La reducción del tiempo de trabajo y una estrategia ecológica post-crecimiento

Anders Hayden*

 

Desde los inicios de la revolución industrial, los trabajadores y sus aliados han defendido la reducción del tiempo de trabajo por dos razones fundamentales. Primero, porque ganar tiempo fuera del horario laboral es una vía fundamental para mejorar la calidad de vida. Segundo, porque la reducción de la jornada laboral ha sido considerada una forma de reducir el desempleo mediante la redistribución del empleo disponible. Con el tiempo, la difícil pero exitosa lucha por la reducción de la jornada laboral consiguió logros concretos, como las ocho horas diarias, el fin de semana de dos días, vacaciones pagadas, bajas por maternidad/paternidad y derechos a la jubilación. Actualmente, a tales motivaciones históricas para una reducción del tiempo de trabajo —empleo y tiempo extralaboral— se le ha sumado una nueva razón: la necesidad de reducir el impacto de las sociedades humanas sobre el medio ambiente.

La urgencia de reducir dichos impactos es evidente. El más reciente informe «Living Planet» llegó a la conclusión de que la huella ecológica de la humanidad se ha duplicado desde 1966, y que actualmente estamos consumiendo los recursos renovables y generando dióxido de carbono a un ritmo un 50 por ciento más rápido del que la Tierra puede mantener. Efectivamente, esto implica que serían necesarios 1,5 planetas para continuar con las actuales prácticas de consumo en el largo plazo (WWF, GFN y ZSL, 2010). Lamentablemente, no escasean las evaluaciones igualmente preocupantes. Entre ellas podemos citar las investigaciones del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), la confirmación que este año ha hecho la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de EEUU de una inequívoca tendencia al calentamiento global, las evidencias de que ciertos «límites planetarios» críticos, como los niveles seguros de CO2 , ya han sido superados (Rockstrom, 2009), y la Evaluación de Ecosistemas del Milenio (2005), que han certificado las excesivas presiones que los seres humanos estamos ejerciendo sobre las funciones naturales del planeta.

Ante tales amenazas ecológicas, las respuestas dominantes adquieren dos formas. Una de las respuestas ha sido continuar como siempre, en busca de una ilimitada expansión económica al mismo tiempo que se minimiza o se niega la severidad de los problemas ambientales. En muchos países, especialmente en Europa, esta perspectiva ha dado paso a un segundo tipo de respuesta: el concepto de modernización ecológica (ME), o crecimiento verde. Como proyecto político, la ME aspira a desvincular el desarrollo económico del uso total de recursos (insumos materiales y energéticos y generación de polución) mediante una mayor ecoeficiencia y tecnologías de bajo impacto ambiental. Rechazando cualquier tipo de conflicto entre crecimiento y medio ambiente, la ME enfatiza las oportunidades de «todos ganan» que pueden venir aparejadas con la acción medioambiental.

Aunque una aceleración de los logros de la ecoeficiencia y el despliegue de tecnologías verdes son sin duda necesarios, la evidencia hasta la fecha sugiere que esa desvinculación entre crecimiento e impacto ambiental no se está produciendo con la rapidez suficiente para alcanzar el objetivo de la sostenibilidad. Con frecuencia, los logros de la ecoeficiencia se ven superados por el constante crecimiento de la producción y del consumo. Es más, la evidencia sugiere que las naciones más ricas son más ecoeficientes que los países menos desarrollados, pero siguen teniendo una mayor huella ecológica per cápita, pues sus logros en eficiencia han sido insuficientes para ejercer de contrapeso a sus mayores niveles de producción, que continúan aumentando (York, Rosa y Dietz, 2004). Esto implica que los esfuerzos para mejorar la ecoeficiencia deben ser complementados con criterios de suficiencia, que reconozcan la necesidad de limitar la incesante expansión de la producción y del consumo. Más aún, la necesidad de cuestionar el «mito de la desvinculación» y de desarrollar nuevos criterios de «prosperidad sin crecimiento» fue una de las principales conclusiones de un reciente informe de la Comisión para el Desarrollo Sostenible del Reino Unido, en el que se analizaban las perspectivas de un crecimiento verde (Jackson, 2009).

La reducción del tiempo de trabajo sobresale como uno de los factores más importantes en los esfuerzos por ir más allá de un crecimiento económico continuo como objetivo central. Pondría en cuestión una de las fuerzas principales que están detrás del incremento de la producción (y de sus impactos ambientales), a la vez que brindaría potenciales beneficios a las personas, en términos de un mayor bienestar.

Los esfuerzos para mejorar la ecoeficiencia deben ser complementados con criterios de suficiencia

El incremento constante de la productividad laboral —rendimiento por hora de trabajo— pone a las sociedades contemporáneas ante dos opciones básicas. La gente puede seguir trabajando tanto como antes, aumentando cada vez más la producción y el consumo, o, por el contrario, el aumento de la productividad puede ser canalizado a favor de los beneficios inmateriales de una mayor «riqueza de tiempo». En las naciones ricas del Norte global, existen poderosas razones para trasladar el énfasis de la primera a la segunda opción, pasando de la búsqueda de cantidades cada vez mayores de rendimiento material a los potenciales beneficios en calidad de vida que lograrían las poblaciones hoy presionadas por el tiempo. En otras palabras, las políticas de reducción del tiempo de trabajo contribuirían a quebrar el «ciclo de trabajar y gastar» en el que se hallan atrapadas las personas de las naciones ricas; un modelo de largas horas de trabajo y un cada vez mayor gasto en consumo, que no consigue generar una mejoría duradera del bienestar y que contribuye al aumento de la degradación medioambiental. Un distanciamiento del crecimiento indefinido del consumo en el Norte global también está justificado por la necesidad de preservar «espacio ecológico» para el crecimiento del Sur global, donde hay necesidades legítimas de un aumento de la producción para reducir la pobreza.

De hecho, ya existen diferencias notables entre las naciones ricas en lo relativo al promedio de horas trabajadas per cápita, factor que, combinado con la productividad por hora de la mano de obra y el porcentaje de la población empleada, determinan el nivel de producción de una nación. Desde la década de 1970, se ha ido creando una brecha entre las naciones con extensos horarios laborales, como Estados Unidos, y varios países europeos con horarios laborales más cortos, como Holanda, Francia, Alemania y los países escandinavos. Esta diferencia en relación a las horas trabajadas se convirtió, a mediados de la década de 1990, en el principal factor detrás del mayor rendimiento per cápita de EEUU respecto a Europa, mientras que veinte años antes la razón era la mayor productividad por hora de la mano de obra estadounidense (Prescott, 2004). Efectivamente, en décadas recientes, los europeos han optado por utilizar al menos una parte de su aumento de productividad por hora trabajada para potenciar el ocio, en tanto que la sociedad estadounidense escogió casi exclusivamente incrementar la producción.

La liberación de tiempo de trabajo también proporcionaría a la gente mayores oportunidades de participar en la transformación ecológica y social de sus comunidades

Además de su importancia para limitar el crecimiento de la producción, un horario laboral reducido podría influir sobre las huellas ecológicas de otras maneras. La escasez de tiempo, con frecuencia, es un factor que lleva a los individuos a escoger estilos de vida menos ecológicos y a no desarrollar criterios de consumo más saludables. Al liberar tiempo, la reducción del horario laboral podría permitirle a la gente participar en actividades más sensatas desde un punto de vista ecológico y optar por estilos de vida y patrones de consumo que requieren más tiempo disponible. Entre los ejemplos a citar, podríamos mencionar la elección de la bicicleta o el transporte público en lugar de usar el coche privado, evitar los alimentos y otros productos preprocesados y excesivamente empaquetados, intentar cultivar ciertos alimentos que consumimos, utilizar más el tendedero que la secadora eléctrica, o reparar en vez de tirar los aparatos domésticos. La cuidadosa adopción de prácticas de consumo sostenible mediante la investigación del impacto ecológico de los productos es algo que también demanda tiempo. Mientras tanto, si la reducción de las horas de trabajo equivale a menos días laborables, uno de los resultados sería un menor consumo de la energía utilizada para desplazarse hasta los lugares de trabajo.

La liberación de tiempo de trabajo también proporcionaría a la gente mayores oportunidades de participar en la transformación ecológica y social de sus comunidades. Sin duda, no es completamente seguro que la gente vaya a dedicar más tiempo liberado a los compromisos comunitarios, pero iniciativas como las Ciudades en Transición, los huertos comunitarios, y la creación de fuentes locales de energía renovable se verían enormemente beneficiadas por la liberación de tiempo de la economía laboral hoy vigente.

La reducción del tiempo de trabajo también representa un factor importante en una respuesta ecológicamente sensata a los problemas de desempleo. Cuando estalló la actual crisis económica, la respuesta inicial de muchos países fue tratar de regresar cuanto antes al anterior modelo de crecimiento económico mediante el rescate de bancos y de empresas automovilísticas. (El más reciente cambio a favor de políticas de austeridad y profundos recortes presupuestarios en algunos países, amenaza con prolongar la crisis económica en lugar de optar concientemente por renegar del crecimiento como una prioridad social). Aun si fuese posible retornar al modelo de crecimiento económico anterior a 2008 —y hay razones para dudar de que tal cosa sea probable en un futuro próximo— su conveniencia debería ser cuestionada por razones ecológicas. Por ejemplo, en América del Norte, la expansión basada en el endeudamiento que se produjo antes de la recesión, contribuyó a un incremento de la antiecológica expansión suburbana, con viviendas excesivamente grandes a menudo construidas sobre excelente suelo agrícola o en los estados del Cinturón Soleado que se enfrentan a una escasez de agua a largo plazo, todo ello basado en infraestructuras viales intensivas en carbono. El periodo expansionista más reciente, que llevó a que el precio del petróleo alcanzase el récord de 147 dólares por barril, también fomentó las inversiones en proyectos energéticos altamente destructivos, como la extracción de petróleo de las arenas bituminosas del norte de Alberta, en Canadá. Restablecer semejantes formas de crecimiento de elevado impacto no puede considerarse una respuesta adecuada a los problemas de desempleo en una época de límites ambientales evidentes.

Una alternativa importante es generar puestos de trabajo verdes mediante la inversión en un sistema energético bajo en carbono, la modernización de las instalaciones en hogares y oficinas en pos de una mayor eficiencia energética, y en otros sectores de importancia ecológica; un modelo al que algunos han definido como un New Deal Verde. Algunas formas de expansión coherentes con esas líneas son todavía necesarias para hacer la transición a una economía sostenible. Más aún, la reducción del tiempo de trabajo proporciona una vía para distribuir mejor el trabajo disponible y reducir el desempleo, sin depender de un regreso a un modelo destructivo de crecimiento. Efectivamente, la reducción del tiempo de trabajo permite que cualquier nivel de producción revierta en mayor generación de empleo. Es más, la tendencia a un aumento constante de la productividad por hora es muy probable que continúe en el futuro; como resultado, será necesario incrementar el rendimiento económico o reducir las horas de trabajo para mantener los niveles de ocupación. Por las razones ecológicas planteadas más arriba, es necesario evitar centrarse en el crecimiento económico y poner énfasis en políticas de reducción del horario laboral, que evitarán el aumento del desempleo.

La reducción del tiempo de trabajo se presenta cada vez más como una necesidad para ahorrarle al planeta los saqueos que requiere el crecimiento permanente de la producción, pero también brinda posibilidades para una vida mejor. Crea oportunidades para una amplia gama de actividades libremente elegidas y autogestionadas, más allá del ciclo de trabajar y gastar: más tiempo para la familia y los amigos, participación comunitaria y política, aprendizaje, crecimiento personal, hobbies, proyectos personales o simplemente holgazanear. Para mucha gente que padece altos niveles de presión laboral y de stress, la reducción del horario de trabajo les ofrecería la oportunidad de hacer menos y relajarse más, con significativos beneficios en términos de salud física y mental. Durante la reciente introducción de la semana laboral de 35 horas en Francia, a pesar de la considerable controversia política que generó y de cierto parón en el crecimiento de los salarios, una vasta mayoría de quienes disfrutaron del horario reducido afirmó que, en general, su calidad de vida había aumentado (Méda, 2001). Paralelamente, estudios realizados en Alemania mostraron que los individuos que trabajaban menos horas tenían niveles de satisfacción más altos, a la vez que evidencias similares en otros países europeos confirman que donde se trabaja menos por semana se alcanzan mayores niveles de satisfacción vital (Alesina, 2005).

La reducción del tiempo de trabajo proporciona una vía para distribuir mejor el trabajo disponible y reducir el desempleo, sin depender de un regreso a un modelo destructivo de crecimiento

Una reducción del tiempo de trabajo en el mercado laboral tiene la posibilidad de favorecer otra meta que ha sido importante para muchos miembros del movimiento ecologista: una mayor igualdad entre hombres y mujeres a través de la distribución más equitativa del trabajo remunerado y no remunerado. Sin duda, esto requiere que la reducción del tiempo de trabajo se dé de tal forma que permita a las mujeres participar como iguales en el mercado laboral y fomente que los hombres tengan un papel mayor en las tareas domésticas, en lugar de concentrar en las mujeres las reducciones de tiempo de trabajo remunerado, y esto exige esfuerzos complementarios para modificar las normas culturales. Una semana laboral más corta puede ser especialmente beneficiosa al permitir a las mujeres con hijos pequeños compaginar un empleo a tiempo completo con las responsabilidades familiares; sería esta una alternativa más igualitaria al habitual nivel de segunda clase que se otorga al trabajo a tiempo parcial o a la completa retirada del mercado laboral. Estudios realizados en Francia después de la introducción de la semana de 35 horas hallaron que las mujeres trabajadoras con hijos menores de 12 años estaban entre las más satisfechas con la reforma: el 71 por ciento aseguró que su vida cotidiana había mejorado, mientras que sólo el 4,8 por ciento afirmó que había empeorado (Cette, Dromel y Méda, 2005, 121). El hecho de que una semana laboral más corta permitiese a los hombres pasar más tiempo en casa con los niños también contribuyó a favorecer una evolución a favor de una mayor equidad en las responsabilidades domésticas; por no mencionar los beneficios para los niños, al contar con ambos padres más implicados en sus vidas. Las políticas de baja por maternidad que reservan a los padres algunos meses de la baja disponible, como sucede en los países escandinavos, también favorecen la evolución cultural hacia una distribución más equitativa de las tareas relacionadas con el cuidado de los niños.

Mientras que los defensores de una reducción del tiempo de trabajo llevan años insistiendo en los beneficios ecológicos de tal medida (por ejemplo: Gorz, 1994; Lipietz, 1995; Hayden, 1999; De Graaf, 2010; NEF, 2010; Schor, 2010a), recientemente han aparecido evidencias empíricas que apoyan tales afirmaciones. Un estudio realizado por dos economistas estadounidenses (Rosnick y Weisbrot, 2006) encontró una significativa relación entre horas de trabajo y consumo energético. Su modelo económico demostró que si los países de Europa adoptasen el horario laboral de EEUU, consumirían un 25 por ciento más de energía (haciendo inalcanzables las metas del Protocolo de Kioto); con igual criterio, EEUU consumiría cerca del 20 por ciento menos de energía si adoptase el equilibrio europeo entre trabajo y ocio (facilitando el cumplimiento de los límites establecidos en Kioto).

En una comparación entre países de la OCDE y otros que no lo son, John Shandra y yo encontramos apoyo estadístico a la idea de que cuanto más extenso es el horario laboral, también lo es la huella ecológica (Hayden y Shandra, 2009). El factor principal es la contribución de un horario laboral más extenso al incremento del PIB, que, a su vez, está asociado con un mayor impacto ambiental. También comprobamos que las horas de trabajo continúan positiva y significativamente asociadas con las huellas ecológicas, aun después de considerar su contribución al rendimiento económico. Esto parece evidenciar un efecto de escasez de tiempo, según el cual largas horas de trabajo conducen a una combinación ecológicamente perjudicial de consumismo y estilos de vida insostenibles; aunque este tema específico requiere mayor investigación.

Un estudio hecho por dos investigadores suecos (Nässen y Larsson, 2010) encontró resultados comparables al observar el ámbito doméstico. Llegaron a la conclusión de que una reducción del uno por ciento del tiempo de trabajo hace descender el uso de energía doméstica y la emisión de gases de efecto invernadero un 0,8 por ciento. La razón principal es que menos horas de trabajo equivalen a ingresos inferiores y menos consumo. Mirando hacia el futuro, compararon dos posibles escenarios para Suecia. Según el primero, la semana laboral continuaría siendo de 40 horas y todos los futuros aumentos de la productividad laboral serían utilizados para subir los salarios y potenciar el consumo. En el segundo escenario, la mitad del aumento de la productividad se utilizaría para lograr reducir la semana laboral a 30 horas en 2040. Han calculado que el segundo escenario tendría como resultado un crecimiento considerablemente más lento de la demanda de energía, facilitando así que el país cumpla con sus compromisos climáticos.

Paralelamente, el economista ambiental canadiense Peter Victor (2008) ha señalado que la reducción del tiempo de trabajo es un factor importante en una transición controlada del actual modelo económico de crecimiento hacia la sostenibilidad ecológica. Su modelo económico muestra que un cambio a una economía de no crecimiento, conjuntamente con un impuesto sobre el carbono, permitiría que Canadá redujese significativamente sus emisiones de gases de invernadero. Semejante escenario sería compatible con el pleno empleo y una reducción de la pobreza si se introdujesen políticas complementarias, entre ellas, la reducción del horario laboral y el gasto social redistributivo.

Estos hallazgos remarcan la importancia de hacer frente a las presiones para aumentar las horas de trabajo y de revitalizar el movimiento a favor de la reducción del horario laboral. Este movimiento tiende a avanzar y retroceder en oleadas. Durante los últimos años del siglo XX y a comienzos del actual, en ciertos países se consiguieron algunos logros en la reducción de las horas de trabajo; por ejemplo, la decisión tomada en Francia en 1998 para introducir la semana laboral de 35 horas, y la huelga nacional de ese mismo año en Dinamarca, que logró que se concedieran a los trabajadores seis semanas de vacaciones anuales pagadas. Teniendo en cuenta la resistencia de la patronal a cualquier forma colectiva de reducción del tiempo de trabajo, como la semana laboral más corta, surgieron opciones de carácter más individual —o «soberanía horaria»— que permiten al empleado escoger horarios más cortos por razones personales o familiares. Por ejemplo, la legislación aprobada en Holanda en 2000 garantiza a los trabajadores el derecho a reducir sus horas de trabajo al tiempo que se mantiene la misma paga por horas y los beneficios prorrateados. Dinamarca introdujo un innovador sistema de bajas laborales pagadas, ya sea con fines de formación, atención familiar o simplemente sabáticos, que permiten la «rotación laboral» entre empleados y desempleados, y genera oportunidades de mayor capacitación profesional (modelo éste que ha inspirado medidas similares en otros países). En 2002, Bélgica estableció un sistema de «crédito de tiempo» que permite que los trabajadores puedan tomarse una baja de un año durante su etapa de capacitación y optar por una semana laboral de cuatro días durante un plazo máximo de cinco años, mientras el Estado les paga una prestación.

Sin embargo, estos avances fueron contrarrestados con la teoría de que la gente necesitaba trabajar más para ganar más y así poder competir en la economía globalizada, favoreciendo así el crecimiento económico. Una muestra de estos planteamientos podemos verla en Francia, donde a partir del acceso de Sarkozy a la presidencia, se ha debilitado la legislación relativa al horario laboral, mientras que en otros países los trabajadores son presionados para aceptar horarios laborales más largos y, con frecuencia, sin ningún aumento de los salarios.

Actualmente, la reducción del tiempo de trabajo vuelve a estar de actualidad; especialmente a través de modalidades que implican compartir temporalmente el trabajo, o jornadas laborales más cortas, motivadas por la recesión económica. En Alemania, las políticas de kurzarbeit promueven la reducción del horario laboral como una alternativa a la pérdida de puestos de trabajo. Los trabajadores pueden optar, por ejemplo, a una semana laboral de cuatro días y el gobierno aporta el salario del quinto día. La OCDE reconoce que esta política ha permitido salvar 500.000 puestos de trabajo y contribuido a que la tasa de paro en Alemania no se haya disparado, a pesar de la grave contracción económica. Pese a que es menos habitual en Estados Unidos, varios estados tienen programas para compartir el trabajo, que permiten a los trabajadores capitalizar seguro de desempleo por los días que no trabajan. La socióloga estadounidense Juliet Schor (2010a) argumenta que estos programas son «una vía de acceso a una economía más sana». Brindan a los trabajadores estresados la posibilidad de experimentar un horario más breve y confirmar el tiempo que han estado perdiendo sin disfrutar de la vida. Por otra parte, compartir el trabajo contribuye a «mantener el equilibrio del mercado laboral, tanto si la actividad económica permanece estable como si se reduce»; una importante lección a aprender para un futuro distanciamiento del crecimiento económico como prioridad social dominante.

Estos avances fueron contrarrestados con la teoría de que la gente necesitaba trabajar más para ganar más y así poder competir en la economía globalizada, favoreciendo así el crecimiento económico

La idea de que la reducción del tiempo de trabajo merece ser un elemento importante de cualquier estrategia ecológica —algo que desde hace años vienen defendiendo tanto académicos como activistas verdes— ha comenzado a obtener cierto reconocimiento institucional. La Comisión para el Desarrollo Sostenible del Reino Unido identificó «el reparto del trabajo y el fomento del equilibrio entre vida y trabajo» como uno de los doce pasos hacia una economía sostenible (Jackson, 2009). Simultáneamente, el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, en un informe sobre empleo verde, reconoció que «la canalización del incremento de la productividad hacia más tiempo de ocio en lugar de salarios más altos, que pueden fomentar un aumento del consumo, cada vez tiene mayor sentido desde una perspectiva ecológica» (PNUMA, 2008, 81-82).

La reducción del tiempo de trabajo tiene el potencial de generar un doble dividendo de menor impacto ambiental y mayor calidad de vida en los países ricos

La reducción del tiempo de trabajo tiene el potencial de generar un doble dividendo de menor impacto ambiental y mayor calidad de vida en los países ricos, al mismo tiempo que se preserva espacio ecológico para que las naciones pobres incrementen la producción y reduzcan la pobreza. No debemos hacernos ilusiones de que tal cosa sea fácil de lograr; la historia a partir de la revolución industrial nos demuestra que han sido necesarias importantes movilizaciones políticas para vencer la resistencia de buena parte de la patronal. El debilitamiento del movimiento sindical en numerosos países y las cada vez mayores presiones de la globalización crean nuevos obstáculos para reducir el tiempo de trabajo de manera que, al mismo tiempo, se mejore la calidad de vida y se mantengan salarios dignos para los trabajadores. Pero en un contexto de serias preocupaciones por la degradación ambiental y, particularmente, ante la urgente necesidad de reducir las emisiones que favorecen el cambio climático, es posible que en los próximos años encontremos una nueva predisposición ante la idea de que necesitamos alternativas a esta visión del progreso fundamentada en el crecimiento económico permanente.

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* Profesor adjunto, Departamento de Ciencias Políticas, Dalhousie University, Canadá (anders.hayden@dal.ca).

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