Marina Silva. Candidata verde a la presidencia de Brasil 2011

José Eli da Veiga*

 

INTRODUCCIÓN BIOGRÁFICA

Marina Silva está en su segundo mandato en el Senado Federal, con duración hasta el 31 de enero de 2011. El primer mandato de la senadora comenzó en febrero de 1995. De enero de 2003 a mayo de 2008, tuvo licencia en el Senado para asumir el Ministerio de Medio Ambiente, de donde salió el 13 de mayo para reincorporarse a su escaño.

Elegida para el Senado por primera vez, con 36 años, por el Partido de los Trabajadores (PT), como representante del estado de Acre, Marina Silva se convirtió en la senadora más joven en la historia de la República, y la más votada en el estado, con el 42,77% de los votos válidos. Venció a los viejos caciques de la política regional y rompió con una antigua tradición en Acre, por la que sólo llegaban al Senado ex gobernadores o grandes empresarios.

Actualmente, Marina Silva participa como miembro titular de las comisiones de Medio Ambiente y de Constitución y Justicia, y preside la Subcomisión Temporal –Foro de las Aguas de las Américas y Foro Mundial de las Aguas. Es suplente en las comisiones de Relaciones Exteriores y Defensa Nacional, de Educación, Cultura y Deporte, de Derechos Humanos y Legislación Participativa, y de Asuntos Económicos.

En los cinco años de Gobierno Lula, Marina Silva optó por no hacer pirotecnia, sino trabajar por políticas estructuradoras, basadas en cuatro directrices básicas: mayor participación y control social; fortalecimiento del sistema nacional de medio ambiente; transversalidad en las acciones de gobierno; y la promoción del desarrollo sustentable. La ex ministra siempre ha afirmado que hace una política de Gobierno. Por lo tanto, ha procurado imprimir en el equipo del Gobierno Lula una visión de trabajo integrado en el tratamiento de las cuestiones relacionadas con la protección del medio ambiente. El IBAMA, reestructurado y fortalecido, puede dedicarse mejor al trabajo de ejecución de los procesos de concesión de licencias ambientales, autorizaciones para el uso sustentable de los recursos naturales, y seguimiento y fiscalización de las actividades predatorias.

Entre las más de 100 propuestas presentadas por la senadora, desde su primer mandato, destacan 54 proyectos de ley, entre ellos el texto que propone la creación del Fondo de Participación de los Estados y del Distrito Federal —FPE— para los miembros de la Federación que albergasen en sus territorios espacios de conservación de la naturaleza y tierras indígenas demarcadas. Un ejemplo exitoso de las muchas acciones emprendidas por Marina Silva fue el Plan de Lucha contra la Deforestación de la Amazonía, que significó una verdadera revolución en el modo de elaborar y poner en práctica políticas públicas en la Amazonía. En primer lugar, porque acabó con la vieja idea de que la deforestación era un problema del área de medio ambiente, e hizo a todos los ministerios, especialmente a los del área de desarrollo, corresponsables en la búsqueda y puesta en práctica de políticas públicas que eliminasen los incentivos directos e indirectos creados en varias de esas políticas sectoriales. El Plan se basó en tres ejes: el combate contra las prácticas ilegales, el ordenamiento territorial y agrario, y el apoyo a las actividades productivas y sustentables. En el periodo en que Marina Silva estuvo al frente del Ministerio de Medio Ambiente, se confiscó un millón de metros cúbicos de madera, se detuvo a más de 700 delincuentes, se desmontaron más de 1.500 empresas ilegales y se recuperaron 37.000 propiedades usurpadas ilegalmente. La tarea del IBAMA contó con la ayuda de la Policía Federal, del Ministerio de Defensa y del INCRA, sectores que lidian con la agenda de lucha contra las ilegalidades, en un esfuerzo por ampliar las acciones de fiscalización y de inteligencia.

La vida política de Marina Silva comenzó en 1984, cuando fundó con Chico Mendes la CUT en Acre. Con la intensa actividad de Chico Mendes con los seringueiros de Xapuri, la mayor parte del tiempo Marina asumía el liderazgo del movimiento sindical del estado. Fue para ayudarlo en la candidatura a diputado del estado que Marina se afilió al PT en 1985, haciendo dúo, en las elecciones del año siguiente, con el líder de los seringueiros y postulándose a diputada federal. Marina quedó entre los cinco candidatos más votados en el estado, pero el PT no alcanzó el mínimo establecido y ella no obtuvo el escaño para la Cámara Federal Constituyente. Chico Mendes tampoco llegó a la Asamblea Estatal. En 1988 fue electa como la concejal más votada para la Cámara Municipal de Rio Branco y conquistó el único escaño de la izquierda. En dos años de mandato como concejal, promovió medidas que transformaron la política de Acre. En 1990, se postuló a diputada estatal. Una vez más, obtuvo el mayor número de votos. El PT y los partidos asociados eligieron tres diputados estatales y lograron colocar a Jorge Viana, el candidato a gobernador, en la segunda vuelta de las elecciones. Marina ya no era una voz solitaria, sino una de las líderes de un movimiento con gran fuerza en el estado de Acre.

Al final del primer año de su mandato, en un viaje por el interior del estado, se puso enferma y tuvo que ser trasladada urgentemente a la capital e internada en un hospital. Comenzó un largo periodo de sufrimientos, con su estado de salud agravándose progresivamente sin que los médicos lograsen detectar las causas. Muestras de su cabello fueron enviadas a un laboratorio de Estados Unidos y los análisis revelaron que su sospecha era verdadera: una contaminación por metales pesados, probablemente contraída durante los tratamientos contra la leishmaniasis, cuando aún vivía en el seringal, progresivamente había provocado perjuicios neurológicos y afectado a varios de sus órganos.

La vida de Marina está llena de grandes momentos. Pero ella nació en un ambiente humilde. En un puesto de seringueiros llamado Breu Velho, a 70 kilómetros de Rio Branco. Hoy, ese sitio es un proyecto de asentamiento de agricultores gestionado por el INCRA, pero el 8 de febrero de 1958, fecha de su nacimiento, no había carreteras y el largo viaje por el río hacía casi imposible cualquier tipo de atención médica. De los once hijos de Pedro Augusto y María Augusta —padres de Marina— tres murieron siendo pequeños. Ella acabó siendo la segunda mayor de los ocho supervivientes, siete mujeres y un varón.

No había escuela. A los catorce años, Marina aprendió a leer las horas en el reloj y las cuatro operaciones básicas de matemáticas, para no ser engañada por los regateadores en la venta del caucho. A los quince años falleció su madre, y como la hermana mayor se había casado, asumió la responsabilidad de la casa y la crianza de los hermanos menores. Pero a los dieciséis años contrajo hepatitis y tuvo que ir a la ciudad en busca de tratamiento médico. Resolvió quedarse, trabajando como empleada doméstica, porque quería estudiar. Tenía un sueño: ser monja.

Comenzó a frecuentar las aulas del Mobral, después el curso de Educación Integrada, donde aprendió a leer y escribir. Fue a vivir con las monjas. Antes de cumplir veinte años, ya se preparaba para la selectividad e ingresar en la universidad. A esas alturas, ya había abandonado el sueño de ser monja. En la universidad descubrió el marxismo. Entró en el PCR, uno de los grupos semiclandestinos que actuaban en oposición al régimen militar. Comenzó a dar clases de Historia y a frecuentar las reuniones del movimiento sindical de profesores.

La biografía de Marina Silva ha hecho que el periódico británico The Guardian la eligise, en 2007, como una de las cincuenta personas en condiciones de ayudar a salvar el planeta. Entre muchos otros, recibió el premio «2007 Champions of the Earth», el mayor premio concedido por NNUU en el ámbito ecológico. El día 29 de octubre de 2008, la senadora recibió de manos del príncipe Philip de Inglaterra, en el palacio de Saint James, en Londres, la medalla Duque de Edimburgo, en reconocimiento a su trayectoria y lucha en defensa de la Amazonía brasileña; el premio más importante concedido por la red WWF. En junio de 2009 recibió el premio Sophie, por su trabajo en defensa del medio ambiente, ofrecido por la fundación noruega Sophie, creada por el escritor noruego Jostein Gaarder, autor del best seller «El mundo de Sofía».

ACTUALIDAD

Poco después que la senadora Marina Silva anunciase que dejaría el Partido dos Trabalhadores (PT) para aceptar la invitación a incorporarse al Partido Verde (PV), en agosto de 2009, uno de los periódicos brasileños más tradicionales publicó el siguiente comentario:

«Mientras los coroneles y ciertos pedantes discutían en el Senado Federal, Marina se pintó para la guerra. La ‘indiecita’, como la apodaron los representantes del agronegocio, la heredera de Chico Mendes, la ministra que no soportó el medio ambiente del Planalto, amenaza con desembarcar del Partido de los Trabajadores –y de la sucesora escogida por Luiz Inácio Lula da Silva, Dilma Roussef- después de treinta años de militancia.»(1)

Pero, quienes conocen la biografía de Marina saben muy bien que ella no se ajusta en nada a esa imagen de «pintarse para la guerra». Ella se formó en un modo muy diferente de actuar, que los seringueiros de Acre que lucharon junto a Chico Mendes llamaban de «empate». Los que se empeñaron en evitar las deforestaciones hechas por las empresas que venían de fuera (en general, de la región sudeste de Brasil), no tenían la intención de derrotarlas, ni corrían el riesgo de ser derrotados, como sucede en las guerras. En cambio, confiaban en su capacidad de impedir que el estrago avanzase. Fue con esa inspiración que Marina acabó por tomar la decisión más difícil de su vida: romper con un partido y con un líder obrero que durante treinta años fueron para ella como una familia y un padre adoptivo.

Percibió que no se trataba tanto de saber si sería o no posible derrotar en las urnas, a fines de 2010, a las tendencias contrarias a la perspectiva socioambiental. Pero sí se trata de impedir el avance de las fuerzas predatorias agrupadas en torno a la principal plataforma del segundo gobierno de Lula: el llamado PAC, Programa de Aceleración del Crecimiento. Y ese resultado ya está prácticamente asegurado, un año antes de las elecciones. Debido a lo que los medios de comunicación han bautizado como «efecto Marina», o «factor Marina», gobierno y oposición han entrado en una acérrima competición para ver quién conseguirá mostrarse como el principal paladín del desarrollo sustentable.

El «efecto» o «factor» Marina provocó un viraje en la correlación de fuerzas internas del gobierno federal y de los gobiernos estatales, como los de San Pablo y Minas Gerais, conducidos por los más probables candidatos de la oposición al gobierno de Lula: José Serra y Aécio Neves. Tan es así que, ante la inminencia de la CPO15, los dos bloques socialdemócratas resultaban irreconocibles: el situacionista, liderado por el PT, y el oposicionista, liderado por el PSDB: Partido de la Social Democracia Brasileña, que tiene como símbolo esa bella ave que es el tucán.

Claro, ambos ya eran idénticos en términos de conservadurismo. Sus dirigentes tienen la misma mentalidad «cepalina»(2) de mediados del siglo pasado. En cuanto a sus partidos, la mejor respuesta fue la ofrecida por el propio expresidentes Fernando Henrique Cardoso (FHC), gurú del PSDB: la disputa entre tucanes y petistas les fuerza a liderar el atraso. Sin aliarse, PSDB y PT son víctimas obligadas de las oligarquías bahianas, marañenses, alagoanas, etc.

Ambos son partidos socialdemócratas que comparten las típicas bases sociales de esa corriente política. El PT tiene bases proletarias más amplias y algunos sectores de clase media de reciente ascensión, pareciéndose más a la socialdemocracia europea de los años 1930 y de la posguerra. Mientras que el PSDB atrae a las capas medias más antiguas, de niveles educacionales más altos, pareciéndose más a la socialdemocracia europea de las décadas de 1980 y 1990. Las pocas élites que están por encima de las clases medias son suficientemente hábiles como para hacer el doble juego.

En suma: hay mucha diferencia sociológica, pero que se traduce en una insignificante diferencia político-programática. Dilma puede ser un poco más estatizante, sin que Serra llegue a ser tan liberal como desearían muchos de sus seguidores.

Ambos continúan con las creencias convencionales del siglo pasado, según las cuales habría una relación directamente proporcional entre la tasa de aumento del PIB y el avance del proceso de desarrollo. No entienden que transformar crecimiento en desarrollo depende de dos factores esenciales: del estilo del propio crecimiento y de los acuerdos institucionales que permiten canalizar los frutos del crecimiento hacia lo que más interesa: ciencia, tecnología e innovación, salud, educación, cultura, ocio, seguridad, etc.

Por tal razón, el PAC es un Frankenstein. Mezcla obras fundamentales, como el saneamiento básico, y obras absolutamente negativas, como la carretera nacional BR- 319, que corta la parte más conservada de la Amazonía brasileña. O como las centrales termoeléctricas alimentadas con combustibles fósiles. Peor aún, las críticas contra el PAC no son de contenido, como estas. Los tucanes y sus aliados de más a la derecha –que se autodefinen «demó- cratas»- tan solo señalan la lentitud o la ineficiencia en la gestión del programa.

En este contexto, la precandidatura de Marina Silva aporta muchas cosas nuevas al proceso de elección presidencial de 2010. Principalmente, la posibilidad de dar voz a un amplio abanico de movimientos socioambientales que quieren orientar a Brasil por la senda del desarrollo sustentable. O del ecodesarrollo, expresión más precisa de este proyecto que es para el siglo XXI. Novedades estas que no están presentes en las demás precandidaturas, prisioneras todavía de concepciones socioeconómicas atrasadas.

Lo que más mueve a los electores que ya ven en la senadora Marina Silva la mejor solución post-Lula es la profunda convicción de que Brasil sólo se convertirá en una nación desarrollada si logra ser, simultáneamente, competitiva y ecológicamente sustentable. Y para explicar los motivos de tal apuesta, también son unánimes en enfatizar los valores de vida y de convivencia consagrados en la sexagenaria Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Todavía, algunos manifiestan serias dudas o restricciones. Por una parte, que la espiritualidad de Marina pueda ocasionar perjuicios al racionalismo iluminista que viene contribuyendo a que la sociedad se libere de innúmeras supersticiones y preconceptos que limitan la autonomía individual y de las libertades cívicas. Por otra, que las inevitables circunstancias políticas de la viabilización de su candidatura no ofrezcan las necesarias condiciones de gobernabilidad.

En la primera de estas tendencias llega a haber insinuaciones de postura oscurantista, dado que Marina no es categórica en media docena de cuestiones: el acceso legal de las mujeres al aborto, el derecho a utilizar drogas blandas, conquistas de la comunidad LGBT, educación científica separada de la religiosa en las escuelas confesionales, y normas de bioseguridad para los cultivos transgénicos o para las investigaciones con células-madre.

Antes de todo, no se debe olvidar que son cuestiones sobre las cuales hay serias controversias ético-científicas que dividen a la sociedad brasileña. Pueden ser óptimas para planteárselas a la gobernadora, pues ella asume su condición de evangelista. Pero, si ella fuese tan hipócrita como lo exigen las prácticas más habituales de la política, tales polémicas no se recordarían. Mucho menos se utilizarían en tentativas de estigmatizarla o de tacharla de fundamentalista.

Pues bien, yo soy ateo desde hace más de 40 años y un radical adepto al darwinismo generalizado. Entiendo las religiones como frutos de la adaptación cultural. Por eso, no tengo dudas en optar por los valores humanos que guían a la senadora. Pues son infinitamente superiores a aquellos preferidos por los materialistas vulgares, y que hasta sirven para justificar toda la asquerosidad que ha sido practicada en el Senado y en la Cámara por los dos oligopolios partidistas. ¿Por qué debería sentir aversión por una creyente que muestra más respeto por la diversidad cultural y por las libertades civiles que todas las políticas taimadas juntas? Sólo un ejemplo: aquellas que no vacilan en adular al ilegítimo y horrendo régimen iraní.

Sobre la segunda de estas tendencias, ¿cómo calcular las oportunidades de gobernabilidad? La base de apoyo de un gobierno Marina, necesariamente, se construirá por la atracción de aquello que hay de bueno en el PT y en el PSDB, distanciando del poder los chanchullos montados por los oligarcas para chantajear a los presidentes FHC y Lula. Sólo Marina podrá aislar a ese hatajo de bandidos. Si ganase Dilma,(3) el poder sería ejercido con un esquema muy semejante al que defienden momias como José Sarney, Renan Calheiros, Michel Temer & Cía. Ltda. Si ganase Serra o Aécio, ese mismo chanchullo sería recauchutado según los designios de los llamados «demócratas» o «demos».

Por eso, la pregunta básica que los que apoyan a Marina hacen a los electores bien informados es: ¿qué será mejor para la sociedad brasileña? ¿Un gobierno de rígida gestión ejecutiva, necesariamente rehén de lo que organizan y ordenan los oportunistas de todas las siglas y regiones? ¿O una coalición entre socialdemócratas y verdes conducida por una suave, firme y serena seringueira negra, con larga experiencia política senatorial y ministerial?

Además, ¿no sería mejor que la jefatura del Estado siguiese rigurosamente un código ético en el que la sustentabilidad ambiental fuese algo intrínseco? ¿O sería mejor que quedase para quien ya fue capaz de falsificar méritos universitarios e ignorar los riesgos que corre la especie humana? Por falta de precaución con una decena de problemas habitualmente clasificados como «ambientales», pero que, en rigor, son de seguridad, y tan serios como la violencia alimentada por el narcotráfico y por todas esas mafias y bandas que ponen en jaque al estado de derecho.

En fin, que ya es hora de que paren con toda esa tontería de decir que la alternativa verde sería «ambientalista». Aquello que la distingue de las candidaturas rojas, rosas o de colorido plumaje, no es un apego romántico a la preservación de la naturaleza. Al contrario, es la consciencia de que no habrá desarrollo si el crecimiento económico perjudica a la sustentabilidad ambiental. De que crecer sin conservar implica estar cavándonos nuestra propia fosa.

La expresión «ambientalista» sugiere una persona que sólo se preocupa por la naturaleza y subestima o ignora las cuestiones sociales que siempre están en el origen de la degradación ambiental. Además, hay la pésima costumbre de oponer los ambientalistas a los desarrollistas, lo que es un gran equívoco provocado por la reducción de la idea de desarrollo a la de crecimiento. Hace exactamente 30 años que surgió la expresión «desarrollo sustentable», precisamente para superar esa falsa oposición. Y es por la misma razón que me incluyo entre los que prefieren usar el término socioambiental en lugar de ambiental.

La campaña a favor de Marina deberá convencer a la sociedad brasileña de que la transición hacia una economía de bajo uso del carbono es una oportunidad, no una restricción al desarrollo. Pues Brasil tiene ventajas comparativas que, de ser convertidas en ventajas competitivas, le darían muchas más oportunidades de desarrollo de las que tendrán las demás naciones emergentes. Se favorecería la competitividad, sin la cual no será posible hacer frente a la resurrección de China. Pero la ventaja comparativa sólo se convertirá en ventaja competitiva si se concede total prioridad a la ciencia, la tecnología y la innovación (CT&I).

Mucha gente teme que la campaña a favor de Marina se limite al discurso ambiental. Esto es algo que no ocurrirá en absoluto. Además de a los movimientos socioambientales, ella también galvanizará los sentimientos captados por varias investigaciones recientes4 que captaron tendencias de fondo, como el sorprendente énfasis en los «valores», y la identificación con un código ético que involucra una preocupación por las condiciones de vida de las futuras generaciones. Esas personas también desean tener una candidata como Marina.

Gran parte del empresariado también está asumiendo esa realidad, con mucha mayor rapidez que el gobierno y los grandes partidos. Sólo los grupos de interés ligados a los negocios con energías fósiles se oponen a la transición al bajo uso del carbono y al ecodesarrollo. Esto con el liderazgo de la ANP (Agencia Nacional del Petróleo), de Petrobrás y del Ministerio de Minas y Energía.

Por esto, no hay duda de que la candidatura de Marina será en serio, no sólo para marcar una posición. Si sólo fuese para colocar al ecodesarrollo en la agenda, no sería imprescindible una candidatura. La carismática figura de Marina podrá atraer a millones de simpatizantes entre aquellos que escogen a sus candidatos antes del comienzo de los horarios electorales obligatorios en los medios.

Sin duda, no será fácil ampliar esa base a partir de agosto o septiembre de 2010. Especialmente, debido aL sesgo antirenovación que rige el uso de la radio y la televisión. Una regla que discrimina a toda candidatura que no represente a alguno de los dos oligopolios partidistas que han transformado al Senado y a la Cámara en temibles trenes fantasmas. Dos bloques liderados por socialdemócratas, que tendrán, cada uno, más de 20 minutos en el periodo de horario obligatorio en televisión y radio, comparado con los dos minutos que dispondrá la candidatura verde.

Aparte de esto, el PV no está preparado para asumir un proyecto de envergadura nacional. Se vio obligado a abrir las puertas a mil y un oportunistas cuando estuvo bajo amenaza de desaparición, ante la posibilidad de que se estableciese una «cláusula barrera». Ese sector tendrá que buscarse otros eslóganes si se da la «refundación programática» prometida por el buen sector.

Pero, atención: la candidatura de Marina contará con una organización de envergadura nacional que no tendrá carácter partidista. Algo óptimo, pues en todo el mundo los partidos políticos han dejado de ser los catalizadores de la innovación social que fueron durante los dos últimos siglos. Hoy, esencialmente, son lo opuesto: diques a la innovación social. Largo será el proceso que conduzca a la profundización de la democracia mediante la superación de la organización partidista del sistema político, debido a la enorme inercia institucional.

También es habitual que los periodistas hagan la siguiente pregunta:

«Nadie cuestiona la biografía de la senadora Marina, pero ¿estará en condiciones de formar un equipo con el que administrar eficientemente al país?»

Y la respuesta sólo puede ser: «Si, mucho más que Lula!» Además de tener las cualidades carismáticas de un Barack Obama, está mejor informada, es más culta y más hábil que el actual presidente brasileño. Sabrá reunir un equipo de gobierno capaz de orientar a Brasil en la senda del ecodesarrollo. Es conveniente no olvidar que Lula asumió la presidencia en condiciones mucho más precarias de las que se pueden anticipar para el 2011.

Aquí y allí también surgen críticas a los cinco años y medio que Marina pasó en el Ministerio de Medio Ambiente. Afirman que apostó demasiado por las reservas extractivistas y los asentamientos sustentables, dejando de lado los parques nacionales, además de perder batallas decisivas con Agricultura y con la Casa Civil.(5)

Pero nada de eso es verdad. En esos cinco años y medio, ella fue capaz de mostrar a cualquier observador atento lo perjudicial que puede ser para el futuro de Brasil la obtusa visión de que cualquier tipo de crecimiento económico favorece al desarrollo. Las batallas que perdió fueron extremadamente instructivas. Como lo están siendo las que actualmente está librando el ministro Carlos Minc, como el ya mencionado caso de la BR-319; que aún no está perdido a pesar del poder de los lobbies predatorios.

Ha llegado a escucharse la acusación de que el Ministerio de Medio Ambiente, así como otros sectores del gobierno Lula, habrían «domesticado» a las ong ambientalistas ofreciéndoles contratos. No deja de ser posible que algunas ong ambientalistas se hayan ablandado debido a contratos gubernamentales. Lo que sí se puede afirmar es que tal cosa no ocurrió con ONGs como Amigos de la Tierra, Greenpeace, Imazon, ISA (Instituto Socioambiental), SOS Mata Atlántica y WWF.

Además, otro interrogante frecuente es acerca del delicado estado de salud de Marina. De hecho, sería bueno que todos los candidatos a la Presidencia de la República se sometiesen al diagnóstico de una junta médica escogida por la OMS. Sin lugar a dudas, la senadora demostraría estar más saludable aún que el joven Aécio Neves, gobernador de Minas Gerais.

* José Eli da Veiga es profesor titular de la Universidad de São Paulo (USP). Actualmente se dedica lo Programa de Postgrado del Instituto de Relaciones Internacionales (IRI-USP), después de una larga carrera de 30 años en el Departamento de Economía de la FEA-USP (Facultad de Economía, Administración y Contabilidad). Todo su tiempo extra-académico lo dedica a actividades del Consejo Científico de IDS: Instituto Democracia e Sustentabilidad, presidido por la Senadora Marina Silva. Página web: www.zeeli.pro.br.

1 Ivan Marsiglia, Estado de S. Paulo de 16 de agosto 2009, p. J4

2 Referencia a CEPAL, Comisión Económica para América Latina y Caribe, creada en 1948 por la ONU, y que moldeó el pensamiento desarrollista del Brasil.

3 El mismo Ciro Gomes, del Partido Socialista Brasileiro (PSB), también opta a ser candidato por la situación.

4 Una realizada por el canal de televisión MTV a la juventud, otras tres de la Datafolha (serviço do jornal Folha de S. Paulo) por encargo de la ONG «Amigos da Terra», y, sobre todo, la realizada por PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo) con el objetivo de preparar el Índice de Desarrollo Humano en Brasil, 2010.

5 http://www.casacivil.gov.br/casa_civil/sobre.

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