Entrevista a Jason Moore: Del Capitaloceno a una nueva política ontológica

Entrevista a Jason Moore: Del Capitaloceno a una nueva política ontológica[1]

Entrevista realizada por Jonah Wedekind y Felipe Milanez.

Edición, transcripción y traducción: Joaquim Muntané Puig.

Palabras clave: ecología-mundo, tejido de la vida, Capitaloceno, fronteras de las mercancías, política ontológica

 

Jason W. Moore es profesor de Historia Universal en la Binghamton University y coordinador de la World-Ecology Research Network. Gran parte de sus trabajos sobre desarrollo del capitalismo, historia ambiental, ecología-mundo y ecología política está disponible en su página web,[2] donde también hay extractos de su último libro, Capitalism in the web of life (Verso, 2015). Moore es editor del nuevo volumen Anthropocene or Capitalocene? Nature, history, and the crisis of capitalism (PM Press/Kairós, 2016).

¿Ecología política o ecología-mundo?

Creo que ambas. En la ecología política existen dos almas, la primera de las cuales dice que sí, que los humanos son una parte de la naturaleza y que todo lo que hacen está enmarañado en el tejido de la vida (web of life). Creo que esa perspectiva filosófica ha estado presente desde hace tiempo en la ecología política y en otros campos del pensamiento ambiental. A lo largo de los años, la cuestión ha sido cómo pasar de hacer la ecología política del colonialismo, del neoliberalismo o de algún otro proceso social a entender esos procesos sociales que son centrales en la modernidad ─como la acumulación de capital, el colonialismo, la construcción nacional, la formación del Estado nación─ como procesos y proyectos socioecológicos en sí mismos. Creo que la ecología política se encuentra ahora en un proceso de replanteamiento y reevaluación que nos llevará ─espero─ a una ciencia social histórica poscartesiana en la que la modernidad sea entendida como una serie de procesos y proyectos para recrear el tejido de la vida, constituida a través de la naturaleza. Bajo esta perspectiva, el capitalismo no solo actúa sobre la naturaleza, sino que se desarrolla a través del tejido de la vida y es transformado por una serie de relaciones que sin duda escapan al control de los actores políticos y económicos.

Defiendes el Capitaloceno como un concepto útil para apropiarse de la idea de Antropoceno con fines más políticos y como una forma de rehistorizar el propio Antropoceno. ¿En qué sentido?

De nuevo, creo que hay dos almas en el argumento del Antropoceno. Una es directamente el argumento geológico, que tiene que ver con la búsqueda de los llamados picos dorados y con el examen de señales estratigráficas. El otro argumento, que es el que ha ganado tanta popularidad, consiste en reconfigurar la historia del mundo moderno como la edad del hombre, “el Antropoceno”. Este es un viejo truco capitalista: decir que los problemas del mundo son los problemas creados por todos, cuando en realidad han sido creados por el capital. Y es por esto que creo que deberíamos hablar del Capitaloceno, como una era histórica dominada por el capital. Si nos fijamos en el periodo que va de 1450 a 1750, vemos una revolución en la producción del medio ambiente (environment-making revolution) sin precedentes desde la revolución neolítica, con el amanecer de las primeras ciudades. Esa revolución estuvo marcada (e incrementada en escala, alcance y velocidad) por el cambio ambiental que emanó del capitalismo atlántico-céntrico. Una transformación de paisajes y ambientes muy rápida que afectó una región del planeta tras otra. En estos siglos vemos no solo una nueva dominancia de la producción e intercambio de mercancías en la transformación del ambiente global, sino también nuevas formas de ver y entender la naturaleza con mayúscula ─es decir, la Naturaleza como algo “ahí fuera”, fuera de la sociedad, pero que incluye mucha gente no blanca, muchas mujeres, quizás incluso la mayor parte de la humanidad─. El Capitaloceno en sentido amplio va más allá de la máquina de vapor y entiende que el primer paso en esta industrialización radical del mundo empezó con la transformación del medio ambiente global en una fuerza de producción para crear algo a lo que llamamos la economía moderna y que es mucho más grande de lo que puede contener el término economía.

¿A qué te refieres con el concepto de “tejido de la vida”?

Una de las cosas que la ecología-mundo (world-ecology) ha argumentado es que necesitamos un nuevo vocabulario conceptual para hablar sobre las relaciones de producción de la vida (life-making), que son poderosas y creativas y dinámicas, incluyendo la transformación humana de los ambientes globales actual e históricamente. Tradicionalmente en el pensamiento ambiental se ha hecho énfasis en los dos extremos: los humanos y la naturaleza; la sociedad y la naturaleza. La ecología-mundo ─que no es la ecología del mundo, sino más bien una perspectiva que propone empezar por las relaciones de producción de la vida, de lo que llamamos el oikos─ pasa de esta visión dualística a una relación generativa, creativa, dinámica, multinivel, y es una forma de recordarnos que esta relación da lugar a una multitud de combinaciones de ambientes humanos y no humanos. El tejido de la vida es una forma de situar todo lo que hacen los humanos dentro de una totalidad mayor en la que obviamente somos una poderosa especie de producción del medio ambiente (environment-making), y en la que, a la vez, como especie, tenemos una historia construida por todo tipo de actividades productoras de vida y por una gran serie de procesos geológicos y biogeográficos.

¿Qué son las “fronteras de las mercancías” (commodity frontiers) y qué viene después de ellas?

El desarrollo del capitalismo entre 1450 y 1750 marcó el patrón para todo lo que vino después. Por primera vez en la historia, tuvo lugar una inversión de un mecanismo que había aguantado durante miles de años: en las civilizaciones precapitalistas, el crecimiento de la población iba sucedido de una expansión en los asentamientos, a la que seguían el comercio, los mercados y el intercambio y producción de bienes. Durante el largo siglo xvi, ocurrió lo contrario: en vez de desplazarse primero la población, fueron las mercancías las que cambiaron de sitio primero, y la población las siguió. En este contexto, la importancia de las fronteras ─especialmente para actividades agrícolas, metalúrgicas y mineras─ deriva de que son el sitio donde se dan las formas más precoces y avanzadas de organización industrial. Y no solo eso, sino que las fuentes de capital y los inputs más cruciales fluyen desde las fronteras hacia los centros industriales y financieros globales. Así que hay un íntimo vínculo entre la incesante búsqueda de naturaleza barata (cheap nature) en las fronteras y la industrialización de las áreas centrales del sistema mundial. Y creo que esta historia se extiende incluso hasta el auge de la China actual, el cual está en gran parte basado en la explotación de una frontera laboral formada por entre dos y tres millones de campesinos expulsados de sus tierras y forzados al trabajo industrial y urbano.

¿Hacia dónde deben ir los movimientos transformadores actualmente?  

Creo que estamos viendo el nacimiento de lo que llamaría una nueva política ontológica. Aunque suena muy académico, creo que es crucial entender qué tipo de formas de hacer política serán necesarias para forjar un proyecto político emancipador y sostenible en el siglo xxi. Esta nueva política ontológica trata fundamentalmente de la elaboración de nuevas concepciones éticas y políticas de lo que es valioso, y es una cuestión que ha sido planteada durante largo tiempo por ecologistas, activistas laborales, feministas, activistas poscoloniales, etc. Creo que a nuestro alrededor existe un nuevo escenario político, y destacaría la soberanía alimentaria como un ejemplo muy expresivo de esta nueva política ontológica.

Para el argumento de la soberanía alimentaria, la distribución equitativa y justa, el acceso a los alimentos, el derecho a la determinación cultural, a la democracia y algo que podemos llamar sostenibilidad ecológica son cuestiones que forman parte de un solo proceso y no pueden separarse en el sistema actual. Así que necesitamos una política ontológica que sea una política del valor, que sea holística y relacional, que recoja las relaciones de sostenibilidad no solo en un sentido ambiental estricto: necesitamos algo mucho más amplio, una forma de valorizar el trabajo tanto de la naturaleza extrahumana como de la naturaleza humana, y muy especialmente el trabajo de las curas y el reproductivo.

Creo que la ecología política y los nuevos movimientos sociales que adoptan estas políticas ontológicas pueden converger y entrar en una conversación muy fructífera. El resultado de esta sería aprender que los tejidos conectivos del bienestar humano y extrahumano son muy poderosos y pueden nutrirse el uno al otro tanto en un sentido biofísico como en un nuevo imaginario de creación de un mundo en el que la vida humana y extrahumana puedan emanciparse del dictamen del capital.

[1] La entrevista fue realizada en junio de 2015 en la Universidad Boğaziçi en Estambul, Turquía. La versión original fue publicada en ENTITLE blog y está disponible en: https://entitleblog.org/2016/01/12/jw-moore-politicalecology-or-worldecology/

[2] Véase: http://www.jasonwmoore.com/Essays.html

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