Simpatizar con los chabolistas y comprender la economía moral de la tierra

Dr. Balihar Sanghera*

 

Este trabajo pretende hacer comprensibles los saqueos y las ocupaciones de tierras por parte de los pobres de Bishkek, Kirguistán, antes y después de la insurrección política del 7 de abril de 2010. Sostendré que los saqueos y la invasión de tierras son una respuesta moral a la desigual promoción de la propiedad privada, una tendencia hoy habitual en todos los países en desarrollo. Mientras que los medios de comunicación y la opinión pública identifican los saqueos y la invasión de tierras como obra de matones, criminales y campesinos ignorantes, intentaré demostrar que su origen está en las reformas agrarias neoliberales y en los barrios marginales urbanos. Sin duda, es mucho más sencillo demonizar a los saqueadores e invasores de tierras como bárbaros, pues así no hay necesidad de analizar la legitimidad de sus reivindicaciones. Pero debemos evitar verlos con desdén y, por el contrario, compadecernos de ellos y considerarlos nuestro prójimo, seres humanos que tienen derecho a los bienes básicos, a la tierra y a un lugar en la ciudad.

En la primera sección, describiré las características del desarrollo de las chabolas en Bishkek y en qué condiciones viven los campesinos pobres urbanizados. La segunda sección examina la naturaleza de los sentimientos de clase en la ciudad: los padecimientos de clase de los habitantes pobres y de los chabolistas y la falta de simpatía y el desdén hacia ellos por parte de las clases medias. La tercera sección analiza la economía moral de las invasiones de tierras, planteando que estas implican juicios éticos sobre los derechos de propiedad, las obligaciones sociales y las políticas.

EL DESARROLLO DE LAS CHABOLAS

Y en 2003, el informe sobre hábitat de Naciones Unidas, The Challenge of Slums (El desafío de las chabolas), afirmaba que casi mil millones de personas, o sea el 32 por ciento de la población urbana mundial, vivía en chabolas; la mayoría de ellas en el mundo en desarrollo. En China, el 37,5 por ciento de la población urbana vive en chabolas, en la India el 55 por ciento, en Egipto el 39,9 por ciento y en Argentina el 33,1 por ciento. Davis (2006) señala que la urbanización, tan frecuentemente asociada a la (post) modernidad, el capitalismo corporativo, el desarrollo, lo oficial, la sociedad civil, la gestión tecnocrática y una política de la esperanza, se está convirtiendo, por el contrario, en un ámbito de pobreza, de informalidad, de una lucha hobbesiana por  la supervivencia y de una política de la desesperanza. En Bishkek, los asentamientos ilegales son llamados eufemísticamente novostroyki (nuevas construcciones). Hay más de 300.000 personas viviendo en 28 asentamientos de chabolas en la periferia de la ciudad, cada uno de ellos con su propio nombre: ‘Ak-Jar’, ‘Ak-Bata’, ‘Kelechek’, ‘Nijnyaya Ala-Archa’, etcétera (ver también Parkinson y Talipova, 2005). Muchos de los asentamientos ilegales se establecieron a fines de la década de 1990 y a comienzos de la siguiente, creciendo notablemente después de la «revolución de los tulipanes», en 2005. En la insurrección política de abril y junio de 2010, Kirguistán fue testigo de nuevas invasiones de tierras, además de saqueos y disturbios étnicos. En cierta medida, el descontento político y social no debería sorprendernos, puesto que tales sucesos también se dan en otros países en desarrollo que han adoptado paquetes de ajuste estructural y soportado crisis del consumo.

El Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundia y la Organización Mundial del Comercio han impuesto a Kirguistán, y a muchos otros países en desarrollo, paquetes de políticas económicas neoliberales (Spoor, 2004). Incapaces de resistir, los gobiernos han tenido que aceptar estos programas de ajuste estructural a cambio de préstamos internacionales, inversión extranjera directa y otras ayudas financieras. Deste su independencia en 1991, Kirguistán ha padecido un vasto programa liberal de mercantilización (marketization) y privatización: la privatización de tierras y propiedades, la eliminación de los koljoses, reducciones de los subsidios y de las tasas de importación, la liberalización de los precios de las mercancías, recortes en los gastos del Estado, la relajación de las reglas de propiedad extranjera en sectores clave (como minas de oro), la apertura de los mercados domésticos a las importaciones, la fluctuación de las tasas de cambio, etc. La aplicación de terapias de choque durante la «transición» a una economía de mercado ha generado algunas consecuencias negativas en el sector agrí- cola de Kirguistán e, indirectamente, sobre las empobrecidas periferias urbanas y la invasión de tierras.

Debido a la poca superficie de tierras que en la década de 1990 recibió cada familia en el sur de Kirguistán, la mayoría de los campesinos tiene que luchar bastante para, a duras penas, ganarse la vida; además, ese poco de tierra no da para absorber la mano de obra familiar, generándose así desempleo o subempleo. Por otra parte, los pequeños agricultores marginales carecen de capital para adquirir los fertilizantes adecuados, invertir en buenos sistemas de irrigación, pagar por una efectiva inmunización de su ganado, o sacar provecho de sus granjas para crecer en el futuro. Muchos agricultores sobreviven compartiendo sus recursos, reviviendo ciertos aspectos de los koljoses de la era sovié- tica. Algunos han abandonado las granjas, ya sea cediendo sus derechos sobre las tierras a grandes propietarios, que disponen de capital para afrontar con éxito la agricultura industrial, o devolviendo sus derechos de arrendamiento al ayil okomotu (la administración estatal local), que luego los transfiere a los agricultores ricos. Como resultado de tales reformas agrarias, la sociedad rural se halla hoy más empobrecida (Spoor, 2004).

Mucha de la mano de obra rural excedente ha emigrado a Bishkek, Osh o al extranjero, actuando como válvula social de seguridad (Nasritdinov, 2008). Hay más de 300.000 emigrantes de Kirguistán en Rusia, y más de 150.000 en Kazajstán. Comparada con la migración interna hacia Bishkek y Osh, la migración externa es más lucrativa, pero también más costosa y peligrosa. Los países desarrollados pueden permitir que los capitales se desplacen más allá de las fronteras nacionales, pero Occidente es una fortaleza inexpugnable para la mano de obra no cualificada procedente de los países «negros». A medida que Bishkek se ha ido convirtiendo en receptor de la mano de obra rural desplazada, los habitantes de las chabolas se enfrentan a dos problemas: vivienda y empleo. Debido a que hay una oferta insuficiente de viviendas sociales y a que las nuevas viviendas privadas son sólo accesibles para la nueva clase media, muchos campesinos pobres urbanizados no tienen otra opción que alquilar habitaciones pequeñas y pobremente amuebladas a los propietarios de los barrios degradados, esforzándose por pagar alquileres exorbitantes y con el eterno riesgo de acabar desahuciados. Algunos de los que carecen de una propiedad pueden decidir construir su propia vivienda en terrenos ocupados ilegalmente en las afueras de la ciudad, preferiblemente próximos a sus lugares de trabajo. Pero como la disponibilidad de terrenos cada vez es menor, algunos ocupantes de tierras (zakhvatchiki) se ven forzados a construir sus viviendas en las proximidades de zonas de riesgo, como sitios infectados de ántrax o junto a gasoductos. Los habitantes de las chabolas también se enfrentan a la amenaza de desastres ecológicos y sanitarios, como las enfermedades relacionadas con el agua, debido a la ausencia de servicios sanitarios. En 2005, en un informe para el Banco Mundial, Parkinson y Talipova señalaban que toda la ciudad podría ser vulnerable a un desastre sanitario infeccioso si sus aguas subterráneas llegasen a contaminarse.

El incremento de las chabolas tiende a expandir el sector informal y la economía de bazar. Muchos pobres y carentes de una propiedad se dedican a negocios y ocupaciones con mínimas barreras de entrada, lo que deriva en rivalidades intensas y bajos ingresos para todos. Con frecuencia, estas personas se dedican a actividades intensivas en mano de obra pero poco remuneradas, como la venta callejera, la construcción, la venta en bazares, tareas de limpieza y autoempleo en áreas que no requieren demasiada formación. Al carecer de capital económico, de redes sociales y de conocimientos técnicos, los pobres sin una propiedad no pueden aspirar al éxito ocupacional o empresarial, sino que deben limitarse a luchar por la supervivencia económica familiar. Hay muy poco capital social entre los pobres, pues los explotados explotan a los explotados (ver también Davis, 2006). Por tales razones, que el país dependa de las estrategias para la reducción de la pobreza diseñadas por el Banco Mundial y centradas en el desarrollo comunitario, los microcréditos y las organizaciones de autoayuda, no deja de ser una solución completamente inadecuada.

SENTIMIENTOS DE CLASE Y FALTA DE COMPASIÓN

Los habitantes de las chabolas tienen una existencia miserable, viviendo en condiciones de hacinamiento, insalubridad y escasez. Carecen de permisos de residencia (propiskas), razón por la cual su acceso a la educación, la atención sanitaria y los beneficios sociales es bastante limitado (Nasritdinov, 2008). Sin propiskas, tampoco pueden votar en Bishkek. Desprovistos de derechos sociales y políticos, a duras penas pueden sobrevivir, sin ningún poder real que les permita lograr cambios significativos en sus vidas. Son muy vulnerables a los cambios de precios y de ingresos, a la vez que plenamente concientes de sus necesidades vitales. Son los miembros más débiles y necesitados de nuestra sociedad, pues carecen de los medios para vivir con dignidad. Al ser concientes de las injusticias, la corrupción y la deshonestidad que padece el país, tienen muy buenas razones para estar furiosos, indignados y frustrados (ver también Sayer, 2005; Scott, 1985). En las chabolas circulan rumores, bromas y anécdotas sobre el hijo del presidente, Maksim Bakiyev, que ha saqueado al país mediante la privatización de empresas estratégicas, estableciendo acuerdos secretos relacionados con la base militar estadounidense de Manas, e incrementando las tarifas de los teléfonos móviles.

Para muchos residentes pobres y chabolistas en Bishkek, los centros y calles comerciales simbolizan los cotidianos agravios de clase y los insultos ocultos que encierra la desigualdad social; una desigualdad que se han visto obligados a aceptar. Al recorrer los enormes supermercados, ver apiladas en las estanterías las mercancías que ellos no pueden permitirse comprar, y observar cómo las élites, los extranjeros y la clase media adquieren todo aquello que ellos sólo pueden soñar, no es de extrañar que sientan resentimiento e ira. Imaginan el día en que ellos también puedan entrar al supermercado y llenar el carrito con carne, frutas y golosinas. Los residentes pobres y los chabolistas han ido acumulando agravios, decepciones e ira (Sayer, 2005). Cuando salen de sus chabolas, se avergüenzan de mostrarse en público, sabiendo que los demás se fijan en sus pobres atuendos. ‘¡Myrkas! (¡Aldeanos incultos!)’ escuchan decir a los de clase media. Los ciudadanos sin propiedades y los que carecen de propiska, sólo pueden sentir suya la ciudad durante los días festivos, cuando se reúnen en la plaza principal para hacerse fotos con su familia y amigos, bromear y comer plov (un plato típico en base a carne y arroz). Para muchos jóvenes, son momentos de excitación y curiosidad en medio de una vida de aburrimiento y pobreza. En una sociedad cada vez más mercantilizada y privatizada ¿qué otra cosa les queda por hacer?

Durante el día, Bishkek pertenece a los individuos de clase media y alta. Educados, elegantes y establecidos, se pasean confortablemente por las calles comerciales, entrando y saliendo de las tiendas, peluquerías y cafeterías de moda. Muestran un aire de superioridad cuando miran despectivamente a los que no son de la ciudad o viven en los suburbios pobres. ¡Qué afortunados son porque sus hijos puedan comprar en las tiendas de moda y no tengan que crecer en las provincias o vivir en chabolas! Pero por la noche la ciudad se torna peligrosa, y entonces se cuidan de desplazarse solos o muy tarde. Cuando la ciudad se hunde en la oscuridad, es asaltada temporalmente por jóvenes frustrados e iracundos. De forma abrumadora, la clase media y los propietarios presenciaron consternados e incrédulos los saqueos que estallaron en Bishkek después del derrocamiento de Bakiyev el pasado 7 de abril. Después de todo, habían hecho enormes inversiones simbólicas y emotivas en la ciudad, y sus hábitos de clase están en consonancia con una urbe culturalmente floreciente.

El gobierno provisional enmarca los saqueos y las ocupaciones de terrenos según los términos de ley y orden, en lugar de considerarlos una denuncia manifiesta de las desigualdades sociales y de clase. El retrato oficial de los saqueadores e invasores de tierras como ‘criminales’ no hace sino identificar la postura del gobierno interino del lado de la clase propietaria. (La ironía es que de no haber sido por estos ‘criminales’ y sus audaces protestas ante la casa de gobierno y por todo el país, el gobierno interino no estaría en el poder). Los nuevos gobernantes aseguran repetidamente a los líderes empresariales locales e internacionales que no habrá redistribución de tierras, y han aprobado decretos que protegen la propiedad privada y condenan la ocupación de tierras. En base a tales evidencias, no hay nada que sugiera que el gobierno interino pretenda transformar la sociedad en favor de un modelo más justo. Es muy preocupante que el fracaso al afrontar cuestiones económicas estructurales pueda derivar en discriminaciones y conflictos étnicos, pues los agravios de clase fomentan sentimientos racistas y machistas. Las tensiones étnicas no son inusuales en el país, pues periódicamente la mayoría rural kirguís ha centrado su ira en las ricas minorías urbanas y suburbanas (como los uigures, los dungan, los turcos meshketianos, los uzbecos y los rusos eslavos), derivando en ocupaciones de tierras y violencia étnica. En Osh, en junio de 2010, se enfrentaron las comunidades kirguís y uzbeca, con un resultado de casi 300 muertos, 250.000 personas desplazadas y la desposesión económica de la comunidad comerciante uzbeca. El alcalde de la ciudad ha supervisado un programa de redistribución étnica de la propiedad, según la cual los comercios (restaurantes, tenderetes, talleres de reparación de coches y taxis) que anteriormente pertenecían a uzbecos han sido traspasados a kirguises, algunos de ellos asociados con el alcalde.

Después de casi dos décadas, la sociedad de mercado ha sido parcialmente responsable de la vulnerabilidad económica y de la inseguridad emocional de los pobres y de los habitantes de las chabolas. Numerosos grupos de pobres no tienen ningún lazo simbólico o emocional con el sistema. En su cotidiana política de resistencia, la clase no propietaria busca ajustar cuentas con el sistema que la oprime, e intenta aprovechar las oportunidades ya sea para acceder o para destruir la riqueza y la cultura urbanas (ver también Scott, 1985). Por más que un observador imparcial no justificaría la destrucción económica y condenase la discriminación étnica y su consecuente desposesión económica, también sentiría compasión por los desposeídos urbanos.

LA ECONOMÍA MORAL DE LA TIERRA

El énfasis en la necesidad económica no significa que los saqueadores e invasores de tierras carezcan de razonamientos morales, opiniones y derechos. Los ocupantes de terrenos y los saqueadores tienen tres razones clave que justifican moralmente sus demandas de tierra y bienes. Primero, sus derechos morales a los bienes básicos y a la tierra tienen su origen en el antiguo sistema moral del estado de bienestar soviético y en lo que significa ser un ser humano; se hace difícil imaginar ser un verdadero ser humano sin un sitio y unos bienes básicos. La tierra es fundamental para le existencia, pues sin ella no podemos dormir, descansar, relacionarnos o asearnos (Alexander, 2009). Los pobres se resisten al sistema de mercado, especialmente a la privatización de la tierra, pues sienten que se les niegan sus derechos más elementales. Los invasores de tierras consideran que hay una jerarquía de derechos y que los derechos humanos básicos están por sobre los derechos de propiedad privada, por lo que el derecho a la supervivencia es prioritario en relación al derecho de propiedad individual. En muchos casos, los pobres que viven en condiciones de hacinamiento se enfurecen al ver que los terrenos privados y públicos de los suburbios están abandonados, y consideran que ellos podrían utilizarlos de forma más productiva. Los propietarios pierden sus derechos a poseer y controlar sus posesiones si no las utilizan productivamente, derrochan su plusvalía o no permiten un efecto de goteo de la riqueza. Efectivamente, los propietarios no pueden oponerse a que los pobres disfruten de los frutos de la tierra, pues esta, moralmente, está para asegurar la supervivencia y el bienestar de todos los miembros de la comunidad.

Segundo, hay un contrato social implícito entre las clases sociales: la clase media y las élites tienen responsabilidades sociales hacia los pobres a cambio de disfrutar de sus derechos individuales de propiedad privada. Pero las clases acomodadas no han cumplido con su deber, en parte por su escasa compasión hacia los pobres. Los habitantes sin hogar y los que carecen de propiska tienen un acceso muy limitado a la educación, la atención sanitaria, los beneficios sociales y la participación política formal, viven bajo la amenaza de desahucio y son menospreciados como myrkas por la clase media respetable de Bishkek. La rica clase propietaria gobierna sin responsabilidades, y los pobres no propietarios viven sin derechos. Los campesinos pobres urbanizados tienen pocas razones para respetar los derechos de la clase propietaria, cuando sus propios derechos humanos han sido completamente ignorados. Mientras la ortodoxia liberal ampara el derecho de los propietarios a controlar sus posesiones y a excluir a quienes invaden sus tierras, insiste en ignorar las obligaciones sociales de los propietarios (Alexander, 2009). Los derechos de la clase propietaria carecerían de significado si no hubiese razones para respetarlos. Tendría que haber buenas razones para que se obligase a la gente a respetar los derechos de propiedad. La clase no propietaria debería tener expectativas razonables a cambio de respetar la propiedad privada.

Tercero, los habitantes de las chabolas perciben la ironía de los gobernantes interinos, que han usurpado el poder en nombre de la legitimidad moral para luego decirles a los pobres que sus usurpaciones de tierras son ilegales, a pesar de contar con una legitimidad moral y de necesidad. No debería sorprendernos que algunos invasores de tierras hagan uso de la violencia, como en el caso de la aldea de Mayevka, en mayo de 2010, al sentirse traicionados por el gobierno interino que ellos ayudaron a instaurar. Si los gobernantes interinos se han adueñado del poder, entonces la población sin hogar puede adueñarse de las tierras que necesita. Es paradójico que el gobierno interino haya considerado ‘héroes’ a los pobres y a los no propietarios cuando contribuyeron al derrocamiento del anterior régimen político, para luego acusarlos de ‘criminales’ cuando fueron contra los intereses de la clase dominante.

Las ocupaciones de tierras no son irregulares, irracionales y viscerales, sino bastante disciplinadas, y motivadas por razones morales de necesidad, de supervivencia, de obligación social y de justicia, sumado al fracaso gubernamental de cumplir con sus promesas (Thompson, 1971). Los habitantes de las chabolas exigen que se mejore la ley de propiedad y no debería considerárselos opuestos per se al estado o a los derechos de propiedad. Los ocupantes de tierras están motivados por sentimientos de ira, indignación, frustración y traición, y manifiestan su reacción ante la corrupción, las desigualdades y las injusticias sociales. Aunque aprovechan el momento en que el estado está debilitado para ocupar tierras, a menudo negocian con las autoridades y están dispuestos a pagar un precio justo por las parcelas. La violencia sólo se manifiesta cuando no se percibe ninguna predisposición a enmendar los errores.

CONCLUSIÓN

He planteado aquí que los ocupantes de tierras y los saqueadores no están motivados por una conciencia de clase, ni por políticas emancipadoras, ni por reacciones viscerales. Lo que hacen es expresar una reivindicación de los derechos morales de los que son merecedores todos los ciudadanos, sin distinción de clase ni de status. En este sentido, sus acciones podrían considerarse moralmente motivadas, en lugar de surgir de una conciencia de clase. Es esta una distinción importante, puesto que las reivindicaciones morales no pueden ser equiparadas con los intereses políticos. Si lo fuesen, podríamos vernos tentados a relativizar o desestimar las reivindicaciones morales afirmando ‘Ellos dirían eso ¿no es así?’ Sus demandas tienen una legitimidad moral basada en lo que significa ser un ser humano. Por más que el oportunismo, la movilización social, las tácticas y el pragmatismo sean importantes para explicar las invasiones de tierras, los saqueos y los actos cotidianos de resistencia, también debe prestarse atención a los razonamientos morales y al deseo de legitimidad. Existe una coincidencia parcial entre la literatura sobre la política cotidiana y la economía moral. E.P. Thompsom (1971:79) señala que los disturbios tienen su origen ‘en una coherente visión tradicional de las normas y obligaciones sociales, de las verdaderas funciones económicas de los diversos sectores de la comunidad, que, vistos en conjunto, puede decirse que constituyen la economía moral de los pobres’.

REFERENCIAS

ALEXANDER, Gregory (2009), «The Social-Obligation Norm in American Property Law», Cornell Law Review, Vol. 94, pp.745-819.

DAVIS, Mike (2006), The Planet of Slums, Verso.

NASRITDINOV, Emil (2008), «Discrimination of Internal Migrants in Bishkek», Research Report, American University – Central Asia, Bishkek.

PARKINSON, Jonathan and TALIPOVA, Leila (2005), «Kyrgyz Republic: Sanitation assessment and recommendations for urban upgrading of novostroykas in Bishkek and Osh», World Bank Report, Bishkek.

SAYER, Andrew (2005), The Moral Significance of Class, Cambridge University Press.

SCOTT, James (1985), Weapons of the Weak: Everyday Forms of Peasant Resistance, Yale University Press.

SPOOR, Max (2004), «Agricultural Restructuring and Trends in Rural Inequalities in Central Asia », Civil Society and Social Movements Programme Paper No. 13, United Nations.

THOMPSON, E.P. (1971), «The Moral Economy of the English Crowd in the Eighteenth Century», Past and Present, Vol. 50, pp. 76-136.

UNITED NATIONS (2003), The Challenge of Slums, UN-HABITAT.

* School of Social Policy, Sociology and Social Research (Canterbury) (b.s.sanghera@kent.ac.uk).

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