Ricardo Carrere. Las plantaciones no son bosques

Joan Martínez Alier*

Quito, 17 noviembre 2011

Ricardo Carrere falleció en agosto de 2011. Para quienes le conocimos, encarnaba una rara combinación de conocimientos profundos de ciencia forestal, de humildad, de generosidad, ansia de saber, rabia ecologista, sentido del humor y bondad. Mantuvo siempre intacto un fervor contagioso sobre la importancia de ser un activista y la capacidad de indignarse ante cualquier injusticia.

Su importancia, quizás sin que él lo supiera, es enorme en la historia del ambientalismo mundial. Es tal vez el primero de una extraordinaria camada de ecologistas latinoamericanos que surgieron entre 1985 y 1992, la mayor parte mujeres, es el primero que muere habiendo dado ya muchos frutos. Otros morirán más tarde, mucho más tarde, dando todavía más frutos, dejando ideas y organizaciones consolidadas, como lo hizo Ricardo.

Es obvio que muchos activistas en el campo y en las ciudades han muerto o han sido asesinados y están siendo encarcelados, también en Ecuador, muchos. Pero entre los activistas más intelectuales, los activistas de las organizaciones impulsoras de la justicia ambiental, los que apoyan el ecologismo popular desde una segunda fila, entre los amanuenses, los acompañantes, afortunadamente no ha habido aun muchos muertos. Recuerdo a los compañeros de AECO de Costa Rica, Oscar Fallas, Maria del Mar Cordero que murieron en 1994, muy jóvenes, tras haber combatido con éxito precisamente contra una plantación de árboles, de melinas, en el Golfo Dulce. Dos años después, Ricardo Carrere y Larry Lohman publicaron Pulping the South, como convertir el Sur en pasta de papel, un libro simultáneo al de Patrick McCully, Silenced Rivers. Yo no le conocía aun. Hice una crítica de ambos libros, elogiosa, en la revista de James O’Connor, Capitalism, Nature, Socialism. Eran libros que mostraban un enorme conocimiento activista, nacido de observar y participar en luchas del ecologismo popular, uno contra las plantaciones de árboles como eucaliptos, acacias, melinas, pinos, pues las plantaciones no son bosques de verdad; el otro, de luchas contra represas.

Ricardo se interesó en la política en Uruguay desde muy temprano. En 1973, el ejército tomó el control del parlamento y estableció un régimen militar. En este contexto, Ricardo fue arrestado y permaneció preso durante siete años. Luego vivió en Inglaterra. Había estudiado ciencia forestal en Francia, antes de fundar o de asumir la dirección de su Organización de Justicia Ambiental, de su OJA, el WRM.

Ricardo nunca perdió el radicalismo de su juventud. En los movimientos socio-ecológicos del Sur encontró una muy amplia arena ignorada de luchas contemporáneas, a las cuales decidió dedicar su apoyo por el resto de su vida. Él contribuyó como nadie a impulsar nuevos estudios sobre los conflictos en las plantaciones de árboles, que no son bosques. Lo que ocurría en Uruguay y en zonas de Brasil con plantaciones de eucaliptos y fábricas de celulosa como las de Aracruz, le vinculaba a lo local, pero sus conocimientos eran mundiales.

Bajo su impulso, el WRM se convirtió en la red activista especializada en bosques tropicales más influyente del mundo. Creado en 1986, con base en Montevideo, se convirtió en una OJA internacional con muchas ramificaciones y participó en la defensa de los bosques tropicales del mundo, en la preservación de las tierras y los medios de vida de los pueblos que en ellos viven, y en la promoción de su manejo comunitario. El WRM es famoso por denunciar en su boletín mensual publicado en cuatro idiomas los impactos de la tala comercial, las represas, la minería, la extracción de gas y petróleo, las plantaciones, las camaroneras y otros emprendimientos que destruyen los bosques del mundo. El boletín es un medio de expresión para las comunidades y grupos que sufren dichos impactos, y sirve además para divulgar, en términos comprensibles, información sobre los bosques. En ese sentido, Ricardo Carrere figura entre los fundadores del Movimiento Mundial por la Justicia Ambiental, un movimiento sin politburó ni comité central, un movimiento de redes. Su batalla es la información, el apoyo mutuo, la enseñanza y aprendizaje con los movimientos de base.

Ricardo fue realmente un internacionalista. Colaboró con el Instituto de Estudios Ecologistas de Acción Ecológica y con Oilwatch. Sonreía con el brillo de sus ojitos a través de los lentes, lo pasaba bien en esas reuniones. Su crítica de las plantaciones industriales de árboles logró renombre mundial. En Ecuador ayudó, sobre el terreno, a producir trabajos que denunciaban la absurdidad y los abusos contra comunidades causados por plantaciones de pinos de la Fundación FACE que pretendían compensar las emisiones de dióxido de carbono de las centrales termo-eléctricas holandesas.

Dos de mis alumnos de doctorado, suizos, Julien François Gerber y Sandra Veuthey, escribieron lo siguiente, abrumados de tristeza:

Los conflictos sociales generados por esas plantaciones industriales fueron el tema de una tesis de doctorado para uno de nosotros (J.-F. G.). En 2006, mientras realizábamos una investigación sobre la resistencia contra el monocultivo de palma y de caucho en el Sur de Camerún, Ricardo escribió a J.-F. G. para decirle que quería ver de cerca lo que estaba sucediendo allí, pues, según dijo, no tenía mucha experiencia en materia de África central. Así, le organizamos un viaje de cinco días en esa zona. Fue así como lo conocimos. Para nosotros, el encuentro fue valioso e inolvidable. Llegó al aeropuerto con su valijita, de cuyo volumen ocupaba un tercio el material para preparar el mate. Sus ojos brillantes y expresivos nos impresionaron. Durante el día, discutimos con campesinos bantúes, trabajadores de las plantaciones y cazadores-recolectores bagyeli, y durante las largas veladas en Kribi, los tres conversábamos sobre política, investigación y experiencias personales. Su humanidad y su talento para comunicarse con personas de diferentes orígenes eran inusuales.

Ricardo era escéptico en cuanto al valor de la ciencia cuando el científico no se implica políticamente. Nos dijo que conoció los impactos del monocultivo industrial de árboles leyendo los trabajos de Vandana Shiva (y Jayanta Bandyopadhyay) sobre eucaliptos en la India, a fines de la década de 1980. Junto con Larry Lohmann (que había participado en conflictos contra plantaciones de eucaliptos en Tailandia), publicó luego «El papel del Sur» (1996), un libro que hizo historia y se convirtió en un clásico de la ecología política. Ese libro contiene las premisas teóricas del «ecologismo popular» o «ecologismo de los pobres», incluye estudios de caso bien documentados referentes al mundo entero, y posee también un aspecto político-práctico, de gran ayuda para los activistas.

El WRM lanzó su campaña contra los monocultivos de árboles. Dicha campaña apunta a generar conciencia y a organizar la oposición mundial contra las iniciativas forestales de ese tipo. También exige a la FAO que cambie su definición de bosques, pues incluye entre ellos a las plantaciones de árboles, con un fuerte eslogan que ha dado la vuelta al mundo desde el inicio: «Las plantaciones de árboles no son bosques». Exhorta a los gobiernos a no incluir las plantaciones de árboles como sumideros de carbono en el Mecanismo de Desarrollo Limpio del Protocolo de Kioto, y critica con energía la certificación de base comercial, los mercados de carbono y los agrocombustibles. Como su posición es coherente, éticamente sólida y basada en conocimientos de primera mano de activistas locales, varias grandes organizaciones internacionales, como las certificadoras de madera, el CIFOR y la FAO, no pueden permitirse ignorarla.

Durante esa campaña Ricardo escribió algunos artículos memorables, entre los que se destaca «Diez respuestas a diez mentiras» (1999).

Luego de esa visita de campo a Camerún, Ricardo volvió otras veces a África. No dejamos de intercambiar mensajes y textos, y volvimos a encontrarnos en Johannesburgo y Quito. Su entusiasmo nunca decayó. El año pasado, escribió a J.-F. G. sobre lo mucho que estaba aprendiendo de sus conversaciones sobre la palma con la gente de zonas rurales de África central. Para nosotros, Ricardo ejemplifica la lucidez y la humanidad del «conocimiento activista». Fue uno de los mejores ecologistas políticos del mundo. Su espíritu radical permanecerá vivo

* ICTA, Universitat Autònoma de Barcelona (joan.martinez.alier@ uab.cat).

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