Las políticas preventivas de residuos como herramientas de obtención de recursos

Ignasi Puig Ventosa. Doctor en ciencias ambientales y trabaja en ENT Environment and Management (ipuig@ent.cat)

 

Los residuos son la salida de todo sistema socioeconómico. Es indudable que para minimizar este flujo saliente —que es causa de notables impactos ambientales— lo mejor es minimizar el flujo entrante de recursos. La prueba más evidente de ello es el efecto que está teniendo la presente crisis económica sobre la generación de residuos. Tras décadas de generación creciente, la constricción del consumo y de la actividad productiva, y con ello de la cantidad de recursos que requiere el sistema económico, han tenido como efecto la reducción en la generación de residuos, tanto municipales como sobre todo industriales y de la construcción.

La política ambiental en materia de residuos puede considerarse hasta el momento un gran fracaso. La primera prioridad legal, al menos en la Unión Europea, es desde hace muchos años la reducción de la generación. Entre las conocidas 3 erres, la que corresponde a la reducción ostenta la cúspide de la jerarquía de los residuos. Sin embargo, solamente la crisis ha logrado doblegar la generación creciente. Mucho falta para la pregonada desmaterialización de nuestra economía.

Esta situación ilustra la importancia que tiene para la generación de residuos incidir en los primeros estadios de la actividad productiva, mediante técnicas que minimicen el uso de materias primas. Asimismo, ilustra la estrecha relación entre consumo y generación de residuos. En la medida que se pretenda incidir de raíz sobre algunos flujos residuales, habrá que cuestionar ciertas pautas de consumo.

A continuación se presentan brevemente algunas iniciativas que cuestionan dichas pautas de consumo, y posteriormente otras acciones o tendencias relevantes en materia de gestión de residuos, limitándonos a los residuos municipales.

En este sentido, son de interés por ejemplo las campañas de prevención del derroche de alimentos (p.e. la campaña Love Food, Hate Waste, en el Reino Unido), las campañas para potenciar los pañales reutilizables (bastante extendidos en países como Francia, Italia o el Reino Unido), o el impulso de mercados de segunda mano y de intercambio, cuya mayor aceptación se debe en parte a la crisis económica.

Otra tendencia creciente, seguramente también propulsada por la presente situación económica, es el consumo colaborativo. Basado en las tradicionales ideas de compartir, dejar y alquilar, el empleo de nuevas tecnologías permite hacer el proceso más eficiente y que adopte una mayor escala. En una palabra, los usuarios persiguen poder utilizar productos más allá de quien ostente su titularidad: acceso frente a propiedad.

También merece la pena hacerse eco del debate existente sobre la idoneidad de los sistemas de depósito, devolución y retorno (SDDR) de envases. Rigiéndose todos por la misma Directiva de envases, algunos países como Alemania los aplican con éxito desde hace años, mientras que en otros como España, su aplicación es prácticamente inexistente. Sea para su reciclaje, sea para su reutilización, los niveles de retorno y de calidad de los materiales alcanzados por los SDDR se sitúan muy por encima de los alcanzados por los sistemas basados en la aportación voluntaria en áreas de aportación.

No cabe duda que la fracción orgánica debería ser la prioritaria en todo esquema de gestión de residuos municipales, por ser la más abundante, por ser la más fácil de tratar y por estar entre las que más problemas crea en caso de gestión incorrecta. En este sentido, es sugerente la creciente gestión in situ de esta fracción, mediante el compostaje doméstico y comunitario, que permite obtener un compost de buena calidad evitando la recogida, el transporte y el tratamiento en planta de estos residuos.

En lo que se refiere a la recogida selectiva es especialmente interesante la irrupción de los modelos puerta a puerta y sus complementarios sistemas de pago por generación. La recogida puerta a puerta consiste en definir un calendario de recogida para cada fracción de los residuos, en la puerta misma de cada residente y actividad comercial. Solamente la fracción correspondiente es recogida, priorizando con una alta frecuencia la fracción orgánica y las reciclables, y desfavoreciendo con una frecuencia baja la fracción resto. El sistema consigue pasar de niveles del 20-40% de recogida selectiva que se alcanzan mediante contenedores al 65-90% en pocos días.

Este modelo permite, además, aplicar sistemas de pago por generación de residuos, que consisten en definir las tasas de residuos de acuerdo con la generación efectiva de cada usuario. Ello se consigue por lo general estandarizando las bolsas o los cubos de recogida, computando así indirectamente los flujos generados, por lo general solo de algunas fracciones clave, entre ellas singularmente la fracción resto. Estos sistemas consiguen crear entre los usuarios un incentivo hacia la prevención y el reciclaje.

Como tendencia preocupante cabe señalar la irrupción de la producción de combustibles derivados de residuos (CDR) para ser quemados en instalaciones industriales (como, por ejemplo, fábricas cementeras). Dicha utilización se equipararía desde el punto de vista de la jerarquía de los residuos a la incineración de residuos con recuperación de energía. Si bien su uso conllevaría como punto positivo la reducción del consumo de combustibles fósiles en estas instalaciones, presenta como puntos más negativos que crea un desincentivo para otras opciones de gestión de residuos preferibles ambientalmente (como el reciclaje) y que está sometido a estándares ambientales más laxos que la incineración, en particular para emisiones contaminantes.

También cabe seguir con atención el desarrollo que vaya adoptando lo que se conoce como minería urbana (urban mining o landfill mining), que consiste en entender los vertederos como nuevos repositorios de recursos. A medida que los recursos escasean y su concentración en las minas tradicionales disminuye la recuperación de los stocks existentes en vertederos puede llegar a ser una alternativa económicamente viable. El número de experiencias en este sentido es creciente. En la economía del despilfarro, en la que hemos estado —y seguimos estando— inmersos, enterrar y quemar residuos ha sido la norma. No se ha querido entender que lo que en realidad estamos enterrando y quemando son recursos, frecuentemente escasos, y que casi siempre pueden tener otro destino mejor.

Continuar perseverando en ampliar las fronteras extractivas, para obtener materias primas crecientemente escasas, sin prestar la atención necesaria al ingente volumen de recursos perdidos en forma de residuos, constituye un error estratégico y económico de primera magnitud. No hace falta ni pensar en el medio ambiente para intentar cambiar la situación.

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