doi.org/10.53368/EP69AYOp02
Lucía Linsalata,* Huáscar Salazar**
Resumen: ¿Cómo entender los procesos de muerte ecosistémica sobre los cuales se sustenta el capitalismo contemporáneo? En diálogo con las reflexiones de una de las voces más agudas de la ecología política latinoamericana, la de Horacio Machado, en este artículo proponemos la noción de necrotización capitalista del tejido de la vida para contribuir a construir una posible respuesta a esta pregunta, una respuesta que tiene como trasfondo reflexivo lo que hemos visto ocurrir en los últimos años en la Amazonía boliviana.
Palabras claves: Necrotización capitalista, Escalabilidad, Extractivismo, Amazonía boliviana
Abstract: How can we understand the processes of ecosystemic death upon which contemporary capitalism is sustained? In dialogue with the reflections of one of the most incisive voices in Latin American political ecology, Horacio Machado, this article proposes the notion of the capitalist necrotization of the fabric of life as a contribution toward constructing a possible answer to this question—an answer grounded in reflective engagement with what we have witnessed in recent years in the Bolivian Amazon.
Keywords: Capitalist Necrotization, Scalability, Extractivism, Bolivian Amazon
Introducción
¿Cómo entender estos procesos de extinción ecosistémica tan extendida sobre los que se sostiene la ampliación del capitalismo contemporáneo?
En un interesante ensayo titulado «Violencia extractivista y sociometabolismo del capital», Horacio Machado (2021) nos invita a reflexionar sobre un hecho innegable que se encuentra hoy en el corazón de la problemática que estamos señalando. Machado nos recuerda que, desde sus orígenes, en las primeras décadas de la conquista de América, la economía capitalista ha funcionado en términos geográficos extendidos y generalizados alrededor de un trastorno sociometabólico nefasto para la reproducción de la vida: la continua y violenta apropiación por parte del proceso de valorización del valor de las fuentes de vida, para su sucesiva conversión en valores abstractos.
El autor habla de un trastorno sociometabólico, ya que dicha conversión conlleva, como resultado, la sistemática degradación de las fuentes de vida de las que la misma economía capitalista se alimenta. Pues, tal como explica Machado, el proceso de abstracción que el valor de cambio impone sobre las energías vitales de los seres vivos y la materia conviviente de la Tierra, al convertirlas en materias primas y fuerza de trabajo para los circuitos de la valorización del capital, involucra «una específica pulsión de muerte sistémica, una tendencia hacia la destrucción de la vida (en sus fuentes y en todas sus formas) como condición y efecto de la propia lógica expansiva de la acumulación» (Machado, 2021: 79).
En palabras más sencillas, desde su surgimiento el capitalismo no tiene la finalidad de sostener la vida, aunque la organiza a su favor condicionando de distintas formas los ritmos y las formas de su reproducción. No la sostiene porque degrada constantemente las condiciones que permiten su plena reproducción y su autorregulación en el tiempo. El capitalismo está más bien en guerra contra la vida. Está en guerra porque supone y requiere, por efecto de la misma lógica de crecimiento continuo del proceso de acumulación, recurrir sistemáticamente a la violencia «como medio y modo de extracción de energías vitales» (Machado, 2021: 79), para su continua transferencia a los circuitos de la valorización que se suponen infinitos.
¿Qué efecto produce este trastorno metabólico en la trama de la vida que somos y hacemos junto con muchos otros? La metáfora de la necrosis nos puede ayudar a visualizar una respuesta a esta pregunta. Tal como nos recuerda Justin McBrien, a diferencia de la apoptosis, que tiene que ver con un proceso orgánico de muerte programada de células que se vuelven innecesarias para un cuerpo saludable, la necrosis se produce a partir de una lesión traumática, violenta, e implica la muerte progresiva de partes de un tejido vivo, a través de un proceso de autodestrucción celular llamado autolisis, mediante el cual una célula se destruye a sí misma a través de sus propias enzimas (McBrien, 2016: 117).
De alguna manera, las trastornadas relaciones sociometabólicas que el capitalismo ha impuesto históricamente sobre nuestros cuerpos y nuestros territorios operan de forma similar a una necrosis. A través de traumas continuos y violencias sistemáticas, las relaciones del capital instauran al interior del tejido de la vida patrones de relaciones e intercambio de materia y energía que, al tiempo de establecer formas de reproducción de la vida funcionales a la extracción y generación de valor capitalista, van fracturando y degradando las capacidades autorregulativas de los cuerpos, de los organismos vivos, de sus entornos y del planeta en su conjunto, enajenan las potencias regenerativas inscritas en ellos y los conducen hacia su progresiva destrucción (Linsalata, 2020). Esto es: hacia su progresiva conversión en tejidos muertos o profundamente enfermos al interior del complejo tejido de la vida.
La muerte de tales tejidos socioecológicos no tiene nada que ver con la muerte que alimenta y renueva el ciclo de la vida. La muerte necrótica impuesta por los trastornados metabolismos de las sociedades capitalistas es, para los pueblos y para las especies compañeras con las que compartimos este planeta, lo que Dona Haraway define como una «muerte doble»: una muerte física a la que sigue un proceso de acabamiento progresivo de esa forma de vida. Una muerte que rompe con el ciclo de la vida, porque no va seguida de su renovación de la vida, sino de la progresiva extinción de múltiples fuentes y formas de vida (Haraway, 2019).
La manera en que los procesos extractivistas vienen avanzando en la Amazonía es un ejemplo elocuente de lo que representa la necrotización capitalista del tejido de la vida. En esta zona, no solo se destruyen los ecosistemas, sino que, de manera paralela, se transforman e imponen relaciones que tendencialmente generan mayor dependencia de la actividad extractiva, a la vez que tienden a amplificarla. Eso es lo que pasa, por ejemplo, con el avance de la actividad minera en la región. Si bien, en la gran mayoría de los casos, la penetración minera es resistida, lo que sucede también es que, en la medida en que esta actividad se convierte en predominante, no solo logra desorganizar cualquier forma de resistencia, sino que poco a poco termina por erosionar las tramas relacionales que operan con el fin de reproducir la vida, a la vez que se van configurando relaciones en torno a la sobrevivencia mediadas por el capital.
La posibilidad de reproducir la vida, de manera individualizada y en el corto plazo, queda condicionada a la subordinación de la actividad humana al proceso de trabajo extractivo capitalista, ya que los tejidos socioecológicos centrados en la reproducción de la vida humana y no humana se fracturan o se destruyen. Lo más aterrador de este paulatino proceso de expansión de las muertes impuesto por las actividades extractivas es el hecho de que no se trata de un simple fenómeno colateral de la economía capitalista. Por lo contrario, se trata de una dinámica autoexpansiva de producción de enfermedad y muerte, que, de manera siempre diferenciada y específica en cada territorio, sostiene y alimenta el régimen de la acumulación capitalista.
En diálogo con Horacio Machado, llamamos a esta dinámica autoexpansiva de producción de enfermedad y muerte necrotización del tejido de la vida y, en el siguiente apartado, intentaremos distinguir dos aspectos esenciales de esta: su función económica al interior de la dinámica de la acumulación capitalista y su lógica escalar.
Cuando la muerte impuesta se hace negocio
Para poder entender la función económica inscrita en la dinámica de necrotización del tejido de la vida propia de la economía capitalista, es importante subrayar que el capitalismo no es solo un sistema económico de dominación nacido de y basado en la apropiación geográficamente desigual de las riquezas materiales de los territorios y en la explotación, racial y sexualmente jerarquizada, de los cuerpos. Es también y, sobre todo, una economía movida por un imperativo de crecimiento perpetuo; una economía que «requiere —como condición para su realización— de una continua y recursiva recreación ampliada de sus esferas y formas de explotación» (Machado, 2021: 79). En este movimiento perpetuo de recreación ampliada de las esferas y las formas de explotación, propio de la economía capitalista, la producción de tejidos socioecológicos necrotizados juega un papel fundamental, en la medida en que contribuye a amplificar y recrear «un régimen social de escasez generalizada» (Machado, 2021: 80).
Expliquémonos mejor. La devastación y contaminación mortífera de las fuentes de vida (agua, bosques, aire, suelos, etc.), la enfermedad de los cuerpos, la extinción de formas de vida comunitarias y un largo etcétera de muertes impuestas interconectadas que buscamos nombrar con la expresión necrotización del tejido de la vida, lejos de ser malas noticias para la lógica del capital, son, por un lado, el efecto ineludible del despojo y de la explotación capitalista y, por el otro, el medio de creación de nuevas oportunidades de negocio. Pues la devastación o degradación de bienes anteriormente comunes los vuelve escasos. Y, entre más escaso se vuelve un bien común, más se instala el imperativo de acceder y disfrutar de él —o de los bienes que antes se podían conseguir a través de su uso— a través de la mediación monetaria, es decir, a través de su venta en alguna forma de mercado.
La contaminación de las fuentes de agua ha convertido hoy el acceso a agua limpia en un negocio multimillonario a nivel global. Como consecuencia de la escasez y la contaminación de los suelos, en muchos lugares del mundo el alimento sano es ahora un bien altamente costoso. Y el agotamiento de fuentes tradicionales de extracción de oro ha transformado este equivalente general clásico en un medio de acumulación abstracta cada vez más deseado, lo que ha llevado a su vez a que la extracción aurífera se haya extendido de manera tan descontrolada en regiones como la Amazonía, donde solo puede existir bajo un esquema de alta intensidad en la utilización de fuerza de trabajo.
Ahora bien, en la medida en que el proceso de necrotización del tejido de la vida es, a la vez, un efecto ineludible de la acumulación de capital y un medio de recreación ampliada de negocios, la lógica escalar que gobierna su producción es la lógica de las economías de escala o, lo que es lo mismo, la lógica de la escalabilidad. El término escalabilidad, tal como señala Ana Tsing (2021), proviene del mundo de los negocios y se refiere a la capacidad de una empresa para expandirse sin cambiar la naturaleza de lo que hace.
Siguiendo a Tsing, uno de los modelos más tempranos e influyentes de escalabilidad ha sido la planificación europea de plantaciones de azúcar en las colonias. La característica principal del sistema de plantaciones descansa en el hecho de que tales cultivos se organizaron a partir de una lógica de total alienación que permitió incrementar su expansión y generar beneficios sin precedentes para los grandes capitalistas de aquella época. Al allanar tierras locales, importar plantas clonadas y población africana esclavizada y fácilmente reemplazable, los capitalistas de ese entonces rompieron toda relación socioecología previa en los territorios colonizados. Todos los elementos de la plantación (tierra, plantas, trabajadores) se alienaron y se volvieron intercambiables para que el sistema completo pudiera reproducirse con facilidad y maximizar las ganancias.
Cuando hablamos de escalabilidad, nos referimos entonces a un patrón de expansión que se impone sobre las geografías y los calendarios ecosociales de los cuerpos-territorios a partir de una ruptura en los metabolismos anteriores y de la imposición de alguna forma de alienación e intercambiabilidad. Este patrón de expansión geográfica está orientado a extraer la mayor cantidad de ganancias posible, en la medida en que permite mantener altos niveles de rentabilidad sin recurrir a grandes modificaciones. Además, responde a centros decisionales y a lógicas de valorización y consumo exógenas a los territorios sobre los cuales se impone y a las poblaciones que los habitan, que por lo general solo sufren las consecuencias.
La lógica escalar que gobierna la dinámica autoexpansiva del proceso de necrotización responde en gran medida, aunque no únicamente, a este patrón de expansión exógena basado en la alienación y la intercambiabilidad. La catástrofe ecológica que se vive en la región amazónica boliviana puede ayudarnos a entender mejor lo que estamos planteando. La quema intencional de grandes cantidades de hectáreas de bosques responde a un patrón de expansión que sigue la lógica de la escalabilidad y que tiene a la agroindustria como uno de los principales factores que impulsan estos procesos.
En los últimos años, los incendios forestales en tierras bajas de Bolivia, y particularmente aquellos que se han suscitado en la región amazónica, tienen que ver en buena medida con la ampliación de la frontera agrícola para la implementación de monocultivos. Solo en el caso de la soya —el monocultivo más extendido del país—, la superficie destinada a la producción de esta oleaginosa se ha incrementado en más de cuarenta veces en los últimos treinta años (gráfico 1). Esto ha significado la devastación de grandes territorios, muchos de ellos indígenas y en áreas protegidas.
Imagen 1: Hectáreas de soja cultivadas (1985-2023). Fuente: Instituto Nacional de Estadística.

Con la base en este proceso de expansión de la agroindustria, a través de la deforestación y de los incendios que cada año llenan de humo Bolivia, se encuentra un modelo de escalabilidad de esta actividad. Los denominados paquetes tecnológicos relacionados con los monocultivos representan un conjunto de conocimientos, procedimientos e instrumentos para su implementación en diferentes escalas. Van desde la quema de los territorios a utilizar, la puesta en marcha de maquinarias intensivas en capital, el uso de semillas genéticamente modificadas y de un conjunto de agrotóxicos que han sido «diseñados» de manera específica para esas semillas que son sembradas siguiendo ciertos requisitos medioambientales. La agroindustria se sostiene sobre la base de una concepción que homogeneiza el entendimiento de los territorios y los reduce a variables manejables. Una vez que estas son «controladas», se entiende que la producción puede escalarse de manera replicable y sistemática, siempre y cuándo se repliquen las condiciones de ese paquete tecnológico.
Conclusiones
Siempre y cuando se ajusten ciertas variables, desde esta perspectiva producir soya en la región de los bosques secos de la Chiquitanía boliviana o en la selva amazónica del norte del país termina siendo lo mismo. Sin embargo, la sobreposición de estos monocultivos en los ecosistemas originales y las múltiples relaciones de interdependencias en las cuales se sostienen terminan por destruir las formas de vida que allí se reproducían, y tendencialmente queda solo aquella vida que es funcional para el capital y que se organiza en torno a este: los monocultivos y algunos humanos —muchas veces enfermos— que trabajan en ellos. Además, en estos procesos de escalabilidad, la vida que habita en los territorios controlados por el capital es cada vez más dependiente de los insumos del propio capital: la vida en sí misma no es sostenible fuera de los marcos del capital.
Finalmente, cuando producir en ese espacio deja de ser rentable —ya sea por los designios del mercado, por la erosión de la tierra o por cualquier otro motivo—, esos territorios se convierten en espacios necrosados, en espacios de muerte. Aunado a lo anterior, cabe tomar en cuenta que estos mismos procesos de necrotización se potencian y se amplifican cuando la escalabilidad de este tipo de actividades confluye con otras igualmente depredadoras, como la minería, la explotación hidrocarburífera, el narcotráfico, etc. Entonces se generan sinergias negativas que terminan por acelerar y profundizar el proceso de necrotización en estos territorios. Tal como nos advierte Yayo Herrero (2020): «Cuanto de forma más veloz se destruyen y se ponen en riesgo las bases materiales que sostienen la vida, más sanas están las economías».
Referencias
Haraway, D., 2019. Seguir con el problema. Generar parentesco en el Chthuluceno. Bilbao, Consonni.
Herrero, Y., 2020. «En guerra contra la vida». CTXT. Contexto y Acción, 258. Disponible en: https://ctxt.es/es/20200302/Politica/31220/coronavirus-decrecimiento-crisis-ecologica-agroecologia-yayo-herrero.htm, consultado el 18 de junio de 2025.
Linsalata, L., 2020. «¡Nuestra lucha es por la vida! Apuntes críticos sobre la reorganización capitalista de la condición de interdependencia». En Trabalho necessário, n.36. Disponible en: https://periodicos.uff.br/trabalhonecessario/article/view/42784, consultado el 11 de mayo de 2025.
Machado, H., 2021. «Violencia extractivista y sociometabolismo del capital». Onteaiken, 32, pp. 73-87.
McBrien, J., 2016. «Accumulating Extinction: Planetary Catastrophism in the Necrocene». En: J. Moore (ed.), Anthropocene or Capitalocene? Nature, History, and the Crisis of Capitalism. Bimghamton, PM Press, pp. 116-137.
Tsing, A., 2021. La seta del fin del mundo. Sobre la posibilidad de vida en las ruinas capitalistas. Madrid, Capitán Swing.
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* Dra. Lucia Linsalata, profesora-investigadora del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego” de la BUAP México, lucia.linsalata@correo.buap.mx
** Huascar Salazar, investigador del Centro de Estudios Populares (Bolivia), huascarsalazar@gmail.com
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