Una nueva ola ecologista. ¿Puede la lucha contra la crisis climática construir nuevas mayorías sociales?

Ismael de la Villa Hervás*

 

Resumen: A finales de los años sesenta emergió la primera gran ola ecologista en el mundo occidental. Por diversos factores, su capacidad transformadora en la esfera social se vio limitada a largo plazo. Hoy día, aparentemente, nace otra ola ecologista con una nueva idiosincrasia y otros potenciales. Este artículo tiene como objetivo comparar los dos casos y explorar las posibilidades de crecimiento del último.

Palabras clave: movimientos ecologistas, primera ola, nueva ola, escala, mayorías sociales

 

Abstract: At the end of the sixties, the emergence of the first great environmental wave in the western world toke place. Due to various factors, its transformative capacity in the social sphere was limited in the long term. Today, apparently, a new environmental wave emerges with a new idiosyncrasy and other potentials. This article aims to make a comparison between the two cases as well as explore the possibilities of growth of the last one.

Key words: Environmental movements, first wave, second wave, scale, social majorities

 

 

Introducción

Recientemente, a raíz de la aparición en 2018 de movimientos sociales transnacionales como Extinction Rebellion y Fridays for Future, estamos asistiendo a lo que podría ser la emergencia de un nuevo ecologismo con capacidad de intervenir en múltiples esferas de la realidad social, más allá de la propia cuestión medioambiental, a través de la reconfiguración de las relaciones de poder con respecto a lo que atañe a la crisis climática y al acceso a los recursos naturales para mantener los distintos modos de producción y reproducción en las diferentes escalas que se ven afectadas. Esta nueva corriente de ecologismo no surge de la nada, sino que es producto de toda la dinámica vivida entre el impulso del movimiento de la ecología radical, hace casi cincuenta años atrás (Carson, 1962; Drengson, 1995), los actores derivados de esta y las instituciones consolidadas para canalizar sus demandas concretas. Por tanto, para poder analizar la coyuntura dentro de la cual se ve envuelto este nuevo ecologismo y su potencial para aglutinar nuevas mayorías sociales, así como para afrontar los distintos retos que integran la cuestión de la crisis climática, primero es necesario tener en cuenta la evolución de la primera ola ecologista y los límites y dificultades con los que se topó, tanto en el plano social como en el institucional. Solo así se podrá afinar en las posibilidades reales de estos nuevos movimientos sociales a la hora de incidir en el statu quo y en la dialéctica sociedad-naturaleza.

 

 

La primera ola ecologista: capacidades y debilidades

«El ecologismo y los conflictos ecológico-distributivos no son luchas aisladas que se hayan dado únicamente en una parte del globo y hayan sido capitalizados por una única clase social» (Martínez Alier, 2005). Sin embargo, las primeras acciones en este sentido tuvieron lugar en Europa a finales del siglo xix, en clave conservacionista de distintas especies animales con una posición derivada del Romanticismo. Así ocurrió, por ejemplo, con la aparición de los Amigos de la Naturaleza. La primera gran ola medioambientalista, que derivaría posteriormente en la corriente de la ecología profunda (Drengson et al., 2011) como praxis en tanto que movimiento social y teoría ecosocial, emergió a finales de los años sesenta como uno de los tres grandes movimientos de la segunda mitad del siglo xx, junto al antibelicista y al antirracista. De hecho, pensar la primera gran corriente ecologista de masas en Occidente al margen de estos movimientos resulta complicado. En el caso concreto de Estados Unidos, hubo reivindicaciones de carácter conservacionista, como las que dieron lugar a las resistencias del Sierra Club frente a los planes de Eisenhower de desarrollar distintas infraestructuras que ponían en riesgo la biodiversidad en varias reservas naturales (Kuzmiak, 1991). Pero, además, el movimiento antirracista de finales de los sesenta confluyó con esta nueva ola en las denuncias contra la polución del aire, el agua y el suelo que sufría la población racializada en grandes ciudades como Chicago y Detroit. También tuvo su punto de encuentro con el movimiento antibelicista en las reivindicaciones ecologistas y las protestas contra las pruebas de armas nucleares en la isla Amchitka de Alaska, que sirvieron como hito fundacional para el nacimiento de Greenpeace.

Mientras tanto, en Europa, las reivindicaciones a nivel local y regional por las transformaciones urbanas y paisajísticas, así como las movilizaciones contra la creciente proliferación de centrales nucleares durante la crisis de los precios del petróleo de los años setenta, impulsaron la creación de distintas e importantes plataformas y organizaciones ecologistas que dispusieron de las herramientas necesarias para hacer frente a estas cuestiones. Ya a finales de los años setenta, cuando la OTAN llevó a cabo distintas actuaciones para el despliegue de armas nucleares de alcance medio en el oeste europeo, estas organizaciones impulsaron la creación de los primeros partidos verdes, ante la imposibilidad de canalizar sus demandas en partidos de masas del ámbito socialdemócrata y comunista, dada la tensión con sus estructuras burocráticas y organizativas (Müller-Rommel, 1994). De hecho, estos partidos llegaron a tener cierta relevancia parlamentaria, pues alcanzaron cuotas cercanas al ocho por ciento en Bélgica, Alemania, Luxemburgo y Suiza en sus primeros años (Kaelberer, 1993).

A pesar de esta articulación de luchas urbanas, pacifistas, antinucleares y antirracistas, vertebradas a través del eje ecologista, se llevó a cabo un proceso de captación pasiva y parcial de algunas de sus demandas. Ello impidió la aglutinación de un sujeto político más amplio y sustentado en un cuestionamiento del statu quo. La posibilidad de generar una nueva producción discursiva respecto al sentido de la relación naturaleza-sociedad a través de la construcción de equivalencias entre estas nuevas luchas emergentes fue desplazada en la escala global y en la esfera institucional, que asumió en gran medida la necesidad de hacer frente a las problemáticas medioambientales y climáticas que habían ganado peso, pero con una serie de prescripciones y un orden discursivo concreto. Este proceso ya se inició con la publicación de Limits of Growth (1972) por parte del Club de Roma, seguida quince años después de la exposición en la ONU del conocido como Informe Brundtland o Our Common Future (1987), así como la posterior creación del Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés). Todo esto sirvió para marcar el rumbo tanto a nivel discursivo —al disgregar parte de las demandas articuladas por el movimiento ecologista— como normativo —al orientar las políticas de los Gobiernos nacionales y de instituciones supranacionales como la FAO, la OCDE, la OMC y el BM, a través del consenso del desarrollo sostenible—. De este modo se asentó en el imaginario la posibilidad de compatibilizar la mitigación y la adaptación al cambio climático con una continua reproducción de los recursos naturales existentes, sin poner en cuestión el continuo crecimiento del modo de producción capitalista ni tampoco los procesos de acumulación en el Norte a costa del Sur. Además, los nichos institucionales derivados del impulso del movimiento ecologista vieron muy limitada su capacidad de acción. Por ejemplo, fue el caso de Greenpeace en Estados Unidos al término de la Guerra Fría. En Europa, el Partido Verde alemán, durante el Gobierno de coalición a finales de los años noventa con Schroeder, vio subordinada su línea de actuación a la del Partido Socialdemócrata.

 

Imagen 1. Los activistas de Greenpeace protestan en la isla de Amchitka el 15 de septiembre de 1971, ante las pruebas de armas nucleares. Fuente: Greenpeace Estados Unidos.

 

La emergencia de un nuevo movimiento ecologista y su potencial

No obstante, todo este ejercicio realizado desde los años ochenta por parte de las instituciones supranacionales para marcar su hegemonía en la cuestión medioambiental ha sido infructuoso, pues se han manifestado múltiples disensos, por ejemplo, en las últimas Cumbres por la Tierra y por el Cambio Climático, entre otros, y se ha hecho patente su falta de efectividad a la hora de satisfacer las reivindicaciones que en su día hicieron suyas.

En cuanto a la situación actual, aunque todo movimiento social, en mayor o menor medida, corre el riesgo de ser desarticulado por este proceso de captación parcial y pasiva de sus demandas vertebradoras, la nueva ola ecologista encarnada en Fridays for Future y Extinction Rebellion posee dos rasgos que le confieren la capacidad de conformar un nuevo sujeto político amplio y de incidir en la realidad para subvertir las relaciones que se dan dentro de la coyuntura del Antropoceno/Capitaloceno. Por un lado, a diferencia de la primera gran ola ecologista, esta nueva no se encuentra tan marcada en la praxis, como lo estuvo la anterior por el limitado recorrido en el largo plazo de las reivindicaciones antibelicistas ante un inminente fin de la Guerra Fría, o por el escaso impacto de aisladas reformas «paisajísticas y urbanas en lo local, como las relacionadas con la lucha contra la contaminación de ríos y la paralización del desarrollo de infraestructuras que dañaban espacios protegidos, tanto en Europa occidental como en Estados Unidos (Kaelberer, 1993)». La vacuidad momentánea que presenta para articular demandas más allá de la de la crisis climática supone la posibilidad de seguir incorporando sectores sociales de gran heterogeneidad, así como de establecer equivalencias entre el medioambientalismo y otras reivindicaciones relacionadas con los derechos laborales, los cuidados y la reproducción social en clave feminista, el derecho al desarrollo y al reconocimiento cultural en el Sur global y en los pueblos originarios, etc.

Por otro lado, la cuestión de la escala espacial para este movimiento adquiere un gran valor (Swyngedouw y Heynen, 2003; Swyngedouw, 2004), ya que, a diferencia de la primera ola, que surgió de lo local y llegó únicamente hasta lo estatal, esta nueva, dado su origen global, ha experimentado la posibilidad de descender y asentarse en todas las estancias espaciales inferiores. Esto le posibilita establecer toda una serie de antagonismos a aquellas formas de reacción existentes contra un ecologismo de carácter redistributivo que modifique los modos de producción y reproducción tanto en la escala estatal como en la global. En primer lugar, contra el negacionismo de los movimientos de extrema derecha populista (Lockwood, 2018), aunque estos posean una base social cada vez más limitada. A nivel global, esta nueva ola ecologista puede antagonizar con el discurso y la práctica de una retórica medioambientalista de mayor proyección, como la del desarrollo sostenible de las instituciones supranacionales, basada en una concepción del cambio climático desde el marginalismo económico y la posibilidad de ser contrarrestado mediante la cuantificación monetaria de sus efectos adversos, como si de externalidades a absorber por el mercado se tratasen. Su praxis política en estas escalas puede ser capaz de impulsar acciones tales como la descarbonización de las economías nacionales y la transición hacia modelos de producción de energía renovable acompañados de mecanismos fiscales distributivos, así como el impulso de nuevos tratados internacionales y de gobernanza ambiental que establezcan una cooperación en pie de igualdad entre el Norte y el Sur global, conjugada con un reconocimiento del derecho al desarrollo por parte de este último.

De este modo, a pesar de la contingencia evolutiva a la cual se ve sujeto este nuevo movimiento social ecologista, su carácter plural y su fluidez dentro de las escalas le confieren el potencial social necesario para articular sectores sociales y demandas y establecer un nuevo sentido hegemónico para el metabolismo ecológico-social. Algo de lo que, en su día, la primera ola ecologista no fue capaz.

 

Referencias

Brundtland, G. H., Khalid, M., Agnelli, S., Al-Athel, S. y Chidzero, B. (1987). Our common future. Nueva York, ONU

Carson, R., 1962. Silent Spring. Nueva York, Houghton Mifflin.

Drengson, A., 1995. «The Deep Ecology Movement». Trumpeter, 12 (3).

Drengson, A., B. Devall y M. A. Schroll, 2011. «The Deep Ecology Movement: Origins, Development, and Future Prospects (Toward a Transpersonal Ecosophy)». International Journal of Transpersonal Studies, 30 (1), p. 11.

Kaelberer, M., 1993. «The Emergence of Green Parties in Western Europe». Comparative Politics, 2 (25), pp. 229-243

Kuzmiak, D. T., 1991. «The American Environmental Movement». Geographical Journal, 3 (157), pp. 265-278.

Lockwood, M., 2018. «Right-Wing Populism and the Climate Change Agenda: Exploring the Linkages». Environmental Politics, 27 (4), pp. 712-732.

Martínez Alier, J., 2005. El ecologismo de los pobres. Barcelona, Icaria.

Meadows, D. H. et al. (1972). The Limits to Growth: A Report to The Club of Rome. Toronto, Potomac Associates Books

Müller-Rommel, F., 1994. Green Parties Under Comparative Perspective. Barcelona, Universitat Autònoma de Barcelona.

Swyngedouw, E., 2004. «Scaled Geographies: Nature, Place, and the Politics of Scale». En: R. McMaster y E. Sheppard (eds.), Scale and Geographic Inquiry: Nature, Society, and Method. Oxford, Blackwell, pp. 129-153.

Swyngedouw, E., y N. C. Heynen, 2003. «Urban Political Ecology, Justice and the Politics of Scale». Antipode, 35 (5), pp. 898-918.

 

* Universidad Complutense de Madrid. E-mail: ismadela@ucm.es.

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