Editorial

“Nosotros somos músicos, somos soñadores, y la idea mía es que esto se convierta de la música a la realidad, o sea, aterrizar lo que nosotros cantamos”.

William Yela, agricultor y músico colombiano.

 

Aterrizar una idea creativa es llevarla a la tierra, convertirla en acción. Las palabras de William Yela, miembro del grupo agrofónico Campo y Sabor, de quien incluimos un artículo, son la esencia misma del número que presentamos, el 57 de Ecología Política.

La crisis socioecológica actual solo puede afrontarse si se produce un cambio cultural. Es decir, solo una nueva manera de pensar el medio ambiente –cultural, política y económicamente- puede incidir en la manera de actuar con y en el medio ambiente, una idea que ya sugirió Rachel Carson hace más de medio siglo. También tiene una larga historia la consideración de que existe una vía fundamental para conseguir este cambio: romper las barreras entre las supuestas dos culturas, la científica y la humanística. La crisis ecológica actual no se puede disociar de lo social. Puesto que los sistemas sociales o económicos entran en lo que es natural —moldean los cuerpos de los humanos, diseñan los animales o alteran la composición de la atmósfera—, se debe comprender y hacer frente a la crisis partiendo de la base de que aquello que estudia —mira, habla de o imagina— lo ecológico es indisoluble de aquello que estudia —mira, habla de o imagina— lo social y lo humano.

En las últimas décadas, tanto fuera como dentro de la academia —especialmente con iniciativas impulsadas por la ecología política o las humanidades ambientales—, en acciones colectivas o individuales y en territorios hegemónicos o no, contaminados o contaminantes, devastados, ignorados o silenciados, innovadoras metodologías e intervenciones en el campo de las artes están proporcionando nuevas herramientas para afrontar la crisis. Son propuestas que se erigen como fórmulas válidas y necesarias para romper las barreras y constreñimientos de las disciplinas y lograr construir el cambio cultural necesario para transformar la manera de pensar el medio ambiente.

El presente número recoge los idearios de estas propuestas dando voz a campesinos agromúsicos, científicas muralistas, costureros activistas, ingenieras, ganaderos, arquitectas, actores, economistas, brujas, pintores y ambientalistas. Mediante la experimentación y la creatividad, ellos rompen barreras y abordan los problemas con objetivos revolucionarios y soluciones que vienen de —y se dirigen a— la hibridez.

La fusión de las artes con la ecología que se halla en la base de todos los artículos persigue diversos objetivos. Primero, entender toda la complejidad de los diferentes estratos que se intersecan en asuntos como el cambio climático o la pérdida de biodiversidad. Segundo, encontrar nuevas formas de producir, reproducir, divulgar y aprehender el conocimiento socioambiental. Tercero, analizar la capacidad transformadora del arte generado por el activismo como lucha y emancipación o recurso que aporta nuevos conocimientos. Y cuarto, evaluar cómo el arte puede transformar nuestra cognición, generar nuevos modelos de comportamiento y ampliar el registro ético. El artículo de Serenella Iovino, en la sección “En profundidad”, trata estos temas; así configura el eje y el marco teórico y metodológico de todos los artículos del número, que presentamos de forma sucinta a continuación.

En la sección “Opinión”, tres artículos exponen nuevas formas de producir conocimiento socioambiental con propuestas de formatos académicos inusuales que trasladan la investigación a los escenarios. Alexandra Köves, Judit Gáspár y Réka Matolay ofrecen un análisis del concepto de backcasting y sus vinculaciones con la economía ecológica a través de la experiencia teatral. María Heras y Sara Mingorría describen una sesión de trabajo en un aula: con el teatro y la música, se trabajó el contenido de la plataforma en línea EJAtlas dedicada a conflictos socioambientales. Por su parte, Paula Bruna Pérez interpreta varias exploraciones artísticas del concepto de Antropoceno que proponen el cuerpo humano como escenario teatral a la par que laboratorio.

Cinco de los artículos incluidos en la sección “Breves” proporcionan ejemplos en que la narración transmitida a través del arte emerge a modo de lucha y estrategia de resistencia y se revela como forma liberadora y emancipadora. Ellen A. Ahlness y Maria Gracia Gauto describen casos de arte de protesta de los pastores samis de Noruega para reivindicar sus derechos indígenas y visibilizar sus conflictos a nivel nacional e internacional. Chiara Mazzarella y Maria Cerreta evalúan las prácticas artísticas derivadas de la crisis de los residuos tóxicos en la Tierra de los Fuegos en Campania, que la llamada ecomafia ha convertido en la mayor área contaminada de Italia. Eugenio Tisselli presenta una plataforma de comunicación digital creada con el objetivo de preservar las narraciones emergidas de los conflictos derivados del cambio climático entre el campesinado de Tanzania. Soledad Fernández Bouzo y Patricio Bruno Besana analizan el papel del cine comunitario en las redes de movilización en Argentina en el marco de una serie de reivindicaciones en torno a la justicia ambiental. Por su parte, Gabriela Merlinsky y Paula Serafini exploran de qué manera se reproduce la conflictividad de lo comunal en las artes visuales.

Diversos artículos presentan manifestaciones artísticas que escogen como temática principal cuestiones ambientales y tienen una dimensión especulativa y un objetivo político claro: emplear el poder transformador de la narración para incidir en asuntos relacionados con el medio ambiente, la salud pública o las demandas de participación. Todas ellas son propuestas contrahegemónicas que se alzan para impugnar las narrativas dominantes —y por ende se rebelan contra un determinado contexto— e imaginan, sugieren, impulsan, configuran y crean futuros alternativos. En esta línea, dos artículos exploran propuestas contemporáneas: por un lado, Samuel Holleran presenta la actividad del think tank alemán Ellery Studio, que explora el género transdisciplinar y transmedia del solarpunk para elaborar propuestas de transición energética; por otro, Helen Torres evalúa en “Referentes” la narrativa colectiva propuesta por la bióloga y filósofa de la ciencia Donna Haraway en el “Manifiesto Chthuluceno” y las “Historias de Camille”. En la misma sección, Jaime Vindel examina el recorrido del teórico marxista Raymond Williams y las posibles aportaciones de su materialismo cultural al debate crítico sobre el binomio naturaleza-cultura en el contexto actual. Otros tres artículos interpretan, con una perspectiva histórica, narrativas literarias enmarcadas en el género de la ciencia ficción: Santiago Gorostiza, en la sección “Referentes”, explora e ilumina la obra literaria del ingeniero y abogado Sebastià Estradé (1923-2016) y su lucha contra los residuos salinos en el río Llobregat cerca de Barcelona; José Luis Fernández Casadevante y Nerea Morán Alonso ofrecen, en la sección “Breves”, un recorrido histórico por el tópico de la agricultura urbana; y en la sección “En profundidad”, Carmen Flys Junquera evalúa las relaciones entre imaginación y acción política a partir de la obra de la escritora, activista y bruja Starhawk. Finalmente, dos artículos también incluidos en “Breves” investigan narrativas vinculadas a las artes visuales: Vanessa Badagliacca expone varias propuestas artísticas realizadas en el espacio urbano de ciudades de Estados Unidos y Europa durante las últimas décadas del siglo xx; y María A. Gutiérrez Bascón presenta iniciativas de artistas latinoamericanas de las primeras décadas del siglo xxi.

Los dos artículos de “Redes de resistencia” emergen del concepto de soberanía. Clara Mallart propone el upcycling como método para alcanzar la soberanía textil y afrontar los retos y conflictos que plantea la actual industria textil; Paula Andrea Tamayo y Nelson Molina presenta el proyecto del grupo musical colombiano Campo y Sabor que, configurado alrededor del concepto de música agrofónica, nació con el objetivo de alcanzar la soberanía alimentaria y se reveló como un mecanismo de divulgación ambiental híbrido que vehicula la circulación del conocimiento de forma no lineal entre artistas, agricultores, académicos y consumidores de arte y alimentos.

Finalmente, en “Críticas de libros” se reseñan dos ensayos que, con diferentes perspectivas, analizan las relaciones históricas y culturales entre las artes y el medio ambiente. Raul Ciannella reseña Ecocriticism and Italy ecology: resistance, and liberation de Serenella Iovino, y Miquel Ortega, Green Planets. Ecology and science fiction, que tiene como editores a Gerry Canavan y Kim Stanley Robinson.

Por último, presentamos la cubierta, creada por el colectivo multidisciplinar Commando Jugendstil, que es simultáneamente ilustración, proyecto urbano y manifiesto programático. En ella, se sincretizan y reelaboran dos pinturas, La Escuela de Atenas de Rafael (de la primera década del siglo xvi) y El cuarto estado de Giuseppe Pellizza da Volpedo (1901), y el propio Commando se inserta en la imagen aplicando la misma estrategia de fusión que inspira sus pinturas y creando una mise en abyme estético-conceptual. Si la pintura de Rafael establece un diálogo de la fe, la razón y la filosofía de la Antigüedad con la ciencia moderna y la de Pellizza da Volpedo une lo urbano con lo rural, lo artificial e interior con lo exterior y solar, en la reelaboración del Commando coevolucionan artes con luchas socioambientales, activistas con filosofías, ciencias con tecnologías, la emancipación con la historia y el futuro imaginado.

Recuperamos las palabras de William Yela para manifestar nuestra idea de que la reivindicación, la resistencia y la liberación propuestas en este número se conviertan de las palabras a la realidad, o sea, que aterrice lo que aquí hemos escrito.

 

Raul Ciannella, Maria Antònia Martí Escayol

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