Los refugiados del conservacionismo

Carlos A. Vicente*

 

La paradoja de que ONG dedicadas a la conservación sean las responsables del desplazamiento de millones de personas en todo el mundo muestra hasta que punto ciertas visiones ligadas a la ecología han perdido el rumbo y han sido definitivamente cooptadas por el mismo sistema de muerte y destrucción que amenaza toda la vida planetaria.

Claro que mucho más fácil es comprenderlo si uno observa los vínculos que estas organizaciones dedicadas a la «conservación de la naturaleza» tienen con grandes corporaciones que las financian con montos que resultan pavorosos de solo escucharlos. Todo resulta más claro al ver que organizaciones como Conservation International (CI), The Nature Conservancy (TNC), World Wildlife Fund (WWF) y la Sociedad para la Conservación de la Naturaleza (Wildlife Conservation Society, WCS) reciben el apoyo financiero de grandes fundaciones como la Ford, MacArthur y Gordon y Betty Moore, así como el Banco Mundial, su FMAM, otros gobiernos, la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo (USAID), una serie de bancos bilaterales y multilaterales, y empresas transnacionales (Dowie, 2006).

Para los pueblos indígenas que a lo largo de miles de años han convivido y construido diversidad en las selvas, bosques, montañas y llanuras del mundo debe resultar incomprensible el mensaje que plantea que para conservar la biodiversidad deben alejarse a las comunidades de sus territorios ancestrales.

Sin embargo ese es el eje sobre el que diversos proyectos en Asia, África y América Latina intentan conservar los nuevos Parques Nacionales que se han creado merced a esta nueva inyección de fondos que han recibido estas grandes ONG. De esta manera sociedades enteras como los Batwa, los Maasai, los Ashaninka de Perú, los Gwi y Gana de Botswana, los Karen y Hmong del sudeste de Asia, y los Huaorani de Ecuador están perdiendo sus territorios y convirtiendose en comunidades pobres y profundamente dependientes.

En todo caso la paradoja es doble: por un lado es inadmisible que en nombre de la preservación de los ecosistemas se realice el desplazamiento de comunidades exponiéndolas a la marginalidad y la pobreza. Por otra parte el principio que sustenta estas políticas es falso: sin duda han sido las comunidades locales y los pueblos indígenas quienes mejor han sabido preservar sus entornos y ellas son la garantía de su mantenimiento para las futuras generaciones.

Por supuesto que el marco global en el que surgen estos proyectos es claro y brutalmente directo: las organizaciones conservacionistas se proponen conservar el 10% de los ecosistemas planetarios en Parques Nacionales y otros sistemas de reservas mientras el resto se dedica a la agricultura y la producción (Dowie, 2006). Por supuesto que el 90% restante será parte de las tierras que, ya sean dedicadas a la agricultura, la ganadería, la minería u otras industrias, estarán bajo la explotación del mercado global; esto es en manos de las grandes corporaciones y su explotación depredatoria.

Nadie con un mínimo de sentido común puede pensar que este modelo es «sustentable»; y mucho menos justo. Sin embargo en esa dirección están embarcados y parece bastante difícil que se produzca un cambio que altere el rumbo de las cosas.

Pero el modelo se completa cuando vemos que todos estos procesos va de la mano de varias estrategias complementarias que se están imponiendo bajo el paraguas de los ahora llamados «servicios ambientales»: la privatización de los Parques Nacionales, el ecoturismo, y la entrega de estos espacios para la bioprospección.

Esta vez, el concepto clave se fue desarrollando en torno a la privatización de las áreas naturales, y salió con fuerza a la luz pública en el año 1997, a través de un artículo publicado en Nature, («El valor de los servicios ecosistémicos y el capital natural del planeta», escrito por un numeroso equipo de investigadores de diversas universidades de Estados Unidos) y el libro «Los servicios de la naturaleza», editado por Gretchen Daily. Los términos inicialmente utilizados fueron «servicios ecosistémicos» o «servicios naturales», pero finalmente el término que se ha popularizado es el de «servicios ambientales». (GRAIN, 2004).

Quizás la única opción posible sea comenzar a escuchar a esas voces sabias que durante miles de años cuidaron y criaron biodiversidad en todas las regiones del planeta. Los pueblos indígenas han tenido un renacer en las últimas décadas que los ha colocado una vez más en un lugar protagónico en el debate sobre el futuro. Y es sin duda sobre la base de la recuperación de sus territorios ancestrales que están reconstruyendo sus identidades, sus formas de organización y sus culturas. Por todas partes sus voces se hacen escuchar y sus luchas en lo local desafían los intentos de desplazarlos y acallarlos.

Por eso, son los pueblos indígenas los que pueden expresar con mayor claridad los desafíos que hoy enfrentamos. En sus propias palabras: «No queremos ser como ustedes. Queremos que ustedes sean como nosotros. Estamos aquí para cambiar su manera de pensar. Ustedes no pueden lograr la conservación sin nosotros» (líder Maasai Martin Saning’o, Congreso Mundial de Conservación, Bangkok, Tailandia) (Dowie, 2006).

REFERENCIAS

Dowie M. (2006), «Los refugiados del conservacionismo», Revista Biodiversidad, sustento y culturas, Nº 49, pp. 1-6.

GRAIN (2004), «Aire no te vendas», Revista Biodiversidad, sustento y culturas, Nº 42, (2004), pp. 1-7.

1 Responsable de información para América Latina de GRAIN (carlos@grain.org)

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