Ecología política: Relevancia, activismo y posibilidades de cambio

Simon Batterbury*

Traducción: Carlos Uxo**

 

Introducción

Los investigadores en ecología política no son los arquitectos de los problemas de medio ambiente y de justicia social que estudian. Su presencia en universidades y debates políticos es el “síntoma de una vasta transición global” en proceso en estos momentos, la cual ha “producido” especialistas en ecología política que anhelan —y son capaces de hacerlo— investigar y comprender elementos de esa transición (Robbins, 2015). Las desigualdades, los problemas de medio ambiente y las luchas por los recursos resultado del crecimiento económico y las desigualdades de poder son tan severas que un campo como la ecología política tenía que aparecer, junto a las organizaciones activistas y los movimientos de justicia medioambiental descritos en otras partes de esta revista.

En este breve artículo, reflexiono sobre cómo la especialidad universitaria de la ecología política puede vincularse de diversas maneras a las luchas que estudiamos. Identificar injusticias sociales y medioambientales y relacionarlas a través de la investigación con poderosos actores que preferirían mantenerse escondidos tras una imagen corporativa de honestidad, o acatar leyes y regulaciones endebles nunca va a ser popular. Y, sin embargo, esto es lo que los activistas y las organizaciones por la justicia medioambiental (OJMs) hacen, y existen sinergias con su trabajo. Incluso los gobiernos, las agencias de desarrollo internacional y las comunidades no siempre aprecian el trabajo y los análisis de los investigadores en ecología política. Esta es en realidad una razón más para trabajar con ellos.

ENPROFUNDIDAD05-IMG_1276
Plantación de palma en la Isla Palawan, Filipinas. (Autor: Wolf Dressler)

Sacando los atajos a la luz

Los investigadores en ecología política arguyen que los estados y las corporaciones, a fin de mantenerse en el poder o diseminar una ideología, toman atajos cuando se trata de los derechos democráticos, las necesidades de comunidades basadas territorialmente e incluso la salud del planeta. Si estos poderosos actores son el blanco de la crítica, la culpa es completamente suya. El rapero marsellés Duval MC, en “Sostenibilidad Bla Bla” (Bla Bla Durable en el original), resume perfectamente alguna de las hipocresías del crecimiento económico capitalista y de la arquitectura política que lo hace posible:

En millones de hectáreas de monocultivo “sostenible”

de todas las áreas de tierras cultivables

de países en vías de desarrollo sostenible

hay sólo soja sostenible modificada genéticamente

para hacer biocombustibles para 4 × 4 sostenibles

que se conducen sobre carreteras ecológicas para 4 × 4

alrededor de megaciudades ecológicamente responsables

que ayudan a aumentar el calentamiento global sostenible.

(estribillo)

Bla Bla sostenible

comunicadores repugnantes

expertos publicitarios de lavado verde de cerebros

Bla bla sostenible

comunicadores repugnantes.

Cuidado con el árbol que esconde una máquina.

(Duval, 2011)

El “árbol que esconde una máquina” es una bonita metáfora para el lavado verde de las grandes empresas de producción de biocombustibles y de otros muchos elementos de un terreno cada vez más político que la ecología política ha tratado durante más de treinta años. Ver esa “máquina detrás del árbol” es lo que los académicos deberían hacer, para ofrecer explicaciones más profundas y certeras de lo que está haciendo esa máquina, de quién la controla, de quién se aprovecha de su uso y de cómo se esconde de un público desconocedor de lo que ocurre (¿es una excavadora?, ¿una motosierra?, ¿capitalismo?, ¿coches?). Esto quiere decir que no nos vale realizar afirmaciones vagas y no basadas en datos. Tenemos que sacar a la luz las actividades ilegales y la degradación medioambiental de manera sólida y justificable. Esto resulta útil para el trabajo de organizaciones de justicia medioambiental y otras ONGs que son las más valientes y toman riesgos personales para sacar a la luz estos procesos. El periodista y escritor británico George Monbiot (2000) dijo una vez:

Nuestro deber como especialistas en medioambiente es claro: debemos luchar para asegurarnos de que las compañías queden subordinadas al control democrático y sean reguladas y responsables de sus actos. Como resultado de nuestras actividades, las compañías han iniciado una nueva tarea: apropiarse de nosotros y capturarnos, a fin de prevenir que reduzcamos su valor de mercado. Parecen estar teniendo cierto éxito.

Debería haber más sinergias, por tanto, entre las OJMs y los expertos académicos para reducir la captura corporativa de sus ideas. Sin embargo, no hay duda de que las expectativas y las metas de los académicos y de los profesionales son diferentes. Comunican sus conclusiones y hallazgos de distintas formas, y su éxito se mide con distintos parámetros.

Tensiones

La tensión a la que se enfrentan los académicos es saber si resulta suficiente hacer las preguntas adecuadas y responderlas mediante un buen análisis interdisciplinario. A este respecto, Piers Blaikie habló de un

punto muerto entre la ecología política académica y los asuntos sobre los que se desarrollan determinadas políticas, debido al miedo a la asimilación, a unas condiciones que comprometan el trabajo en esas políticas y a abandonar la pureza crítica e ideológica. Sin embargo, manteniéndose puros y libres de gérmenes, los académicos no aceptan responsabilidad por lo que dicen y pueden ser ignorados incluso si quienes establecen las políticas llegan a leer su trabajo. (Blaikie, comunicación personal, 2008)

La ecología política es bastante diferente a otros campos de investigación, puesto que casi siempre, como parte del análisis que se lleva a cabo, se descubren injusticias. Para Paul Robbins, la ecología política puede usarse como “hacha” y como “semilla” (Robbins, 2004). La “semilla” lleva a generar ideas nuevas y útiles, así como cambiar narrativas aceptadas largamente pero politizadas, todo lo cual puede filtrarse hacia el activismo y los movimientos de defensa de grupos. El “hacha” es el exponer los problemas, el análisis afilado. Para ello, se requieren metodologías de investigación híbridas, combinando algunas veces el análisis científico y social de sistemas humanos y medioambientales, con el fin de iluminar exactamente cómo influyen determinadas actividades políticas y económicas en el destino de culturas locales y ecosistemas, así como la manera en que la actuación de instituciones y organizaciones dan (o han dado) lugar a tales resultados. Es con este conocimiento, a caballo entre el mundo humano y el no humano, con el que debe interactuarse en las esferas de la política y el activismo.

Mantener la relevancia

La investigación genera la aspiración de modificar una situación ante la que nos encontramos. Para los académicos radicales, “relevancia” supone una combinación de buen trabajo crítico y análisis, escrutinio de ese análisis y apoyo (no necesariamente participación) en alternativas radicales al orden global existente. La crítica postdesarrollo de Arturo Escobar refuerza este punto de vista, al tiempo que evita las relaciones de clientelismo (Escobar, 1991; 1995). David Harvey una vez dejó de lado su papel de investigador y desarrolló un plan de ruta para la reforma política y social en su libro Espacios de esperanza (2000) y, ya con avanzada edad, también aceptó la invitación de Rafael Correa para establecer un nuevo centro de investigación en Ecuador. Pero Harvey admite que él no es un activista práctico de base (Heynen, 2013). El amplio proyecto Community Economies (Economías de comunidad) lanzado por J. K. Gibson-Graham (2006) es diferente por cuanto explora nuevos modelos económicos y espacios no capitalistas y documenta a organizaciones alternativas e incluso trabaja con ellas (www.communityeconomies.org). Existen también proyectos derivados en torno a este tema, basados firmemente en la tradición de la ecología política (Burke y Shear, 2014). Wendy Harcourt, colaborando con colegas, ha supervisado un sólido movimiento para lograr relacionar la ecología política feminista con movimientos de base en todo el mundo (Harcourt y Nelson, 2015).

El sociólogo Michael Burawoy arguye que el trabajo académico generalmente posiciona el descubrimiento y la experimentación en un lugar muy alto por encima de la utilidad o la relevancia social. Burawoy recomienda cuatro formas de dotar de relevancia la ciencia social, los cuales denomina profesional, crítico, diseño de políticas y trabajo académico público (Burawoy, 2005; 2013). Los primeros dos son lo que los académicos han sido entrenados para hacer. Pero advierte:

La dialéctica del progreso gobierna nuestras carreras individuales así como nuestra disciplina colectiva. La pasión original por la justicia social, la igualdad económica, los derechos humanos, el medioambiente sostenible, la libertad política o simplemente un mundo mejor, todo lo cual nos atrajo a muchos de nosotros a la sociología, se canaliza hacia la búsqueda de credenciales académicos. (Burawoy, 2005: 5).

De ser cierto, para los investigadores en ecología política esto este sería un embarazoso resumen de nuestro trabajo. El círculo entre el descubrimiento, la explicación y la acción tiene que cerrarse. Discuto a continuación tres de las relaciones de investigación de Burawoy, adaptándolas a la ecología política y recurriendo a elementos desarrollados en un próximo volumen (Batterbury y Horowitz) y en artículos de la revista hermana de Ecología Política, el Journal of Political Ecology, del cual he sido el editor durante más de una década (véase al respecto un breve artículo en este mismo número).

Trabajo académico público

Burawoy desarrolló una forma temprana de sociología “pública” justo antes de la descolonización de Zambia, donde había sido empleado para estudiar las relaciones laborales en compañías mineras en el Cinturón de Cobre (2013). Al publicar su amplio estudio sobre relaciones laborales en un momento en que las desigualdades raciales eran todavía manifiestas entre los trabajadores, dio pie a un acalorado debate a nivel nacional sobre raza y clase social. Pero el propio Burawoy advierte que hubo también consecuencias negativas inesperadas, puesto que algunas personas perdieron su trabajo. El trabajo público puede tener consecuencias privadas.

Desde entonces, hemos avanzado y nos encontramos en la era de internet. La ecología política se beneficia de su propio Laboratorio Público de Ecología Política (PPEL por sus siglas en inglés), dirigido por Tracey Osborne en la Universidad de Arizona (http://ppel.arizona.edu). Sus contribuyentes hablan o escriben sobre la necesidad de un compromiso público a través de su trabajo académico. El trabajo del proyecto europeo ENTITLE (Red Europea de Ecología Política, http://entitleblog.org) contiene, por primera vez, un substancial conjunto de publicaciones sobre ecología política, enfocadas hacia el público. Dichas entradas han aumentado especialmente en los últimos meses y describen el trabajo de los participantes, junto a otros debates más académicos (Ruiz, 2015). Los vínculos con el proyecto de Burawoy son claros:

Nuestro trabajo trata de crear vínculos tanto por escrito como en la práctica, entre la ciencia, el activismo y el diseño de políticas, mediante el involucramiento en movimientos e instituciones. Anhelamos que las perspectivas de la ecología política sobre temas y hechos contemporáneos e históricos se generalicen; con este fin, informamos sobre el terreno de conflictos e historias relacionadas con el medioambiente, las cuales con frecuencia no reciben cobertura mediática. (http://entitleblog.org/the-entitle-project/)

Otro proyecto, EJOLT, trató de establecer vínculos entre académicos y organizaciones dedicadas a la justicia social, como Acción Ecológica en Quito, y se propuso producir

[…] bases de datos, plataformas con redes de contactos, desarrollo de estudios de caso mutuos, talleres, posibles acciones legales, propuestas de políticas, diseminación de mejores prácticas, mesas redondas y materiales de instrucción sobre conflictos medioambientales para OJMs (EJOs en sus siglas en inglés), otros agentes interesados y legisladores, dirigidos hacia un asunto clave de sumo interés inmediato para la sociedad. (http://www.ejolt.org/project)

Temper y colaboradores (2015) han reportado algunos éxitos en relación con este proyecto, especialmente la creación de mapas visuales y anotados de conflictos de justicia medioambiental en todo el mundo a través de su EJAtlas. La visualización de tales conflictos en el mundo de hoy día, los más preocupantes de los cuales se refieren a adquisición de tierras, minería y conflictos en torno al agua, sirve de ayuda a activistas que trabajan en estos asuntos u otros similares. Cualquier persona puede proponer una entrada para el atlas, y los datos pueden ser completados colectivamente.

La ecología política orientada al gran público se encuentra también fuera del ámbito universitario, por supuesto: Larry Lohman, Nicholas Hildyard y Sarah Sexton trabajan en la compañía sin ánimo de lucro The Corner House (http://www.thecornerhouse.org.uk), mientras que el Transnational Institute (TNI, http://www.tni.org) formado en los Estados Unidos es una importante red de activistas-académicos y el Centre for Science and Environment en Delhi, dirigido por Sunita Narain, ha realizado trabajos relacionados con ecología política aplicada. Pero conseguir que se generalicen entre el público mayoritario los conceptos de la ecología política es un trabajo en elaboración por las razones mencionadas. Además, el empuje de poderosas instituciones y organizaciones que se sitúan en el centro de las críticas de la ecología política ha llevado a algunos investigadores a retroceder o a alejarse de cualquier publicidad (Batterbury, 2015).

Ecología política relevante para el desarrollo de políticas

Muchos académicos creen que la cooperación estratégica con determinadas instituciones de lo que sería la corriente mayoritaria es adecuada para conseguir cambiar el rumbo de tales instituciones. Esto es algo común en la investigación aplicada como el trabajo social, ciencias de la salud, educación y estudios de desarrollo, donde algunos investigadores en ecología política se han desempeñado con efectos positivos. Por ejemplo, Ed Carr (2011) lleva a cabo investigaciones en África occidental para mejorar los programas de USAID, mientras que Tony Bebbington y Judith Carney (1990) propusieron trabajar en centros internacionales de investigación agrícola y Bebbington trabajó con el Banco Mundial en diversos proyectos. Igualmente, algunos investigadores en ecología política han sido empleados por diversas agencias en el Ministerio de Desarrollo Internacional del Reino Unido, así como en organismos de desarrollo escandinavos y holandeses (Bebbington y Carney, 1990; Batterbury y Horowitz, publicación en proceso). Piers Blaikie, basado en la Universidad de East Anglia, tenía un puesto académico en el que un porcentaje del trabajo era como consultor, mayormente con agencias de desarrollo. Combinaba así su trabajo en ecología política con una vocación de asesor de políticas, percibiendo todo ello como un reto intelectual éticamente justificado (Blaikie y Muldavin, 2015).

Todo este esfuerzo ha dado sus frutos: sin duda la adopción generalizada del enfoque de “medios de vida sostenibles” en agencias de desarrollo al final de la década de los noventa se debe al trabajo de académicos involucrados en el diseño de políticas como Ian Scoones y Robert Chambers, mientras que Duncan Grenn (Oxfam) ha peleado muy públicamente por una radical redistribución de la riqueza y el poder a fin de hacer frente a la pobreza global (Green, 2008; véase también http://oxfamblogs.org/fp2p). Comités de expertos en diseño de políticas también han acogido a investigadores en ecología política: el World Resources Institute (Jesse Ribot); el International Institute for Environment and Development, basado en Reino Unido (donde John Thompson, Jules Pretty y Tony Bebbington han trabajado; véase Batterbury, 2004) y el Overseas Development Institute (Tony Bebbington, Kate Schreckenberg).

En resumen, la ecología política puede ser relevante a la hora de diseñar políticas, ayudar a variar el rumbo y moldear los planes de instituciones poderosas. Yo mismo conseguí una vez incorporar la ecología política en un proyecto internacional de desarrollo. En los años 1980, en Burkina Faso el Gobierno radical de Sankara había conseguido movilizar a las masas en grandes proyectos antiimperialistas. Pero cuando Sankara fue asesinado en 1987, la extraordinaria pobreza rural se mantuvo y el poder se recentralizó. Los proyectos de desarrollo occidentales aceptaron formas comunitarias de conservación de tierra y agua y la construcción de curvas de nivel de piedra (llamadas diguette en francés). Hacer frente a la degradación de la tierra era un asunto crítico para la supervivencia de los campesinos tras las devastadoras sequías de los setenta y los ochenta (Batterbury 1998; 2005). Trabajé como investigador con un proyecto europeo de desarrollo, considerando que no existía conflicto con una práctica ética de la investigación y ofrecía una idoneidad práctica. Decidir cómo diseñar un programa de investigación de ecología política que resultara beneficioso para los habitantes locales no fue nada simple. Con arrojo, presenté mi proyecto de investigación siguiendo la “cadena de explicación” de Piers Blaikie como ya la percibía desarrollándose en la región (provocando un silencio entre la audiencia), para a continuación explicar en detalle las razones del éxito y el fracaso del proyecto. También pasé bastante tiempo en una de las zonas afectadas, trabajando junto con estudiantes locales y empleados del proyecto en dos remotas comunidades agrícolas. Pero, claro, yo solo era un visitante temporal. Algunas de las recomendaciones que realicé sobre la construcción de diguettes y desequilibrios por motivos de género fueron tomadas en consideración y eventualmente el proyecto se puso en manos de agencias locales.

Soy consciente de que mi propio trabajo no estaba demasiado politizado. Ian Baird, quien ha trabajado ampliamente en el sureste de Asia sobre el impacto de las presas, la alienación de la tierra y planes forestales, asegura que, cuando ha trabajado como consultor, siempre le ha sido difícil vincular el tipo de ecología política que él hace y su apoyo a las comunidades indígenas con propuestas de políticas concretas (Baird, 2015). Considera que muchas formas de consultoría y desarrollo planeado están demasiado controladas desde arriba, tienden a convertir una meticulosa investigación en pequeñas citas y lecciones simplistas, o simplemente están politizadas, en el sentido más negativo de la palabra. A pesar de todo ello, consiguió mantener el apoyo a comunidades que habían sido privadas de sus derechos o estaban asociadas con proyectos en desarrollo, especialmente reasentamientos por construcción de presas.

La relevancia a la hora de desarrollar políticas afecta a diferentes instituciones. Tony Bebbington y yo mismo hemos tomado muchos cafés debatiendo la relevancia de la ecología política. Hemos discutido si resulta posible interactuar con gobiernos y el Banco Mundial, y apoyar otras veces la resistencia campesina al desarrollo minero en Latinoamérica, como ha hecho él. No estamos tan de acuerdo sobre si los investigadores necesitan mantener distancia o deberían involucrarse completamente. Las respuestas a estos dilemas, desde luego, están relacionadas con cuestiones de justicia social y sobre todo con el contexto sociopolítico.

Activismo y ecología política inversa

La ecología política puede funcionar como un llamamiento a la acción, un aviso, así como ser relevante a la hora de encontrar soluciones democráticas. Este es otro aspecto del análisis de Burawoy. En el caso del lavado verde corporativo del que Monbiot nos alerta, y sobre el que rapea Duval MC, la meta debería ser desenmascarar a cualquier “[…] compañía que promueve una percepción engañosa de políticas respetuosas con el medio ambiente” (Heard, 2013). A menudo, adquisiciones masivas de tierra y producción de biocombustibles de primera generación en tierras fértiles se venden al público como políticas “verdes”, dejando muchas preguntas por responder: desde el análisis de la transformación de la tierra y las condiciones materiales y la producción de los combustibles, hasta los elementos que permiten presentar la venta de combustibles como “verde”, o el consumo de enormes cantidades de etanol (tanto por usuarios de automóviles como por grandes compañías). La búsqueda de respuestas en este caso combina los intereses de un rapero en Marsella, un activista del medio ambiente, un investigador en ecología política y grupos indígenas.

ENPROFUNDIDAD05-2-Autor Simon Batterbury
Masa crítica, Palacio de Justicia, Bruselas, en mayo de 2015, liderado por el Grupo de Justicia Climática de Bélgica. (Autor: Simon Batterbury)

Desde luego que hay quien investiga el problema de los biocombustibles. Para que no sean ignorados, los investigadores en ecología política tienen que extender el brazo a organizaciones activistas que combaten las plantaciones de aceite de palma, así como centros de investigación y prensa local (Coalition, 2015). Por ejemplo, uno de mis estudiantes, Frankline Ndi, analizó los campos sociales y económicos o ensamblajes en torno a las concesiones de aceite de palma en el suroeste de Camerún. La única forma de obtener información fiable sobre las políticas en las concesiones de aceite de palma consistió en mantenerse, como investigador, al margen de las redes locales. Y, aun así, su investigación documenta claros casos de injusticia medioambiental que ahora pueden abordar activistas y científicos con el beneficio de una mayor información y más datos al respecto.

Como demuestran Martínez-Alier y colaboradores (2014), un movimiento “inverso” de conceptos e ideas ha fluido desde las organizaciones de justicia medioambiental hacia la ecología política universitaria. Dicen: “El hecho de que a los activistas no les interesen los valores académicos favorece la cooperación entre activistas y académicos, puesto que no compiten por ocupar un mismo terreno” (Martínez-Alier et al., 2014: 49). Pero los movimientos de justicia medioambiental, particularmente desde la década de los ochenta, han acuñado su propio lenguaje. Martínez-Alier y colaboradores denominan a este movimiento “ecología política de abajo a arriba”, el cual ha resultado en programas de investigación sinérgicos. Arguyen que los World Social Forums, las asambleas mundiales de La Vía Campesina y la red internacional Amigos de la Tierra permiten crear estrategias en torno a conceptos como deuda ecológica, justicia climática, biopiratería y soberanía alimentaria que emergen de tales movimientos. En Australia, que se ha internado hasta lo más hondo en el camino del neoliberalismo dependiente de los recursos, los movimientos de oposición son extremamente elocuentes y en ocasiones tienen grandes éxitos. La presión política organizada por una serie de ONGs ha llevado a la decisión del Estado de Victoria de posponer todas las concesiones de fractura hidráulica. Ha habido también campañas apoyadas en investigación para proteger ecosistemas alpinos de su uso para la ganadería y el talado para la industria maderera (esto en relación con el último hábitat de la zarigüeya de Leadbeater, un caso de justicia con seres no humanos). Los científicos, los investigadores en ecología política y los activistas se encuentran en una alianza singular. Tales alianzas son complicadas y a menudo temporales, pero han persistido en torno a determinados temas ecológicos y, desde luego, respecto a la atenuación del cambio climático.

Conclusión

En conclusión, existen muchas maneras en que el trabajo de académicos, asociados de una manera amplia con una ecología política forense que investiga el poder y las relaciones entre humanos y medio ambiente, pueda contribuir a las luchas por los derechos humanos y la justicia medioambiental. Puede comenzar en círculos académicos a través de la enseñanza y las publicaciones, pero también progresar hacia la participación directa y las contribuciones con movimientos activistas (Harcourt y Nelson, 2015). De camino se encuentra una forma de “activismo ágil” (Batterbury, 2015) en el que los académicos se posicionan junto a grupos y organizaciones de activistas, hablan públicamente en nombre de estos, o colaboran en el diseño de políticas que pueden ayudar con sus luchas. Esto puede ocurrir también desde posiciones desde las que es posible influir en el desarrollo de políticas, como puede ser desde dentro del sector de desarrollo internacional.

El trabajo académico comprometido cumple con varios papeles: como guía para la acción, como forma de entender las relaciones entre sociedades locales y su medio ambiente, o incluso de los vínculos con sistemas políticos o socioeconómicos más amplios. Por supuesto, los investigadores en ecología política también se dedican a otras cosas: adoptan un discurso más académico para deconstruir las relaciones entre humanos y medio ambiente, especialmente a escalas o niveles diversos o donde existen disputas o grandes cambios respecto al acceso a los recursos naturales. Lo importante es no abandonar las capacidades críticas de cada uno, sino emplearlas eficazmente. Alcanzar una “nueva relación con la ciencia, con la comunidad y el capital” (Robbins, 2015) es una valiosa meta para el campo de la ecología política para los próximos veinticinco años. Porque la máquina sigue escondida detrás del árbol.

Referencias

BAIRD, I. G. (2014). “Principled engagement: Obstacles and opportunities in an increasingly consultancy dominated world”, ACME: An International E-Journal for Critical Geographers, 13 (4), pp. 473-477. http://acme-journal.org/index.php/acme/article/viewFile/1033/887.

BATTERBURY, S. P. J. (1998). “Local environmental management, land degradation and the ‘Gestion des Terroirs’ approach in West Africa; policies and pitfalls”, Journal of International Development, 10, pp. 871‑898.

BATTERBURY, S. P. J. (2004). “The International Institute for Environment and Development: Notes on a small office”. Global Environmental Change, 14 (4), pp. 367-371.

BATTERBURY, S. P. J. (2005). “Within, and beyond, territories: A comparison of village land use management and livelihood diversification in Burkina Faso and southwest Niger”. En: Q. GAUSSET, Q. T. BIRCH-THOMSEN y M. A. WHYTE (eds.)Beyond territory and scarcity: Aspects of conflicts over natural resource management. Uppsala: Nordic African Institute, pp. 149-167.

BATTERBURY, S. P. J. (2015). “Doing political ecology inside and outside the academy”. En: R. L. BRYANT (ed.). The International Handbook of Political Ecology. Edward Elgar, pp. 27-43.

BATTERBURY S. P. J.; HOROWITZ, L. (eds.) (en prensa). Engaged political ecology. Cambridge: Open Book Publishers.

BEBBINGTON, A. J.; CARNEY, J. (1990). “Geography in the Agricultural Research Centers: theoretical and practical concerns”, Annals of the Association of American Geographers, 80 (1), pp. 34-48.

BLAIKIE, P. M.; MULDAVIN, J. (2015). “Useful outsiders: Building environmental policy reform dossiers”. En: R. L. Bryant (ed.). The International Handbook of Political Ecology. Cheltenham, Reino Unido: Edward Elgar, pp. 417-431.

BRYANT, R. L. (2015). “Reflecting on political ecology”. En: R.BRYANT, (ed.). The International handbook of political ecology Cheltenham: Edward Elgar, pp. 14-24.

BURAWOY, M. (2005). “For public sociology”. American Sociological Review, 70 (1), pp. 4-28.

BURAWOY, M. (2013). “Public Sociology: The task and the promise”. En: K. GOULD y T. LEWIS (eds.). Ten Lessons in Introductory Sociology. Oxford: Oxford University Press, pp. 279-298.

BURKE, B., y SHEAR, B. (2014), (eds.) Sección especial Non-capitalist political ecologies. Journal of Political Ecology, vol. 21, p. 127-221. http://jpe.library.arizona.edu/Volume21/Volume_21.html

CARR, E. R. (2011). “If you are uncomfortable, you are probably doing it right, Environment and Planning A, 43 (12), pp. 2797-2800.

COALITION (2015). Palawan: Stop blaming indigenous peoples’ farming practices (kaingin) for deforestation: look instead to boom crops, oil palm plantations and mining. Coalition against Land Grabbing and United Tribes of Palawan. http://www.wrongkindofgreen.org/2015/08/06/palawan-stop-blaming-indigenous-peoples-farming-practices-kaingin-for-deforestation/. 28-4-2015.

DUVAL MC (2011). Bla Bla Durable. https://www.youtube.com/watch?v=S5lEMkBG5a8

ESCOBAR, A. (1991). “Anthropology and the development encounter: The making and marketing of development anthropology”, American Ethnologist, 18 (4), pp. 658-682.

ESCOBAR, A. (1995). Encountering development: The making and unmaking of the third world. Princeton: Princeton University Press.

GIBSON-GRAHAM, J. K. (2006). A postcapitalist politics. Minneapolis: University of Minnesota Press.

GREEN, D. (2008). From poverty to power. Oxford: Oxfam International.

HARCOURT, W.; NELSON, I. R. (eds.) (2015). Practicing Feminist Political Ecology: Beyond the Green Economy. London: Zed Books.

HARVEY, D. (2000). Spaces of hope. Edinburgh: Edinburgh University Press.

HEARD, R. (2013). “The great biofuel greenwash”, OpenDemocracy. https://www.opendemocracy.net/ross-heard/great-biofuel-greenwash. 15-8-2013.

HEYNEN, N. (2013), Marginalia of a revolution: naming popular ethnography and republishing William W. Bunge’s Fitzgerald. Social and Cultural Geography, vol. 14 (7), p. 744–751.

MARTÍNEZ-ALIER, J.; ANGUELOVSKI, I.; BOND, P.; DEL BENE, D.; DEMARIA, F.; GERBER, J.F.; GREYL, L.; HAAS, W.; HEALY, H.; MARÍN-BURGOS, V.; OJO, G.; PORTO, M.; RIJNHOUT, L.; RODRÍGUEZ-LABAJOS, B.; SPANGENBERG, J.; TEMPER, L.; WARLENIUS, R.; YÁNEZ, I. (2014). “Between activism and science: Grassroots concepts for sustainability coined by Environmental Justice Organizations”, Journal of Political Ecology, 21, pp. 19-60. http://jpe.library.arizona.edu/volume_21/Martinez-Alier.pdf.

MONBIOT, G. (2000). “Does working with business compromise the environmentalist?

Debate between George Monbiot and Jonathon Porritt”, The Ecologist.

http://www.monbiot.com/2000/09/01/does-working-with-business-compromise-the-environmentalist/. 1-9-2000.

ROBBINS, P. (2004). Political ecology: A critical introduction. Oxford: Blackwell.

ROBBINS, P. (2015). Challenges to political ecology. Barcelona: ENTITLE project video. https://www.youtube.com/watch?v=ADUvjJoake4.

RUIZ, C. (2015). “Latin American political ecology according to the Progresistas Bolivarianos”, Entitle Blog. http://entitleblog.org/2015/10/13/latin-american-political-ecology-according-to-the-progresistas-bolivarianos/.

TEMPER, L.; DEL BENE, D.; MARTÍNEZ-ALIER, J. (2015). “Mapping the frontiers and front lines of global environmental justice: The EJAtlas”, Journal of Political Ecology, 22, pp. 255-278. http://jpe.library.arizona.edu/volume_22/Temper.pdf.

* Profesor asociado de Estudios Ambientales, Universidad de Melbourne, Australia, e investigador visitante, Centro de Estudios Urbanos de Bruselas (simonpjb@unimelb.edu.au) www.simonbatterbury.net

** Profesor en Estudios Españoles y Latinoamericanos en la Facultad de Idiomas, Literatura, Cultura y Lingüística, Universidad Monash (carlos.uxo@monash.edu)

Descargar artículo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *