¿El turismo sostenible es un gremlin? De la autogestión local a la gentrificación

Jordi Gascón*

Palabras clave: turismo sostenible, descampesinización, gestión participativa, capital social  

 

Introducción 

A medida que los impactos no deseados del turismo sobre los ecosistemas y las sociedades anfitrionas empezaron a ser evidentes, el sector turístico se dotó de una serie de mantras que, en el mejor de los casos, pretendían enfrentar estos problemas. En el peor, encubrirlos. La sostenibilidad ha sido el paraguas que los agrupaba. Alrededor del binomio turismo-sostenibilidad, se ha producido un notable volumen de investigación con pocos resultados prácticos. Esto se ha explicado por el desinterés o la oposición de la industria turística y de las instituciones públicas responsables de aplicar las propuestas y paradigmas generados por esa literatura técnica y académica (Buckley, 2012; Pulido Fernández, 2012). Se trataría de buenas ideas que no llegan a eclosionar. Pero también es necesario analizar la factibilidad de esas proposiciones destinadas a dar sostenibilidad al turismo. El presente artículo se inscribe en esta segunda tendencia.

Una de las tesis más difundidas, y la que queremos analizar aquí, asegura que un factor ineludible en cualquier modelo turístico que quiera ser sostenible es el control sustancial del nuevo recurso por parte de la población local a través de sus estructuras organizativas y/o instituciones de ámbito municipal (e. g. Cañada, 2015; Matarrita-Cascante, 2010; Milano, 2013; Murphy, 1985; Ruiz-Ballesteros y Gual, 2012; Scheyvens, 1999; Wray, 2011). Se trata de un principio democrático que asegura una gestión adecuada de los impactos no deseados, y que además permite que el lugar de destino reciba la parte de los beneficios económicos que le corresponden. Este principio se ha convertido en un axioma. Pero son diversas las dudas planteadas a esta afirmación. Entre otras, que este principio olvida que el destino es el último eslabón de la cadena de valor turístico: la comunidad está obligada a interaccionar con agentes foráneos que intermedian entre ella y el turista, y ese papel mediador puede permitirles imponer condiciones a la comunidad (Gascón, 2013; Liu, 2003; Telfer y Sharpley, 2008). O que la complejidad de la industria turística obliga a un conocimiento técnico y una experiencia que no siempre están presentes en la localidad de destino, lo que dificulta la gestión y el control del nuevo recurso (Addison, 1996; Blackstock, 2005; Jamal y Getz, 1999). O que el control local no asegura un equitativo reparto de los beneficios (Gascón, 2005; Simpson 2008; Mowforth y Munt, 2016).

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