Ecofeminizar el territorio. La ética del cuidado como estrategia frente a la violencia extractivista entre las Mujeres de Zonas de Sacrificio en Resistencia (Zona Central, Chile)

Paola Bolados García,* Alejandra Sánchez Cuevas,* Katta Alonso,** Carolina Orellana,** Alejandra Castillo** y Maritza  Damann**

Palabras clave: ecología política feminista, Zonas de Sacrificio, extractivismo, ética del cuidado  

 

Resumen

Analizamos las territorialidades que emergen de las luchas y resistencias de las mujeres frente a los extractivismos que han convertido sus comunidades en Zonas de Sacrificio. Desde la etnografía colaborativa, proponemos un debate crítico y reflexivo sobre las relaciones de poder que históricamente han dejado marginadas a las mujeres, las cuales hoy se articulan de forma política frente a la violencia naturalizada impuesta por el modelo neoliberal en Chile. En el marco de estas prácticas que emergen en la denominada “Zona de Sacrificio de Puchuncaví- Quintero” (Zona Central, en Chile), destacamos la ética del cuidado que sus estrategias y acciones promueven.

Mujeres…

En el año 2015 nació la organización Mujeres de Zonas de Sacrificio en Resistencia, en la región de Valparaíso-Zona Central de Chile. Esta fue la primera agrupación de la región compuesta solo por mujeres, luego de una larga historia ambiental de contaminación y de la construcción de un territorio sacrificado bajo una narrativa y un imaginario de desarrollo nacional. Este proceso comenzó con la construcción y puesta en marcha de una refinería de cobre de la Empresa Nacional de Pequeña Minería (ENAMI, actualmente CODELCO Ventanas) y una termoeléctrica a carbón en la década de 1960, y pese a las mejoras de monitoreo y la incorporación de nuevas tecnologías, se aceleró con la expansión de las empresas instaladas durante los años noventa. Así se conformó el polo petroquímico denominado Complejo Industrial Ventanas y se modificó radicalmente el paisaje costero de la bahía para transformarlo en una cuenca de soporte del extractivismo minero-energético exportador con más de quince empresas de alta peligrosidad y toxicidad. Entre ellas, seis termoeléctricas, tres empresas de gas, tres de distribución de hidrocarburos, dos de sustancias químicas, una de cemento y una de asfalto. Todas ellas emplazadas en un radio de menos de cinco kilómetros y en medio de dos comunas con una población de casi treinta mil personas (imagen 1).

 

Imagen 1. Mapa de las empresas ubicadas en la bahía de Quintero. Fuente: elaboración propia.

No resulta complejo imaginar el rápido deterioro de las actividades agrícolas, ganaderas y pesqueras que se desarrollaban en esta región, hasta entonces conocida como proveedora de alimentos, en particular granos (legumbres). Con una estructura hacendal proveniente de la colonia y prologada durante la república, las relaciones de género se experimentaban bajo una perspectiva nada distinta a la existente en el resto de América Latina: sociedades coloniales caracterizadas por relaciones de género fuertemente arraigadas en sistemas patriarcales fundadas en una diferenciación sexual subordinada. Con el crecimiento del polo petroquímico Ventanas en la bahía de Quintero, se reafirmó una lógica extractivista que marginaba el acceso de las mujeres a la costa, en particular porque las empresas allí emplazadas desarrollaron actividades en su mayoría receptoras de fuerza laboral masculina.

No obstante, a partir de las intoxicaciones sufridas por estudiantes por inhalación de dióxido de azufre (SO2) en la escuela La Greda en 2011, comenzó una nueva configuración del rol de las mujeres, quienes fueron tomando protagonismo en las resistencias frente a los permanentes desastres generados por la contaminación: arsénico y anhídrido sulfuroso en el aire, plomo, cadmio y mercurio en los suelos, petróleo y carbón en el borde costero a causa de los derrames persistentes fueron solo algunas de las situaciones con las que muy pronto las comunidades empezaron a convivir y a las que se fueron habituando y también enfrentando. Hasta ese momento centradas en el cuidado de las familias en el campo de lo doméstico, las mujeres iniciaron un activismo en el ámbito público y político en el territorio. Desde esa nueva posición, denuncian los daños y transformaciones sufridos por sus cuerpos y sus territorios como consecuencia de la violencia extractivista y patriarcal desplegada en sus espacios vitales y cuestionan la visión binaria de género que les asigna un rol pasivo (Rocheleau et al., 2004; Puleo, 2009). Una posición que las enfrenta con hombres y mujeres de la comunidad cuyos ingresos dependen directa o indirectamente de las empresas emplazadas en el territorio (imagen 2).

Imagen 2. Zona de Sacrifico de la bahía de Quintero. Fuente: elaboración propia.

Resistencia a la violencia extractivista a partir de la ética del cuidado

A pesar de que el tema de las Zonas de Sacrificio ha tenido un tratamiento académico (Lerner, 2010; Svampa y Viale, 2014), esta denominación se popularizó en Chile por el uso que le dieron algunas ONG medioambientales tras la intoxicación masiva producto de la contaminación por dióxido de azufre (SO2) que en 2011 afectó a veintitrés niños y siete profesores de la escuela municipal de la localidad de La Greda, en la comuna de Puchuncaví (Terram, 2012; Oceana, 2012). Dichas ONG definieron cinco territorios como Zonas de Sacrificio en Chile, una de ellas la bahía de Quintero. Décadas de contaminación desencadenaron sufrimiento e injusticia ambiental y culminaron con reiteradas intoxicaciones en La Greda y tres grandes derrames de hidrocarburos en la bahía durante los años 2014 y 2016, lo que llevó a las mujeres a organizarse con la denuncia de la violencia de los extractivismos como eje central de sus acciones y discursos.

A través de acciones llevadas a cabo en el espacio público, como protestas y cortes de rutas, se manifestaron para hacer visibles las desastrosas consecuencias para la salud de la población, principalmente de niños y niñas. Lo hicieron a partir de la reivindicación de una vida digna, el derecho a un entorno saludable y el acceso democrático a “su bahía”, del que se las ha despojado sistemáticamente en nombre del progreso. Sus cuerpos marcan así una territorialidad de resistencia que se constituye en nuevas formas de pensar y ocupar el espacio como mujeres que se resisten a la victimización llevada a cabo por las estructuras de dominación. Se resisten a la denominación de “Zonas de Sacrificio” y están dispuestas a romper la estructura de opresión de género existente mediante la unión de diversas localidades de las comunas afectadas, el traspaso de los límites políticos y administrativos oficiales y la creación de una nueva territorialidad en torno al cuidado de la comunidad. Despliegan acciones fundadas en el cuidado del ecosistema como un todo y ponen en el centro de su lucha la valoración de una vida sana y digna, que no es una mercancía sujeta al intercambio monetario (imágenes 3 y 4).

Imágenes 3 y 4. Movilización del año 2016 para la que se organizaron mujeres de Horcón, Ventanas y Puchuncaví. Autora: Carolina González.

Sus acciones cuestionan el desarrollo económico como narrativa de sus sacrificios, apuntan a unir fuerzas femeninas para seguir desnaturalizando la violencia patriarcal en otras redes y colectivos de mujeres a nivel nacional, promueven nuevos significados ecofeministas en la relación entre género y naturaleza con una mirada centrada en el cuidado y la protección de la tierra y denuncian la degradación del ecosistema que aman y por el que sufren. Proponen ampliar la problematización de la violencia de género vinculándola a una violencia extractivista ambiental de base. Se resisten a quedarse en sus casas esperando un desenlace fatal y en cambio proponen acciones para cuidar de sí mismas y también del tejido social y comunitario dañado. Lo hacen a través de actividades educativas con la comunidad, realizadas a través de la casa de la mujer, de organizaciones artesanales y grupos de trabajo con jóvenes de las comunas afectadas llamados Hijos de la Contaminación.

A su vez, ponen sus esfuerzos en articular redes más allá de lo local, en particular con agrupaciones de otras Zonas de Sacrificio y otros grupos de mujeres, y rescatan el concepto de biosfera para dar cuenta del vínculo indisociable con el entorno del que forman parte. Así lo explicó un miembro de la organización en octubre de 2017:

Tenemos que salir de la falacia del genocidio neoliberal. La naturalización de la violencia es brutal porque no se quiere ver que en definitiva esa violencia ejercida contra la biosfera nos afecta a nosotras mismas. No hablamos de medioambiente porque no somos la mitad, somos un todo… Esto es superimportante, se debe ampliar y poner en debate en la red nacional por la no violencia. Allí no existe esta asociación, las mujeres de la red nacional de no violencia están muy centradas en temas como el aborto en tres causales, lo que está muy bien, y también se ocupan de otras manifestaciones de la violencia, como la violencia intrafamiliar. Pero no se han movilizado a favor de las mujeres inmersas en biosferas degradadas. Es duro vivir en una biosfera degradada. ¿Cómo nos vamos a desarrollar así? Es una violencia que también debe ser considerada porque está en la base de las otras.

De esta manera, resignifican categorías como resistencia y feminismo. Esta reelaboración tiene como eje sus experiencias de sufrimiento e injusticia ambiental en el territorio, que mapean desde sus historias de vida: el nacimiento de sus hijos; las trayectorias laborales de las mujeres y de sus parejas asociadas a las empresas, y en particular las enfermedades de sus hijos, padres y abuelos. Estos son los hitos que activan cada vez más el trabajo colectivo reciente. Esto lo hacen en el territorio articulando organizaciones y generando vínculos con otras mujeres, por ejemplo con las mujeres de Huasco en el norte y de Coronel en el sur (ambas también consideradas como Zonas de Sacrificio).

Entienden que una ética del cuidado se sobrepone a la discusión feminista, en particular la que reproduce un modelo capitalista y patriarcal. Así lo explicaba Carolina, miembro de la agrupación, en octubre de 2017:

Yo estaba pensando que en varias ocasiones ha pasado que cada agrupación de mujeres pone como una obligación definirse como feministas. Es terrible que nos comencemos a discriminar porque no sentimos el feminismo de la misma forma. Esa es una manera capitalista y neoliberal de ser feministas. Sentirse y ser feminista es algo que tiene tantas expresiones como mujeres hay en el mundo. Por eso me parece superneoliberal esa estrategia de difundir que hay solo una forma de hacer feminismo, que las feministas debemos ser iguales y no respetar nuestras diferencias.

Por eso esa ética hoy se concentra en el cuidado y protección de la salud de la comunidad y desde ella abordan el resto de las condiciones del territorio.

Katta Alonso explica que, como estrategia de lucha, “hemos decidido formar una organización de mujeres para llegar a las mujeres por los hijos, por la salud. El movimiento anterior nos hizo dar cuenta de que estamos en un entorno muy machista”. En cuanto al concepto de resistencia, lo reconceptualizan y reorientan para superar esa forma de dominación colonial (que llevaba a aguantar el sistema y el modelo que enfermaba a sus familias, su comunidad y a ellas mismas) y dotarlo de un sentido de lucha y transformación social radical. Como afirma Alejandra, “la resistencia tiene esa ambivalencia… que por un lado puede ser aguantar y por otro es luchar. Para mí es luchar”.

A modo de reflexión final

Estas mujeres se inscriben entonces en una ecología política feminista que están construyendo y en un feminismo que debate los efectos del modelo androcéntrico y patriarcal, el cual debe emerger en un contexto extractivista arraigado como es el que profesa, defiende y alimenta Chile. Sus acciones se inspiran en las luchas de mujeres indígenas y campesinas que se oponen al capitalismo con el cuidado de la madre tierra. Ellas desnaturalizan el patriarcado extractivista a través de sus acciones y cuestionan lo que definen como una desesperanza aprendida. Luchan contra el desgaste, los estigmas y la propia presión de lo que denominan formas de feminismo capitalista. A partir de la pena, la frustración y la rabia por el empobrecimiento y el genocidio que las tiene actualmente activas, buscan construir una territorialidad del cuidado con sus prácticas y acciones colectivas. La ética del cuidado se construye a partir de sus prácticas como mujeres y de la ruptura de las concepciones dualistas que refuerzan la idea del cuidado confinado al espacio doméstico (al que históricamente se las ha relegado) y lo abren a esferas públicas de la política.

Agradecimientos

Este artículo es parte del proyecto Fondecyt 11140795 “Neoliberalismo, naturaleza y neoextractivismo: conflictos socioambientales y territoriales y el surgimiento de identidades posneoliberales (región de Valparaíso, Chile)”.

Bibliografía

Lerner, E., 2010. Sacrifice Zones: the front lines of toxic chemical exposure in the United States. Cambridge, MIT Press.

Oceana, 2012. “El drama de las Zonas de Sacrificio”. Disponible en: http://oceana.org/sites/default/files/El_drama_de_las_zonas_de_sacrificio_-_Evolucion.pdf, consultado el 5 de octubre del 2017.

Puleo, A., 2009. “Ecofeminismo: la perspectiva de género en la conciencia ecologista”. En J. Riechmann et al., Claves del ecologismo social. Madrid, Libros en Acción-Ecologistas en Acción, pp. 169-172.

Rocheleau, D., B. Thomas-Slayter y E. Wangari, 2004. “Género y ambiente: una perspectiva de la ecología política feminista”. En V. Vázquez y M. Velázquez (comps.), Miradas al futuro: hacia la construcción de sociedades sustentables con equidad de género. Ciudad de México, UNAM, Colegio de Postgraduados y Centro Internacional de Investigaciones para el Desarrollo, pp. 343-371.

Svampa, M., y E. Viale, 2014. Maldesarrollo: la Argentina del extractivismo y el despojo, vol. 3088. Buenos Aires, Katz.

Terram, 2012. “Bahía de Quintero: Zona de Sacrificio. Una aporte desde la justicia ambiental”. Disponible en: http://www.terram.cl/images/app/app53_quintero_justiciambiental_cf.pdf, consultado el 5 de octubre del 2017.

* Convenio Humanidades, Artes y Ciencias Sociales de la Universidad de Valparaíso. Autora para la correspondencia: Paola Bolados García, e-mail: paola.bolados@uv.cl  

** Agrupación Mujeres de Zonas de Sacrificio en Resistencia de Puchuncaví-Quintero.

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