El declive de la población rural y agraria

Roser Nicolau*

 

En la mayor parte de regiones y países europeos el declive histórico de las poblaciones rurales y agrarias se inició a una gran velocidad a mediados del siglo XIX. De esta manera se puso fin a un período anterior de rápido crecimiento alimentado principalmente por la reducción ininterrumpida de la mortalidad desde finales del siglo XVIII, que se produjo primero en las zonas rurales y bastante más tarde, a partir de 1870, en las grandes ciudades europeas. Los factores causantes del despoblamiento rural fueron múltiples y la fuerza de cada una de ellos varió según las regiones. En primer lugar tuvo lugar un proceso de reducción de la nupcialidad, es decir matrimonios más tardíos y menos frecuentes. Esta reducción se observó primero en los países del norte de Europa, y luego a partir de los años 1870 también en otros países, y también en las regiones mediterráneas, en donde la población empezó a emigrar más intensamente a ultramar. Esta emigración, fundamentalmente, de hombres jóvenes reducía la frecuencia de matrimonios y en cualquier caso los retrasaba; lo que contribuía, también de esta forma, a reducir la fecundidad y densidad rurales. Las proporciones de mujeres solteras observadas a partir de mediados del siglo XIX en Irlanda, Suecia y después en Galicia o Portugal se encuentran entre las más bajas que se han registrado. Simultáneamente a este proceso de reducción de la nupcialidad femenina e intensa emigración de la población europea, se extendió el uso de la contracepción y la limitación de la descendencia y de una forma muy rápida en las regiones donde las migraciones internas, rural-urbanas, eran más intensas. En Francia y Cataluña por ejemplo, el descenso de la fecundidad de los matrimonios fue muy rápido en todas las localidades. Todos estos factores contribuyeron a frenar el crecimiento de la población rural, de tal forma que el crecimiento de la población europea a partir de mediados del siglo XIX refleja fundamentalmente el crecimiento de la población urbana.

España, como otros países de la Europa meridional, fue en este caso una excepción, porque la población rural y agraria aún creció en la segunda mitad del siglo XIX y no declinó de forma sostenida e ininterrumpida hasta después de 1950. Este mayor crecimiento se debió en parte al retraso del descenso de la fecundidad, que hasta los años 1960 era en España superior a la de los países del norte y centro de Europa. No obstante, este factor no debe sobreestimarse porque hasta los años 1960, la mortalidad española, sobre todo la de los niños, era también mas elevada que la de aquellos países. La diferencia mas significativa con los países del norte y centro de Europa es la menor intensidad de las migraciones y el retraso hasta muy avanzado el siglo XX de la emigración y el éxodo rural. La clasificación sectorial de la población activa en los censos españoles, con todas las limitaciones de estas clasificaciones aplicadas a las poblaciones del pasado, muestra la relativa estabilidad de la población agraria y la menor intensidad de los movimientos migratorios. Aunque los activos agrarios españoles disminuyeron en términos absolutos entre 1910 y 1930, después se recuperaron y alcanzaron un valor máximo en 1950. La emigración exterior a los principales centros industriales españoles que habían reducido los activos agrarios antes de 1930 se vio interrumpida por la crisis económica internacional, la guerra civil y la segunda guerra mundial. Estas circunstancias retrasaron significativamente el proceso de despoblación rural. A partir de 1950, los movimientos migratorios se intensificaron y el descenso de la población activa agraria española fue abrupto. En las dos décadas siguientes, la agricultura española perdió cerca de 2 millones 300 mil hombres activos y redujo a la mitad el total de sus activos masculinos (la población activa femenina es más difícil de estimar). La demanda de trabajadores inmigrantes principalmente de Alemania, Suiza y Francia, y la intensificación de las migraciones internas consiguieron finalmente, entre 1950 y 1970, reducir de forma significativa el peso en términos relativos y absolutos de la población agraria.

Si se examina las trayectorias de las distintas regiones españolas, el carácter excepcional de la evolución de la población activa agraria española debe matizarse, ya que las migraciones de los trabajadores agrarios tuvieron en algunas regiones una intensidad y repercusión demográfica importantes desde mucho antes. En la segunda mitad del siglo XIX, las diferencias en las tasas de crecimiento de las regiones españolas aumentaron sobretodo entre las regiones de la mitad norte de la península y se debieron en gran medida al aumento de los movimientos migratorios de las zonas rurales a las urbanas. Madrid y las áreas industriales de Cataluña y el País Vasco tuvieron un crecimiento más rápido que el de las otras regiones. La emigración a ultramar fue particularmente intensa en el noroeste de la península, en Canarias y en algunas áreas del Levante donde además de la emigración a América se produjo una significativa emigración a Argelia y Francia. El País Vasco y Madrid recibieron hasta los años 1930 inmigrantes de Castilla la Vieja, Asturias, Cantabria, la Rioja y Navarra, mientras que Cataluña de Aragón y otras áreas del levante español.

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El censo de 1920 permite comparar el lugar de nacimiento y de residencia de la población española en aquella fecha. A partir de este censo se ha elaborado el mapa 1, que muestra el impacto de la emigración a nivel provincial y concretamente, la proporción de la población nativa que en 1920 reside en su misma provincia de nacimiento. Este mapa traza una línea horizontal que pasa justo por debajo de Madrid, y que divide España en una mitad septentrional donde la movilidad geográfica de la población es mucho mayor que en la mitad meridional, con la sola excepción del sudeste. La escasa movilidad de la población de las provincias del sur es particularmente significativa, si tenemos en cuenta que estas eran las provincias donde dominaba la gran propiedad y la proporción de población agraria asalariada era mayor. Esta observación no contradice necesariamente la supuesta mayor movilidad de los asalariados agrarios, pero en cualquier caso sugiere que los asalariados agrarios de las otras regiones, donde la concentración de la propiedad agraria era menor y la forma de poblamiento rural mucho más dispersa, se incorporaron antes a las corrientes migratorias internas e internacionales que los asalariados de la gran propiedad agraria. De forma general, se observa un contraste importante entre el proceso de éxodo rural característico del norte y del levante y el proceso propio de las regiones del sur de España. Así en el norte y el levante, el éxodo se desarrollo a través de un proceso migratorio gradual, tanto en el tiempo como en el espacio, es decir a lo largo de un período de tiempo largo y por etapas, de zonas rurales a pequeñas ciudades y luego a ciudades mayores. En cambio en el sur, el proceso migratorio fue mucho más tardío, y en parte por esto mucho más rápido. Además las migraciones se realizaron directamente de zonas rurales hacia las zonas urbanas del norte, densas y con un crecimiento entonces más rápido y caótico. Tal como se ha indicado, este contraste se debe seguramente a las diferencias en la estructura de la propiedad agraria, y en parte también a las diferencias en las formas de poblamiento de la población rural.

REFERENCIAS

ERDOZAIN, P. y MIKELARENA, F. (1996), «Algunas consideraciones acerca de la evolución de la población rural en España en el siglo XIX» en Noticiario de Historia Agraria 12, 91-118.

GOERLICH GISPERT, F. J. Y IVARS, M. MAS (Drs.) J. AZAGRA ROS y P. CHORÉN RODRÍGUEZ (2006), La localización de la población española sobre el territorio. Un siglo de cambios, Bilbao, Fundación BBVA.

NICOLAU, Roser (1991), «Trayectorias regionales en la transición demográfica española» en Livi Bacci, M. (coordinador) Modelos regionales de la transición demográfica en España y Portugal, Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, Alicante

SÁNCHEZ ALONSO, B. (2000), Tose who left and tose who stayed venid: exaplaining emigration from the regions of Spainm 1880-1914.

SILVESTRE, J. (2005), «Internal migrations in Spain, 1877-1930» en European Review of Economic History 9, 233-265.

* Departament d’Economia i Historia Econòmica. UAB.

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