El hilo conductor de la ecología. Sobre el tiempo, la vida y el trabajo, de André Gorz

  • El hilo conductor de la ecología. Sobre el tiempo, la vida y el trabajo
  • André Gorz
  • Editorial: Icaria
  • Año: 2019
  • Páginas: 119
  • Idioma: castellano
  • ISBN: 978-84-9888-904-8
  • Crítica del libro: Joan Martínez Alier*

 

Palabras clave: André Gorz, ecosocialismo, teoría política

Keywords: André Gorz, eco-socialism, political theory

 

Este es un libro de solamente 119 páginas que sirve perfectamente de introducción al pensamiento ecosocialista de André Gorz (1923-2007). Las últimas páginas del libro contienen una biografía y una bibliografía muy completas de este autor nacido en Austria, educado en Suiza y estudiante de Química en Lausana durante la guerra para escapar del Holocausto, emigrado después a Francia, donde colaboró en la revista Les Temps Modernes de Jean-Paul Sartre. Nunca fue ni quiso ser profesor de universidad. Se ganó la vida como periodista y escritor francés, pero sin dejar de lado su formación filosófica y sus contactos alemanes y austríacos.

 

El libro está compuesto por una introducción de Willy Gianinazzi y cuatro entrevistas, la primera de ellas, la más larga, con Erich Hörl. La influencia de Sartre se hizo notar en la vida de André Gorz en el sentido de la inexorable libertad del individuo en el mundo: una idea básica del existencialismo. Sin embargo, al contrario de Sartre, André Gorz, que tenía tras de sí la experiencia europea de décadas de marxismo y leninismo, nunca se vinculó al estalinismo ni se entusiasmó con las juventudes maoístas de la década de 1960. Tampoco fue trotskista, como sí lo fue parte de la nueva izquierda europea de 1968. Permaneció en su espacio sartriano de un marxismo libertario. En 1977 publicó Ecología y libertad. Con un lenguaje económico-marxista, se preguntaba si los países enriquecidos no se encontraban ya con un «desarrollo exagerado de las (mal llamadas) fuerzas productivas», convertidas en fuerzas ecológicamente destructivas.

A la esfera de la remuneración por un trabajo asalariado de ocho a diez horas al día con una disciplina laboral que llevaba a la alienación, el desinterés o el asco, debía añadirse una esfera mucho mayor, y creciente, de una remuneración no asalariada que permitiera el florecimiento de la creatividad individual y colectiva. Se pronunció también contra la remuneración en dinero del trabajo doméstico hasta ahora gratuito, una reivindicación feminista inicial en algunos países. «Yo distingo entre el trabajo asalariado y el trabajo para sí, por un lado, y las actividades autodeterminadas, por el otro lado; y pienso que la supremacía de las segundas sobre las primeras es un objetivo alcanzable.» Había que repartir todo el trabajo, tanto el asalariado como el trabajo para sí, las actividades domésticas y de cuidados, entre todos, hombres y mujeres. Y reducir el trabajo asalariado en beneficio de las actividades creativas que se realizan como un fin en sí mismas e incluyen las actividades estéticas, erótico-relacionales, solidarias o militantes.

Al marxismo libertario añadió dos grandes ideas que le hicieron conocido en la década de 1970. Una fue la de las «reformas revolucionarias», como podría ser ahora una verdadera transición energética a las energías renovables o la introducción de un ingreso básico universal como derecho humano. Parecen medidas reformistas, pero son revolucionarias. La otra idea fue la ecología política que desemboca en propuestas ecosocialistas; en este sentido, cuestionó la preminencia del trabajo asalariado (en Adiós al proletariado, libro de 1980) y discutió sobre tecnologías y formas de trabajo distintas. Fue crítico con las megatecnologías industriales. Colaboró en persona con Herbert Marcuse, Cornelius Castoriadis e Iván Illich, y se manifestó a favor de la microelectrónica y la informática, lo que puede sorprender a algunos lectores. Pero oponerse a la informática y la microelectrónica no servía de nada. Debíamos usarlas al servicio de una ecología política de la autolimitación.

Compartió el escepticismo de Georgescu-Roegen con respecto a las energías solares industriales, que generan costos materiales gigantescos debido a la baja intensidad de la radiación solar que llega a la Tierra. Por tanto, una sociedad ecológica debe reducir voluntariamente las necesidades materiales y energéticas. Los límites ecológicos no nos los impone ninguna fuerza exterior; los humanos estamos «condenados a ser libres», como decía Sartre. No hay ningún poder, salvo nuestro propio poder como humanos, capaz de limitar nuestra libertad para instrumentalizar y hasta para destruir la naturaleza. Hemos de ejercer este poder de autolimitación.

Su «adiós al proletariado» fue algo prematuro, en mi opinión, si se considera que el trabajo industrial asalariado comprende hoy a una gran parte de la población mundial, sobre todo en China, India y otros países que están ahora en plena revolución industrial, en los que se solapan tres etapas: la economía del carbón (Dickens y Zola, en el imaginario europeo), la economía de las inmensas fábricas tayloristas de Henry Ford y la economía de Bill Gates. Antes de decir adiós al proletariado (masculino y femenino), conviene apoyar sus rebeliones no solo contra los salarios de miseria, sino también contra las condiciones de vida y la contaminación, es decir, conviene ver si puede haber un ecosocialismo industrial.

El adiós, a nivel mundial, podría ir dirigido, más que al proletariado (no todavía), al campesinado, cuyo contingente creció, sin embargo, en el siglo xx por el aumento demográfico, pero que ahora disminuye. ¿Qué fuerzas sociales combinan el agrarismo comunalista actual (los diversos zapatismos) con el ecologismo? Este es un tema candente que Gorz no estudió, como tampoco se dio cabal cuenta de la creciente presencia de los indígenas en las fronteras para frenar la extracción de las materias primas.

Pero lo que sí estudió desde 1970 y tiene enorme vigencia es la cuestión de una economía capitalista sin crecimiento. Él fue quien, en 1972, en un debate sobre el Informe Meadows para el Club de Roma acerca de los «límites al crecimiento», se preguntó por primera vez si una economía con decrecimiento (décroissance) sería o no compatible con el capitalismo. No estaba seguro. El capitalismo «puede apostar por el desarrollo del ecobusiness, incluida la comercialización del agua, el aire y la luz solar; el deterioro ambiental, por un lado, el reciclaje y la reparación, por el otro, pueden activar y valorizar volúmenes colosales de capitales. La guerra y la economía de guerra ya solían producir un efecto parecido».

Por tanto, los ecosocialistas no debíamos meramente observar las lógicas del capitalismo y maravillarnos o no por su capacidad de metamorfosis; debíamos participar en las luchas sociales contra el sistema, como él mismo hizo mientras le alcanzaron sus fuerzas. Y saber identificar qué clases o grupos sociales protagonizan o acompañan esas luchas.

 

* Institut de Ciència i Tecnologia Ambientals (ICTA), Universitat Autònoma de Barcelona. E-mail: joanmartinezalier@gmail.com.

Descargar artículo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.