Agrocombustibles en Argentina y Brasil

Andrea Markos*

 

Argentina y Brasil comparten un liderazgo natural en la potencial producción de biocombustibles dentro del Mercosur. Ambos países se caracterizan por sus relativamente bajos niveles de respeto a los derechos humanos y ambientales, buenas condiciones climáticas y vastas extensiones de tierra fértil. Sus bosques y selvas no protegidas son quemadas a un ritmo que en la zona amazónica acostumbra a estar en relación directa con el precio de la soja (Biofuelwatch, 2007). Actualmente, ese ritmo está fuera de control. A principios de octubre de 2007, numerosos incendios se hicieron incontrolables, obligando a cancelar vuelos comerciales. Las comunidades indígenas y campesinas son incapaces de oponerse a la expansión de la frontera agrícola y se ven forzadas a abandonar apresuradamente sus comarcas.

Brasil tiene una experiencia de más de treinta años en la producción de etanol a partir de la caña de azúcar. La capacidad de procesamiento de etanol de Argentina es reducida, debido a que tiene una tecnología obsoleta cuya modernización se ve demorada por la enorme demanda en el país vecino. Argentina es el mayor exportador de soja de América Latina, de ahí que ambos países tengan especializaciones diferentes. Probablemente Brasil supere esa diferencia incrementando los cultivos y el procesamiento de soja en Paraguay (allí, gran parte de la producción de soja está en manos de brasileños) y deforestando nuevas zonas de su territorio. Está demostrado que el suelo de la selva amazó- nica no es apto para cultivos intensivos, y menos aún para variedades con altas exigencias de nutrientes, como la soja y la caña de azúcar. De similar manera, el gobierno argentino está permitiendo la deforestación de ecosistemas únicos y frágiles, con bajo potencial agrícola y graves consecuencias sobre la resiliencia ecológica. Si existe un denominador común entre ambos países, ese es la miopía a la hora de diseñar políticas de sostenibilidad.

Brasil disfruta de otras ventajas, como un mayor potencial para el tráfico fluvial y más capacidad para atraer inversores, gracias a su política de protección de las inversiones a expensas del medio ambiente. El caso de Soros, empresa argentina de productos lácteos que recientemente decidió trasladar sus inversiones a Brasil, es un ejemplo relevante. Debido a su enorme potencial agrícola y a las importantes inversiones públicas que se están realizando, Brasil va camino de convertirse en el principal exportador de leche del mundo, potenciando una integración vertical de agrocombustibles y ganadería intensiva, mediante la utilización como forraje de los desechos vegetales de las destilerías y prensas de aceite.

La ausencia de una política alimentaria soberana en la UE, la dependencia de alimentos importados, la dedicación de tierras —incluso las marginales— para la producción subsidiada de agrocombustibles y la servidumbre a los intereses de las multinacionales están hundiendo a la ya muy endeudada industria ganadera europea. La cotización del euro, más alta que nunca, los precios de la carne y los lácteos en permanente aumento y un sistema diferencial de impuestos a la exportación en los países productores, hacen el resto. La exportación de agrocombustibles se ve favorecida por controvertidos sistemas impositivos tanto en Brasil como en Argentina; los granos son procesados dentro del territorio, conservando su valor agregado. Además, los agrocombustibles tienen un potencial de beneficio muy superior al de la producción de alimentos.

Muchos observadores, preocupados por el medio ambiente y la justicia en el comercio internacional, solían considerar positiva la retención del valor agregado en los países exportadores de soja y maíz. Que esos productos crucen los océanos es comparado al saqueo colonial. En esos países, hay una enérgica oposición popular a esos contaminantes, lo que demuestra que tales retenciones del valor agregado pueden tener un elevado coste social y medioambiental.

Los países emergentes como Brasil, con sus vastas extensiones destinadas a producir agrocombustibles por todo el planeta, controlarán cada vez más la producción de alimentos, forraje y combustibles, con unos costes ambientales sin precedentes. Los acuerdos entre la multinacional Monsanto y el gobierno brasileño y la adquisición de las principales empresas brasileñas de semillas insinúan que el vigoroso surgimiento de Brasil no ha hecho más que comenzar.

En el área del desarrollo biotecnológico, la brasileña EMBRAPA firmó un acuerdo de investigación conjunta con Monsanto, mientras que el INTA argentino está trabajando en su propia línea de investigación. Argentina ha permitido que diversos centros de investigación biotecnológica, entre los que destaca Bayer Cropscience, se instalen en su territorio sin ningún tipo de control.

Las inversiones en infraestructuras de transporte y en tecnología del agua son elevadas en ambos países y la única reducción de daños ambientales se produce mediante la promoción de la siembra directa, una tecnología que en cierta medida preserva los suelos sobreexplotados. Argentina aspira a convertirse en la principal exportadora de esa tecnología, ya que cuenta con el capital humano y científico para conseguirlo. Actualmente ya es un exportador neto de maquinaria agrícola.

Además del tristemente famoso glifosato, ambos países están importando enormes cantidades de herbicidas baratos e ilegales y otros agroquímicos de países como China. Estos agroquímicos, legales o no, son pulverizados (fumigados) sobre los cultivos con pequeños aviones conocidos como «mosquitos» y arrastrados por el viento a grandes distancias, afectando tanto a ecosistemas como a asentamientos humanos. «Banderilleros» es el nombre de uno de los trabajos rurales creados por la industria de la soja en Argentina; son quienes, sin ningún tipo de protección, marcan los límites de los campos que deben ser rociados con agroquímicos. Más dura todavía es la vida de los cañeros en las plantaciones de Brasil, más expuestos a los productos químicos debido a la cantidad de horas diarias que pasan cosechando manualmente. A pesar de la cada vez mayor oferta de agroquímicos en el mercado negro, los precios continúan subiendo, incidiendo así en los costes de la agricultura que utiliza tecnologías de la primera y segunda revolución verde. Los alimentos están cada día más caros en los dos países. Exportan agrocombustibles y alimentan a los nuevos pobres urbanos con un mísero porcentaje de los impuestos a la exportación. Las exportaciones agrícolas han estado pagando la deuda externa, mientras sigue aumentando el número de refugiados ambientales que emigran hacia las periferias urbanas.

Brasil y Argentina competirán por el mercado europeo de agrocombustibles, estando Argentina en mejor posición debido a que cuenta con una industria de aceite de soja muy desarrollada. Se anticipa que el etanol argentino proveerá a Chile y al sudeste de Asia, pero el líder mundial en la exportación de etanol será Brasil y por mucho tiempo. El acuerdo sobre etanol entre Estados Unidos y Brasil le asegura a este último un duradero liderazgo. Las nuevas carreteras a través de la selva amazónica facilitarán las exportaciones brasileñas.

Dentro de la OMC ya han comenzado algunas batallas legales que enfrentan a la UE con Argentina o a Brasil con EE UU, por lo que la regulación del comercio internacional de biocombustibles está lejos de haberse definido y la lucha será intensa. Una diferencia notable en relación a anteriores confrontaciones es el enorme peso de las empresas de semillas, de combustibles y de automóviles, interesadas en controlar los mercados ricos pero dependientes de las importaciones, como son Europa y Norteamérica. Otro detalle relevante es que los mercados internos de Brasil y Argentina no despiertan interés debido al control que sus gobiernos ejercen sobre los precios de los combustibles. Se espera que el gobierno argentino reduzca sus exigencias para favorecer las exportaciones (USDA, 2007).

Habría que dedicar un estudio aparte a la estrategia de Brasil sobre transferencia de tecnología y a las inversiones, tanto directas como conjuntas, en África (480 millones de euros invertidos por el gobierno italiano) y en el resto de América Latina. Brasil parece dispuesto a ir más allá de su condición de «país emergente», del mismo modo que los agrocombustibles ya han sobrepasado su presunto objetivo de mitigar el cambio climático. No sólo los agrocombustibles, sino también el trigo y otros cultivos esenciales para el mercado europeo, han sido transferidos a África, un continente donde no existe la seguridad alimentaria y pobremente cubierto por los medios de comunicación.

Según el Cuarto Informe de Evaluación del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC, 2007) la productividad de la soja y de todos los cultivos en América Latina se verán incrementados por el cambio climático. Contradictoriamente, también predice una severa desertificación de las tierras de cultivo en Brasil y Argentina. La erosión del suelo y la alteración de las precipitaciones (sequías/lluvias torrenciales) pueden aumentar la vulnerabilidad agroecológica más allá de la capacidad tecnológica de contención. Además, el colapso ecológico provocado por una expansión agrícola sin control y el aumento desmedido del precio de los alimentos pueden afectar violentamente la estabilidad política de los países productores, comprometiendo así las inversiones a largo plazo.

REFERENCIAS

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* Sociólogo, MD, doctorando en «Ciencias Sociales y del Medio Ambiente, Universidad Pablo de Olavide (andreamarkos@fastweb net.it).

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