La ciudadanía corroída: desplazamiento ambiental y relaciones de Estado en Sundarbans, India

La ciudadanía corroída: desplazamiento ambiental y relaciones de Estado en Sundarbans, India[1]

Arne Harms*

Traducido por María Zirión

 

Resumen

Las erosiones a lo largo de las costas del este de la India y Bangladés no solo han desmantelado las infraestructuras y las relaciones en el lugar, sino que también han afectado adversamente las capacidades de la ciudadanía para reclamar ante el Estado y traducir estos reclamos en los resultados deseados, pues se ha producido un desgaste de la ciudadanía en los márgenes, con la consiguiente disminución de su influencia en las decisiones burocráticas y el deterioro de sus derechos como ciudadanos.

 

Palabras clave: ciudadanía, degradación ambiental, relaciones de Estado, materialidad, desplazamiento

 

Introducción

A lo largo de las costas bajas del delta de Bengala, la erosión costera se ha vuelto desenfrenada (Gupta, 2018; Hazra, 2012). Este vasto paisaje acuático que abarca las partes más extensas de Bengala Occidental de la India y de Bangladés está sujeto a transformaciones rápidas. Los bancos de arena emergen y se hunden con las mareas diurnas; mientras que las fuerzas combinadas de las corrientes, las olas y las mareas remodelan las islas y penínsulas de forma continua. En los paisajes del delta, sobre todo en sus frentes costeros, este carácter de constante transformación es la norma. Y en los asentamientos sistemáticos y exhaustivos de la mayoría de los tramos costeros, estos cambios se han vuelto peligrosos. Los manglares ─antes valorados como baluartes de la protección de los asentamientos continentales de las tormentas, de las marejadas y de la erosión costera─ se han limpiado para impulsar la productividad agrícola y dar cabida a los empobrecidos agricultores sin tierra de otras partes del país. A lo largo del siglo xx, estos suelos pantanosos se han transformado en tierras de cultivo marginales, dependientes de diques de tierra que delimitan las formaciones del relieve e impiden la entrada de las mareas. En muchos lugares, ha aumentado enormemente la presión del mar sobre estos asentamientos y sus habitantes, pobres en su mayoría. Los profundos cambios geomorfológicos del delta coinciden con los efectos perjudiciales de las intervenciones tecnológicas regionales (grandes represas aguas arriba, desarrollo de infraestructuras, diques), y también cada vez más con una subida del nivel del mar de origen antropogénico. Como consecuencia, la velocidad de las corrientes y las olas se han intensificado de un modo dramático a lo largo de miles de kilómetros de costa. Así, décadas de descuido, infrautilización de la innovación tecnológica y enfoques de ingeniería defectuosos han resultado en una intrincada red de diques frágiles y amenazados (Kanjilal, 2000). Los diques han sido objeto de disputa entre los isleños y las autoridades estatales que tienen el control formal sobre ellos. En lugares particularmente afectados, los diques son arrasados con regularidad, y año tras año varias familias ven parte o la totalidad de sus tierras tragadas por aguas salobres o desaparecidas bajo otro dique, erigido en un inútil intento de seguir invadiendo el mar.

Si bien son normales las erosiones costeras dispersas a pequeña escala a lo largo de extensas costas, en las últimas décadas han afectado considerablemente a las poblaciones y han transformado el paisaje de forma dramática. [2] Las aguas han deshecho dique tras dique y han devorado granjas, árboles y carreteras secundarias. En unos pocos años, los locales han visto cómo la línea de costa los acecha y el agua desmantela y disuelve todo lo encontrado a su paso hasta dejarlos sin casas ni tierra y en la indigencia. Del mismo modo, pueblos enteros que una vez estuvieron a una distancia cómoda del mar han sido rodeados por aguas salobres antes de ser engullidos por el mar, en su inexorable avance hacia el interior. Con el tiempo, los paisajes densamente poblados han sido barridos; las islas, sumergidas, y las poblaciones, puestas en movimiento (Ghosh et al., 2003; Harms, 2012; Hazra, 2012). Estas drásticas transformaciones y su muy probable aceleración mientras los niveles del mar continúen aumentando colocan la línea costera de Bengala en la primera línea del cambio climático.

A lo largo de las costas afectadas, la erosión tiene profundas implicaciones en las relaciones cotidianas con el Estado. En este artículo sostengo que se corroen aún más las ya inciertas y peligrosas formas de llegar al Estado y de obtener beneficios esenciales para el bienestar. Como en otras zonas marginadas al sur de Asia, los derechos de la ciudadanía son muy volátiles. Si bien los códigos legales recogen los derechos y deberes de los ciudadanos, en la práctica se ha demostrado que reivindicar los derechos y obtener los beneficios que les corresponderían es un asunto complicado, pues la burocracia conduce a la exclusión estructural y la indiferencia hacia los pobres. Dice Akhil Gupta (2012: 6 y 23) que en la India, a pesar de “su importancia para la política democrática y la legitimidad del Estado”, los pobres están sujetos a una “modalidad muy específica de indiferencia”. Su sufrimiento no se oculta ni se discute, sino que se acepta como una condición normal. En un contexto de burocracias indiferentes y derechos frágiles, las poblaciones marginadas negocian por medio de la infrapolítica, es decir, cultivando redes y relaciones personales, aprovechando la organización local y apoyándose en brokers pujantes (Blom Hansen y Verkaaik, 2009; Ghertner, 2017).

Desde esta perspectiva, la ciudadanía es procesal (Subramanian, 2009). Parece ser algo deseado, por lo que se lucha y se compite (Chatterjee, 2006; Gardner, 2012). Además, gran parte de los debates políticos y académicos sobre la ciudadanía en los márgenes se enmarcan en el discurso de la intensificación, la expansión o la profundización. Bajo esta perspectiva, pensar en la ciudadanía es comparable a pensar en la infraestructura. Ambas tienen la forma de premisas modernistas que culminan en enfoques teleológicos. No obstante, sostengo que estos enfoques eclipsan silenciosamente todo tipo de contradinámica. Porque, en la misma medida que los entornos construidos, los derechos de la ciudadanía y su capacidad de reivindicación también están sujetos al desmantelamiento y la decadencia. Los cambios en los regímenes burocráticos, en las lealtades políticas y en las prioridades de las élites están reconstruyendo la esfera de lo político y dejan que se desvanezcan los derechos de ciudadanía. El resultado de estas dinámicas es una ciudadanía corroída,  en la que resaltan los procesos de pérdida de voz, la disminución de la influencia en las decisiones burocráticas y, en su forma más extrema, el desplazamiento completo de quienes reciben asistencia social. La noción de ciudadanía corroída captura en gran medida procesos invisibles, prolongados y normalizados, que se desvanecen en las decisiones burocráticas, mientras la posibilidad de traducir los derechos en beneficios reales es cada vez menor.

En este artículo destaco el impacto de las degradaciones ambientales y los desplazamientos en las posibilidades de reclamar al Estado como ciudadanos y de garantizar los derechos en la práctica. Demuestro que la perturbación de las redes personales y la destrucción de espacios e infraestructuras, ambas consecuencias de la invasión del agua de mar, hacen cada vez más difícil para las poblaciones costeras marginadas dirigirse al Estado y defender sus derechos. En otras palabras, las transformaciones ambientales modifican la constitución de la política y las condiciones del ser político. En segundo lugar, al teorizar esta constelación como ciudadanía corroída, la planteo como un asunto contingente, lo que implica reconocer sus maniobras exitosas y otras formas de recuperar sus derechos.

 

La erosión del territorio implica una erosión de las relaciones políticas

Botkhali es un pueblo situado en la orilla sureste de la isla Sagar (imagen 1). No siempre ha estado en esta posición expuesta. Hace apenas unas décadas se encontraba a una distancia cómoda del mar, con pequeños manglares y diques paralelos que actuaban como un escudo contra tormentas, oleadas y, lo más importante, erosiones e inundaciones después del colapso de algún dique.

Imagen 1. Mapa de la isla Sagar. Adaptado por el autor de openstreetmap.org

Sin embargo, las aguas de las mareas aumentan por los monzones y las tormentas. Esto, unido a la subida relativa del nivel del mar, ha eliminado todo lo que existía entre el pueblo y el agua. Después de años de reconstruir los diques en forma de anillo para proteger las costas solo para verlos colapsar con el próximo monzón, se abandonaron los antiguos diques y las líneas de defensa se establecieron más hacia el interior. Perder tierras en el mar también significa abandonar los campos, fincas, casas y pueblos hasta entonces protegidos de las aguas saladas. Durante décadas, las aguas deshicieron los diques en el anillo exterior, hasta que todos los amortiguadores se perdieron y Botkhali estuvo al alcance de las olas. Dos grandes pueblos sufrieron este proceso, y sus antiguas poblaciones fueron desplazadas. A continuación me referiré a los habitantes de estos dos pueblos perdidos y a los cambios que las aguas saladas produjeron en sus articulaciones políticas.

Como en muchos otros contextos caracterizados por el conflicto, la decadencia o la degradación, los afectados recurrieron a la movilidad según dos patrones básicos.[3] Los isleños más adinerados y mejor relacionados a menudo encontraban los medios para alejarse de las franjas costeras erosionadas de la isla. Por su parte, los isleños más pobres y peor relacionados solían carecer de los medios para moverse (Hunter, 2005). Se quedaron y vieron la costa llegar literalmente a la puerta de su casa y borrar sin esfuerzo, o al menos eso parecía, todos sus intentos de detener el avance de las aguas. Como consecuencia, los agricultores y habitantes locales se convirtieron en mendigos sin tierra. En cuanto a la movilidad, comenzaron a estar envueltos en una serie de migraciones minúsculas y huidas parciales. Después del desplazamiento inicial, se movieron junto con la costa. Al contrario de lo que se podría esperar, muchos se quedaron dentro de la zona de peligro en el borde de la tierra, la mayoría dentro de los barrios contiguos a los arrasados. Sin redes de confianza fuertes para apoyarse en el contexto de crisis y ansiedad ni fondos para comprar parcelas, la mayoría de los isleños sin tierras comenzaron a poblar caminos y diques de tierra menores.

Pero la costa continuó erosionándose, y el mar los acechó una y otra vez. El desplazamiento se convirtió en una experiencia repetida, igual que las huidas posteriores y el desmontaje y el montaje de cabañas en otro lugar que parecía más seguro y accesible, fuera del alcance inmediato de las aguas saladas (Harms, 2015). Muchos isleños con los que hablé habían sido desplazados repetidamente por un mar en constante avance y habían cambiado de casa cinco veces o más. Retrocedían continuamente junto con la costa, se movían con la orilla hacia el territorio de las pueblos que se encontraban más al interior, muchas veces al alcance de nuevas erosiones.

 

Imagen 2: Desplazados viviendo en una acera. Autor: A. Harms.

 

Al ganarse la vida como trabajadores migrantes, pescadores o jornaleros, los isleños desplazados dependían de lo que Foucault llamó (2012, 82-86) “ilegalidad tolerada”. Se toleraba que habitaran en tierras públicas o aumentaran la densidad de población de los asentamientos contiguos con sus barrios rurales itinerantes. Sus asentamientos se distinguían de las invasiones de otras personas sin tierra, ya que al menos eran vagamente conocidos por los habitantes locales, que no habían sido desplazados, o no todavía. Se beneficiaron de un sentimiento de empatía por su difícil situación. En otras palabras, para los locales no eran ocupantes ilegales ordinarios, sino vecinos que habían tenido mala suerte. Pero, obviamente, había límites a la tolerancia otorgada a los desplazados. Aceptar ocupantes ilegales a lo largo de las carreteras y diques de tierra en barrios marginales itinerantes era una cosa, pero compartir recursos vitales e ingresos era otra.

De mayor importancia para este artículo es cómo esto se aplica a los esquemas gubernamentales de reducción de la pobreza. Como en otros lugares de la India, los programas de bienestar social son fundamentales para la supervivencia. La gran mayoría de los isleños depende de las medidas de reducción de la pobreza en virtud de la Ley Nacional de Garantía de Empleo Rural Mahatma Gandhi (MGNREGA, por sus siglas en inglés), diseñada para aliviar la escasez de recursos al garantizar cien días de empleo asalariado no cualificado a cada hogar que lo solicite. La MGNREGA también ha recibido severas críticas por ser el resultado de una reestructuración estatal impulsada por la preocupación de evitar la apropiación incontrolada de recursos (Chatterjee, 2008). Como uno de los muchos ejemplos, los activistas y académicos han demostrado que los trabajos y los salarios se distribuyen de manera desigual y son fuertemente disputados (Right to Food Campaign, 2007; Haque, 2011; Agarwal, 2016). El derecho a exigir un trabajo remunerado a menudo permanece envuelto en información errónea y prácticas burocráticas sombrías que privan a los ciudadanos de la posibilidad de ejercerlo. Los patrones de distribución real de los trabajos y los salarios en Sundarbans solo confirman estas críticas. Volveré a estas dimensiones sociales en breve. Pero antes es necesario mencionar los aspectos materiales de estas políticas.

 

Imagen 3: Dique temporal recién construido en Botkhali. Autor: A. Harms. estaban colapsadasr: A. harms.era. Autor: A. Harms. r, 2011; feed international pulp markets.

 

En la costa de Bengala, el desarrollo respaldado por el Estado se ha dirigido principalmente al mantenimiento de diques (Mukhopadhyay, 2009 y 2016). Esto responde a la amenaza constante de inundaciones y a la alta prioridad del desarrollo de infraestructuras. Actualmente, los diques se mantienen mediante la movilización de mano de obra y fondos a través de la MGNREGA. La fragilidad de estos diques es una amenaza constante, pero su mantenimiento y construcción, aunque deficientes, proporcionan una fuente de empleo al menos a algunos isleños. Es decir, la reducción de la pobreza a través de la MGNREGA sirve de poco. Se llevan a cabo escasos movimientos de excavación de lodo, que se arrastra sobre diques frágiles; a veces se construyen refuerzos de madera para la estructura de tierra o se colocan ladrillos encima. En el contexto de una severa escasez de fondos y de la abundancia de diques vulnerables, aparecen dos tipos de disputas. Uno se articula en torno a la decisión de qué tramo de dique debe mantenerse y a costa de quién. La otra se refiere a la distribución real de los trabajos entre una población generalmente concebida como cualificada y que busca agregar salarios a sus escasos ingresos.

En Botkhali mis investigaciones mostraron que beneficiarse de los fondos de la MGNREGA no tiene que ver con la cualificación, ya que cada hogar cualifica, ni se trata simplemente de acercarse a la oficina pertinente, sino más bien de conseguir que el propio nombre aparezca en las listas apropiadas. En la actual Bengala Occidental, la lealtad partidaria es un denominador importante, como lo son los lazos de casta, parentesco y lugar (Chandra y Nielsen, 2012). Figurar en las listas implica lazos, cultivar relaciones para llegar a ser conocido en los lugares correctos. Sobre todo, requiere la presencia de políticos y burócratas locales cuyas redes extendidas puedan movilizarse. Pero estas redes están desapareciendo silenciosamente con la emigración permanente de la población más rica y mejor relacionada.

Obviamente, esto no significa que todas las relaciones y redes desaparezcan por completo. Los isleños desplazados han enfrentado estas circunstancias cambiantes con diversas estrategias; por ejemplo, manteniendo las redes existentes o formando nuevos vínculos en otros lugares. Pero a los que se han quedado les resulta cada vez más difícil competir por los escasos fondos estatales con otros isleños mejor relacionados. Lo que complica cada vez más su vida no es solo el simple y preocupante hecho de que el número de desplazados continúa creciendo, sino también que experimentan dificultades crecientes para poner en marcha redes y arreglos locales con el fin de obtener fondos estatales. Experimenté mucha frustración al comprobar que el dinero gastado en el trabajo en infraestructuras eludía cada vez más a las personas desplazadas, mientras que las ganancias iban a los locales mejor relacionados. Muy a menudo, los habitantes de pueblos aún existentes lograban hacerse cargo de los turnos de trabajo, mientras que los isleños desplazados que llegaban de pueblos distantes, ahora destruidos, se veían con las manos vacías. Con sus redes desarticuladas debido a la erosión y la emigración, los que permanecieron al borde de la tierra por mucho tiempo, sin salir, en cierto sentido fueron abandonados.

En resumen, ser tolerado como ocupa fue bastante sencillo para aquellos que habían sido expulsados de pueblos más distantes y conducidos a lo que ahora era el borde costero junto al mar. Pero resultó ser mucho más difícil conseguir conexiones políticas que permitieran aprovechar los apoyos del Estado destinados a reducir la pobreza. Para tener éxito, se necesitaban relaciones infrapolíticas con una base fuerte en el lugar. Pero estas relaciones a menudo ya estaban colapsadas con los isleños más ricos y mejor relacionados. Si bien los derechos se mantuvieron en el papel, y la propia pertenencia a la política era incuestionable en teoría, la ciudadanía se seguía degradando. Se deterioraron las posibilidades de hacer reclamos al Estado y de garantizar que los derechos de la ciudadanía se tradujeran en los resultados deseados.

 

Conclusión

En este artículo he examinado un aspecto de la relación entre la degradación ambiental y la política cotidiana en los márgenes. Me han interesado y preocupado las habilidades para hacer reclamos y traducir los derechos en los resultados deseados en condiciones de fragilidad política y ambiental. A partir del análisis de material etnográfico de la costa de Bengala, he comprobado la fragilidad de los derechos de la ciudadanía, desencadenada por las dramáticas degradaciones ambientales. Las erosiones costeras no solo han arruinado y desplazado de sus pueblos a los isleños, sino que también los han desplazado de las filas de los beneficiarios de apoyos estatales al disminuir su influencia en las decisiones burocráticas. La vulnerabilidad ante las erosiones costeras se ha presentado como un problema social irresoluble y, en su negligencia, el Estado ofrece una respuesta “indiferente” (Gupta, 2012). Los intentos de asegurar los derechos de los ciudadanos se han visto frustrados por el aumento del nivel del mar. En otras palabras, el agua del mar ha modificado la política.

 

Bibliografía

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Blom Hansen, T., y O. Verkaaik, 2009. “Introduction. Urban charisma”. Critique of Anthropology, 29 (1), pp. 5-26.

Chandra, U., y K. B. Nielsen, 2012. “The importance of caste in Bengal”. Economic and Political Weekly, 47 (44), pp. 59-61.

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Haque, T., 2011. “Socio-economic impact of implementation of Mahatma Gandhi National Rural Employment Guarantee Act in India”. Social Change, 41 (3), pp. 445-471. Disponible en: https://doi.org/10.1177/004908571104100307.

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Hunter, L. M., 2005. “Migration and environmental hazards”. Population and Environment, 26 (4), pp. 273-302.

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Subramanian, A., 2009. Shorelines: Space and Rights in South India. Stanford, Stanford University Press.

* Instituto de Antropología, Universidad de Leipzig, Alemania. E-mail: arne.harms@uni-leipzig.de.

[1] Esta es una versión abreviada y traducida del artículo del autor “Citizenship at Sea: Environmental Displacement and State Relations in the Indian Sundarbans”, Economic & Political Weekly 52 (33), 2017, pp. 69–76.

[2] Este documento se basa en catorce meses de trabajo de campo en la costa de Bengala, distribuidos en varias visitas entre 2009 y 2017. Mi investigación se apoyó en una variedad de métodos etnográficos, como la observación participante y las entrevistas estructuradas, semiestructuradas y biográficas, y se enriqueció con investigación cuantitativa, de archivos y análisis del discurso.

[3] Ambos patrones implican otras formas de movilidad, como migraciones laborales circulares (Badiani y Safir, 2009).

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