Costes hundidos: Los impactos ambientales y el PIB

Kristen Hite*

 

De acuerdo a los cálculos de la economía tradicional, el naufragio del petrolero Exxon Valdez ha sido considerado «el viaje más increíblemente productivo de un barco cisterna de toda la historia».(1)

El derrame de petróleo del Exxon Valdez en la costa de Alaska, reconocido como el mayor de la historia de EE UU, contribuyó significativamente al crecimiento económico al aportar miles de millones de dólares al Producto Interior Bruto (PIB). El gobierno estadounidense, la Exxon y otros inyectaron más de 2.500 millones de dólares a la economía local en concepto de actividades de limpieza, incluyendo la recogida del petróleo vertido y la rehabilitación de la vida silvestre (la recuperación del águila de cabeza blanca, por ejemplo, ascendió a unos 100.000 dólares por ejemplar) (Rodgers et al., 2005). Más de 180.000 demandantes provocaron unos 300 pleitos, que generaron una suma récord de 1.300 millones de dólares en concepto de honorarios y gastos legales (Rodgers et al., 2005; Beck, 2004). Después del accidente también aumentó el número de turistas, pero los proveedores locales de alojamiento tuvieron que rechazar a muchos curiosos pues estaban desbordados por el número de operarios que realizaban la limpieza (que también favorecieron los negocios), (EVOSTC, 2006; McDowell, 1990). Cuando hoy todo el mundo tiembla ante la perspectiva de que el barril de petróleo sobrepase los 200 dólares, el petróleo que en esos días de marzo de 1989 se derramaba en las tranquilas aguas del estrecho de Prince William reportó más de 1.000 dólares de gastos por barril.(2)

¿Cómo es posible que un desastre ecológico de semejante magnitud pueda contribuir al crecimiento económico? La respuesta señala el uso inadecuado de uno de los principales indicadores económicos: el Producto Interior Bruto (PIB). El caso del Exxon Valdez ilustra claramente la falacia de utilizar el PIB para medir el progreso socioeconómico.

Más allá de los beneficios netos para el PIB, el accidente del Exxon Valdez fue un desastre en todos los sentidos posibles. Como uno de los más grandes derrames de petróleo en la historia del planeta, el naufragio afectó a más de 2.000 kilómetros de costa y mató cerca de 400.000 aves, miles de nutrias, centenares de focas, numerosísimos peces y decenas de orcas (EVOSTC, 2006).(3) En 2006, diecisiete años después de los primeros análisis, un estudio de NOAA confirmó que los ecosistemas costeros y marinos en la zona del derrame aún no se habían recuperado plenamente: menos de la mitad de todos los recursos estudiados se había recuperado totalmente, todos los servicios humanos estaban aún en fase de recuperación y ciertos recursos sencillamente no se estaban recuperando (EVOSTC, 2006). Decenas de miles de personas perdieron sus medios de subsistencia, debido a que las fuentes de las que dependían todavía estaban recuperándose (EVOSTC, 2006). Casi dos décadas después del derrame de 1989, «la presencia de petróleo bajo la superficie continúa afectando a la vida silvestre y las actividades recreativas, exponiendo a los organismos vivientes a potenciales daños y perjudicando a visitantes y residentes, especialmente a quienes desarrollan actividades de subsistencia en las zonas costeras aún contaminadas» (EVOSTC, 2006). Además de los perjuicios económicos específicos, una estimación de los efectos sobre los recursos naturales valoró los pasivos ambientales en aproximadamente unos 2.800 millones de dólares (Carson et al., 1992).

¿Cómo puede un acontecimiento así beneficiar al PIB? El problema radica en aquello que el PIB mide y en lo que no mide. El PIB mide el valor monetario total del consumo de bienes y servicios dentro del mercado en un país determinado, pero no tiene en consideración las economías de subsistencia o los cambios de valor de los bienes públicos.

El PIB puede ser efectivo para calcular la productividad dentro del mercado, pero fracasa ostensiblemente a la hora de calcular el bienestar de los seres humanos y del medio ambiente.

En el caso del Exxon Valdez, el dinero gastado en las operaciones de limpieza, los estudios, la producción adicional para reemplazar el petróleo derramado y los 1.300 millones de dólares pagados como honorarios de abogados y gastos legales, todo pasó a ser tenido en cuenta en el PIB. Simultáneamente, los impactos sobre las actividades de subsistencia, la muerte de centenares de miles de animales y los perjuicios ecológicos permanentes sólo afectaron al PIB si tenían un impacto sobre el mercado comercial. Pese a que los impactos sobre la pesca comercial pueden substraerse del PIB, los efectos sobre la economía de subsistencia no son tenidos en cuenta. Del mismo modo, el perjuicio al capital natural (como la contaminación de los sedimentos con hidrocarburos, la mortandad de animales silvestres y los efectos perniciosos sobre el agua potable) no es cargado al PIB, mientras que los servicios aportados para limpiar estos bienes públicos sí cuentan como valores en nuestra producción nacional. El resultado es que los desastres ecológicos como el derrame del Exxon Valdez no inciden negativamente sobre los valores de nuestro PIB; es más, el sistema de contabilidad del PIB permite en realidad que los gastos de limpieza, los análisis y los gastos legales incrementen el índice de crecimiento.

Como muy bien ilustra este caso, uno de los principales déficits de la utilización del PIB para medir el bienestar económico es que sólo mide una porción de la economía, el consumo dentro del mercado (Daly, 2004). El gobierno estadounidense ha reconocido que el cálculo del PIB «no refleja el agotamiento o la degradación de los recursos naturales utilizados para producir bienes y servicios» (Consejo de Calidad Ambiental de EE UU, 1992). Si una sociedad depende de tasas de consumo cada vez mayores para mantener el bienestar económico, sería lógico usar el PIB para medir este progreso. En un mundo de recursos naturales infinitos, tal modelo podría ser convincente. Sin embargo, vivimos en un planeta con recursos naturales limitados, cuya producción tiene límites y cuya explotación genera costes ambientales y sociales que no se reflejan en los valores de producción. Por cierto, los bienes públicos como el aire limpio, el agua potable y los paisajes naturales —que contribuyen positivamente al bienestar humano— solamente son tenidos en cuenta en el PIB si sufren daños o explotación (y en este caso, sólo por los servicios de rehabilitación que hayan requerido).

Desde la Segunda Guerra Mundial, el PIB ha servido como medida universal de la salud económica y el bienestar de los países. Aunque pueda resultar de utilidad para medir los incrementos relativos de la producción de nuevos bienes y servicios, la valoración del PIB ha tenido un peso desproporcionado a la hora de tomar decisiones políticas y económicas importantes. El PIB puede ser efectivo para calcular la productividad dentro del mercado, pero fracasa ostensiblemente a la hora de calcular el bienestar de los seres humanos y del medio ambiente.

La incapacidad del PIB para calcular los bienes públicos y otros valores que están fuera del mercado comercial aporta una razón de peso para que dejemos de contar con él como nuestro áureo barómetro del progreso. Como han reconocido las Naciones Unidas, «el bienestar de una nación depende de factores que no se tienen en cuenta en los cálculos del PIB, como la distribución desigual de los ingresos, la calidad del medio ambiente o el tiempo de ocio» (Naciones Unidas, 2007). Hasta la OCDE ha propuesto el uso de otros indicadores para obtener una imagen más exhaustiva del bienestar (OCDE, 2006).

Lentamente, quienes toman las decisiones están incorporando nuevos sistemas para medir la evolución de la economía. El Índice del Progreso Genuino (GPI) está logrando reconocimiento como una alternativa prometedora al PIB y algunos gobiernos ya han reemplazado los cálculos del PIB por los indicadores del GPI. Al igual que el PIB, el GPI incluye el valor de los bienes y servicios producidos, pero este último incluye también otros sectores de la economía, como las actividades domésticas y otros valores no comerciales. Además, los valores del GPT se reducen cuando los recursos ecológicos están en riesgo. Otros indicadores, como el Índice de Sostenibilidad Ambiental, el Índice de Desarrollo Humano y el Índice de Bienestar, han sido propuestos como alternativas al PIB (aunque se utilizan menos que el GPI). La proliferación de indicadores alternativos plantea el interrogante de si debemos continuar utilizando el PIB, y cómo, a la hora de tomar decisiones políticas importantes.

Los indicadores económicos, ambientales y sociales que escojamos medir condicionarán nuestras políticas y, por consiguiente, influirán sobre la evolución de la sociedad. Cuanto más constatamos los límites de nuestros recursos naturales, si aspiramos a seguir disfrutando de los beneficios de los bienes públicos del planeta, más importante es que utilicemos un método mejor para evaluar otras áreas de nuestra economía, incluido el valor de los servicios que aportan los ecosistemas. Si nuestra intención es tender hacia un desarrollo sostenible, tenemos que trascender los métodos utilizados por el PIB, centrados en el consumo, y adoptar sistemas más inclusivos para la evaluación de la economía. Hasta ese momento, los accidentes como el del Exxon Valdez continuarán incrementando los valores del PIB y nuestras economías nacionales seguirán contabilizándolos como factores de progreso.

REFERENCIAS

BECK, Susan (2004), The Valdez Gusher. American Lawyer, marzo.

BROWN, Gardner (1992), Replacement Costs of Birds and Mammals. University of Washington.

CARSON et al. (1992(, A Contingent Valuation Study of Lost Passive Use Values Resulting From The Exxon Valdez Oil Spill. Report to the Attorney General of the State of Alaska.

DALY, Herman & FARLEY, Joshua (2004), Ecological Economics: principles and applications. Island Press.

Exxon Valdez Oil Spill Trustee Council (2006), Exxon Valdez Oil Spill Restoration Plan: Update on Injured Resources and Services.

Exxon Valdez Oil Spill Trustee Council (2007), GeFonsi & NRDA &R Status Reports, julio y agosto.

Exxon Valdez Oil Spill Trustee Council (2003), Updated History of Project Costs.

Government Accountability Office (1997). Natural Resources Restoration: Status of Payments and Use of Exxon Valdez Oil Spill Settlement Funds

MCDOWELL (1990), An Assessment of the Impact of the Exxon Valdez Oil Spill on The Alaska Tourism Industry, disponible en Exxon Valdez Oil Spill Trustee Council website, http: //www.evostc.state.ak.us/Universal/Documents/Publications/ Economic/Econ_Tourism.pdf.

Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (2006), Going for Growth.

RODGERS, William et al. (2005)m The Exxon Valdez Reopener: Natural Resource Damage Settlements and Roads not Taken, 22 Alaska L. Rev 135.

United Nations Department of Economic and Social Affairs (2007), Public Governance Indicators: A Literature Review.

U.S. Government (1992), White House Council on Environmental Quality. Accounting Systems Used to Estimate the GDP.

* Environmental Defense (khite@environmentaldefense.org)

1 Declaración de Marilyn Waring, citada por Roberts, Alex. We depend upon GDP but it has its flaws. The Chronicle Herald (17 de junio de 2007).

2 Cálculo basado en los 2.500 millones de dólares gastados por la Exxon + 1.000 millones de indemnizaciones, divididos por los once millones de galones de petróleo derramado y multiplicados por los 31 galones que contiene cada barril de crudo.

3 United States National Oceanic and Atmospheric Administration, Summary of Injuries to Natural Resources as a Result of the Exxon Valdez Oil Spill, 56 Fed. Reg. 14,687 (11 de abril de 1991).

Descargar artículo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *