El petróleo y el agua en el río bidireccional

Kevin Buckland

Traducido por Amaranta Herrero

 

Vivimos en una época sin precedentes. Nuestra especie ha conseguido que nuestro planeta salga de la era geológica en la que nacimos y entre en una nueva. Es necesario crear nuevas mitologías para el Antropoceno. Durante las dos primeras semanas de Septiembre, una flotilla de canoas de papel artesanales viajaron por las inciertas aguas del río Hudson, desde Troy hasta Manhattan, entretejiendo historias de resistencia y resiliencia, en travesía hacia la Manifestación por el Clima de Nueva York que tuvo lugar a finales de Septiembre y acabamos de describir en el artículo anterior.

Como generación con la ambivalente suerte de estar vivos en una época en la que contamos tanto con vuelos baratos de fin de semana como con los crecientes niveles del mar, no podemos sino abrazar la inverosimilitud de este momento. Estamos ante una minúscula ventana de oportunidad con la que podemos determinar si la crisis climática será solamente una gran crisis o será una catástrofe absoluta para nuestro planeta. Esta es una situación inconcebible y muchas personas pasan directamente de la negación a la desesperanza; pero no es una situación imposible. Debemos repoblar esa astilla de esperanza y representar historias dentro de ella.

En las dos primeras semanas de Septiembre he vivido la historia inverosímil de los barcos de papel, en travesía por las aguas bidireccionales del río Hudson junto con una panda de soñadoras. Al representar el sueño, despertamos y vimos la magnitud de la belleza y el peligro que nos rodea.

ports of callZarpamos desde la ciudad de Troy – elegida por su olvidado pasado de construcción de barcos de papel, más que por las connotaciones épicas de su nombre. Rápidamente nos dimos cuenta de que estábamos siguiendo la misma ruta que la empresa Global Partners había puesto en marcha para desplegar su ‘oleoducto virtual’. Ésta usa una serie de trenes, barcos y camiones para transportar petróleo desde Dakota del Norte, a través de las poblaciones de Albany y Newburgh, bajando hacia el área metropolitana de Nueva York. Actualmente, de manera sigilosa, este reguero de petróleo se mueve al lado del río: por la ladera del río se transporta 40 veces más petróleo que hace cuatro años. En Newburgh y Albany también se están solicitando proyectos para desarrollar nuevas instalaciones industriales con calderas que permitirían procesar arenas bituminosas (que es la forma más tóxica de petróleo que existe en el planeta), para facilitar su carga y transporte en los barcos y poder enviarlo río abajo. Los grupos locales afirman que con el tremendo y creciente volumen de petróleo transportado a través del Valle de Hudson, es inevitable que haya derrames. De hecho, en el estado de Nueva York ya han habido al menos 4 descarrilamientos de trenes en solo 3 meses. Un derrame en cualquier lugar de este ‘oleoducto virtual’ sería un desastre para el río y las comunidades que habitan a su alrededor. Lo que no se derrama y, en cambio, se quema es también un desastre para nuestro clima y para todas nosotras. Se mire por donde se mire, es una situación en la que perdemos todas.

En el primer día de nuestra travesía, activistas locales de Albany nos enseñaron dónde se aparcan los largos trenes negros: a escasos metros de viviendas y parques. Los trabajadores del ferrocarril les llaman ‘trenes-bomba’ porque los vagones están sujetos a una gran presión durante su viaje y su carga es altamente volátil y explosiva. Una explosión en Albany (como la que sucedió en Lac Megantic (Quebec) en 2013) podría causar hasta 5000 muertos. Un trabajador del ferrocarril jubilado nos dijo que un desastre como ése es solo cuestión de tiempo, que aquello son bombas de relojería que se mueven sobre una infraestructura deficiente y en avanzado estado de descomposición. Durante todo nuestro viaje acampamos en la ladera del río y siempre estuvimos al alcance de esta amenaza. Una ruptura en un vagón podría generar una reacción en cadena de vagón a vagón, podría causar un derrame en el río y podría prender el río en llamas durante días.

Tiemblo al pensar en un derrame: petróleo hundiéndose donde los esturiones gigantes se alimentan en el fondo del río, o fracciones de petróleo más ligero flotando en la superficie en donde las garzas y los nenúfares se bañan bajo la luz de la luna, y dónde nadábamos nosotras. En pocos minutos, un derrame podría destruir décadas de esfuerzo colectivo dedicadas a regenerar la salud del río Hudson – ya que podría extender una capa pegajosa de llamas que iría hacia delante y hacia atrás en este río que fluye en dos direcciones. El río herviría bajo una manta mortal. Esto podría pasar en cualquier momento. ¿Por qué nos arriesgamos así, si lo que está en juego es tan valioso? El agua de 250.000 personas proviene del río Hudson. El agua es un derecho, no un privilegio; es la base ecológica de todas las formas de vida, no una autopista desregulada al servicio de los beneficios corporativos. A medida que pasaban los días, me enamoraba más y más de la belleza de este río que fluye en dos direcciones; arriesgarse a perderlo me parecía insoportable.

Durante tres días nos aproximamos silenciosamente a Manhattan, cuyo resplandor veíamos en la distancia; los edificios crecían lentamente a medida que nos acercábamos. El lema que adoptamos para este viaje fue: «Todos vivimos río abajo», reconociendo con ello que todas las aguas del planeta están conectadas: circulan, se infiltran, precipitan, se congelan y fluyen a través de los tiempos. Lo que le hacemos al agua, nos lo hacemos a nosotras mismas. Nuestra llegada a Manhattan materializó nuestro dicho: no solo contemplamos una ciudad ubicada al final de un río, sino una ciudad localizada al final de una gigante y oculta infraestructura energética. Lo que se había mantenido invisible de repente nos rodeaba. La grandiosa inmortalidad de ‘esta ciudad que nunca duerme’ exige una revisión crítica cuando has sido testigo de los riesgos movilizados para mantenerla encendida y a todo trapo. En vez de una megalópolis hipermoderna y autónoma, ahora se parece más bien a una vieja caldera que necesita constantemente combustible para seguir adelante; una ciudad que nos ha esclavizado a merced de sus propias adicciones de diseño. Dentro de los edificios de cristal hay gente de negocios que está jugando peligrosamente con vidas que no le pertenecen, acumulando las ganancias de forma privada y colectivizando temibles riesgos. Mueven el dinero para atizar el fuego que evita que esta ciudad duerma, pero yo me acuerdo de lo que el huracán Sandy le hizo a esta ciudad-que-nunca-duerme cuando abrió los cielos de Nueva York a las estrellas.

Nuestra generación afronta una tarea que no debería ser subestimada, tal y como afirman las organizadoras de la Manifestación por el Clima en Nueva York; para cambiarlo todo se necesita a todo el mundo. Sabemos que este planeta está cambiando – química, política, económica, social y biofísicamente –: cómo actuamos ante estos cambios es prácticamente la única dimensión que todavía controlamos.

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