Agrocombustibles en la mira de los fondos de inversión americanos: alimentando autos desde Wall Street

Carlos A. Vicente*

 

La ola de inversiones en agrocombustibles está replanteando el agronegocio mismo. Hay nuevos y poderosos actores que convergen en el sector. Las empresas de cosméticos están vendiendo biodiesel, grandes petroleras compran plantaciones, especuladores de Wall Street firman acuerdos con barones feudales del azúcar. Todo el caudal de dinero que circula por el mundo reorganiza e intensifica las estructuras transnacionales, vinculando a la más brutal clase terrateniente del Sur con las más poderosas empresas del Norte.

Por supuesto que frente a esta enorme burbuja los grandes capitales financieros no podían estar ajenos y se han lanzado con frenesí a participar del espectacular negocio que sin mucho riesgo promete grandes ganancias. La más agresiva fuente de inversiones en agrocombustibles proviene del mundo de las finanzas. Varias de las empresas más poderosas e importantes del capital globalizado se han apuntado al juego de los agrocombustibles.

Un ejemplo clarificador es el del Grupo Carlyle; un fondo de inversión de 55 mil millones de dólares y notorio allegado en Washington. En los últimos años ha realizado numerosas adquisiciones vinculadas a los agrocombustibles a través de sus grupos de energía renovable. Su cartera incluye a uno de los mayores grupos de etanol especializado en la obtención de caña de azúcar y numerosas fábricas de agrocombustibles en Estados Unidos y Europa, que administra con grandes agroempresas como Bunge y ConAgra. En enero de 2007 se unió a Goldman Sachs y a Richard Morgan, uno de los apoyos financieros más importantes del presidente George Bush, para asumir el control de la empresa de distribución de energía Kinder Morgan, que maneja aproximadamente un 30 por ciento del etanol vendido en Estados Unidos.

Por otro lado George Soros compró la compañía argentina Pecom Agribusiness en 2002, que le dio más de 100 mil hectáreas de tierras en Argentina para cría de ganado para cárnicos y lácteos, y producción de soja, maíz, trigo, arroz y girasol. Luego, en 2004, la compañía de Soros, llamada ahora Adenco, se expandió en Brasil, comprando 27 mil hectáreas de tierra en los estados de Tocantins y Bahia, para la producción de algodón y café. En 2006, Adenco ingresó en una sociedad con la familia Vieira de Brasil, un clan cafetero de Minas Gerais, para establecer un enclave industrial con una capacidad productiva de un millón de toneladas anuales de caña de azúcar. La familia Vieira es accionista ahora de Adenco y maneja las operaciones del grupo en Brasil. El grupo continúa expandiéndose y se espera que pronto sus cuatro plantas de procesamiento de azúcar en Brasil muelan 12 millones de toneladas de caña de azúcar, convirtiendo gran parte de las mismas en etanol. Mientras tanto, en Estados Unidos, Soros anunció que su empresa construye una planta para la fabricación de etanol a partir del maíz, que procesará 50 millones de toneladas de maíz, y está considerando la instalación de fábricas similares en Argentina.

Otro ejemplo es el de Goldman Sachs, uno de los bancos de inversión más grandes del mundo que no solamente tiene entre manos el financiamiento de muchas de las principales empresas en materia de agrocombustibles, sino que también es uno de los principales inversionistas en energía «renovable», habiendo invertido ya más de mil millones de dólares, gran parte de ellos en agrocombustibles. Es copropietario de Iogen, una empresa líder en la investigación de etanol celulósico, así como copropietaria de las compañías de distribución de energía Kinder Morgan y Green Earth Fuels, que trabajan juntas en la instalación de una fábrica de biodiésel de más de 325 mil millones de litros y una terminal de almacenamiento en Texas con capacidad para 8 millones de barriles de biodiésel.

Todos estos grupos de inversión se mueven detrás de un negocio seguro ya que reduciéndoles los riesgos a los grandes «especuladores» del mundo, están los gobiernos y los organismos internacionales de préstamo, tales como el Banco Mundial y los bancos de desarrollo regionales. Los miles de millones que ofrecen a través de subvenciones directas, exenciones impositivas, construcción pública de rutas de transporte, sistemas de comercialización de carbono y préstamos blandos son lo que hace económicamente viable el negocio de los agrocombustibles.

Por una serie de razones políticas, sin duda relacionadas con el creciente interés de las empresas en combustibles «renovables», los gobiernos de los principales países consumidores de petróleo han dispuesto, o están en vías de dictaminar, que el combustible para transporte contenga porcentajes mínimos de etanol y biodiésel. En conjunto, las subvenciones y esta demanda garantizada sientan las bases de un gran mercado cautivo para las corporaciones de agrocombustibles.

No hay nada nuevo en la agricultura destinada a la energía. La mayoría de las fincas rurales han producido siempre la energía que utilizan sus familias y animales para trabajar la tierra. La diferencia con los agrocombustibles, sin embargo, es que éstos convierten a la agricultura para energía en mercancía, que, como tal, está completamente integrada en los circuitos de la agroindustria y las finanzas transnacionales. La producción de agrocombustibles, por tanto, sigue los dictados de los administradores del dinero mundial, los directores de los bancos de inversión o las agroempresas, quienes presiden inmensas concentraciones de riqueza y quienes, en esta época de globalización neoliberal, pueden barajarlas y ubicarlas en el lugar que les genere mayores ganancias.

Como planteábamos al principio de este artículo, se trata de una enorme burbuja que, como muchas de las burbujas creadas en la última década a partir de la globalización neoliberal de la economía mundial, tarde o temprano reventará. En este caso lo grave es el costo en vidas campesinas y en destrucción de ecosistemas únicos que tendrá. La reacción desde la sociedad civil, que ha cobrado fuerza en estos últimos meses reclamando enérgicamente parar la fiebre de los agrocombustibes; es quizás una de las únicas señales alentadoras que nos quedan.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

GRAIN (2007), «El poder corporativo: Los agrocombustibles y la expansión de las agroindustrias», Biodiversidad, sustento y culturas, n. 54, pp. 15-39.

Otras fuentes de información:

www.grain.org.

www.biodiversidadla.org.

* GRAIN. Correo electrónico: carlos@grain.org

 

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