Felicidad Interior Bruta: el decrecimiento como alternativa de desarrollo de vida

Felicidad Interior Bruta: el decrecimiento como alternativa de desarrollo de vida[1]

Ritu Verma*

Traducido por Jordi Quiles Sendra

 

Resumen

Dados los estrechos marcos neoliberales basados en el Producto Interior Bruto (PIB), ha florecido un debate global sobre el decrecimiento. Como respuesta al limitado número de soluciones sociales a las múltiples crisis ecológicas, políticas, sociales y económicas emergentes, la Felicidad Interior Bruta (FIB) es una alternativa única que desafía los parámetros del PIB con un enfoque holístico del desarrollo, y tiene importantes confluencias con el decrecimiento.

 

Palabras clave: Felicidad Interior Bruta, decrecimiento, alternativas al desarrollo, Bután

 

Introducción

Los modelos neoliberales han conducido a múltiples crisis en todo el mundo, crisis que amenazan la supervivencia humana y de las socioecologías. Como consecuencia del reconocimientos de que “la doctrina del crecimiento ilimitado resulta en un intento destructivo de utilizar los recursos de la Tierra para satisfacer deseos infinitos” (NDP, 2013: vi), y de que la trayectoria del desarrollo predominante es inviable, ha emergido un debate global sobre el decrecimiento. Sin embargo, existe un número limitado de soluciones que respondan a las continuas crisis del consumo ilimitado, la profunda desigualdad y el agotamiento de recursos.

La Felicidad Interior Bruta (FIB) del reino himalayo de Bután es una alternativa de desarrollo única que desafía los parámetros del PIB. Con la felicidad social como principal perspectiva para valorar el progreso humano a escala planetaria, la FIB coloca en el centro del desarrollo nacional el bienestar sociocultural, político, económico, ecológico y espiritual. Este artículo se centra en los principios de la FIB y argumenta que esta y el decrecimiento comparten conceptos morales clave y confluyen en sus diagnósticos y pronósticos críticos sobre los paradigmas del crecimiento. Sin embargo, la FIB va más allá ya que, al haberse puesto en práctica, aporta importantes reflexiones para el movimiento del decrecimiento y los debates en el marco de la antropología del desarrollo. Basado en una investigación de campo llevada a cabo entre 2012 y 2018 (Verma, 2017), este artículo analiza la FIB como una alternativa de desarrollo holístico desde una perspectiva de decrecimiento, y expone brevemente sus congruencias y diferencias.

 

Corrientes de influencia: el decrecimiento desde la perspectiva de la felicidad

El decrecimiento es una respuesta al crecimiento económico exponencial e insostenible que domina los pensamientos del “progreso” (Demaria et al., 2013). En lugar de un crecimiento negativo, se trata de una transición voluntaria hacia la reducción del impacto de la economía global a niveles sostenibles, acompañada de un incremento de la equidad global (Research and Degrowth, 2010). Con sus orígenes en el movimiento de decrecimiento francófono, ha evolucionado hasta convertirse en un marco interpretativo de investigación, un movimiento social global y una propuesta de proyecto alternativo para las políticas del posdesarrollo (Demaria et al., 2013; Martínez Alier et al., 2010; Latouche, 2009). La FIB puede contextualizarse explorando la desconexión entre crecimiento y bienestar, seguida de críticas al desarrollo y de una ecología política que analiza más profundamente los detalles de esta desconexión.

En primer lugar, las preguntas acerca de un desarrollo basado en el crecimiento, en ciclos infinitos y estilos de trabajo, ganancia y consumo resaltan los problemas de los modelos centrados en la riqueza material, que no reconocen ningún significado más profundo de la vida, los valores y el bienestar. Existen pruebas contundentes que justifican expandir el desarrollo desde su estrecho foco en el PIB (O’Neill, 2012), pues está demostrado que ni una mayor tasa de crecimiento económico ni una subida de ingresos resultan en incrementos de felicidad a largo plazo (Easterlin et al., 2010).

En segundo lugar, las críticas antropológicas mantienen que el desarrollo es un concepto organizativo de nuestra época: una “cuadrícula interpretativa dominante y problemática” a través de la cual percibimos las regiones del Sur, que nos rinde un espacio de observación diario inteligible y significativo (Ferguson, 1994: xiii), lo que incluye la problemática suposición de que las soluciones a la pobreza dependen necesariamente de incrementar el PIB y establecer una modernidad que imite los estilos de vida y las instituciones europeos y estadounidenses. Clasificar la pobreza como problema “nacional” es una forma de encubrir la desigualdad global y la economía política del capitalismo (Gupta, 2010), de ocultar la amplia irracionalidad de la “lógica económica neoliberal que se integra selectivamente en los mercados, reduce la protección social, precariza el trabajo e incrementa la desigualdad y los conflictos distributivos” (Mosse, 2013: 236).

En tercer término, la ecología política resalta los efectos problemáticos de las políticas neoliberales, el crecimiento capitalista, las intervenciones tecnocráticas y la globalización centrada en la producción, el consumismo y el materialismo mediante la mercantilización y la explotación de los recursos naturales (Paulson, 2014; Peet et al., 2011). Esto implica que la competición y los precios de mercado fallan en su intento de amortizar los costes ambientales y socioculturales, además de trasladarlos a las generaciones futuras (Schneider et al., 2010).

 

FIB: una alternativa viable de desarrollo del decrecimiento

Ante el persistente fracaso de intervenciones de desarrollo que empeoran las condiciones locales (Ferguson, 1994), algunos académicos claman por el fin del desarrollo (Sachs, 1992). Un problema central es que las alternativas propuestas al desarrollo brillan por su ausencia, y las experiencias son muy pocas (Verma, 2015). Así, se trata de críticas vacías e insuficientes para afrontar constructivamente los problemas reales a los que el desarrollo se presenta como solución, ya que “no puede sustituirse algo por nada” (Agrawal, 1996: 472). Pedir el fin del desarrollo no es intelectual ni políticamente adecuado, ya que las mayores desigualdades globales que lo sustentan no pueden solucionarse o cambiarse con su simple desaparición (Ferguson, 1999). El desarrollo no trajo las desigualdades politicoeconómicas entre los Estados nacionales, sino que se construyó sobre las jerarquías geopolíticas preexistentes, y por tanto es inseparable de las relaciones de poder globales, históricas y contemporáneas que las constituyen.

Si aceptamos que el desarrollo es necesario para enfrentar los problemas reales de la pobreza, la sostenibilidad y la desigualdad en el Sur (y cada vez más en el Norte), el problema central entonces no reside en librarse del desarrollo, sino en cómo lo definimos. Las narrativas dominantes del desarrollo reducen cuestiones complejas a meros problemas técnicos y a intervenciones de crecimiento-a-toda-costa orientadas al mercado, y así equiparan el nivel de “desarrollo” de una nación al tamaño de su economía. A medida que nos alejamos de una economía de crecimiento y nos acercamos a una más estacionaria, se hace necesario cambiar la manera de conceptualizar y medir el progreso. Por lo tanto, hay que abandonar el PIB y sustituirlo por medidas de desarrollo holísticas. Por ello, están creciendo las alternativas para un desarrollo viable que pueden fecundar comprensiones mejores y más profundas acerca de un bienestar significativo. Especialmente las que reflejan la filosofía y los ideales sociales del decrecimiento desafían el desarrollo hegemónico, repiensan los valores económicos dominantes y los redirigen hacia la calidad de vida, sus determinantes y otros aspectos más allá de los ingresos y las condiciones materiales (Martínez Alier et al., 2010; Stiglitz et al., 2009).

Bután representa un contexto valioso para el estudio de una alternativa de desarrollo desde la perspectiva del decrecimiento. Desde una posición de aislamiento extremo, este pequeño país interior se abrió al mundo con precaución a finales de 1950. Sin la carga colonial de otras naciones, adoptó la modernización en términos propios, centrándose en la felicidad como objetivo del desarrollo. Ha llevado adelante una visión indígena distintiva del desarrollo, que ha evolucionado a partir de sus circunstancias demográficas e históricas particulares (Priesner, 1999). Este enfoque resultó de la traducción de una conciencia sociocultural y espiritual en prioridades del desarrollo, así como en su objetivo de asegurar la autosuficiencia y soberanía dada su posición geopolítica entre dos gigantes politicoeconómicos y emisores de carbono. La FIB es muchas cosas a la vez, pues se manifiesta en ocho formas ajustadas al decrecimiento: concepto moral, principios básicos, marco conceptual, indicadores (imagen 1), proyección política, práctica individual, influencia global y secularización de los conceptos budistas (Verma, 2015, 2016 y 2017; Verma y Ura, 2018).

 

Imagen 1. Los nueve reinos y los treinta y tres indicadores de la Felicidad Interior Bruta (GNH, por sus siglas en inglés). Fuente: Ura et al., 2012.

El enfoque de la vía intermedia de la FIB es filosóficamente sinérgico al desafiar el economicocentrismo del PIB , cuestionar su insostenible dependencia material, discutir su desinterés por las “externalidades” ambientales y socioculturales y transformar la narrativa dominante del desarrollo para incluir a todos los seres vivos. Tanto la FIB como el decrecimiento desafían las interpretaciones dominantes sobre las causas de los problemas medioambientales y las propuestas de desarrollo hegemónicas, tecnocéntricas, economicistas y orientadas al consumismo. Son congruentes en su objetivo de perseguir el desarrollo holístico, el bienestar, la sostenibilidad ecológica, la equidad social, la no violencia y la simplicidad voluntaria. Ambas perspectivas aceptan la complejidad de la vida, se apartan del enfoque reduccionista del PIB y se acercan a una medida multidimensional de lo que más cuenta: el bienestar y el sentido en la vida.

La FIB y el decrecimiento también tienen matizadas diferencias. Mientras el decrecimiento carece de una serie de indicadores (objetivos y subjetivos) que midan el bienestar y lo que se persigue al alejarse del PIB (O’Neil 2012), la operacionalización de los indicadores de la FIB ha generado información valiosa a lo largo del tiempo. La FIB también ha dado el ejemplo al situar las políticas culturales y medioambientales al nivel de las económicas. Los resultados posicionan a Bután como el único país del mundo con un saldo negativo en carbono; que pone valor al uso del tiempo asociado a los trabajos no pagados realizados por mujeres (Verma y Ura, 2018); con un turismo de mayor calidad al limitar el número de visitantes y su impacto; con regulación de las organizaciones del desarrollo internacionales, capital extranjero, ayudas al desarrollo y expertos extranjeros; entre muchos otros. La claridad del objetivo final de la FIB, la felicidad, aporta reflexiones para el decrecimiento en su evolución y expansión global, entre múltiples comprensiones populares cuyos fines son, muchas veces, confusos.

La FIB puede reforzarse con el decrecimiento, especialmente al entrecruzar ideas de muchos pensadores afines, así como con innovaciones que reducen los tiempos necesarios para el trabajo conjunto con tecnologías sostenibles (Martínez Alier et al., 2010). También se refuerza mediante la integración de la justicia social y una igualdad de género más rigurosa y explícita (Verma y Ura, 2018), y al llenar vacíos entre las metodologías etnográficas que exploran el bienestar y sus significados para distintas personas (Verma, 2015; Penjore, 2013). Mientras que el decrecimiento puede entenderse como un giro fundamental en las relaciones económicas globales, la vía intermedia de la FIB coexiste con la práctica del PIB. Este último está impactando en las identidades culturales en acelerada transformación, en las relaciones intergeneracionales y, cada vez más, en pautas de materialismo y consumismo (Hayden, 2015; Brooks, 2013).

 

Conclusión

Mientras el ser humano entra en una nueva era, hemos alterado drásticamente el clima y las ecologías del planeta y hemos roto cuatro de los nueve límites planetarios relacionados con los procesos del sistema-tierra (O’Neill, 2012). La FIB aporta importantes marcos de desarrollo alternativos para afrontar estos problemas acuciantes. Nunca antes fue tan crítica la importancia de profundizar en la conciencia de la FIB para beneficio de todo ser vivo. En su contextualización con el decrecimiento, la FIB como una alternativa de desarrollo holístico se ha trasladado a la realidad: no solo es congruente, sino un ejemplo vivo de decrecimiento.

 

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* Profesora asociada en el College of Language and Culture Studies, Royal University, Bután. E-mail: rvermapuri@gmail.com.

[1]. Se ha publicado una versión detallada de este artículo en Journal of Political Ecology, 24, 2017, pp. 477-490, y se presentó en la Reunión Anual de la Asociación Estadounidense de Antropología en 2015, en Denver, Estados Unidos.

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