas, negras y «marrones» que representan a la diáspora del Sur Global (https://www.facebook.com/wotearth/).

[4]. Véase https://twitter.com/ExtinctionR/status/1242789939617714178?s=20.

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